24
Los dedos de Mónica recorrían mi espalda con suavidad y ella no paraba de negar con la cabeza y de susurrar que «no».
El tiempo se había detenido entre los dos y debíamos llevar unos cinco minutos así, sin movernos, apenas había avances, aunque tampoco nos separábamos.
Yo solo quería que ella se tranquilizara y la abrazaba de manera cordial, pero no me iba a poder aguantar mucho más.
Ya me palpitaba la polla y no solo no se me había bajado, es que cada segundo que pasaba se me ponía más y más dura.
―Lo siento, no me gusta verte así ―dije separándome de ella y la miré directamente a los ojos.
―Tienes que irte, Adrián…, recoge tus cosas y vete…
Puse las manos en sus hombros y fui descendiendo despacito por sus costados, con una lentitud exasperante, casi sin tocarla, rozándola lo mínimo posible, hasta que llegué a sus caderas, donde me detuve.
―Nos debemos una última vez ―insistí acercando mi cuerpo unos centímetros, pero sin llegar a tocarla con mi paquete.
―Nooo, no nos debemos nada.
―¿En serio prefieres que me vaya?, piénsalo bien, luego te vas a acordar de este momento toda la vida… y te arrepentirás, seguro. Mañana te despertarás con una horrible sensación…
―¿Por no hacer algo que no quiero?
―Claro que quieres, llevamos diez minutos aquí juntos, estás temblando, nerviosa, y no te quieres separar de mí, ¡no te puedes separar de mí!, ¡clávame los dedos en la espalda!, ¡apriétalos más fuerte!
―¡Adrián!, ¡nooooo!
Yo hice lo que le pedía, para darle ejemplo, y la toqué por encima de la camisa.
Ella volvió a negar con la cabeza y siguió resistiéndose, pero al menos continuó apoyando los dedos en mi espalda, aunque apenas los moviera.
Atraje su cuerpo contra el mío, la envolvía cada vez más, hasta que ocurrió lo inevitable y mi paquete rozó la tela de su falda de ejecutiva.
―Nooooo, noooooo…
No dejaba de estrujarle la espalda, manoseándola, sin pararme quieto, e hice el amago un par de veces de bajar hasta su culo, pero no quería precipitarme; estaba demasiado cerca, pero a la vez tan lejos, y cualquier paso en falso podía arruinarlo todo.
Y Mónica seguía negando, su voz apenas tenía energía y sus negativas ya se escuchaban muy tenues, como un susurro.
―Noooo, nooooo…, Adrián…
―Venga, Mónica, no me lo hagas desear más, por Diosss, ¿has visto cómo me tienes?
Los dos miramos hacia abajo. Me sorprendí hasta yo mismo al ver mi polla tratando de escapar de mi calzón.
La imagen era impactante, mi capullo sobresalía por encima de la tela de los bóxer blancos, se había hinchado y tenía un extraño color morado oscuro, como si estuviera a punto de reventar.
Palpitó sola, de manera involuntaria, y acto seguido una gota de líquido preseminal transparente salió fulgurante de mi pequeño orificio y resbaló por mi tronco.
No era el primero, pues la tela de Mónica ya tenía una mancha pegajosa de mis fluidos y al separarme de ella, se quedó un hilito colgando entre mi polla y su minifalda.
―Perdona, lo siento, no quería…, ¡oooooh, joder! ―exclamé cuando volví a palpitar y otra gotita me mojó los calzones.
Me pegué más a ella y ahora fui yo el que le restregó el capullo, ya me daba igual si le dejaba la falda echa un asco, la tenía tan sensible que el más mínimo contacto hacía que me temblara descontroladamente.
―¡Ooooh, Mónica, eres increíble, de verdad!, esto solo lo he sentido contigo, te lo juro, es tenerte así y no puedo ni pensar, ¡solo con tu perfume me vuelves loco!
Se apartó de mí, pues no quería que mi polla siguiera en contacto con ella, pero yo la atraje contra mi cuerpo otra vez y la abracé con más fuerza.
Mónica trató de que no siguiera manchando su falda, pero al bajar la mano lo único que consiguió fue rozarme el capullo y la retiró de inmediato, como si acabara de recibir una descarga eléctrica.
―¡No me manches con eso, joder!
―Sí, lo siento, ha sido sin querer. ―Tiré de mis bóxer hacia arriba y me cubrí la polla―. ¿Así mejor?
―Deja que me vaya, Adrián…
―No, solo un poquito más, aunque no hagamos nada, deja que me quede así, por favor…
―Noooooo, noooooo…
Mis manos no dejaban de subir y bajar por su espalda y cada vez llegaba un poco más lejos en mi recorrido.
Las yemas de mis dedos ya habían alcanzado un par de veces la parte alta de sus glúteos y yo me moría de ganas por sobárselos y volver a tener ese culo para mí.
Mónica apenas se movía y ahora tenía las manos sobre mis brazos desnudos, tratando de impedir que los moviera, pero lo único que conseguía era sentir mis bíceps.
―Vamos, Mónica, ¡no me lo hagas desear más!
―le pedí besándole la sien, acariciando su pelo―.
¡No he podido olvidar todo lo que hacíamos!
Sé que esto es una puta locura, joder, me caso dentro de dos semanas, pero…
¡no puedo dejar de pensar en ti!, ¡quiero tenerte una vez más!
, solo una vez, por favor. ―Y tiré muy despacio de la camisa que tenía por dentro de la falda, se la saqué y aproveché para colar mis manos por debajo.
¡Ahora estaba tocando la piel de su espalda!
―No, no, no, Adrián, nooooooo, paraaaaa…
―Déjame, mmmmmm, sigues teniendo la piel muy suave, ¡me encanta!
Llegué hasta el broche del sujetador y pasé de largo, no era el momento de quitárselo.
Avancé hasta su cuello, en una caricia muy lenta, y después volví a descender por la columna, pasándole un solo dedo hasta que me topé con su falda, para ascender de nuevo por el camino de vuelta.
A Mónica le costaba mantener el equilibrio y me había rodeado el torso, abrazándome, a la vez que retiraba la cara para que no pudiera verla.
Yo no paraba de darle besitos cortos en el pelo y por la sien y continué por el rostro hasta que llegué a su mejilla.
No podía guiarla hasta mí porque tenía mis dos manos ocupadas en su espalda e intenté que se girara un poquito para buscar su boca, pero Mónica seguía firme, en una actitud que me tenía desconcertado.
Por un lado, se dejaba hacer y no se apartaba.
Seguía aferrada a mi espalda desnuda y mis brazos, aunque negaba con la cabeza y susurraba continuamente un «no», que cada vez me sonaba más erótico y sugerete.
A pesar de que se había calmado, no paraba de temblar y yo sentía el calor que desprendía, igual que ella debía notar el estado de calentura en el que me encontraba.
La situación era surrealista, pero muy morbosa: los dos solos en aquel frío hotel, a media mañana, de pie contra la mesita, y Mónica negándose a follar conmigo, pero pegada a mí, sin separarse ni un milímetro y dejando que mi polla le babeara la minifalda.
Y su resistencia cada vez me ponía más cachondo.
Para mí era muy importante no forzar la situación ni a Mónica.
No quería que se sintiera violentada o intimidada.
Si decidía irse para casa, yo no podría impedirlo y sería el final de todo aquello.
Yo lo que quería era follármela y ahora estaba demasiado cerca de conseguirlo.
Estar delante de ella, mostrándole mi calzón y sintiendo lo nerviosa que se encontraba, me tentaba a cometer una locura, así que tenía que controlarme y caminar con pies de plomo.
Pero llegó un punto en que la situación se estancó y no sabía cómo continuar.
Le apretaba con los dedos en la espalda y, cuando llegaba hasta su falda, necesitaba volver a sentir ese culazo y sobárselo, pero me resistía a hacerlo y dejaba que pasara el tiempo, lo que consideré que corría en mi favor, pues esto incrementaría su calentura; así que seguí hablando, tratando de provocar a Mónica lo máximo posible.
―¿Sabes que me acuerdo cada día de la primera vez que estuvimos juntos?
, ¡uf, aquella noche fue increíble! Primero en el bar, bailando, sin importarnos que pudieran vernos.
Estábamos encendidísimos y tú bailabas de una manera tan sexy, mmmmmmm…
Intenté besarte y, a pesar de las ganas que tenías, te resististe, pero eso lo único que hizo fue excitarme más, como ahora…
Y entonces se me ocurrió lo de la piscina.
Realmente ya lo había fantaseado muchas veces y ese día vi la ocasión de cumplirlo.
¡Cuando entraste en el agua, creo que fue el momento más erótico de mi vida!
¿Recuerdas ese día, Mónica?, seguro que sí, es imposible que lo hayas olvidado…
―Adrián, noooo…, noooo…
―Solo va a ser hoy, te lo prometo. Tú también tienes las mismas ganas que yo…
Aquí me tienes, medio desnudo, puedes hacer conmigo lo que quieras…
―Y seguí besando su pelo y acariciando su espalda―.
No puedes dejarme así, es nuestro último día juntos, y ya no volverás a verme, ¡en la vida!
¡Nos merecíamos otra despedida!, venga, tienes que darme algo, Mónica, por favor… ¿Has visto cómo me tienes?
―Nooooo…, no, no, noooo…
―Si tú no quieres hacer nada, lo entiendo, de verdad, pero, por favor, no me dejes así… Tócame un poco y después me iré, ¡te lo prometo!, y después..., ya solo seré un recuerdo…
―No puedo hacer eso, no puedo hacer nada, ¡no vamos a hacer nada!
―Me encanta que estemos abrazados, podría estar toda la mañana y no me cansaría, con oler tu perfume ya me haces sentir de una manera indescriptible, ¡solo con tu perfume y notar cómo tiemblas ya me tienes así!
―Y me pegué a ella intentando que sintiera la dureza de mi paquete, pero Mónica se separó.
Entonces bajé las dos manos, las apoyé en sus glúteos y con sutileza atraje a Mónica hacia mí.
Luego dejé de manosear su culo, no le di ni tiempo a recriminarme que lo había tocado sin su permiso, y al mirar al suelo me encontré con que mi capullo había vuelto a escapar de los bóxer.
Un denso fluido baboso conectaba mi polla con su elegante falda, que empezaba a estar ya bastante pringosa.
―¡Mira cómo estoy! ―le dije a Mónica, que cayó en mi provocación y al abrir los ojos se encontró con que tenía media polla fuera del calzón―. ¡Tócame, por favor!
―¡Tápate eso!, ¿qué estás haciendo?, tápate…