El inquilino universitario 2. El reencuentro 26
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Mónica había perdido su poder de convicción.

Más que por sus palabras, el tono que utilizaba o por su rostro tan serio, lo que le quitaba autoridad era el estado en el que se encontraba: en ropa interior, sudando, las mejillas encendidas, los pezones duros y con una tremenda corrida bañando su cuerpo desde la cara hasta el coño.

Y, aun así, seguía negándose, tratando de hacerse la digna. ¡Y a mí me encantaba que todavía se resistiera!

Eso hacía que mi polla se pusiera más dura, hasta yo mismo me asusté al verla en ese estado: grande, hinchada, desproporcionada, con la vena central marcándose a lo bestia y no dejaba de palpitar constantemente.

Aunque lo que le daba un aire más pornográfico era lo mojada que estaba y el semen que resbalaba por ambos lados del tronco; incluso seguían saliendo espesas gotas blanquecinas de mi pequeño orificio.

Me quedé plantado frente a Mónica, completamente desnudo, exhibiéndome, mostrándole mi polla, sin tocarla, para que viera la empalmada que llevaba. Y ella me puso el brazo en el pecho, tratando de que no me acercara.

―No, Adrián, ¡me lo prometiste, joder!, dijiste que te ibas a ir cuando… ¡Eres un puto cabrón!

―Sí, tienes razón, soy un cabrón. ¡Insúltame si quieres!

, me lo merezco..., pensé que después de correrme se me pasaría esto que me arde por dentro, pero ha sido más bien al contrario.

Mira cómo estoy. ¡Mira cómo estás! Yo creo que sería más cabrón si me fuera y te dejara en ese estado, tal y como te encuentras ahora, eso sí sería de ser un cabrón…

, y no puedo hacer eso. Antes quedamos en que lo nuestro tenía que terminar bien.

¿Con qué recuerdo te quedarías si me marchara? ¿En serio quieres que me vaya ahora?

―Sí…

―¿Hace cuánto que no estabas tan excitada como ahora?

―Para, Adrián, no te acerques más...

―¿Y por qué no dejas de mirarme la polla?

―Yo no te estoy mirando nada. ¡Te voy a decir una cosa!, cuando salga del baño, quiero que te hayas largado de aquí, ¿me has enten… ―comenzó a gritarme girándose y tratando de meterse en el aseo, pero agarré su mano, tiré de ella y la saqué del baño―. ¡¡Ey!!, ¡¡¿pero qué coño haces, tío?!!

―¡Ven aquí!

De un rápido movimiento la situé frente a un gran espejo que había junto a la puerta de entrada de la habitación. Era de cuerpo entero y empujé a Mónica hacia delante, por lo que tuvo que apoyar las dos manos en el cristal.

―¡Mírate, joder!, ¡mírate!, ¿te ves bien?

Levantó la vista y casi al instante, como por arte de magia, dejó de forcejear.

Su respiración había vuelto a acelerarse y al verse comprendió que su comportamiento estaba siendo ridículo.

Debió impactarle sobremanera comprobar el estado en el que se encontraba y yo me pegué por detrás. Sin cortarme ni media.

¡Quería que sintiera mi polla entre los glúteos!

―¿En serio quieres que me vaya?

―Sí… ―murmuró agachando la cabeza, como si le diera vergüenza verse así.

Mi semen seguía recorriendo su cuerpo, en un reguero que iba desde su barbilla, pasaba entre los dos pechos, atravesaba la tela de su tanguita negro e iba cayendo al suelo, justo debajo de Mónica.

―¿No estás excitada?…, ¿ni un poquito?

―Tienes que irte, Adrián, aaaaah, por favor, tienes que irte, aaaaah ―gimió cuando rocé con sutileza mi polla entre los cachetes de su culo.

―No pienso dejarte así. ¡Mírate bien! ―Y tiré de su pelo con fuerza para obligarla a que se viera frente al espejo―, acabas de hacerme una paja y me he corrido encima de ti, en tu puta cara…

No paras de temblar, mmmmmm… Podría llevar un buen rato follándote, pero me encanta cuando te resistes, eso todavía me pone más cachondo.

Es absurdo, Mónica, yo no tengo ninguna prisa y los dos sabemos cómo va a terminar esto…

―Nooooo, nooooooo… ¡Eres un cabronazo!, aaaaah…

―Ya lo has dicho antes, sí, soy un cabronazo, con mayúsculas, debería estar con mi futura mujer, preparando mi boda, y aquí estoy, contigo. Jamás le he sido infiel en ocho años y ahora lo único en lo que puedo pensar es en estar dentro de ti, ¡eres increíble, Mónica!, uffffff...

Al decirle eso fue como una manera de compartir las culpas y hacerle saber que no solo era ella la que se estaba arriesgando con todo aquello.

Yo también tenía mucho que perder y, además, conociendo a Mónica, lo que le acababa de decir seguro que le había puesto más caliente: mi primera infidelidad (mentira) iba a ser con ella y ya no podía controlarme.

Pero Mónica se seguía resistiendo, suspirando un continuo «no, no, no», y, a pesar de eso, permitía que siguiera deslizando mi polla entre sus glúteos y ella se movía de lado a lado, no sé si para evitar el contacto o porque le gustaba demasiado, pero el caso es que consentía ese acercamiento a su cuerpo. Concretamente a su culo.

―¡Me ha encantado correrme encima de ti! ¿Te ha gustado?…

―Para, Adrián, paraaaaaa…, aaaaah…

―¡Mírate bien, joder! ―Y con otro tirón de pelo le pegué la cara contra el cristal―. Te encanta verte así, mmmmm, saca la lengua y lame el cristal…

―Noooo, noooooo…

―Estás temblando, ¿tan cachonda te pone que te haya bañado enterita?

―Aaaaaah, Adrián…

―¿Qué…?

―Para, te lo pido por favor, paraaaaa, aaaaah, aaaaah…

―No puedo hacerlo, no puedo irme y dejarte así, yo también quiero que disfrutes, eeeeeh, se me acaba de ocurrir una cosa…, ¿por qué no te corres para mí?

―¡¡¿Quéééé?!!

―No dejas de decirme que no vamos a follar y que no quieres que te toque, está bien, lo acepto…, pero quiero que te corras para que no te quedes así, hazlo tú misma, tócate…

―¡¡Noooo, nooooo!!

―¡Vamos, Mónica!, ¿qué te cuesta?, ¿qué más te da un poco más?

―Y besé su hombro poniendo las dos manos en su cintura―.

Mira todo lo que ha pasado entre nosotros, ¡ya la hemos jodido!

, acabas de hacerme una paja, y ahora solo te estoy pidiendo que te metas la mano por dentro del tanguita y te acaricies hasta llegar al orgasmo… Eso ya no es nada…

―Nooooo, Adrián, paraaaaa, deja de hacer eso…

―¿Es que no te gusta mi polla? Te estoy babeando el tanguita y la espalda… ¡La tengo que me va a explotar, joder! Vamos, Mónica, baja la mano y mastúrbate para mí. Quiero escuchar lo mojada que estás… Sabes que vas a correrte en menos de un minuto, ¿por qué te resistes?

―No puedo hacerlo, nooooo, aaaaaah, no puedoooo, aaaaaah…

―Pues claro que puedes… ¿o prefieres que lo haga yo? ―insinué haciendo el amago de acercar mi mano a su entrepierna.

―Nooooo, nooooo, noooo…

―Entonces, ¡hazlo tú!, ¡lo estás deseando!

―Adrián…

―¡No te resistas, déjame! ―Cogí su brazo y yo mismo coloqué su mano a la altura del coño, justo por encima de sus braguitas―. Ahora, acaríciate…

―Aaaaah, aaaaaah… Adrián…

Empujé su cabeza contra el cristal otra vez, forzando más la situación.

Provoqué que Mónica se enrabietara y se mordiera los labios y no tuvo más remedio que inclinarse y sacar el culo.

Guie su mano en las primeras caricias, pero a los quince segundos la dejé sola y Mónica comenzó a tocarse por encima del tanguita. Soltó un gemido desgarrador.

―¡¡Aaaaahhhggg!!

¡Estaba que se derretía!

Debía notar entre los dedos el semen que atravesaba la tela y cada vez temblaba con más intensidad. Yo seguía empotrando su cara contra el espejo y la otra mano la tenía en su cintura, sin parar de frotarme entre sus glúteos, como si me la estuviera follando.

Y se le escapó otro gemido. Más alto. Cerró los ojos y dejó de forcejear, pegando más el culo contra mi polla y sus dedos recorrieron los labios vaginales, tanteando la humedad, que seguramente ya habría traspasado la tela.

¡Allí tenía a Mónica, haciéndose un dedo delante del espejo!

―¡Aaaaaaah, Diossssss, aaaaaaah…!

―¿Has visto como no era tan difícil?, solo tienes que correrte y todo esto se habrá terminado… En cinco minutos ya no estaremos aquí…

―¡Aaaaaaah, aaaaaah…!

―¡Dime cómo lo tienes, Mónica!, ¿estás muy mojada?

―¡Aaaah, aaaaah…!

―¡Mete los dedos por dentro!, ¡vamos, quiero escuchar tu coño!, por favor, ¡ese sonido cuando está muy mojado es maravilloso!, venga, hazlo, ¡mete la puta mano por dentro de las braguitas!

Pude ver a través del espejo que Mónica obedecía a lo que le acababa de pedir y gimió más alto al rozar su coño directamente con la yema de los dedos.

―¿Cómo estás? ―volví a preguntar.

Se resistió y no me dio el gusto de contestarme, pero no pudo evitar que escuchara el chapoteo de su coño en cuanto comenzó a mover los dedos por dentro. El ruido no admitía ninguna duda. ¡Era música celestial! Y los gemidos fueron aumentando de nivel y de volumen.

―Mmmmmm, ¡qué bien suena eso! ¡Más deprisa, hazlo más deprisa!, ¡estás empapadita, eh!

―¡Aaaaah, aaaah, AAAH, AAAH, AAAAH…!

Y sin soltar su pelo, le pegué un tremendo azote en el culo. ¡¡PLASSSSS!! Mónica se incorporó de repente, pegando su cuerpo al espejo y se puso de puntillas.

―¡Aaaahhhgg, joderrrr!

―¿Te ha gustado?

―¡Diosssss…!

―¿Quieres otro?

―¡Aaaah, voy a correrme, aaaaah, voy a correrme…!

¡¡¡PLAAASSSSS!!!, le propiné otro cachetazo en la nalga derecha, que inmediatamente se puso roja y me encantó cuando Mónica dejó su cara reposando en el espejo y movió la mano libre hacia atrás para agarrarme la polla.

Sin que yo se lo pidiera, comenzó a meneármela a toda velocidad y, descargando la excitación que me comía por dentro, le mordí en el hombro y aticé su culo con más fuerza por tercera vez.

¡¡¡¡PLAAAAASSSSS!!!

El grito de Mónica fue desgarrador y subí las dos manos para amasar sus tetas por encima del sujetador.

El movimiento de su cadera ya era descontrolado y por el volumen de sus gemidos debía estar a punto de llegar al orgasmo.

Me permitió que sobara sus pechos unos segundos, pero ahora que estaba ta cerca mi objetivo, yo no quería que ella se corriera todavía.

Aquello tenía que durar un poco más.

―¡Aaaaaah, voy a correrme, aaaaah! ―Sacó la lengua y lamió el cristal en un gesto muy vulgar, como si quisiera provocarme.