El inquilino universitario 2. El reencuentro 26 #2
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26 #2

Estaba claro que no mentía y no le quedaba nada para terminar. Entonces adelanté una mano, tiré de su brazo y lo saqué del interior de su tanguita. Mónica miró hacia atrás confundida, sin entender qué sucedía, con la respiración acelerada y la cara crispada por el placer y el dolor.

Cada vez sudaba más copiosamente y ahora las gotas saladas que recorrían su cuello se mezclaban con mi semen, que ya empezaba a resecarse sobre su cuerpo.

―¿Qué pasa?, quita, mmmmm, estaba a punto… ―me pidió sin soltarme la polla, pero meneándomela mucho más despacio.

―¡Déjame a mí, quiero hacer que te corras! ―Y volví a morder su hombro y después besé su mejilla.

Me incliné sobre su espalda y, en unos pocos segundos, mis dedos sustituyeron a los suyos y se introdujeron por debajo del tanguita.

Lo que allí me encontré era mejor de lo que me esperaba, un fuego abrasador que le salía del coño y acompañaba a la ingente cantidad de flujos que se le derramaban entre los muslos.

―¡Nooooo, Adrián, tú, nooooo, aaaaaaah, aaaaaah…!

―¡Eso es!, mmmmmm, ¡qué empapada estás, joder!, ¿ves como sí que te gusta?

―¡Aaaaaaah, aaaaaaah, aaaaaaah…!

―No me sueltes la polla, eh, así, despacito, los dos juntos. Yo te lo hago a ti y tú a mí. Muévete conmigo, despacio, mmmmmm, ¡qué bien lo haces!, la sigo teniendo igual de dura que antes de correrme… Shhh, no tengas prisa, tranquila…

Y aunque Mónica, a punto de llegar al orgasmo y liberar la energía que circulaba por su cuerpo, no paraba de mecer sus caderas, buscando que acelerara la paja, yo me mantenía firme, y la acariciaba lo más despacio posible, dejando que su mano meneara mi polla otra vez.

Ya me molestaba hasta el puto tanga de los cojones. De un rápido tirón colé una mano por el elástico, saqué la otra con la que martilleaba su coño y tiré por el lado contrario, hasta que dejé su húmeda prenda negra a la altura de sus rodillas.

―¡Nooooo, nooooo, el tanga noooooo…, aaaaaaah, aaaaaaah! ―gimió cuando alcancé otra vez su coño y reanudé el dedo que le estaba haciendo.

―Así mejor. ¿No te gusta más? Ahora sí que puedo sentirte bien, mmmmmm, vamos, abre las piernas y deja que te clave los putos dedos hasta el fondo…

Mónica ya no protestó, obedeció mi orden de manera automática, separó los pies y se pegó al máximo contra el espejo. En ese momento nos miramos a través del cristal y el tiempo se detuvo para nosotros.

Otra vez éramos Adrián y Mónica. Los de hacía diez años.

Dos animales sin razón y hambrientos de sexo.

Abrí la mandíbula y le clavé los dientes en el hombro, sin dejar de mirarla fijamente, y ella gruñó y me pareció que hasta acomodaba mi polla entre sus glúteos.

―¿Quieres que te folle? ―pregunté soltándole el broche del sujetador.

Se dejó caer levemente, derrotada, como si le fallaran las piernas.

Cerró los ojos unos segundos y apoyó la frente en el espejo.

Negó con la cabeza, sin poder contestarme.

Y de repente volvió a incorporarse y me retó con la mirada.

Con tranquilidad le saqué el sujetador por los hombros y me deleité unos segundos con sus tetas, jugando con sus pezones y palpándoselas con las dos manos.

―Ya estás desnuda…

―¡Aaaaaah, aaaaaaah, aaaaaah! ―gimoteó Mónica meneándome la polla, pero ahora haciendo que rozara mi capullo con sus labios vaginales.

Movió ligeramente las caderas hacia atrás y se pasó la lengua por los labios, mirándome a través del espejo. Apenas ofrecía resistencia y lo inevitable estaba a punto de ocurrir, pero yo quería que Mónica se quitara las cadenas que la atenazaban y me lo pidiera. Que venciera esa última defensa.

¡¡Que sacara la zorra interior que llevaba diez años escondida!!

Y esos instantes previos los disfruté como un cabrón.

Regodeándome en mi victoria, le fui bajando el tanguita, que estaba aprisionado entre sus muslos, de manera muy lenta, recorriendo sus piernas hasta el suelo.

Me agaché, fijándome bien en sus húmedos labios vaginales y después saqué la tela por sus pies.

En cuclillas detrás de ella, besé su glúteo derecho, lo tenía rojo, encendido, por los azotes que le había propinado y, en cuanto posé los labios en su piel, se le puso la carne de gallina.

Luego le solté otro sonoro beso de forma cariñosa y me incorporé detrás de ella. Mónica no perdió el tiempo y echó el brazo hacia atrás, me agarró de nuevo la polla y ella misma se la situó entre las piernas.

―¿Quieres que te folle? ―pregunté, saboreando aquel momento.

Y sin que me lo esperara, me la soltó y apoyó las dos manos en el cristal, adoptando una posición sumisa.

Yo la tenía tan dura que no tenía ni que sujetármela para que apuntara hacia arriba, directamente a la entrada de su coño, y solo me la agarré para frotarla entre sus labios vaginales y empujar despacio, tratando de metérsela, sin encontrar mi objetivo, cosa que hice a propósito, pero que Mónica interpretó como que no había acertado con la diana.

Movió las caderas, acomodó mi polla donde correspondía y miró hacia atrás suplicante, temblando, con la respiración cada vez más y más acelerada.

―Quieres que te folle, ¿verdad? No has podido olvidar todo lo que hacíamos estos años. Yo tampoco… Sé que estás a punto de correrte y ya no puedes negarte a nada… ¡Ahora eres mía y vas a hacer todo lo que quiera!

Me retiré hacia atrás y giré a Mónica con brusquedad por la cintura.

Apoyó el culo en el cristal y me miró confundida.

Estábamos frente a frente, acaricié sus pechos y después me lancé a su boca.

Entonces, nos fundimos en un morreo intenso con lengua, y ella, ansiosa, bajó la mano y me agarró la polla.

Yo hice lo mismo, pero con su culo, sobándoselo bien a dos manos.

―Mmmmmmm, cuánto te he echado de menos, mmmmm ―le dije a Mónica, que no me dejó ni hablar, buscando otra vez mi boca.

Esos gemiditos que se le escapaban me volvían loco y todavía se hicieron más evidentes cuando le devoré el cuello unos segundos. Mónica ya no podía más y de repente escuché una frase casi ininteligible entre sus jadeos.

―¡Aaaaaah, fóllame, Adrián, métemela, por favor, aaaaah, aaaaah…

Detuve todos mis movimientos y la miré detenidamente. Quería que me lo dijera a la cara. De frente. Mirándome a los ojos.

―¿Eso es lo que quieres?

―Síííííí…

―Me encanta que lo hayas traído tan depiladito. Sabes que me encanta así… ―aseguré agarrándome la polla y dándole un golpe seco en el coño.

―Aaaaahhhhhgggg…

Mónica se tensó y se puso de puntillas, me pasó los dedos por los abdominales, recorriéndolos, y se lanzó a mi boca, intentando besarme otra vez, pero yo se lo impedí.

―Shhh, espera, quiero que lo repitas, dime lo que quieres…

―¡Quiero que me folles! ―susurró, y bajó la cabeza en cuanto pronunció las palabras.

Tiré de su barbilla hacia arriba para que volviera a mirarme y besé sus labios con ternura.

―Tú no quieres eso, bueno sí, a lo que me refiero es que no ha salido todavía la verdadera Mónica…, solo la he visto unos instantes cuando me la has agarrado sin que te lo pidiera para ponerla entre tus piernas…, pero otra vez se ha vuelto a esconder…

―Adrián, por favor…

―Sujétame la polla y menéamela, eso es, mmmmmm, y ahora cómeme el cuello, con ganas. ¡Cuidado, no me dejes ninguna marca, zorra!, no tan fuerte… así, así…, cómemelo, mmmmm…

La agarré del pelo y llevé sus labios a la altura de mi pecho.

Quería que me lamiera, que me chupara los pezones, que los mordiera.

Y Mónica cumplió las expectativas. Sobradamente.

¡Qué manera de saborearme!, y todo ello sin soltarme la polla, pero yo seguía jalando su melena y la obligué a que descendiera otro poco más.

Su lengua se coló entre los pliegues de mis abdominales y Mónica degustó cada trocito de mi tableta, como si fuera de chocolate.

Y cuando se quiso dar cuenta ya estaba en cuclillas y me sujetaba la polla con una mano, sin dejar de darme besitos por el pubis.

No le solté el pelo, quería hacerle un poquito de daño, porque notaba que así se ponía más cachonda y de un tirón firme logré que se estuviera quieta.

Me agarré la polla y la situé a la entrada de su boca.

Ahora la tenía pegada a sus labios.

―Esto es lo que querías desde el principio, ¿eh?, ahora hazme una mamada como las que me hacías en tu casa, y luego prepárate, no solo voy a follarte, Mónica, pienso metértela por detrás también. ¿Me has escuchado bien?, sí, después de que me la comas…, ¡voy a darte por el culo!