El inquilino universitario 2. El reencuentro 24 #2
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24 #2

―¿Por qué?, antes te gustaba verme así… y no podías resistirte. ¡Tócame, Mónica, te mueres de ganas!

―Noooo, no, no…, mmmmmm…

Y fue la primera vez que sentí que se aferraba con dureza a mi espalda. Me clavó los dedos y se le escapó una especie de gemido, lo que yo aproveché para volver a bajar las dos manos y acariciar su culo lo más despacio que pude, intentando que casi ni se percatara de lo que estaba haciendo.

―¡Ven, pégate más a mí!

―Aaaaah, no, Adrián, mmmmmm, no, noooo, noooo, para…

En el siguiente recorrido de mis manos por su espalda no fui tan sutil e hice un poquito más de presión al llegar a su trasero.

Aplasté su cuerpo contra el mío y restregué mi polla por toda la falda.

Quería empapársela, mancharla, dejársela echa un asco y con un ligero golpe de cadera traté de simular que se la incrustaba en su entrepierna.

Eso le provocó otro gemido a Mónica y me arañó la espalda un par de centímetros con sus uñas pintadas de negro.

―Aaaaah, noooo, nooo, nooo…, para, aaaaah…

Ya no iba a detenerme, ese vaivén estaba enloqueciendo a Mónica y su respiración se aceleró, golpeando mi pecho. Yo no paraba de darle tiernos besitos por el pelo, la frente y la sien, y me animé otro paso, sobándole el culo con un poquito más de energía.

―¿Has visto, Mónica?, parece que estamos bailando…, como aquella noche, ¿te apetece bailar conmigo?

―No, Adrián, no vamos a bailar, no, no, noooo, aaaaah…

―¡Clávame los dedos en la espalda!, ¡hazlo!, aaaaaahggg, aaaaahg, eso es, así, muy bien, mmmmm, hazlo otra vez, aaaaaahggg, aaaaaahg, ¡qué gustazo! ―Y ya fui del todo descarado, amasé sus dos glúteos en círculo y volví a sentir el maravilloso trasero de Mónica.

―Noooo, nooooo, aaaaah…

Quizás me había sobrepasado un poco y ella descendió una de sus manos para apartar las mías de su cuerpo, pero me adelanté, cogí a Mónica del antebrazo y apoyé su palma directamente contra mi pringosa polla.

―¡Solo una última vez, haz que me corra y me iré!, te doy mi palabra…

―Noooo, Adrián, no puedo hacer eso… ―jadeó en mi oído.

―Mira cómo estamos, ¿qué más te da?, ya es una tontería, solo un poquito más… ¡y te dejaré en paz!, es lo que quieres, ¿no? ―dije jugando con su trasero, mostrándome seguro de mí mismo.

Mónica dudó unos segundos, aunque yo seguía sujetando su brazo, guiándola hasta mi polla, y ella negó con la cabeza, pero se le escapó otro gemido cuando moví su muñeca, simulando que me hacía una paja.

Me rozaba con la palma de la mano mi sensible capullo y fue el momento que aproveché para colar la mano que acariciaba su culo por debajo de la minifalda.

¡Joder, allí tenía la suave piel de Mónica otra vez!

La muy zorra se había presentado a la cita con un tanguita minúsculo y yo acababa de descubrirlo, y eso pareció derrumbar la numantina defensa de Mónica.

Con un rápido y preciso movimiento solté su brazo y aproveché para meter las dos manos por debajo de la falda y sobar su culo con descaro.

Con un golpe de cadera y un tirón fuerte hacia mí, levanté su cuerpo, dejando el cuello a la altura de mi boca, lo que aproveché para comérselo y hacer que Mónica emitiera otro gemidito.

―Aaaaaah, nooooo, nooooo…

―¡Solo haz que me corra y me voy! ―murmuré en su oído con otro golpe de cadera.

―Aaaaaah, ¿qué estás haciendo, Adrián?

Casi ni me había dado cuenta de que con la fuerza que estaba haciendo había levantado todo su cuerpo y ella a duras penas podía mantener el equilibrio.

Como pudo, se deshizo de sus zapatos, quedándose descalza, y entonces se enganchó con una de sus piernas en mis gemelos, la otra la dejó en el suelo, quedándose de puntillas, y me rodeó el cuello con el brazo mientras yo seguía embistiéndola.

¡Simulando que me la estaba follando muy lento con las dos manos en su culo!

―Noooo, nooooo, aaaaah, aaaaah, Adrián, nooo, por favor, aaaaah…

Comprobé que ella ya no me agarraba la polla, pero mantenía la mano en mi abdomen, justo en la zona entre el ombligo y mi vello púbico. Y al siguiente golpe de cadera me embriagó una maravillosa sensación cuando me rozó la verga con el dorso.

Jadeando por el esfuerzo y la excitación, miré hacia abajo y me encontré con sus dedos tanteando mis abdominales. Y al siguiente golpe de cadera se le escapó otro gemido.

―¡Cógemela, por favor, y haz que me corra! ¡Será la última vez, por favor, y después me iré, te lo prometo!, ¡aaaaaah, vamos, Mónica…, por favor!

―Estate quieto, para, paraaaaa, paraaaa, joder… ¡Deja de hacer eso, joder! ―gritó de repente.

Con un felino movimiento se deshizo de mí y se retiró, con lo que mis manos salieron de debajo de su falda. Se quedó de pie, mirándome, el pecho le latía con fuerza, y yo pensé que todo había terminado cuando comenzó a bajarse la minifalda, a recomponerse y atusarse el pelo y la coleta.

Entonces, dio un paso al frente y se quedó a treinta centímetros de distancia. Respiraba ya con mucha dificultad.

―¿Y después te irás? ―me preguntó con la voz temblorosa.

―Sí, de verdad que sí. Joder, Mónica, si haces que me corra, saldré por esa puerta y no volverás a saber nada de mí…

―Está bien… ―afirmó de manera muy seria, tanteando el elástico de los bóxer―. ¡Te corres, te vas y se terminó lo nuestro!, para siempre. Asunto zanjado. Pero antes de que empiece, ¡prométemelo!

―Sí, sí, claro, Mónica, de verdad que sí, ¡te lo prometo, uffff!, joder, joder, ¿en serio vas a hacer que me corra?

Y sin contestarme, estiró el brazo, tiró de los bóxer e hizo que mi polla saltara como un resorte.

Estaba muy dura e hinchada y apuntaba hacia arriba sin que nadie la tocara.

No dejaba de palpitar, como si tuviera vida propia, y cada vez estaba más pringosa por los fluidos que se escapaban por el pequeño orificio de salida.

Mónica apoyó sus temblorosos dedos en mi abdomen y recorrió mi tableta con ellos.

Fue descendiendo lentamente, haciéndomelo desear, hasta que sentí que me rozaba la polla con el dorso de la mano, pero no me la agarró, sino que volvió a subir, poniéndome la carne de gallina y haciendo que se tensionaran mis glúteos.

Y cuando volvió a descender en su recorrido, me dijo de manera muy seria:

―Sí, voy a hacer que te corras, pero con una condición, ¡ni se te ocurra volver a tocarme!, ¿lo has entendido?, tienes prohibido tocarme, ¡y te lo digo muy en serio!, si lo haces…, ¡se acabó! ―me amenazó justo cuando sus dedos rodearon mi polla…

―Aaaaah, joder, Mónica, claro que lo he entendido, mmmmm...