El inquilino universitario 2. El reencuentro 23
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Los días en que tenía examen me levantaba con la hora justa, me gustaba apurar y dormir bien para llegar lo más descansado posible. No estaba nervioso, aunque fuera de matemáticas, porque había estado estudiando con Elvira y llevaba la asignatura bastante dominada.

Bajé a la cocina y asomé la cabeza en el salón.

Mónica ya estaba con los apuntes sobre la mesa preparando su oposición, me acerqué hasta ella y le di un beso en la mejilla.

No quería interrumpir sus rutinas diarias y me quedé en la cocina, yo solo, desayunando tranquilamente.

Ya habría tiempo para estar con ella cuando volviera de la universidad.

Regresé a casa muy contento a la hora de la comida. Mónica estaba terminando de cocinar unas estupendas lentejas, que hacían que oliera de maravilla toda la estancia, y la sorprendí por detrás, pegando mi paquete a su culo.

―¿Qué tal el día? ―le pregunté a Mónica.

―Tú ya veo que bien, vienes muy contento…

―Sí, el examen me ha salido fenomenal. Mañana tengo el de contabilidad, que ese es más hueso. Ahora a las cuatro va a venir Elvira a estudiar y así me ayuda.

―Vale ―dijo en un tono seco.

―¿Te molesta?

―No, ¿por qué me va a molestar?, es tu compañera, es lo más normal…

―Por nada, bueno, me cambio de ropa y bajo a comer. ―Y le di un beso en la mejilla desde atrás.

Sonreí mientras me ponía un chándal viejo para estar por casa.

Tenía que reconocer que me encantaba darle celos a Mónica y ella solía caer en mi juego como una adolescente celosa.

Claro que le sentaba mal que pasara la tarde con mi mejor amiga.

Nos había escuchado follar muchas veces y sabía que Elvira y yo seguíamos acostándonos de vez en cuando.

Y Mónica me quería para ella sola.

Al volver a la cocina estaba apoyada en la encimera, mirando el móvil, me senté a dos metros de ella y me quedé mirándola.

―A ver si comemos rápido y me da tiempo a echarme una siestilla de media hora …

Ni tan siquiera me contestó, siguió con su teléfono y yo insistí de nuevo.

―¿Y tú qué tal el día?, ¿te ha cundido la mañana?

―Bien ―contestó sin mucho entusiasmo.

―En cuanto se vaya Elvira, pienso follarte antes de cenar … ―le solté de repente.

Eso sí captó su atención. Levantó la mirada y dejó el móvil apoyado en la encimera.

Se quedó expectante, con los brazos cruzados, y negó con la cabeza.

Seguro que estaba teniendo uno de esos días en los que le remordía la conciencia por lo que estábamos haciendo y me decía que teníamos que dejar de vernos.

Ya estaba acostumbrado a esos altibajos de Mónica.

La tarde anterior me hacía una mamada en el sofá de su salón y antes de acostarnos me pedía terminar con nuestra aventura, pero al día siguiente venía a mi habitación y se me ponía a cuatro patas para que me la follara duro.

Era su forma de ser y quizás lo que más me gustaba de ella, que siempre tenía esos momentitos de arrepentimiento, aunque luego terminara dejándose llevar otra vez.

―¿Hoy no te la vas a tirar? ―me preguntó.

―Elvira es mi amiga y no me gusta que te pongas así porque venga a estudiar…

―Y a mí no me gusta que nos utilices a las dos…; ya te aviso, si hoy te acuestas con ella, luego no vengas a buscarme…

―Buenoooo, lo que me faltaba, ¿ahora te vas a poner celosa? ―Me puse de pie y me acerqué hasta ella.

―Esto es absurdo, no sé por qué me pongo a tu nivel. Deberías salir con Elvira o, si no te gusta, con una chica de tu edad, pero…

―Yo quiero estar contigo ―afirmé apartando sus brazos y agarrando su cintura―. Ninguna de la universidad me gusta como tú ni me pone así, te lo aseguro ―dije desabrochando despacio mis vaqueros y enseñándole mi paquete.

―Adrián, vamos a comer, las lentejas ya están listas… ―E intentó voltearse, pero yo se lo impedí.

―Antes te dije que cuando se fuera Elvira iba a follarte, pero ¿sabes una cosa?, te mentí…

―Vale ya.

Agarré su brazo y lo puse en mi paquete. Quería que sintiera lo excitado que estaba. Y Mónica no tardó en cerrar su mano sobre mi polla por encima de la ropa interior.

¡Le encantaba hacer eso!

En cuanto comprobaba lo duro que me ponía, la muy puta comenzaba a temblar. Intentó retroceder sin soltármela y topó con el culo contra la encimera. Ya no tenía escapatoria y yo me acerqué despacio para bajar las manos y sobar sus glúteos de manera descarada.

―Adrián ―suspiró.

―Sácame la polla ―le ordené abriendo los brazos para que fuera ella la que tomara la iniciativa.

―Adrián, mmmmm ―volvió a gemir tirando de la goma de mi slip.

Y, cuando me quise dar cuenta, ya tenía mi empalmada verga entre los dedos.

―Adrián, ¿qué…? ―pregunté de manera chulesca.

No me contestó. Solo comenzó a sacudirme la polla mirándola con detenimiento, y yo sonreí, sabiendo que se me abría un mundo de posibilidades en ese instante; humillarla, hacer que me la chupara en medio de la cocina y luego dejarla a medias, o permitir que me pajeara hasta el final y correrme encima de ella, pero no quise ser tan cabrón.

―¡Ponte de rodillas!

―¿Qué?

―Ya me has oído… Si quieres que te folle, antes tienes que comérmela…

Ni tan siquiera le había bajado las mallitas grises y ella estaba dispuesta a cumplir mi orden. Lo que no se esperaba es que, cuando comenzó a agacharse, sin soltármela, yo me abracé a ella y caímos los dos al suelo.

―Adrián, ¿qué haces?

Con un leve forcejeo conseguí ponerla bocabajo y me situé encima, forcejeamos, tiré de las mallas descubriendo su culo y situé mi polla entre sus muslos.

―Aaaaah, cabrón, ¿qué estás haciendo?

Aplasté su cara contra el frío suelo de la cocina y de un solo golpe de cadera se la hundí hasta el fondo. No me hizo falta bajar la mano para comprobar lo húmeda que estaba y me deslicé en su interior con un agradable calor que me envolvió por completo hasta los huevos.

―¿Todavía no te has enterado de que puedo follarte cuando quiera?, estás que te derrites…

Mónica jadeó y sacó el culo hacia atrás para que la embistiera. Palpó con los dedos mi trasero y me clavó las uñas en el glúteo, tirando de mi cuerpo hacia el suyo. Y yo se la metí más profundo.

Todo lo profundo que podía.

―¿Te habían follado alguna vez así?

―Aaaah, jodeeeer…

―Me vuelves loco, Mónica, tengo ganas de estar dentro de ti a todas horas, cada minuto, cada segundo, no quiero salirme de este coño, necesito abrazarte, pegarme, sentir tu piel, tu calor, cómo tiemblas…

―Aaaaah, aaaaah…

―No vamos a parar nunca…, esto es la hostia, te voy a follar cada día… ―aseguré aumentando el ritmo y mordiendo uno de sus hombros.

Nos arrastrábamos como dos serpientes, reptando, acoplados uno con el otro, sin importarnos la dureza y el frío del suelo. Ella se agarró con una mano a la pata de la mesa, con la otra me seguía apretando las nalgas y acompasaba mis movimientos, que cada vez iban a más.

Eran las dos y media de la tarde y allí estábamos, satisfaciendo nuestras necesidades en medio de la cocina. Como una buena película erótica de los noventa, con la ropa puesta, los pantalones a medio bajar, con prisa, sin que nadie pudiera interrumpir ese momento tan mágico y excitante.

Y una vez que Mónica comprobó que ya no me iba a salir de ella, estiró el otro brazo y se abrazó con las dos manos a la misma pata de la mesa, dejando que yo siguiera metiéndosela con toda la potencia que podía.

Mis embestidas eran secas, fuertes, y hacía rebotar mi pubis contra su culazo, asegurándome de que mi polla llegaba lo más profundo que podía.

―¿Quieres que me corra dentro?

―Aaaaah, aaaaaah, no te salgas, por favor, no te salgas…, sigueeee…

―Me encanta hacerlo y dejarte así toda la tarde, que tengas mi semen en tu interior, te aseguro que cuando llegue la noche vas a estar tan cachonda que me vas a suplicar que te folle otra vez…

―Aaaaaah, aaaaaah…

―¿O prefieres que la saque y te lo eche por el culito?, también me vuelve loco correrme encima de ti, ver mi leche bañando tu piel…, mmmmmm, eso me da mucho morbo…

―Aaaaah, aaaaah, sigueeeee, sigueeee…

Apoyé mi peso en su espalda y besé su mejilla, haciendo que girara la cabeza. Busqué su boca y nos fundimos en un beso con lengua mientras le daba mis últimas embestidas.

―¿Ya te has enterado de que eres mía y que puedo follarte cuando me dé la gana?

―Aaaaaah, jodeeeeer, aaaaah…

―Dioosssss, Mónica, ¡voy a correrme, voy a correrme!

―¡¡¡Másssss, mássss, másssss, no pares, no paresssss, por favor, aaaaaah!!!

Aplasté mi cuerpo contra sus glúteos, me dejé llevar y eyaculé en el coño de Mónica.

Ella volvió a echar la mano hacia atrás, me tocó el culo y sintió mis contracciones.

No pude seguir follándomela y solo mantuve mi polla dentro de ella, disfrutando de la maravillosa sensación de vaciarme en el interior de esa MILF.

Aparté el pelo de su cara y miré cómo Mónica ronroneaba, moviendo el culo muy despacio, arriba y abajo, sin apartar la mano de mi trasero, como pidiéndome que todavía no me saliera y siguiera con mi polla en su coño. Y así lo hice un par de minutitos más, dejando dentro hasta la última gota.

―Esto es para que te enteres bien, te voy a follar cuando quiera, ¡acéptalo de una vez!

, mmmm, me encanta cuando te cruzas de brazos y te da ese ataque de dignidad, ufffff, ¡eso hace que me den más ganas de follarte!

Es que me lo pones tan fácil, solo tengo que acercarme, desabrocharme el pantalón, ponerte una mano sobre mi polla…

y, en cuanto siento cómo tiemblas…, ya sé que eres mía…