El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 2 KEIRA #2
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CAPÍTULO 2 KEIRA #2

Desvío la mirada hacia la cocina, donde las tazas siguen sobre la encimera y el café aún humea ligeramente. Me había olvidado por completo del desayuno y espero que no se haya enfriado.

—He preparado café y tostadas, ¿queréis? —pregunto.

—Por supuesto —responde Cody sin pensárselo ni un segundo.

Pasa a mi lado y se dirige directo hacia la comida, alargando la mano hacia las tostadas.

—¡No te lo comas todo! —le grita su madre mientras sale disparada detrás de él, intentando agarrarlo de la camiseta para frenarlo, pero él se ríe, sin el menor intento de detenerse.

Mi madre se acerca a mí y me da un beso en la mejilla antes de rodearme con los brazos.

—¿Cómo has dormido, cariño?

—Bien —le contesto, devolviéndole el abrazo—. Hacía tiempo que no dormía tan tranquila.

—Me alegro de oír eso —comenta—. ¿Sabes? Me hace muy feliz que estés aquí —añade en voz baja, dedicándome una sonrisa mientras me acaricia el pelo igual que hacía cuando era pequeña.

—A mí también, mamá —le respondo, apoyando la cabeza sobre la suya antes de separarnos y encaminarnos juntas hacia la cocina.

Nos sentamos en la mesa y, mientras ella se sirve un café, yo vuelvo a coger la taza que había dejado preparada.

Cody está apoyado en la encimera con dos tostadas en la mano, ya a medio devorar, y no tarda en venir hacia nosotras para sentarse, seguido de cerca por mi tía, que aparece con los brazos en jarra y el ceño fruncido.

—Te he dicho que esperes —le suelta—. ¿O ahora también te crees dueño de la cocina?

—Estoy probando el producto —le contesta con toda la cara dura del mundo—. Alguien tiene que hacer el control de calidad.

—Control de calidad mis narices. ¿Ves lo que te digo? ¡No deja ni una!

—Qué exagerada eres —responde con la boca llena—. Si solo he cogido dos.

—¡Dos para empezar!

La discusión entre ellos sigue de fondo hasta que termina el desayuno y se limpia la boca con la mano, a lo salvaje, dejando claro que las servilletas no entran en su concepto de civilización.

—¿Servilletas? —pregunto, mirándolo y levantando una ceja—. ¿Para qué?

—Qué finolis eres, prima —dice, haciendo un gesto con la mano hacia mí, restándole importancia—. Se nota que has pasado demasiado tiempo fuera.

Pongo los ojos en blanco y me termino el último bocado.

—Tengo que bajar al pueblo a hacer unas compras. ¿Vienes conmigo? —pregunta, clavándome el dedo índice entre las costillas para hacerme cosquillas y llamar mi atención—. Venga, prima… porfa, porfa, porfa.

—¡Vale, vale! Iré contigo —le digo entre risas, sujetándole la mano para que deje de torturarme—. Tengo que comprar algunas cosas y me gustaría echar un vistazo a algún mueble para actualizar un poco mi habitación.

—¡Vamos! —se levanta de un salto y empuja la silla hacia atrás sin darse cuenta. La silla cae al suelo con un golpe.

—Mira que eres bruto —le dice mi tía, levantándose para darle una colleja.

—¡Au!

Arrastra la silla hasta devolverla a su sitio y se deja caer de nuevo frente a mí mientras tamborilea con los dedos sobre la mesa.

—Luego, si quieres, vamos con mis colegas. Así retomas un poco las costumbres de la manada, que ya va siendo hora.

Desde lo más profundo de mi ser sale un resoplido que deja bastante claro lo poco que me entusiasma la idea, pero al ver de reojo cómo mi madre se tensa, acepto.

No me hace ninguna gracia, pero no quiero hacerla sentir mal, así que intento recoger todo el ánimo que me queda y hacerme a la idea de que, tarde o temprano, tendré que hacerlo… así que, cuanto antes, mejor.

—Vale, pero no le digas a nadie que soy una omega, Cody —le advierto, sosteniéndole la mirada para que entienda que no estoy bromeando—. Te lo digo en serio. Esto tiene que quedarse entre nosotros.

Se lleva la mano a la barbilla, fingiendo que se lo está pensando de verdad, como si mi petición mereciera una reflexión profunda.

—De acuerdo, no diré nada —asegura mientras se pasa el dedo por los labios, cerrándolos con una cremallera imaginaria.

Aun habiéndome dicho que no va a decir nada y sabiendo que es verdad, no puedo evitar que el nervio se instale en mi interior y vuelva a formarse ese nudo incómodo que ya conozco demasiado bien.

Desde que crecí lo suficiente para que mi aroma delatara mi rango, intentaron llevarme por el camino que se suponía que debía seguir por mi lugar dentro de la manada.

Me hablaban de deber, de normas, de lo que se esperaba de mí, dando por hecho que no había otra opción y que encajar era obligatorio.

Cuando vieron que no cedía, que no pensaba agachar la cabeza ni convertirme en lo que querían, intentaron someterme y aquello solo empeoró las cosas. No lo consiguieron, pero dejaron claro hasta dónde estaban dispuestos a llegar.

Por suerte para mí, mi olor solo revela mi naturaleza cuando estoy en forma animal y eso me dio una mínima ventaja. Como todos, tengo mi propio olor, algo único que me identifica.

Pero además está el de loba, ese aroma salvaje que comparten los cambiantes y que cualquiera de la manada reconoce.

Debajo de todo eso hay otro matiz mucho más sutil: el de omega.

Siendo humana apenas se percibe. Es tan leve que la mayoría ni siquiera sabría identificarlo, sobre todo porque son tan escasas que pocos han conocido a una en persona y no tienen con qué compararlo.

En cambio, cuando me transformo, es distinto.

Los sentidos se agudizan, el instinto despierta y ese matiz deja de pasar desapercibido.

Los alfas lo reconocerían al instante. No porque lo hayan aprendido, sino porque lo llevan grabado en lo más profundo de su naturaleza.

Aunque nunca hayan visto ni olido a una omega antes, sabrían exactamente lo que soy.

Por eso es tan importante mantenerlo oculto.

Además, solo lo supieron el líder de entonces y algunos de los veteranos, nadie más, convirtiéndolo en un secreto.

Quizá por eso les resultaba más fácil intentar doblegarme que entenderme.

No encajé de pequeña y, siendo sincera conmigo misma, dudo mucho que ahora vaya a ser diferente. Quizá ya no me importe tanto, o quizá he aprendido a convivir con eso, pero al final, tanto en la ciudad como aquí, sigo sintiéndome diferente al resto.

Sacudo esos pensamientos, otra vez, antes de que me amarguen la mañana y vuelvo a la cocina. Soy incapaz de no darle vueltas a lo que me preocupa, aunque intente convencerme de que no tiene sentido seguir ahí, rumiándolo todo.

Mi tía y mi madre siguen desayunando, ajenas al caos que tengo montado en la cabeza, así que me acerco primero a mi tía y le doy un beso rápido en la mejilla; después me inclino hacia mi madre y repito el gesto.

—No tardes. Y cuidado con este —añade mi tía, lanzándole una mirada de advertencia a Cody.

—Siempre igual —responde, ya de camino a la puerta—. Qué mala imagen tienes de mí… si soy un santo.

—Disfruta —me dice mi madre—. Luego nos vemos.

No me entretengo más. Cody ya está abriendo la puerta, incapaz de quedarse quieto, así que salgo detrás de él casi a la carrera.

—¡Hasta luego! —grita al aire, mientras lanza las llaves de su camioneta hacia arriba y las atrapa en el último segundo.

Se sube al asiento del conductor, rodeo la camioneta y me acomodo en el del copiloto. En cuanto cierro la puerta, sube la música metal, a todo volumen, los altavoces retumban haciendo vibrar el suelo bajo mis pies y el asiento bajo mi cuerpo.

Me llevo una mano a la frente y suelto un suspiro largo.

Este chico es incapaz de estar en silencio.

Con él todo es ruido, movimiento y exceso, una parte de mí ya ha entendido que solo queda tomárselo con calma y armarse de paciencia…

mucha paciencia. La otra parte, en cambio, está a dos comentarios más de querer estrangularlo.

Arranca con un derrape exagerado y completamente innecesario, levantando una nube de polvo y grava que golpea los bajos de la camioneta antes de incorporarse al camino.

No he podido ponerme el cinturón, lanzo los brazos hacia la puerta y me aferro al asa, intentando no acabar estampada contra la ventanilla.

—¿Siempre conduces así o es solo para impresionarme? —le grito, para que me oiga por encima de la música.

—Para impresionarte, claro —responde, guiñándome un ojo—. ¿Funciona?

Le saco el dedo corazón y lo fulmino con la mirada a modo de respuesta. No aguanta ni dos segundos antes de echarse a reír.

Cuando por fin deja de jugar al piloto de rally y conduce en línea recta, aprovecho para acomodarme en el asiento y ponerme el cinturón.

—Han cambiado algunas cosas desde que te fuiste —comenta sin apartar la vista de la carretera.

Hay algo en la forma en que lo dice que me hace fruncir el ceño.

—¿Para bien o para mal? —pregunto girando ligeramente la cabeza hacia él.

—Depende de a quién le preguntes. La jerarquía sigue siendo la misma: alfa, beta, omega. Eso no se discute.

Suelto un suspiro y apoyo la cabeza en el respaldo mirando al techo del coche.

—Ya… —murmuro—. Supongo que hay cosas que nunca cambian.

Me lanza una mirada rápida de reojo.

—Tranquila, todo va a ir bien.

Quiero creerle. De verdad que sí.

—Espero que tengas razón —respondo sin demasiada convicción.

Vuelve a centrar la atención en la carretera y, durante unos segundos, solo se oye el motor y la música de fondo. Entonces chasquea la lengua y da una palmada seca en el volante.

—¡Mierda! Se me había olvidado por completo. Tengo que pasar primero por el taller a dejar unas piezas.

—No pasa nada —digo encogiéndome de hombros—. Vamos.

Asiente y gira el volante para tomar el desvío. El camino se estrecha un poco y, tras una curva suave, aparece el cartel oxidado que marca la entrada al pueblo. Justo allí, al lado de la carretera y antes de las primeras casas, está el taller.

Aparca justo frente a la puerta con una maniobra rápida.

Al bajar, me fijo en la enorme camioneta negra que hay al lado; no la reconozco y eso me llama la atención.

Él rodea el coche, va a la parte de atrás y coge una caja del maletero.

Luego se adelanta para abrirme la puerta del taller, sujetándola para que pase primero.