El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 2 KEIRA
5%

CAPÍTULO 2 KEIRA

KEIRA

Me despierto sobresaltada y, durante unos segundos, no sé dónde estoy.

Me incorporo en la cama y miro a mi alrededor, todavía un poco perdida. El papel de las paredes, los muebles y la colcha me hacen caer en la cuenta de que estoy en la habitación de mi infancia.

Vuelvo a tumbarme, clavando la mirada al techo. Cuesta asumirlo. Una parte de mí todavía espera abrir los ojos y encontrarse con la ventana de mi piso en la ciudad.

Cierro los ojos con fuerza y dejo escapar un quejido, que suena demasiado infantil para mi edad, acompañado de una mueca de pura frustración.

De poco sirve mentirse. Me guste o no, tengo que asumirlo. Ya no soy una cría que puede salir corriendo cuando algo no le gusta. Soy una mujer de veinticinco años, adulta y responsable… o al menos eso me repito a mí misma, intentando aceptar que, por ahora, este es mi sitio.

Voy al baño para darme una ducha y, en cuanto me meto bajo el agua caliente, dejo que me caiga por encima durante unos minutos, ayudando a que parte de la rigidez muscular que tengo, después de haber pasado tantas horas seguidas conduciendo ayer, se reduzca un poco.

Cuando salgo, ya más despejada y con la sensación de haber arrancado el día de verdad, vuelvo a la habitación y empiezo a vestirme. Me decido por unos vaqueros ajustados, una camiseta de tirantes blanca, la sudadera negra con capucha y mis botas de montaña. Práctico, sencillo y sin complicaciones.

Antes de salir, compruebo en el espejo que mi pelo liso esté libre de nudos. Lo tengo fino y, con lo largo que lo llevo, se enreda con facilidad.

Es negro, muy oscuro, y hace que mis ojos azules parezcan todavía más claros, casi grises según la luz. No me parezco a mi madre ni a mi tía, con su tono miel y sus rasgos suaves. Soy distinta, en más de un sentido, y eso es algo que he tenido que aprender a llevar desde pequeña.

De la familia de mi padre no sé absolutamente nada… ni ganas. Pero supongo que mi aspecto tiene que venir de ahí, porque mi madre no para de recordarme que soy igual que él. No creo que sea consciente de que, para mí, eso no es ningún halago.

Viendo que estoy bastante presentable, salgo de la habitación y asomo la cabeza a la de mamá, aunque enseguida veo que está vacía, así que sigo avanzando por el pasillo y bajo al salón. Allí encuentro a mi madre y a mi tía dormidas en el sofá, abrazadas.

Desde que tengo memoria han sido así, inseparables, y aunque mi tía tenga su propia casa, a su marido y a su hijo, muchas noches acaba durmiendo con ella.

Estuvo a su lado en cada etapa de su vida, en lo bueno y en lo malo, sin abandonarla jamás.

Sé que le dolió cuando nos fuimos a la ciudad y, precisamente por eso, cuando decidió volver, no me enfadé.

La entendía, porque este siempre ha sido su hogar.

Verlas así despierta la culpa por haber estado lejos demasiado tiempo y por no haber visto cómo se apagaba poco a poco.

Sacudo la cabeza y suelto un suspiro, intentando quitarme esos pensamientos de encima, obligándome a volver al presente antes de que me arrastren a un lugar del que luego es difícil salir.

Y justo cuando intento recomponerme y fingir que todo está bajo control, el estómago decide que ese es el momento ideal para avisarme de que, si no le doy de comer pronto, acabará devorándose a sí mismo, así que, para evitar una tragedia innecesaria, me dirijo a la cocina.

Por lo menos les preparo el desayuno antes de que se despierten, me digo a mí misma, usándolo como un pequeño consuelo. Una forma sencilla de sentir que, aunque no pueda arreglarlo todo, al menos puedo empezar por algo.

Preparo la cafetera y la pongo al fuego, dejando que el café empiece a calentarse poco a poco mientras corto varias rebanadas de pan y las coloco en la tostadora.

Cuando el café está listo, lo reparto en tres tazas diferentes.

A la mía le añado bastante leche y dos cucharadas generosas de azúcar, convirtiéndolo en un pequeño manjar de los dioses.

Con todo preparado, me tomo un segundo para disfrutar. No nos vamos a engañar: no hay mejor comida del día que el desayuno. ¿Quién puede resistirse a un placer tan simple y tan necesario?

Sostengo la taza caliente entre las manos, me apoyo en la encimera y miro por la ventana, dando pequeños sorbos, saboreando cada trago mientras a mi alrededor solo hay silencio. Cuánto lo he echado de menos.

Mentiría si dijera que la ciudad me gustaba. Más bien todo lo contrario. No soporto las aglomeraciones, los atascos constantes, la polución, el ruido que nunca desaparece por completo. Me resulta totalmente desagradable, agotador incluso.

Aquí, en cambio, se respira aire puro y todo es calma. Una tranquilidad que el alma necesita y agradece, sobre todo después de haber vivido rodeada de cemento y prisas.

Incluso el frío forma parte de esa sensación.

Ahora mismo estamos en primavera y, aun así, el ambiente sigue siendo fresco.

Es lo normal en Crowewood. El denso bosque que rodea el pueblo crea una especie de clima propio, con árboles altos que apenas dejan pasar la luz, sombra constante y una humedad que se queda en el ambiente y se nota en cuanto sales de casa.

Por eso las mañanas son frescas, incluso cuando en otros lugares el calor ya empieza a notarse.

Todo en este lugar funciona así, a su propio ritmo. Es un pueblo pequeño, aislado del resto del mundo, casi escondido entre montañas, donde no pasa gran cosa y donde precisamente por eso todo resulta más sencillo.

Casi no hay humanos, pero los pocos que viven aquí conocen nuestro secreto desde hace años. Conviven con él con total normalidad, sin preguntas incómodas ni miradas de más. No han dicho ni una sola palabra y, aunque lo hicieran, nadie de fuera se tomaría en serio historias así.

Todo el mundo sabe hasta dónde puede llegar y que es mejor no preguntar. Eso nos mantiene a salvo, protegidos por el bosque y por nuestras propias normas, lejos de miradas curiosas y de un mundo que jamás terminaría de entendernos del todo.

Un golpe brusco en la puerta me hace volver a la realidad, sacándome de mis pensamientos.

—¡Cachorrita! —grita una voz que reconozco al instante.

El corazón me da un vuelco y salgo disparada hacia la puerta con una sonrisa enorme. Detrás de mí, mi tía gruñe entre dientes, soltando una retahíla de maldiciones que ni siquiera llego a entender.

Abro y allí está Cody. Mi primo preferido…

y el único que tengo. Está hecho todo un hombre.

Es más alto que yo y eso no es fácil, porque soy una mujer alta: mido un metro ochenta y cinco y él debe de rondar el metro noventa.

El cuerpo se le ha ensanchado y los rasgos se le han marcado, dándole un aire más maduro.

Lleva el pelo rubio oscuro, despeinado como siempre, y cuando alza la mirada me encuentro con esos grandes ojos color miel que comparte con nuestra familia materna.

Aun así, conserva la sonrisa de toda la vida, con la que es capaz de contagiar el buen humor al que tenga delante.

Me levanta del suelo sin esfuerzo y me aprieta contra él con tanta fuerza que me deja sin aire. Apenas puedo protestar cuando ya estoy riéndome, sorprendida y feliz a partes iguales.

Me aferro a su cuello mientras damos vueltas en la entrada, igual que cuando éramos pequeños.

—Has tardado mucho en volver, prima. Te echábamos de menos —dice al soltarme, aunque me da un último apretón que casi me parte las costillas.

Me aparto un poco para poder coger aire y niego con la cabeza.

—Ya sabes… no tenía prisa por sentirme prisionera de nuevo —respondo, encogiéndome de hombros—. Pero dime una cosa, ¿cómo has sabido que estaba aquí?

En realidad, venir fue algo que decidí de un día para otro. No lo tenía planeado ni había una fecha marcada.

Ni siquiera recogí todas mis cosas del piso. Fue repentino. Simplemente decidí venir… y lo hice.

Alguna vez le había dejado caer a mi madre que quizá volvería, pero terminaba posponiéndolo, convencida de que todavía no era el momento.

Él sonríe y se señala la nariz, como si fuera la respuesta más obvia del mundo.

Frunzo el ceño y suelto un resoplido, incapaz de disimular la mezcla de fastidio y resignación.

Por supuesto... me han olfateado.

No debería sorprenderme. En un sitio como este es imposible pasar desapercibida y menos después de haber estado tantos años fuera. Aun así, saberlo me incomoda. Alguien se da cuenta tarde o temprano; puedes mentir o callarte cosas, pero tu aroma te delata y no hay manera de ocultarlo.

No hay escapatoria. Toda la manada lo sabrá antes de que tú misma seas capaz de asimilarlo.

Pasa un brazo por encima de mis hombros y me empuja hacia el interior de la casa.

—No soy el único que te ha olido, ¿sabes? —murmura, mirándome de reojo, con esa sonrisilla burlona tan suya.

Me muerdo el interior de la mejilla antes de responder. No hace falta que me lo explique. Ya lo sé, y eso no hace que la situación sea mejor.

—Vaya, qué sorpresa —respondo con ironía.

Empiezo a calcular en mi cabeza cuánto tardarán en aparecer las preguntas… y quién será el primero en hacerlo.

—¡Cody! ¡La próxima vez llama a la puerta como alguien civilizado y no como una bestia parda! —le suelta mi tía mientras le lanza un cojín directo a la cabeza.

Él lo esquiva sin esfuerzo, con un movimiento rápido y despreocupado que le arranca otro gruñido.

—Te olvidas de que soy una bestia parda, madre —replica, apoyándose en el marco de la puerta con una postura descarada.

No puedo evitar reírme. Verlo así me resulta extrañamente reconfortante, como si el tiempo no hubiera pasado en absoluto.

Está mucho más grande, más ancho de hombros, más fuerte en general, pero eso también es lo normal.

Al fin y al cabo, somos lobos, y nuestra constitución no tiene nada que ver con la de un humano.

Con Cody no hay silencios incómodos ni necesidad de explicarlo todo. Las cosas simplemente fluyen, sin darle demasiadas vueltas, hasta el punto de que no hace falta hablar para entendernos.