22
Me levanté más temprano de lo normal, sobre las seis de la mañana. Salí a correr media hora a ritmo pausado, ducha, un buen afeitado, desayuné ligero, preparé unas cosas en una mochilita y luego comencé a vestirme.
Polo blanco de marca, pantalones chinos veraniegos, zapatos y cinturón marrones y, como complemento, mi mejor reloj. Un Maurice Lacroix con la correa de cuero a juego con el resto de accesorios. Me eché unas gotitas de Prada en el cuello y las muñecas y después me miré al espejo.
Quería estar perfecto para mi cita con Mónica.
Habíamos quedado a las ocho de la mañana en el hotel de siempre para hablar de Iker y de lo que yo tenía pensado hacer en el futuro. Al final, tomé la decisión más lógica y preferí quitarme de en medio. Era lo mejor para todas las partes implicadas, sobre todo para el chico.
Mónica y Fernando ya no tendrían que preocuparse de que en un futuro yo pidiera la paternidad y podrían olvidarse definitivamente de mí; y yo, a poco más de dos semanas para mi boda, necesitaba pasar página en este asunto y centrarme en Sofía, con la que tenía en mente formar mi propia familia más pronto que tarde.
Durante meses, Mónica me había estado enseñando fotos de Iker, contándome cómo era, lo que hacía, dónde habían estado de viaje, todo ese tipo de cosas…
Y sí, saber que era mi hijo hizo que viera al niño de una manera especial, pero, a decir verdad, no había despertado en mí un sentimiento de amor infinito hacia él.
Y no es que quisiera desentenderme del chico, pues sabía que con Mónica y Fernando estaba en las mejores manos.
Ya no le veía ningún sentido a seguir quedando con Mónica para hablar de Iker.
Por supuesto que no le había contado a mi novia que me había pedido el día libre en el trabajo y, por si acaso, me aseguré de que ella no pasase por la notaría, cosa que, como administradora de fincas, hacía más o menos una vez cada dos o tres semanas, o me iba a tocar dar muchas explicaciones si Sofía se presentaba en mi trabajo y se enteraba de que me había cogido el día de asuntos propios sin habérselo comentado.
Y supongo que Mónica estaría en la misma situación.
A las ocho en punto llegué al lugar en el que quedábamos habitualmente. Decíamos una hora y los dos acudíamos a ese punto de encuentro. Mónica ya había aparcado y yo estacioné a su izquierda. Ella se bajó de su coche y se montó en el mío, en el asiento del copiloto.
En cuanto lo hizo, me fue imposible no fijarme en sus piernas, pues Mónica me sorprendió con una falda azul marino de ejecutiva, que a mí me pareció más corta de lo normal, o la tela se le subió al montarse en el coche.
El caso es que allí tenía delante esos increíbles muslos casi desnudos y ella se percató de dónde tenía clavada mi mirada.
Nos saludamos con un frío «buenos días» y me dio la tarjeta black que había que ir pasando por los lectores para que se fueran abriendo las distintas puertas hasta llegar a la habitación.
Eran los momentos más tensos y cuando yo veía que Mónica peor lo pasaba por si alguien nos descubría, cosa ciertamente difícil a esas horas de la mañana, ya que el ascensor nos llevaba directamente a la habitación desde el parking.
Era un hotel frío, pero a la vez discreto, moderno y sofisticado. No debía ser nada barato alojarse en él y ese día reparé en que Mónica era la que siempre se había hecho cargo de los gastos, sin pedirme nada a cambio.
Pasé la tarjeta por el último lector y entramos a la misma habitación de siempre. Lo del dinero fue la primera cuestión que traté de dilucidar con ella, aunque me dijo que no me preocupara y enseguida quiso abordar el tema de Iker.
Directa, como siempre.
―Ayúdame a poner esa mesa ahí ―me pidió agarrando por un lado la pequeña mesita que había y colocándola en el centro de la habitación.
Cuando estaba de espaldas a mí, fue el momento en el que me fijé con detenimiento en su look.
Sobrio, elegante y a la vez muy sexy. No estaba equivocado con lo de su faldita, era bastante corta, de talle alto, le llegaba hasta el ombligo y, además, con ella marcaba bien sus curvas y le hacía un señor culazo de impresión.
Lo complementaba con unas sandalias veraniegas con un poquito de cuña y una camisa azul clarita, metida por dentro de la falda.
Llevaba el pelo recogido en una coleta, lo que le hacía mucho más joven; y es que parecía que los años no pasaban por Mónica.
¡Para mi gusto, a sus cincuenta y tres años estaba más en forma y definida que cuando tuvimos el affaire y se notaba que había perdido algún kilo! ¡Aquella mujer era más atractiva cada año que pasaba!
Pusimos una silla a cada lado y tomamos asiento uno en frente del otro. Apoyó los antebrazos en la mesa y entrelazó los dedos mirándome con atención. Me encantó el detalle de sus uñas pintadas de negro.
―Bien, Adrián, ¿qué has decidido?
Afirmé con la cabeza y un poco avergonzado le conté a Mónica lo que tenía pensando. Y digo avergonzado porque fue muy duro para mí decirle que no quería saber nada de Iker. Aunque ella entendiera que esa era la mejor decisión para todos, pudo sonar como una actitud muy egoísta por mi parte.
―Te agradezco de verdad lo que has hecho, el quedar conmigo y ponerme al día, sé que para ti no ha sido nada fácil y lo has llevado con mucha entereza, aparte de que te has comportado de manera impecable. Muchas gracias, Mónica.
―No ha sido nada, ya te dije que era lo que consideraba más justo.
―Espero que no pienses mal de mí por esta decisión… Necesitaba conocer al chico, saber más de él y esas cosas…, pero tienes que entenderme, me caso dentro de un par de semanas y no puedo seguir con esto… Lo he meditado muy bien y…
―No te voy a juzgar, Adrián ―dijo Mónica, a la que se le había cambiado la cara.
De repente, parecía haberse liberado de la tensión de los últimos meses y el saber que yo no iba a volver a preguntar ni interesarme por Iker le había quitado una enorme preocupación de encima.
Y enseguida entendí que así había sido, su rostro cambió y casi de golpe se le quitaron las arrugas de expresión de los ojos.
Era lo que Mónica había querido escuchar desde que comenzó este asunto y por fin todo se había aclarado.
Ella y su marido ya no tendrían que preocuparse por mí nunca más. Podrían vivir una vida feliz y tranquila junto a su hijo.
Y durante una hora, más o menos, estuvimos charlando de forma distendida sobre este asunto, como dos buenos amigos, y Mónica se fue soltando, aparcando esa actitud tan a la defensiva que adoptaba conmigo cuando quedábamos.
―Pues se acabó... ―afirmé echando una panorámica a la habitación―. Yo creo que lo voy a echar de menos. ¿Sabes?, me ha gustado compartir estos encuentros contigo, me han despertado muchos recuerdos… y siempre se me quedó esa espinita clavada ―dije cambiando de tema.
Me levanté, cogí la mochila que solía llevar al trabajo y saqué un par de vasos de cristal, cucharillas y dos termos, uno con leche y otro con café, una bandejita de pastas y sacarina.
―He venido preparado y al menos espero que aceptes este desayuno… ¿así te va bien de café?
―Sí, perfecto. Gracias. Ya veo que lo tienes todo bien planificado.
―Como decía…, se me quedó esa espinita clavada…
―¿Por?
―Ya sabes, lo que pasó entre nosotros, el final no es el que me hubiera gustado, y esta vez sí quiero terminar bien contigo…
―Olvídalo, ya no tiene sentido hablar de eso…
―Pero quiero disculparme, Mónica.
Ella abrió las manos y encogió los hombros como diciendo «pasó así y ya no hay marcha atrás». Me gustaba que pudiéramos tratar ese tema sin prisas ni preocuparnos por el tiempo, y es que tenía reservada toda la mañana la habitación de hotel y la primera hora se nos había pasado volando.
Sí, una hora llevábamos hablando, con fluidez, sin silencios incómodos, como si tuviéramos que decirnos muchas cosas y fuera nuestra última oportunidad y, aunque no le hacía mucha gracia a Mónica recordar «lo nuestro», al menos no la veía tan reacia como en otras ocasiones.
―Ya te lo dije, pero te juro que lo he pensado un millón de veces y me gustaría volver atrás en el tiempo.
Esa noche que nos descubrió Fernando fue muy dura, te escuché llorar desde mi habitación y no quisiste saber nada de mí, me hubiera gustado apoyarte, estar contigo…
¿Puedo preguntarte qué sucedió entre tu marido y tú después de que me fuera a la mañana siguiente?
―Déjalo, Adrián, no es algo que quiera recordar…
―Por favor, deja que me disculpe, es algo que necesito hacer. Ni te imaginas la de veces que te intenté llamar; incluso pensé en hacerte una visita, pero no me atreví… Fue un verano terrible y supongo que el tuyo sería parecido. Yo no quería que termináramos así…
―Al final era la única manera posible. La culpa fue mía, debería haberle puesto cordura a aquella locura… Tú solo eras un chiquillo, y, bueno…, ya da igual…
―No tenía por qué haber finalizado así. Podría haber sido algo acordado entre los dos, o que la relación se hubiera ido desgastando con el tiempo…
―Eso no era una relación.
―Pues lo que hubiera entre nosotros. Lo que quiero decir es que quizás esa pasión habría disminuido con el paso de los meses, pero justo en ese momento en el que Fernando nos descubrió, ¡uf, estábamos todavía llegando al punto más alto!
―No quier…