27 #2
―Sigueeee, aaaaaah, sigueeeee, aaaaaah, sigueeee, sigueeee…
La embestía con toda la fuerza que podía, haciendo bailar sus pechos, y me encantó sentir el sudor que manaba de su cara y se mezclaba con el mío. Mónica ya solo gemía y abría las piernas, dejándose follar y sabiendo que irremediablemente en unos segundos me iba a derramar en su interior.
Y así fue.
No creo que llegara al minuto y otra vez mis testículos me mandaron la señal de alerta.
Hice caso omiso y seguí taladrando su coño, sin descanso.
Ni tan siquiera la avisé. Busqué su boca y justo cuando comenzaba a correrme me fundí con ella en un beso con lengua.
Mónica entendió lo que estaba sucediendo al sentir las contracciones involuntarias de mi cuerpo y me agarró el culo, apretándome contra ella para que no me saliera.
―Oooooh, Mónica, aaaaaah, aaaaaahhhgggg, aaaaahhhgggg…
―Sigue, sigueeeeee, sigueeeeee, eso es, no pares, aaaaaahh, córrete, cabrón, aaaah, ¡córrete dentro de mí!
―Me estoy corriendo…
―No pares, sigueeeee, sigueeee, ¡fóllame!, ¡fóllame!
No me detuve en todo el orgasmo, es más, yo creo que incrementé la velocidad a la que chocaba contra ella.
Me volvía loco ese sonido de mi pubis golpeando su entrepierna y me quedé unos segundos con toda mi polla clavada hasta el fondo, entre pequeños espasmos incontrolados.
Me vacié por completo. Mónica no dejó de acariciarme el culo y, cuando levanté la cabeza, ella apartó la mirada.
Parecía a punto de llorar, pero ese momento de arrepentimiento duró hasta que le saqué la polla y mi semen comenzó a salir de su coño, escurriendo por su ano y cayendo en la mesa.
―¡¡Aaaaaah, joderrrr!! ―exclamó mirando hacia abajo para ver aquel manantial fluyendo, en una extraña mezcla de mi espeso semen y su jugoso flujo.
―¡Ha sido la hostia, Mónica!, uffff, es como si no hubiera pasado el tiempo…
Ni tan siquiera había cerrado las piernas y me encantó ver mi semen saliendo a borbotones de su interior.
Bajé un dedo y recogí un poco, y después le acaricié el ano, que lo tenía demasiado expuesto al estar inclinada hacia atrás con el culo ligeramente levantado.
Y su cuerpo se estremeció con esa caricia.
Entonces caí en la cuenta de que yo me había corrido dos veces, pero Mónica, aunque había disfrutado del polvo, todavía seguía sin haber alcanzado el clímax.
Y aprovechando lo mojado y lubricado que estaba su culo, hice una ligera presión con el dedo y casi por arte de magia introduje en él un par de centímetros. Mónica se tensó y se agarró con más fuerza a mi cuello, pero también se levantó hacia mí e intentó protestar.
―¿Qué haces?, aaaaaahhhgg... ―susurró sin soltarme.
―¡Uf, qué estrecho lo tienes! Me gustaría volver a estar dentro de ti…, todavía no te has corrido…
―Noooo, Adrián, aaaaaah, eso no, aaaaaah, eso no… ―gimió cuando comencé a follármela con suavidad.
Mi dedo entraba y salía de su culo despacio, pero firme y, aunque Mónica decía que no, parecía dispuesta a dejarse sodomizar.
Me agaché entre sus piernas y sin pensármelo le solté un lametón profundo en todo el ojete.
Fue algo sucio, porque tuve que degustar mi propio semen, pero aquello le encantó a Mónica, a tenor del tremendo gemido que emitió.
―Adrián, ¿qué haces?, ¡¡¡aaaaaah, aaaaaaah, aaaaaah, Diossssss!!!
―Quiero comerte enterita. ¡Me muero de ganas por meterte la lengua!, mmmmm. Recuerdo lo mucho que te gustaba eso… ―Y, con otro lametazo, Mónica tensó los glúteos y me atrapó entre sus piernas.
―Nooooo, Adrián, aaaaaah, aaaaaah…
Subí el dedo índice y la penetré con él, pero esta vez con más profundidad, casi hasta la mitad y cuando lo saqué lo sustituí por mi lengua, que logró entrar en su esfínter un par de centímetros.
Mónica recuperó la posición inicial, echando las manos hacia atrás y sacando las caderas, pero más recostada, levantó las piernas para ofrecerme su culo.
―¡¡¡Aaaaaah, Adrián, aaaaaah, ¡aaaayyy, qué rico, joderrrr!, aaaaah, ¿qué estás haciendo?!!!
¡Se estaba volviendo loca con mi lengua!
Yo no paraba de martillearla, alternando mis caricias húmedas con la boca y los dedos. Y, cuando ya estaba más lubricada y cachonda, introduje un segundo dedo, tiré bien de sus paredes y abrí ese culo, que ya empezaba a pedir una polla a gritos. Sin embargo, la mía todavía no estaba dura del todo.
Tampoco tenía ninguna prisa.
¡Era la hostia ver a Mónica desnuda y en esa postura tan indecorosa!
Así me iba a empalmar en unos pocos segundos y seguí jugando con mis dedos, con paciencia, observando a escasos centímetros cómo su estrecho ano se los tragaba cada vez con más facilidad y, cuando se los volví a sacar, su culo se quedó muy abierto delante de mis narices.
No pude aguantarme y aproveché para meter la lengua en ese boquete, entrando casi hasta el fondo y terminé pegando mi nariz en su entrepierna.
¡También olía de maravilla y cada vez chorreaba más!
No sabía si me gustaba más el sabor amargo de su culo o el dulzor de su coño.
Con la palma bocabajo le metí dos dedos entre los labios vaginales, comprobando lo excitadísima que se encontraba y el pulgar se lo clavé en el culo, con lo que realicé una especie de doble penetración que le voló la cabeza a Mónica.
El grito de placer fue desgarrador y tensó las caderas acariciándome el pelo. Al mirar hacia arriba me la encontré temblando y con el rostro desencajado. Sus pezones apuntaban hacia el techo y me encantó cómo le resbalaba el sudor entre los pechos.
¡Impresionaba verla en ese estado!
―Te gusta esto, ¿eh? ―pregunté moviendo mi mano a toda velocidad.
Tenía los dos agujeros casi igual de abiertos y ya estaba lista para follármela indistintamente por cualquiera de ellos, pero yo quería su culo.
¡Quería su jodido culo!
Metérsela hasta los huevos y sodomizarla sin piedad. Follármela a lo bestia. Ese culo no se merecía otra cosa. Y es que un trasero así no se puede follar de cualquier manera. Cuando tienes la polla dentro de esos dos glúteos, es imposible hacerlo de manera suave o cariñosa.
Tienes que reventarlo y embestirla como un puto animal.
Y mi polla ya estaba lista.
Aun así, me quise asegurar y abandoné su coño para clavarle esos dedos lubricados en el ano, junto con el pulgar.
Ya eran tres los que se abrían paso en sus entrañas e hice círculos, a la vez que tiraba de sus paredes y las desgarraba.
Mi saliva se siguió mezclando en su interior con mi semen y sus flujos, mientras mis dedos entraban ya con una facilidad insultante.
Se deslizaban suavemente y los abrí, con lo que su interior se tensó aún más.
Me agaché para verlo bien de cerca y le solté un tremendo salivazo que se coló directo en su ojete.
¡Me encantaba verlo así de abierto!
Mónica no paraba de jadear, de menear las caderas y al sentirme en su coño gimió todavía más alto.
Quise darle un último regalo antes de metérsela y le pasé la lengua por su empapada rajita un par de veces hasta llegar a su clítoris.
Entonces atrapé su pequeño botoncito entre los labios y succioné suave, mientras mis dedos penetraban su culo sin prisa, pero sin pausa, a un ritmo constante, y llegaban cada vez más lejos, hasta que se los clavé todo lo profundo que pude.
―¡¡¡Aaaaahhggggg, aaaaahhggg, creo que voy a correrme, aaaaaah, voy a correrme!!! ―Y Mónica me agarró por el pelo y me empotró contra su entrepierna.
Levantó más las caderas y las movió en círculos, ya de manera descontrolada y me llegó ese gemido característico que creía haber olvidado, pero que recordé al momento. Ese sonido tan peculiar de cuando Mónica estaba al borde del orgasmo.
Pero yo no quería que se corriera. Al menos de momento.
Y sin previo aviso retiré mis dedos de su culo y me zafé de sus manos, que trataban de empujarme contra ella.
Me incorporé a toda velocidad y Mónica me miró contrariada, jadeante, sin entender por qué le acababa de privar del tremendo orgasmo que ya había brotado de sus entrañas.
Se quedó temblando, sudando, con los pezones erectos.
Dejó caer su trasero y lo apoyó en la mesa, como si acabara de desfallecer.
Un mechón de pelo sudado le cruzaba la frente y se lo apartó con la mano, mirándome, suplicándome sin hablar para que no me detuviera, indicándome que estaba lista para mí.
Ya podía hacer con ella lo que quisiera.
Me acerqué despacio, mostrándole mi erección.
Mónica seguía abierta de piernas y cerró los ojos en cuanto sintió mi caliente verga reposando entre sus labios vaginales, que abrazaron mi polla como si la envolvieran.
Se incorporó y buscó mi boca, besándome desesperada, metiéndome la lengua, y nos fundimos en un morreo demasiado guarro, aunque eso no era lo que necesitaba Mónica.
―¡Métemela, por favor! ―jadeó con la respiración acelerada.
Bajó la mano y me agarró la polla. Se la podía haber clavado ella misma como la anterior vez, pero lo único que hizo fue pegarme unas cuantas sacudidas, restregándosela por el coño y después la soltó y la dejó apoyada entre sus labios vaginales.
Movió las caderas hacia delante y todo mi tronco se deslizó por su entrepierna, lo que pareció enloquecer todavía más a Mónica.
El tremendo gemido que soltó vino acompañado de un temblor descontrolado y Mónica se recostó en la mesa, echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y volvió a ofrecerse.
―¡¡Aaaaah, métemela ya, joderrrr, métemela!!, ¡¡no puedo más!!, ¡¡necesito correrme, quiero correrme, aaaaaah, métemela, cabrón, aaaaaah!!
―Ven aquí… ―Y de repente tiré de su pelo y la incorporé.
Se quedó de pie, delante de mí, la volteé con brusquedad y luego empujé su espalda.
Tuvo que apoyar las manos en la mesa para no caerse.
Ahora estaba detrás de ella y su culo se me ofrecía voluptuoso, preparado e impaciente.
Con una patadita en los tobillos abrí sus piernas, ella se dejó caer y sintió los pezones contra la mesa.