El inquilino universitario 2. El reencuentro 27
93%

27

Ya se le había secado el semen que bañaba su cuerpo, tanto el de la cara como el de los pechos, y se le había formado una especie de costra blanca que le daba un aire sucio a su aspecto.

¡Mónica se había transformado de repente en una jodida furcia!

Me miraba la polla con devoción, emitiendo un pequeño ronroneo, y después de pegarme un par de sacudidas, se la paso por la cara, restregándosela por las mejillas.

Levantó la vista y comprobó que yo no perdía detalle de lo que sucedía allí abajo, y sin dejar de mirarme a los ojos, me soltó un sonoro beso en todo el capullo.

Eso causó que mi polla volviera a palpitar y Mónica sonrió.

Yo sabía que me la podía follar en cualquier momento, pero ella también me tenía en sus manos.

Podía hacer conmigo lo que le diera la gana y me clavó los dedos en el glúteo, arañándome, posiblemente dejándome la marca en mi piel, y luego sacó la lengua.

Lo hizo despacio, sin prisa, y la deslizó por un lado del tronco, percibiendo el intenso sabor que desprendía mi polla. Y al llegar arriba me dio un pequeño muerdo en el glande y descendió por el lado contrario, con la lengua fuera, acariciándome con ella hasta que llegó a los huevos.

Lo siguiente me dejó descolocado, pues no me lo esperaba. Me agarró el culo a dos manos, acercó mi cuerpo a su cara, abrió la boca y engulló mi polla lo más profundo que pudo. Fue una primera toma de contacto, pues enseguida se la sacó y volvió a sujetarla con la mano, de una manera mucho más fina.

Con otro beso en mi pubis me lo hizo desear un poquito más y, esta vez sí, se la metió en la boca y comenzó a hacerme una mamada mientras que con la mano me pajeaba al mismo ritmo.

―¡Joder, Mónica!, ¡no me puedo creer que me la estés chupando!

Recuerdo bien lo que le gustaba comerme la polla.

Y es que en cuanto comenzaba, ya no podía detenerse y no me dejaba escapar.

La MILF me atrapaba con sus labios hasta que me derramaba dentro de su boca o en su cara.

Y allí estaba esa Mónica de antaño, cada vez más suelta, más desinhibida, fuera de sí.

Y desde arriba vi cómo se metía la mano entre las piernas y se acariciaba el coño.

Todavía no se había corrido y le dedicó unos segundos a esa caricia furtiva en su sexo antes de subir la mano de nuevo y apretarme el glúteo con auténtica devoción. Tenía que estar ya que se derretía y dejé que me la comiera a su ritmo.

El tiempo que le apeteciera.

Lo que más cachondo me ponía eran los suspiritos que emitía y la fuerza con la que me agarraba el culo, como si me quisiera traspasar con los dedos.

Movía su cuello y la mano de manera fluida, deslizando sus labios por mi tronco, y solo se la sacaba para tomar un poco de aire y pasarme la lengua por los lados hasta que se la volvía a meter en la boca.

Estaba convencido de que más pronto que tarde ella me iba a pedir que me la follara, pero comencé a asustarme cuando Mónica succionó con más fuerza e incrementó la velocidad.

El glup glup se volvió más evidente y se agarró a una de mis piernas, la abrazó como si fuera una columna, y con la otra mano aumentó el ritmo de la paja.

Noté que se me puso más dura. Ya no estaba tan confiado en follármela, pues de un momento a otro se me podía escapar todo y derramarme en su boca; así que la cogí por el pelo e intenté guiar la mamada para que se calmara.

Pero todo fue en vano, porque ella ya no estaba por la labor de frenar y sus suspiros se transformaron en gemidos ahogados.

―Aaaaaah, joder, Mónica, ¿qué haces?, como sigas así, aaaahhggg, me voy a correr…

Entonces se la sacó de la boca y me miró. Un hilo de saliva se quedó colgando entre sus labios y mi glande y ella lo lamió. Luego me besó en el pubis y murmuró en bajito, agachando la mirada, como si le diera vergüenza.

―Si quieres sigo un poco más, no me importa…

―Si haces eso, me voy a correr en tu boca.

Y Mónica ronroneó y sin decir nada más abrió los labios y me atrapó la polla. Me la sujetó firmemente con la mano derecha y con la otra se pasó el pelo por un lado de su hombro, dejándome ver su cuello y después se aferró a mis glúteos.

―Aaaah, Mónica, joder, aaaah, joderrrr… más despacio, joderrr, aaaaah, más despacio…

Sus gemidos cada vez eran más evidentes y me estaban volviendo loco.

¡Jadeaba con tan solo comerme la polla! Y llegó un momento en que alcanzó su máxima velocidad.

Movía la mano con intensidad y sus labios me apretaron la polla.

La fuerza de succión provocó que me temblaran las piernas y de repente lo sentí.

Mi culo se tensó y una pequeña descarga sacudió mis pelotas.

―¡Para o me corro, para o me corro, joderrrrr, paraaaaa…! ―le supliqué a Mónica, que parecía decidida a que me derramara.

Tuve que apartar su cabeza tirando con firmeza de su pelo y Mónica me miró con la respiración acelerada.

Tampoco quería que me la tocara y sustituí su mano por la mía, apretándome todo lo duro que pude por la base.

Otra pequeña convulsión me puso en lo peor y los dedos de Mónica, acariciando mi culo, no ayudaban a detener mi orgasmo; por lo que también los tuve que apartar de un manotazo.

―¡No me toques, joder, no me toques, aaaahhggg, aaaahggg, nooo, nooo, nooo!

Miré hacia otro lado e intenté pensar en mis padres, en el trabajo, en animalitos, hice una cuenta regresiva de siete en siete, cincuenta, cuarenta y tres, treinta y seis, veintinueve, veintidós… Me la seguí estrangulando y unos segundos más tarde lo logré. Con mucho sufrimiento, pero lo hice.

¡Conseguí detener mi inminente eyaculación!

―¡¡Hija de puta!!, casi haces que se me escape…

Y al mirar hacia abajo aprecié la cara de decepción de Mónica. ¡No podía creérmelo!

¡¡Quería que me corriera en su boca!!

No me hubiera importado hacerlo, pero en ese momento, con el calentón que llevaba encima, me apetecía otra cosa. Quería clavársela, metérsela hasta los putos huevos, volver a estar dentro de ella.

Follármela.

Sí, estaba a punto de follarme a Mónica diez años después de que su marido nos pillara in fraganti mientras la enculaba en mi cama.

Allí la tenía, en cuclillas, jadeando, con el coño goteando la moqueta del hotel, mientras sostenía su pelo y hacía verdaderos esfuerzos para no derramarme encima de ella.

―¡No voy a correrme en tu boca, al menos por ahora! ¡Ven aquí, joderrrr!

Y de un tirón de pelo la incorporé y la llevé sujeta hasta la mesa en la que habíamos desayunado en medio de la habitación.

A pesar de agarrarla con fuerza y hacerle un poco de daño, Mónica no protestó y se dejó hacer cuando pasé las dos manos por debajo de sus axilas, levanté su cuerpo y la senté en la mesa.

Aparté sus piernas y apoyé mi polla en todo su coño.

Al parecer no solo era yo el que palpitaba, porque sus labios vaginales emitían pequeñas contracciones que yo podía sentir sobre mi hinchada verga.

Me encantaba tener a Mónica desnuda, expuesta y abierta para mí.

Nos miramos a los ojos, frente a frente, y ella sacó las caderas hacia delante.

Ni tan siquiera me la tuve que sujetar. Fue ella misma la que bajó una mano y se la situó en la entrada de su coño. Y con tan solo un golpe de cadera mi polla la penetró.

Otra vez estaba dentro de Mónica.

―¡¡¡AAAAAAHHHH!!! ―gritó, soltando un gemido desgarrador, entonces su cuerpo tembló y Mónica cerró los ojos un par de segundos.

Se inclinó hacia delante y me puso las dos manos en los glúteos. Me acarició con delicadeza y me apretó contra su cuerpo. Esta vez no se amilanó y me miró a los ojos.

―¡¡Fóllame!! ―me suplicó susurrando y buscó mi boca para besarse conmigo.

Intenté acostumbrarme a esa sensación de volver a estar dentro de ella.

Era como si no hubiera pasado el tiempo.

Los mismos nervios, el mismo morbo, el mismo calor que desprendía, la misma desesperación.

Le correspondí el beso, metiendo bien mi lengua en su boca, y acaricié sus tetas antes de bajar las manos y ponerlas en su cintura.

Mónica se abrió más de piernas, inclinándose hacia atrás, y sacó las caderas de manera exagerada, casi vulgar, ofreciéndome su coño y mirándome con deseo y rabia.

Yo todavía no me había movido. Solo me mantenía con la polla en su interior, tratando de calmarme, pero era imposible. Mónica me lo ponía realmente difícil.

―¡Vamos, fóllame!, ¡ahora fóllame, eh, cabrón! Esto es lo que querías, ¿no?, ¡¡pues hazlo!!

Le solté una embestida seca que provocó que le saliera otro grito más grave desde lo más profundo de su garganta. Mónica me miró desafiante y todavía exageró más la postura que tenía, buscando que la penetrara de nuevo. Y al siguiente golpe de cadera mis huevos chocaron contra su coño.

¡Uf, qué pasada!

Noté la humedad que desprendía en mis testículos y traté de clavársela lo más profundo que pude.

Aceleré un poco más, tampoco mucho, ocho, nueve acometidas, haciendo chocar los cuerpos con dureza y al poquito sentí que me corría otra vez.

Así no podía follarme a Mónica como se merecía, estaba tan al límite que saqué la polla y la deje extendida en su coño.

―¿Por qué paras? ―me preguntó con la respiración agitada.

―Es que no puedo más, antes me has dejado a punto… lo siento, pero si te la vuelvo a meter, creo que me voy a correr.

―¡Vale, hazlo! ¡No pasa nada!

―Pero…

―¡Métemela otra vez!… ―Y bajó una mano para ponerla de nuevo a la entrada.

―Ohhhhh, Mónica, aaaaaah…

―Eso es, empuja, ¡métemela!, aaaaaaah, aaaaaah, muy bien… ―exclamó Mónica cuando volví a penetrarla y buscó mi boca para morrearse conmigo. Después se dejó caer hacia atrás, apoyó las manos en la mesa y sacó las caderas―. ¡Muévete, sigueeee, aaaaaah, sigue, aaaaaah, aaaaaah, aaaaaaah!

Me incliné sobre ella, apoyé mi frente en la suya, sujetando con ganas su cinturita y me dejé llevar. Ya que me iba a correr, al menos intenté follármela lo más duro que pude. Durara lo que durara. Y Mónica me lo agradeció.

―¡¡¡Sííííí, sííííí, eso es, síííííí, más, más, másssss!!!

―¡Joder, Mónica!, voy a correrme…