El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 2 KEIRA #3
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CAPÍTULO 2 KEIRA #3

Dentro hay ruido por todas partes: golpes metálicos al fondo, una radio sonando, herramientas chocando entre sí y el zumbido constante de las máquinas.

Veo estanterías llenas de piezas, cajas apiladas con nombres escritos a rotulador y varios bancos de trabajo repartidos por el espacio.

Antes de que pueda mirar mucho más, una voz familiar me saluda con alegría.

—¡Vaya, vaya! ¿Pero qué ven mis ojos? ¡Si es mi pequeña!

—¡Hola, tío! —respondo mientras camino hacia él.

Me envuelve con esos brazos enormes y me aprieta con fuerza, levantándome del suelo igual que ha hecho Cody antes, como si yo siguiera teniendo diez años y aquello fuese lo más normal del mundo.

—¡Mírate! ¡Ya eres toda una mujer!

—Un día de estos me vais a romper una costilla —bromeo, cuando por fin me deja en el suelo.

Garret es corpulento, con algo de barriga de la que no se avergüenza lo más mínimo, el pelo castaño corto y unos ojos marrones dulces que no han cambiado con los años. Lleva la camiseta manchada de grasa y las manos marcadas por el trabajo.

—Te echábamos de menos —dice—. La ciudad te habrá cambiado muchas cosas, pero esa sonrisa sigue siendo la misma que la de tu madre.

No puedo evitar sonreír. Me alegra saber que, al menos en algo, me parezco a ella.

—¿Y a mí no me piensas saludar, viejo? —salta Cody, cruzándose de brazos.

—A ti te veo todos los días, pesado —responde entre carcajadas, dándole un manotazo en la espalda.

Cody se aparta con un gesto exagerado y gira la cabeza hacia el fondo del taller.

—¡Eh, Marcus! Ven, colega, te presento a mi prima —dice alzando la voz.

Sigo la dirección de su mirada y distingo una silueta apoyada en uno de los bancos de trabajo. Al principio no le doy más importancia, pero, cuando se endereza y empieza a acercarse, noto cómo algo dentro de mí se tensa sin saber muy bien por qué.

Es joven, aunque claramente mayor que Cody y mucho más grande.

Debe de tener treinta y algo, si no me equivoco.

Es muy alto, ancho de hombros, moreno, con el pelo corto y algo despeinado, dando la impresión de que no se molesta demasiado en domarlo.

Una barba de pocos días le enmarca la mandíbula.

Lleva el ceño fruncido y los labios apretados en una mueca ladeada, lo que le da un aire de chico rudo que hace que apriete los muslos.

Y no necesito que nadie me lo diga para saber lo que es. Un alfa.

Debería resultarme desagradable. Los alfas abandonan. Los alfas imponen. Los alfas creen que el mundo les pertenece. Mi padre era uno y desapareció sin mirar atrás, abandonándonos a mi madre y a mí.

Lo lógico sería dar un paso atrás… pero no lo hago.

En lugar de eso, algo en mí tira hacia él con una insistencia ridícula. Sé que no tendría que reaccionar así, sé que no es buena idea ni mirarlo más de la cuenta, pero aquí estoy, clavada en el sitio. Mi cabeza me da mil razones para apartar la vista. Mi cuerpo las pasa por alto, una a una.

Genial. Fantástico. Justo lo que necesitaba.

Pese a todo, no recuerdo la última vez que vi a un hombre tan atractivo. ¿Es real?

Y odio que esa sea la pregunta que me esté haciendo en vez de cualquier otra.

La camiseta gris de manga corta se le ajusta al torso musculoso, marcando unos pectorales anchos y dejando bien visibles los abdominales firmes bajo la tela.

Mi mirada desciende hasta detenerse en unos pantalones gris oscuro de trabajo, manchados de aceite y grasa, de los que cuelga un trapo con el que seguramente se limpia las manos.

No me importaría acabar igual de manchada, con tal de sentir esas manos fuertes recorriéndome el cuerpo.

Me relamo los labios con esa idea mientras lo observo más de la cuenta y tengo que hacer un esfuerzo consciente por cerrar la boca para evitar, literalmente, que se me caiga la baba, obligándome a recomponerme y fingir que sigo siendo una persona funcional y perfectamente capaz de comportarme con normalidad.

¿Desde cuándo un uniforme de trabajo puede resultar tan jodidamente excitante?

Supongo que desde que lo lleva puesto él.

Nunca me habían dicho que el olor a aceite y metal caliente pudiera resultar tan condenadamente sexy. Y, sin embargo, aquí estoy, mirando a un mecánico cubierto de grasa y pensando que, definitivamente, acabo de descubrir una nueva debilidad.

Entonces levanta la vista y sus ojos azules se clavan en los míos. El taller deja de existir; el ruido se apaga, la radio desaparece, incluso

Cody queda en segundo plano. El corazón me golpea el pecho tan fuerte que me corta la respiración y noto cómo, muy dentro de mí, se acumula un calor intenso, difícil de ignorar.

—Keira, ¿estás ahí? —susurra Cody burlón, claramente disfrutando del momento.

Parpadeo, intentando recomponerme. Su voz me llega lejana y necesito un segundo para volver del todo, todavía descolocada por lo que acaba de pasar.

—¿Nos conocemos? —pregunto sin pensar, sorprendida incluso por mi propia voz.

Durante un segundo parece dudar.

—No —responde finalmente.

Su voz es grave, profunda, y me recorre entera de una forma que me deja completamente fuera de juego. ¿De verdad una simple voz puede encender todas tus terminaciones nerviosas? El pensamiento es tan absurdo como incómodo, y tengo que regañarme mentalmente para no seguir por ahí.

¿Pero qué cojones te pasa, Keira?

Antes de que pueda hacer más el ridículo, otro hombre se acerca, rompiendo la tensión.

Debe de rondar los cincuenta. Tiene el pelo rubio con algunas canas y una barba larga.

Sus ojos verdes se le arrugan en las comisuras cuando me dedica una sonrisa amable.

Se coloca al lado de Marcus y le apoya una mano en el hombro.

Mientras intento centrarme en algo que no sean esos ojos azules clavados en mí, no puedo evitar fijarme en lo evidente.

Cuando aún vivía en el pueblo, el taller lo llevaba mi tío solo.

A lo sumo venía algún chico a echar una mano en verano, pero no había nadie trabajando con él de forma estable.

Así que Marcus… y este otro hombre que acaba de aparecer… deben de ser nuevos.

—Así que tú eres la famosa Keira —dice tendiéndome la mano—. Soy Benton, pero puedes llamarme Ben.

Tardo un segundo en reaccionar, todavía con la cabeza un poco en las nubes, pero acabo estrechando su mano.

—Es el líder de la manada —añade Garret.

Ah.

—Igualmente.

Sin querer, vuelvo a mirar a Marcus. Él sigue observándome sin disimular, como si estuviera intentando descifrarme. Me falta el aire. Los nervios se me disparan y doy pequeños pasos hacia atrás, intentando poner distancia.

Esto no es propio de mí. No es normal reaccionar así por alguien que acabo de conocer.

Necesito salir de aquí.

—Cody, ¿vamos al pueblo? —murmuro girándome hacia él—. Ahora.

La voz me sale un poco más alta de lo que pretendía.

—Después de ti —responde apartándose y extendiendo la mano, en un gesto ridículamente dramático, invitándome a pasar con una reverencia digna de un escenario.

Le suelto un gruñido y me doy la vuelta antes de que pueda añadir nada más. Camino hacia la camioneta con pasos rápidos, deseando que la tierra me trague.

—Adiós. Luego nos vemos, tío —me despido rápidamente, sin siquiera girarme.

—Hasta luego, Keira. Conduce despacio, Cody. Y ni se te ocurra hacer el idiota.

—Sí, señor —contesta llevándose la mano a la frente en un saludo militar—. Prometo no estrellar tu preciada camioneta.

—Más te vale.

Escucho sus pasos detrás de mí; echa a correr para alcanzarme mientras yo sigo andando con el pulso desbocado por algo que, en teoría, no debería importarme tanto.

Abro la puerta y la cierro con más fuerza de la necesaria cuando me meto dentro. El golpe resuena en el interior de la camioneta y me quedo mirando al frente, con las manos apoyadas sobre los muslos.

Respiro hondo un par de veces, intentando controlar el huracán de emociones que se han disparado dentro de mí. Me froto las manos contra los vaqueros y, entonces, me doy cuenta de que todavía me tiemblan un poco.

Vale, Keira, tranquilízate. Esto es ridículo. No es para tanto. O al menos no debería serlo.

La puerta del conductor se abre y se cierra un segundo después, haciéndome dar un pequeño respingo. Cody se acomoda en el asiento y se gira hacia mí con toda la calma del mundo, apoyando el brazo en el respaldo, demasiado cómodo para mi gusto.

—No digas nada —le advierto.

—No he dicho nada… todavía.

Resoplo, cierro los ojos e intento ordenar mis pensamientos, buscarle algún sentido a lo que acaba de pasar, pero la misma pregunta vuelve una y otra vez.

¿Qué coño ha sido eso?

No me comporto así. Nunca.

Entonces… ¿qué ha pasado?