27 #3
Ya me había corrido dos veces y seguía igual de cachondo que antes de hacerlo. ¡Era tal el deseo que sentía por esa mujer que me había vuelto a empalmar en unos pocos minutos! Y es que la sensualidad que desprendía Mónica era una cosa superlativa.
¡No podía ser más morbosa la muy hija de puta!
Le pasé la polla por el coño, tres o cuatro veces, pero mi objetivo era otro.
Y allí lo tenía, delante de mis narices.
Su pequeño ano dilatado y listo para ser penetrado.
Tiré de sus glúteos hacia fuera y me quedé unos segundos contemplándolo.
Se contraía solo, como si latiera. Acerqué despacio mi glande, rocé su ano con delicadeza e hice una ligera presión, pero no la penetré.
Luego me aparté de ella y golpeé su entrepierna de abajo arriba.
¡La azoté en todo el coño!
Se le escapó otro gemido y se puso de puntillas. Después recuperó su posición apoyando las plantas de los pies, con lo que soltó la tensión de sus piernas, y volvió a mirar hacia atrás.
―¡Métemela, vamos, aaahhhggg, no puedo másssss!
Me la sujeté con firmeza y pegado a ella, la deslicé desde el coño hasta el culo, sin separarme de su cuerpo ni un milímetro, haciendo que la sintiera por sus dos orificios.
Cualquiera de los dos eran una jodida tentación, pues si su ojete se me ofrecía abierto, qué podía decir de ese delicioso coñito lubricado.
Me recosté en su espalda, posé la polla en sus glúteos y le acaricié las tetas, besando su hombro.
Ella se giró y buscó mi boca otra vez. Me besó mientras golpeaba con el culo contra mi cuerpo, buscando que por fin la penetrara.
―¡Por favor, Adrián, te lo pido por favor! ―Y vi cómo se metía la mano entre las piernas buscando mi polla, pero yo no se lo permití y me separé de ella.
―¿Por dónde la quieres? ―le pregunté, volviéndosela a restregar unas cuantas veces.
―¡Aaaaah, Adrián, métemela, aaaaaaah, hazlo!. Quiero sentirte dentro. ¡Aaaaaah, fóllame!
―Te he preguntado que por dónde la quieres…
―¡Eres un puto cabrón, aaaaaaah, un puto cabrón, aaaaahggg…!
―Dime por dónde la quieres y en menos de quince segundos la tendrás dentro…
―¡Aaaaaah, joderrrrr, aaaaaaah…!
―¿Por delante o por detrás?
―¡Aaaahhhggg, aaaaahhhggg…!
Tuve que ayudar a Mónica a que se decidiera, aunque yo tenía bien claro lo que iba a hacer, así que coloqué mi polla justo a la altura de su ano y presioné algo más que la anterior vez y, ahora sí, mi capullo entró en contacto con sus paredes internas, lo justo para que ella me sintiera dentro, pero después me retiré.
Apenas se la había metido y Mónica abrió la boca, gimiendo desesperada y negó con la cabeza.
Entonces se giró, se agarró bien fuerte a la mesa y sacó las caderas hacia atrás, poniéndose en posición y preparándose para lo que venía.
―Por el culo, uffff… ―susurró agachando la cabeza, pero después se incorporó altiva, giró su cuello hacia mí y elevó su tono de voz―. ¡Quiero que me la metas por detrás!, aaaaaah, ¡¡quiero que me des por el culo!! ―afirmó con rabia mirándome a los ojos.
Luego arqueó la espalda y se ofreció sumisa. Ni que decir tiene que escuchar aquellas palabras me hicieron perder la razón, así que me acerqué decidido.
Se acabaron los jueguecitos.
Dejé caer un salivazo entre sus glúteos y otro a mi polla. No hacía falta, porque Mónica ya no podía estar más abierta y mojada, pero, aun así, lubriqué bien mi capullo y después lo coloqué en su ano. Era muy importante que entrara a la primera. Y vaya si entró.
Un ligero empujoncito y mi glande desapareció en su culo con una suavidad que no me esperaba.
Mónica gimió en alto y tensó las piernas y los glúteos poniendo cara de dolor.
Eso me sorprendió, pues pensé que apenas iba a sentir molestias, pero también caí en la cuenta de que ese culo debía llevar cerrado diez años.
¡Diez putos años sin que nadie se lo follara!
Y allí estaba mi polla. Abriéndose paso de nuevo en sus entrañas.
―¡¡¡AAAAAHHHHGGGG, qué gustooooo, aaaaaah, aaaaaaaah!! ―jadeó Mónica apretando los labios.
Entonces me vino a la memoria el primer día que estrené su culo.
Fue en mi habitación. Me llevó un buen rato preparárselo, con los dedos y la lengua, pero una vez que tuve mi polla dentro fue el momento en que me convertí en dueño y señor de la situación y Mónica dejó de ser esa MILF inalcanzable para transformarse en mi juguete.
Por la tarde habíamos estado de compras y ella se lució en el pasillo de los probadores con diferentes vaqueros, mostrándome su culazo con cada uno de ellos.
Aquello me puso tan cachondo que me la tuve que follar en el reservado, pero solo un poco, por lo que dejé a Mónica tan encendida que luego en casa ya no se pudo resistir.
Aquel día fue también el primero que lo hicimos en su cama de matrimonio. Primero puse a Mónica a cuatro patas y me corrí dentro de su culo y después fue ella la que me cabalgó, mirándose en el espejo de su armario hasta que terminé en su coño.
Dejé las manos en su cintura y empujé despacio, abriéndome paso milímetro a milímetro, hasta que mi estómago chocó con sus glúteos. Ya la tenía toda dentro. Hasta el fondo. Me retiré, pero sin llegar a sacarla del todo y, cuando vi mi capullo asomando, volví a empujar un poquito más fuerte.
―¡¡¡AAAAHHHHGGG, joderrrrr, aaaaaah, aaaaaah, aaaaaaah!!!
Y después otra vez. Y otra vez más. A la sexta o séptima embestida la cara de Mónica ya no reflejaba nada de dolor y ella me lo confirmó pasando una mano hacia atrás, clavándome los dedos en mi trasero.
―¡¡¡Fóllame más fuerte, aaaah, dame máááásssss!!!
La siguiente acometida fue más dura y seca. Y Mónica soltó un grito de placer. Al ver la que se le venía encima tuvo que pasar las dos manos hacia delante y se agarró bien a la mesa. Ya no tenía sentido follármela despacio, ahora era el momento de destrozar ese culo.
Un azote cargado de rabia, ¡¡¡PLASSSS!!!, fue el punto de partida y mis caderas comenzaron a embestir a Mónica con soltura, velocidad y potencia. Toda la que podía. Sus gemidos pasaron a ser cortitos y entrecortados y Mónica cerró los ojos abandonándose al placer que recibía.
―Aaaah, aaaaah, aaaaah, aaaah, aaaah, aaaaah, más, más, mássss, qué bueno, aaaaah, aaaaah…
Yo bufaba como un animal, como un toro desbocado, y chocaba contra sus glúteos tan fuerte que incluso alguna vez logré que Mónica levantara los pies del suelo. Enredé mis dedos en su melena y la tiré del pelo para someterla. Ella se incorporó poniendo cara de dolor, pero no me dijo nada.
¡Estaba a punto de correrse!
Dos minutos follándomela a toda velocidad fueron suficientes para que los gemidos de Mónica se transformaran en gritos y un temblor descontrolado la sacudió haciendo que tensara los glúteos.
No pudo más y por fin alcanzó su orgasmo.
Ese jodido clímax que se le llevaba resistiendo toda la mañana. Y lo exteriorizó. Vaya si lo hizo.
―¡¡¡¡AAAHHHGGG, DIOSSSS, DIOSSS, AAAHHGGG, ME CORROOO, SÍÍÍÍÍ, ME CORRO, ADRIÁNNNN, ME CORROOO, ME CORROOO!!!!
―¡Eso es, córrete para mí, córrete, muy bien! ―exclamé sin dejar de follármela, tirando con más fuerza de su pelo.
Cayó desfallecida sobre la mesa cuando terminó, pero yo no me detuve; después de dos orgasmos tenía suficiente capacidad para seguir un buen rato más destrozando su culo.
Solté su pelo para que ella se relajara y puse mis manos en su cintura.
Me incliné sobre su espalda y le clavé los dientes en el hombro, un mordisquito suave y rico con el que Mónica soltó un gruñido, y yo moví el culo delante y atrás, como un puto conejo.
Sin descanso.
―No pienso parar…, ¡te voy a reventar el culo! ―quise advertirle―. ¿Quieres más?
―Aaaaaah, aaaaah, sííííí, quiero mássss, sigueee, dame másssss, aaaaah, aaaaaah… ―exclamó sacando fuerzas de flaqueza para apoyar los codos en la mesa, tratando de recuperar su postura inicial.
Posé las manos sobre sus hombros, así podía ejercer todavía más fuerza al penetrarla. Y al sentirme allí, ella giró el cuello, sacó la lengua y me lamió uno de los dedos. ¡Qué ganas de polla tenía la cabrona!, y a mí me encantaba que se comportara así, de esa manera tan vulgar.
Bajé un poco la intensidad, pues era imposible mantener el ritmo al que me la había follado durante esos tres minutos previos al orgasmo, pero, aun así, seguí con una cadencia de unas dos embestidas por segundo, lo que no estaba nada mal.
Mi polla entraba y salía ya con mucha suavidad y de repente vi la mano de Mónica entre sus piernas.
Que la estuviera sodomizando ya era poco para ella. También necesitaba meterse los putos dedos en el coño y frotarse el clítoris. ¡Se había abandonado a la lujuria! Y yo me incliné sobre su espalda y le solté un pequeño azote, ¡plas!, antes de morderle de nuevo el hombro.
―¡¡Aaaaah, Mónica!!, ¿te gusta?
―Síííííí, aaaaaah, aaaaaah, aaaaah, no pares, por favor, aaaaah, aaaaah, voy a correrme otra vez, aaaaaah…
―¿Lo habías vuelto a hacer alguna vez por detrás desde que…? ¡Quiero que seas sincera conmigo!
―No… ―contestó de manera seca, como si no quisiera hablar más del tema.
―¿En serio?
―Sí, en serio, aaaaaah, aaaaaah…
―Entonces, sigo siendo el único que te ha follado por el culo...