El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 1 KEIRA #2
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CAPÍTULO 1 KEIRA #2

Con más valor del que realmente siento, y con la voz algo más alta de lo que pretendía, le grito:

—¡Fuera de aquí!

Se sobresalta, más por sorpresa que por miedo.

Da un pequeño paso atrás, cambia el peso de una pata a la otra y baja un poco la cabeza, inquieto.

Supongo que no esperaba una reacción así ni que le plantara cara.

Nos quedamos mirándonos durante unos segundos que parecen eternos y acabo atrapada en su mirada, incapaz de apartar la mía.

Sus orejas se mueven, mostrando claramente que está dudando.

Al final se gira y se pierde entre los árboles, internándose en el bosque que rodea la casa. Su silueta negra se va diluyendo entre las sombras hasta desaparecer por completo, sin hacer el menor ruido.

Permanezco allí plantada, intentando asimilar lo que acaba de pasar. Algo dentro de mí me dice que aquello no ha sido casual. No ha aparecido por error ni se ha cruzado sin más. Estaba allí por algo. Por mí.

Tardo unos segundos en recomponerme y miro alrededor, revisando el porche, el coche y la linde del bosque, asegurándome de que no ha dado media vuelta.

Aun así, no me quedo tranquila. Me siento indefensa y no se me pasa, por mucho que intente convencerme de lo contrario. Mis sentidos están oxidados de no usarlos, atrofiados por el tiempo, y ahora lo noto más que nunca. Estoy desentrenada.

No recuerdo la última vez que me transformé.

Sigo dándole vueltas en la cabeza hasta que decido dejarlo pasar, al menos por ahora, y vuelvo a entrar en casa, intentando aparentar normalidad.

Nada más cruzar la puerta, las dos mujeres levantan la vista al mismo tiempo, cortando su conversación en seco. Está claro que han oído el grito y quieren saber por qué y a quién iba dirigido.

—¿Estás bien, cariño? —pregunta mi madre, inclinándose un poco hacia delante, con el ceño ligeramente fruncido.

—Sí, no te preocupes —respondo, quitándole importancia con un gesto de la mano—. Solo he visto a uno de ellos.

Raine suelta una risa pícara al instante.

—Dirás uno de nosotros, cachorrita —corrige, levantando los brazos con un gesto exagerado para incluirnos a las tres.

—¿De verdad era uno de ellos? —pregunta mi madre en voz baja, como si estuviéramos compartiendo un pequeño secreto.

—Sí —respondo, entrecerrando los ojos al mirarlas—. Grande, negro y de ojos azules.

Las dos se miran, entendiéndose en un idioma que desconozco por completo. Una aprieta la mano de la otra, sellando un pacto silencioso que no necesita palabras y que, por ahora, no piensan compartir conmigo.

—No me digas… —murmura Raine, con una sonrisa ladeada que no me gusta nada—. Esto se va a poner muy interesante.

Resoplo y pongo los ojos en blanco, más cansada que intrigada. No tengo energía para ponerme a descifrar nada, y mucho menos para entrar en todo lo que tenga que ver con lobos. Ni pensarlo. Mucho menos con un alfa.

Aunque lleve años sin transformarme, todavía recuerdo bien ese olor más fuerte que les caracteriza, intenso y difícil de ignorar.

—Mañana me vais a contar qué es ese secretismo que os traéis entre manos —les digo, mirándolas de reojo mientras empiezo a subir las escaleras hacia el piso de arriba, dejándoles claro que no pienso olvidarlo tan fácilmente.

No responden. Simplemente intercambian otra mirada cómplice, dejándome claro que no me están contando todo y que, pase lo que pase, esta historia no ha hecho más que empezar.

Suspiro, sintiendo cómo el cansancio va en aumento. He pasado siete horas al volante, parando solo dos veces para tomarme un café y comer algo rápido, y ahora lo único que me apetece es tumbarme en la cama y dejar este día atrás.

Subo los escalones con el recuerdo del encuentro todavía rondándome la cabeza, incapaz de dejar de pensar en esos ojos azules, incluso cuando llego arriba. Allí todo parece más pequeño de lo que recordaba, pero el olor a madera vieja y a hogar sigue siendo exactamente el mismo.

Cuando abro la puerta de mi cuarto, veo que sigue igual a como lo dejé. El papel de las paredes continúa intacto, con el estampado de hojas verdes que yo misma elegí, convencida en su día de que era precioso y de que me iba a gustar para siempre.

Ahora no puedo evitar esbozar una pequeña sonrisa al pensarlo. Supongo que ese para siempre no era tan real como creía entonces.

La colcha de flores cubre la cama, perfectamente estirada, sin una sola arruga.

Recuerdo esconderme debajo de ella cuando jugaba con Cody, mi primo, el hijo de mi tía Raine.

Tan solo nos llevábamos dos años de diferencia y pasábamos horas jugando juntos.

Él tenía que encontrarme y, aunque siempre acababa escondiéndome en el mismo sitio, se las arreglaba para buscar por toda la casa primero, solo para hacerlo más emocionante.

Yo aguantaba la risa, conteniendo la respiración, convencida de que esa vez no me descubriría.

Al final, siempre se dejaba caer al suelo y asomaba la cabeza, sonriendo al encontrarme, porque en realidad lo había sabido desde el principio. Fueron momentos preciosos.

Resulta imposible no sentir que esta habitación se quedó congelada en el tiempo, igual que muchos de esos recuerdos.

Tengo que cambiarla urgentemente. No es que tenga pensado quedarme aquí para siempre, ni mucho menos, pero mientras esté en Crowewood necesito sentirla mía.

Pintar las paredes, cambiar las sábanas y hacer pequeños cambios.

Convertirla en un espacio en el que no me sienta atrapada en la niña que fui, sino cómoda siendo la mujer en la que me he convertido.

Porque, aunque solo sea por un tiempo, necesito un sitio donde poder respirar sin la sensación constante de estar atrapada en el pasado.

Dejo las maletas junto al armario y me siento en el borde de la cama.

Saco el móvil del bolsillo y la pantalla se llena de mensajes de Maddie.

No me sorprende. Suelo llevarlo en silencio porque no es algo que use demasiado, al menos no como la gente de la ciudad, que parecía incapaz de separarse de él ni un minuto.

Prefiero disfrutar de lo que tengo alrededor, vivir el momento, sin pantallas de por medio.

Maddie: Keira, ¿has llegado ya?

Maddie: Sé que estás conduciendo, pero mándame un ok al menos.

Maddie: ¡Llevas horas sin contestar!

Maddie: Te dije que me avisaras cuando llegaras.

Maddie: Me vas a matar de un infarto.

Maddie: Voy a llamar a tu madre si no me escribes ahora mismo.

Maddie: Vale, no tengo su número… pero lo consigo.

Maddie: Eres la peor.

Maddie: Te quiero igual. Pero eres la peor.

Maddie: ¡Respóndeme ya!

Maddie: Por favor dime que no te has matado en la carretera.

Maddie: KEIRA.

Niego con la cabeza y suspiro, tapándome la cara con la mano, claramente avergonzada.

Se me había olvidado por completo avisarla.

Conduje tantas horas, con la cabeza en otra parte, que perdí un poco la noción del tiempo.

Maddie es el amor hecho persona: atenta, cariñosa y la mejor amiga que podría tener.

Nos conocimos el día de la entrevista para el trabajo que acabo de dejar y, sin darnos cuenta, nos volvimos inseparables.

Desde entonces ha sido mi apoyo constante, incluso en los días en los que yo misma no sabía muy bien qué estaba haciendo con mi vida.

Tecleo rápido antes de que me monte un drama aún mayor. La conozco demasiado bien y sé que, si no le contesto ya, va a empezar a imaginarse todo tipo de desgracias.

Keira: Estoy bien, Maddie. Llegué hace un rato. Perdón por no avisar, se me pasó por completo.

La respuesta no tarda ni un minuto en llegar, tal y como esperaba:

Maddie: ¡POR FIN! Estaba a punto de llamar a emergencias.

Maddie: Me debes una cena por la angustia que me has hecho pasar.

Maddie: Bueno… mejor dos.

Río sola en la habitación, con el móvil todavía entre las manos. Tiene la capacidad de hacerme sonreír incluso cuando estoy agotada o cuando todo se me hace cuesta arriba. Da igual la distancia, siempre encuentra la forma de recordarme que no estoy tan sola como a veces me empeño en creer.

Me tumbo mirando al techo mientras escucho el murmullo que llega desde el salón.

Estoy de vuelta en casa, pero la mezcla de todo lo que he dejado atrás y de lo que me espera aquí hace que el pulso se me acelere.

Hay una sensación incómoda que no consigo ignorar, como una lucecita que se enciende en mi cabeza y me dice que mi regreso no va a ser sencillo.

Me giro de lado y mis ojos van directos a la mesilla de noche, donde la figurita de piedra negra de un lobo sigue ahí, exactamente donde la dejé.

Paso los dedos por la superficie fría y me vienen a la cabeza todas esas veces en las que dijeron que tenía la misma mirada que mi padre: fuego, orgullo, terquedad.

Nunca me gustó oírlo, y sigue sin gustarme ahora.

El aire se cuela por la ventana arrastrando un aullido lejano, recordándome dónde estoy y lo que eso implica. La manada sigue aquí, aferrada a las mismas normas que nunca he soportado y con las que jamás encajé. A día de hoy, eso no va a ser distinto, y pensarlo me deja un sabor amargo en la boca.

Con esa idea dando vueltas en la cabeza, suelto un largo suspiro e intento dormir, porque mañana será duro. Todos sabrán que he vuelto y nada volverá a ser igual.