El inquilino universitario 2. El reencuentro 25
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La muy cabrona se recreó en el momento justo de agarrármela. Apretó despacito y luego comprobó con la yema el tacto de mi polla. Pasó la palma de la mano por todo el tronco y lo recorrió hasta que me tocó los huevos. Después comenzó a ascender, estrujándome el capullo. Exprimiéndolo.

Todo en Mónica rezumaba lujuria, el color de sus mejillas, la frente perlada en sudor, el botón de la camisa abierta, la mirada de zorra que ponía y la boca entreabierta, con la que emitía pequeños gemiditos casi imperceptibles.

Podía fingir lo que quisiera y hacerse la digna, pero a mí no me engañaba.

Estaba igual de cachonda que yo. Incluso más.

Aunque me lo había dejado bien claro, no podía tocarla. Y en ese momento me dio igual, pues me había salido con la mía, y solo quería que me hiciera una buena paja y correrme. Que Mónica volviera a provocarme un orgasmo y disfrutarlo en su presencia.

Ella no dejaba de mirarme la polla y me la sacudía a un ritmo muy lento, como si quisiera que aquello durara más de la cuenta.

Descendía con calma, hasta que su puño me rozaba los huevos, haciendo que mi cabeza hinchada apareciera por encima de su mano, y después subía, apretándome con fuerza, y me acariciaba el frenillo con el pulgar, jugando con él en círculos.

A mí ya me estorbaba todo. Tiré del bóxer y los pantalones y los dejé por las rodillas.

Con el vello recortadito y sacando las caderas hacia fuera, parecía que mi polla era más grande, y Mónica seguía mirándola de manera lasciva y lujuriosa, incluso se mordía involuntariamente los labios, exteriorizando el deseo que le ardía por dentro.

―¡Qué bueno!, aaaah, aaaaah, ¡es increíble que después de tantos años me sigas poniendo igual de cachondo, Mónica!, aaaaah, ¡ni tú misma eres consciente de lo morbosa que eres!

No dijo nada, pero pasó una mano hacia atrás y me acarició el culo, primero de forma suave, pero luego me clavó las uñas y su cara todavía se descompuso más.

Se estaba derritiendo. ¡Qué forma de tocarme!

, lo hacía con devoción, apretándome los glúteos y juntándolos, arañándome y luego rozando con su dedito en mi ano.

―¡Aaaaaah, Mónica, joderrrr!

Sin embargo, no incrementaba el ritmo de la paja, y yo a esa velocidad podía aguantar unos cuantos minutos más. Tampoco muchos, porque ya estaba muy al límite y demasiado cachondo.

―Deberíamos estar follando ―murmuré poniendo una mano en su barbilla y tiré hacia arriba para que me mirara a los ojos. Luego le acaricié la mejilla y ella me retiró la mano, soltándome la polla, pero sin dejar de arañarme el culo.

―¡No me toques!, te lo advertí antes…

―Sí, sí… perdona, es que no lo he podido evitar.

―Última vez que te lo digo, ¡no me to-ques! ―insistió vocalizando bien y separando las sílabas.

Puso el dedo delante de mi cara en señal de aviso y después volvió a agarrarme la polla. Estaba frente a mí y nos mirábamos a los ojos mientras ella me la sacudía y clavaba los dedos en mis glúteos con la otra mano. Nuestras bocas estaban a menos de medio metro y yo me moría de ganas por besarla.

¡Sus labios eran tan dulces, carnosos y apetecibles!

Se le estaban quedando resecos por la respiración, y cuando se pasaba la lengua por ellos para mojárselos, a mí me parecía un gesto muy erótico, pero lo que más morbo me daba era la cara que ponía y cómo se le escapaba la vista hacia abajo, en un gesto instintivo para echarle un vistazo fugaz a mi polla, antes de volver a fijarse detenidamente en mí.

Dejó de amasarme el culo unos segundos para atusarse el pelo y separarlo de su frente y cuello, pues se le estaba quedando pegado por el sudor, y luego hizo algo que me puso cerdísimo.

Se soltó la coleta, dejando su pelo suelto, e introdujo los dedos por su melena como si se lo estuviera desenredando.

Y cuando terminó su tarea, volvió a pasar la mano por detrás y me arañó de nuevo la parte baja de la espalda antes de dirigirse hacia mi culo otra vez.

Mónica sabía de sobra que podía hacer que me corriera cuando le diera la gana, la situación era demasiado excitante, pero ella retardaba ese momento pajeándome de manera lenta y firme.

Y yo di un paso hacia ella, exagerando los gemidos, cerrando los ojos y comencé a mover de lado a lado las caderas.

―¡Joder, Mónica, vas a hacer que me corra, aaaaaah, aaaaah, más despacio, por favor, aaaaah, más despacio!

Se debió quedar sorprendida al escucharme decir esas palabras, pues ya no me la podía menear de una manera más lenta, y de repente detuvo su mano sin soltarme la polla. Apretándomela con fuerza.

―¿Quieres que pare?

―No, no, ¿cómo voy a querer eso?, pero si sigues así…

―Es lo que pretendías, ¿no?, ¿entonces…?

―Sí, claro, pero me gustaría disfrutar un poco más antes de…

―¡Decídete!, porque no vamos a estar así toda la mañana, Adrián… O paro y te vas, o sigo y terminas, tú decides…

―Perdona, perdona, está bien, continúa, aunque antes…, ¿podría pedirte otra cosa?, de verdad que ya sería lo último…

―¡No vamos a hacer nada más!, ¡olvídate!

―No, no, no se trata de eso…

―¿Y de qué se trata…?

―Es, bueno… si no quieres, pues nada, pero… ¿te quitarías la ropa mientras me lo…?

―¡NOOOO!, no me pienso desnudar en esta habitación contigo...

―No, desnudar no, solo sería la camisa, o desabrocharte unos botones y la falda, te quedarías en ropa interior. Desde que te he tocado antes y he comprobado que llevabas un tanguita por debajo, uffff, no dejo de imaginar cómo te debes ver con eso puesto…

―No, Adrián, creo que bastante he cedido ya, todavía no puedo creerme que estemos haciendo esto… ―dijo enfadada soltándome la polla y se dio media vuelta.

Apoyó las manos en una silla, de espaldas a mí, y se quedó callada, pensativa, negando con la cabeza.

Yo seguía de pie, con los pantalones a medio bajar y apuntando al techo con mi erección.

No podía permitir que aquello se enfriara y Mónica se arrepintiera de lo que estaba pasando, así que en silencio me acerqué a ella, y pegó un pequeño respingo al sentir mis manos en su cintura.

―Tranquila, soy yo…, shhh…

―Adrián, ¿qué haces…?

―No me gusta que te separes de mí, si te molesta lo que te he pedido, olvídalo, pero, por favor, no me dejes así…

―Pues claro que me molesta… Cada vez me vas pidiendo una cosa y luego otra y luego otra más… y yo soy una estúpida por seguirte el juego… porque sé que no te vas a detener hasta que consigas tu objetivo…

―Te he dicho que esto sí es lo último, solo sería quitarte la camisa y la falda y ya está, la ropa interior no hace falta, de hecho me excita más que la lleves puesta…, pero si no quieres…

―Vale ya, Adrián, eh…

―Si hemos llegado hasta aquí, ¿qué importa un poquito más?, quiero verte en lencería, a ver qué llevas puesto. Solo eso.

―No puedo, de verdad que no…

―¿Me dejas que te ayude? ―pregunté pasando las manos hacia delante e hice el amago de soltarle el primer botón de la camisa.

―Adrián, para, noooo…

―Tú sigue con lo que estabas haciendo, no quiero que se me baje, por favor. ―Cogí su mano y la puse sobre mi polla.

Y Mónica me la agarró y comenzó a pajearme de nuevo, pero esta vez de espaldas a mí mientras yo le soltaba el segundo botón de su camisa de pija.

―Adrián, noooo ―suspiró sin dejar de meneármela―. Te he dicho que no me toc…

―No te estoy tocando, solo la tela de la camisa… Vamos, Mónica, deja que te desnude…, aaaaaah, aaaaah, lo haces de maravilla, más despacio, aaaaah, más despacito… ¿Escuchas cómo me chapotea ya?, la tengo empapadita, ¡uf, me tienes a punto!

Estaba tan pegado a ella que sin querer le rozaba con el capullo en la falda y, al igual que había pasado con la parte delantera, la tela comenzó a presentar unas manchas blanquecinas por toda la zona del atrás.

Y mientras, seguí desabrochando botón a botón de su camisa hasta que llegué al final.

―Ya está, ¿ves?, no ha sido tan difícil… ―E hice el amago de quitársela, pero Mónica todavía se resistió un poquito más.

―No, por favor, noooo…, Adrián…

―Deja que lo haga yo, tú sigue tocándome, pero no tengas prisa ―le pedí tirando del cuello de su camisa para desnudar sus hombros.

Le di un tierno beso, apoyando mis labios muy cerca de su cuello, y a Mónica se le escapó un gemido.

Yo sabía que ese era su gran punto débil y ahora estaba demasiado cerca de él, así que con decisión le propiné un pequeño muerdo en esa zona tan sensible.

Ella gimoteó más alto y echó la cabeza hacia atrás.

―Noooo, Adrián, ¿qué haces?, aaaaah, no me toques, aaaaah…

―Shhh, déjame a mí, tú relájate y sigue moviendo la mano, estoy a punto, sigue pajeándome, joderrrrr…

Y esta vez sí, permitió que al fin le quitara la camisa lentamente.

Ahora tenía delante de mí su espalda desnuda, con un bonito sujetador negro que no me atreví a tocar.

Lo importante era seguir trabajando su cuello con mis labios y Mónica dejó la cabeza apoyada en mi hombro, jadeando cada vez más alto.

La presión de su mano sobre mi polla iba en aumento y comprobé que ¡ahora era ella misma la que se la restregaba contra sus glúteos!

Eso me animó a continuar y lo siguiente fue tratar de quitarle la minifalda.

Llevaba una cremallera lateral y con las dos manos se la fui bajando para después soltar el corchete de la parte superior.

Apenas tuve que hacer esfuerzo y en un par de segundos la falda resbaló por las caderas y las piernas de Mónica, que, cuando se quiso dar cuenta, ya estaba tan solo en ropa interior delante de mí.

―Noooo, nooooo, la falda noooo, ¿qué haces, Adrián?, oooohhgg…

―MMMM, no te muevas, sigue así, Mónica, no pares…

Miré hacia abajo y me encontré con su tremendo culo cubierto tan solo por un tanguita negro, que se perdía entre sus prominentes cachetes.

Efectivamente, como había pensado, ella había adelgazado algún kilo y esos glúteos quizás no eran tan carnosos, aunque habían ganado en firmeza y estaban más definidos.

¡Mónica seguía teniendo un culazo de diez!