El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) CAPÍTULO 1 KEIRA
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El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1)

El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1)

Por Rose Blackmere

© inepub.com

CAPÍTULO 1 KEIRA

KEIRA

El olor a bosque húmedo entra por las ventanillas en cuanto cruzo el límite del pueblo.

Es más denso que en la ciudad, cargado de humedad y savia, con ese matiz salvaje que siempre me ha resultado reconfortante.

Volver después de tantos años es una mezcla extraña entre no encajar del todo y de sentirme una intrusa en el lugar donde aprendí a caminar, a correr y a soñar, antes de que la vida me arrastrara lejos cuando aún era una niña.

Recuerdo bien el momento en que todo cambió. Cuando mi madre vio que no me integraba en la manada y tomó la decisión de mudarnos a la ciudad. Allí crecí intentando encajar en un mundo que no era del todo mío, adaptándome a normas que nunca terminé de sentir propias.

Quizá por eso dejar mi trabajo no fue tan difícil como pensé que sería.

Mi jefe era un baboso, que no paraba de invitarme a salir, y cada día se ponía más pesado.

Aun así, allí tenía independencia, amigos y libertad.

Y lo más importante: estaba lejos de todo esto.

Lejos del bosque, de la manada y de todo lo que se esperaba de mí por mi naturaleza.

La carretera serpentea entre las montañas, obligándome a bajar la velocidad.

Con cada curva aparecen casas desperdigadas y, a lo lejos, brillan las luces amarillas del pueblo, dándole un aire acogedor.

La imagen me provoca una mezcla de nostalgia y resignación.

Nada parece haber cambiado, a diferencia de mí.

Conduzco unos kilómetros más hasta que, por fin, llego a mi destino. Aparco en la amplia explanada de tierra que hay frente a la casa y apago el motor. Antes de bajar, me quedo unos segundos dentro mentalizándome de que mi vida está a punto de dar un giro completo, en cuanto ponga un pie fuera.

En cuanto bajo del coche, enseguida siento que me observan. No es nada nuevo: lobos curiosos por mi llegada, mirándome desde algún punto oculto entre la espesura del bosque.

Supongo que ese refrán de que la curiosidad mató al gato también se les puede aplicar a ellos.

La costumbre me empuja a reaccionar y tengo que morderme la lengua para no gruñirles, para dejarles claro que no he vuelto por ellos, sino por ella.

Mamá me espera en el porche de nuestra vieja cabaña. Está recostada en la mecedora, tan delgada que parece hundirse en ella, con una manta sobre las piernas. Antes su melena era densa y brillante; ahora parece sin vida. Cuando me acerco, sonríe, pero en su mirada ya no está esa luz de antes.

—Has vuelto —susurra, extendiendo los brazos hacia mí, dándome una cálida bienvenida.

No lo pienso dos veces. Corro hacia ella y la rodeo en un abrazo fuerte, enterrando la cara en su cuello para respirar su aroma, ese que siempre me ha hecho sentir a salvo. Me devuelve el abrazo y apoya el rostro en mi hombro, intentando ocultar un sollozo.

—Claro que sí. No iba a dejarte sola —respondo, con la voz más tensa de lo que me gustaría, mientras el nudo en la garganta y el ardor en los ojos me traicionan.

Desde la cocina llega un leve carraspeo y, al momento, mi tía Raine aparece con alivio en el rostro, uniéndose al abrazo y cerrándonos en un pequeño refugio improvisado.

—¡Ay, mi cachorrita! —exclama, rodeándome con un brazo—. ¡Qué alta estás! —Me mira de arriba abajo y sonríe—. Aunque crezcas, para mí vas a ser siempre mi cachorrita.

Fue ella quien me llamó para decirme que la depresión de mamá había empeorado. En ese momento no quise creerlo. Pensé que estaba exagerando, que podía con todo. Al fin y al cabo, siempre me decía por teléfono que estaba bien, que no me preocupara.

Me duele haber elegido mi vida en la ciudad, haberme mantenido lejos de todo esto. De mis raíces. Está claro que no podía cuidarse sola y pensarlo me deja una sensación amarga difícil de quitar.

Me repito que hice lo correcto, que tenía mis motivos para no volver cuando ella lo hizo. Durante mucho tiempo me aferré a esa idea. Pensé que bastaba con llamarla de vez en cuando, pero ahora sé que no.

Aquí, frente a ella, esas razones empiezan a perder peso. Comprendo que quedarme en la ciudad tuvo un precio muy alto, uno que pagó ella sola.

Me tuvo con tan solo dieciséis años. Nunca pudo divertirse como las demás chicas de su edad; se partió el lomo criándome sola después de que ese maldito alfa, mi padre, la abandonara. Nunca dejó de amarlo ni de esperar su regreso, algo que jamás llegaré a comprender.

Cuando mencionó la posibilidad de volver, me bloqueé por completo, demasiado centrada en mí misma para ver lo que estaba pasando de verdad, para entender que ella necesitaba esto. Fui incapaz de ver más allá de mi propio egoísmo.

Y ahora, viéndolo desde otra perspectiva, entiendo muchas cosas y por eso estoy aquí. He vuelto para intentar enmendar mis errores, con la persona que más quiero en el mundo. La que lo ha dado todo por mí, por darme una buena vida, aunque eso significara ir perdiendo la suya por el camino.

Mi tía me acaricia el costado intentando animarme. Sabe por dónde van mis pensamientos y no hace falta decir nada más. No ha sido fácil llegar hasta aquí y verla así no ayuda.

—Vamos, chicas —dice con suavidad—. La cena ya está lista. He hecho uno de tus platos preferidos, Keira: pastel de carne.

Me separo un poco del abrazo y la miro. Respiro hondo, intentando recomponerme, y le devuelvo la sonrisa, agradecida por ese salvavidas que me acaba de lanzar.

—Nadie lo cocina como tú —le respondo mientras me paso el dorso de la mano por la cara limpiándome las lágrimas, que al final se me han escapado, sin darle demasiada importancia.

A mi tía se le nota el orgullo en la cara.

Me guiña un ojo y niega con la cabeza, fingiendo que no es para tanto.

Cojo la mano de mi madre y, con una mirada cargada de cariño, vamos juntas hacia la cocina, donde el olor del pastel recién horneado nos llega incluso antes de entrar: especias, carne jugosa y ese toque secreto que nunca ha querido revelar.

La ayudo a sentarse en la mesa y me acomodo a su lado.

Mientras me sirvo un trozo generoso, no puedo evitar pensar en cuánto había olvidado estos pequeños momentos.

Rutinas familiares que antes me parecían insignificantes y que ahora valoro como un tesoro.

Al final, siempre pasa lo mismo: no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos.

—Huele increíble —digo llevándome un buen trozo a la boca.

—Ya verás cuando lo pruebes —responde mi tía claramente satisfecha.

Asiento con la boca llena, incapaz de llevarle la contraria, y sigo comiendo mientras me acomodo mejor en la silla.

—¿Y qué tal en la ciudad? —pregunta mi tía al cabo de un momento.

Trago antes de responder.

—Me levantaba, iba al trabajo y prácticamente pasaba allí todo el día —digo entre bocado y bocado—. Cuando salía, me iba a correr para despejarme un poco y, los viernes, quedaba con Maddie y algunos compañeros de trabajo para tomar unas copas y fingir que tenía vida social.

Me encojo de hombros y al decirlo en voz alta me doy cuenta de lo simple que suena todo.

—Esa era mi vida.

—¿Y el trabajo?

—Un desastre. Digamos que no lo echaré de menos.

Mi madre me mira entonces y alarga el brazo para acariciarme la mejilla.

—Me alegro mucho de que estés aquí, hija mía —susurra con voz suave.

Le cojo la mano y la aprieto con fuerza, contestando a sus palabras sin necesidad de decir nada.

Seguimos cenando entre anécdotas, comentarios sin importancia y algún que otro cotilleo que mi tía se empeña en contarme, para ponerme al día de todo lo que pasa en el pueblo.

Nunca me han interesado demasiado los rumores ni las historias ajenas, pero esta vez no me molestan.

Al contrario. Sentirme parte de esto llena algo que llevaba mucho tiempo vacío en mi interior.

Cuando terminamos parece que voy a explotar.

Hacía mucho tiempo que no comía así. Últimamente he estado comiendo para sobrevivir, sin más.

Cocinar solo para mí se había convertido en algo que veía innecesario, así que no me esforzaba.

Cogía lo primero que encontraba, algo rápido, fácil, y tiraba con eso.

Volver a sentarme delante de un plato de verdad, caliente, hecho con mimo, me ha dejado el estómago la mar de satisfecho. Quien diga que a las mujeres se les conquista por el estómago, tiene toda la razón.

—Voy a por las maletas del coche, ahora vuelvo —comento mientras me pongo en pie y me llevo una mano al estómago.

—Vale, cariño.

Al apoyar la mano en el picaporte, una sensación extraña me hace frenar en seco. Me quedo quieta un segundo, intentando descifrar qué es lo que pasa, pero no logro identificar nada concreto, así que no le doy demasiada importancia y acabo abriendo la puerta.

Ya fuera, bajo los escalones del porche lentamente mientras giro la cabeza a un lado y a otro, recorriendo el exterior con la mirada. Busco sin saber muy bien qué.

Me quedo completamente helada cuando mis ojos se clavan en un punto concreto, junto a mi coche.

Un enorme lobo negro está allí, olfateando el aire en mi dirección. Su pelaje es tan oscuro como la misma noche y, su presencia, resulta imponente. Bajo el pelo se le marca la musculatura, firme y potente, tensándose con cada movimiento.

Sus ojos… esos ojos azules destacan de una forma imposible y no los aparta de mí ni un segundo. Parece incluso impactado por verme aparecer.

El corazón me da un vuelco tan fuerte que casi me cuesta respirar.

Hace muchísimo que no veía a un cambiante en forma animal y sé que lo es porque es mucho más grande que mi Hyundai Tucson.

Debe medir más de dos metros, imposible de confundir con un lobo normal.

Los nervios me recorren el cuerpo como una corriente eléctrica; las manos me empiezan a sudar y, por un instante, la idea de dar media vuelta y volver corriendo dentro de casa me parece la opción más sensata.

Me obligo a quedarme donde estoy. Respiro hondo, trago saliva y enderezo un poco la espalda, aunque por dentro esté hecha un manojo de nervios. No pienso dar media vuelta.