21
Me costó convencer a Mónica, pero al final se dejó llevar por la vorágine en la que estábamos inmersos y terminó aceptando mi alocada propuesta. Quería empezar a salir con ella, dejarnos ver por la calle y, sobre todo, tener sexo en lugares públicos.
La idea de follarme a Mónica fuera del chalet me excitaba demasiado, y nuestra primera cita, fuera de las cuatro paredes que ocultaban nuestro affaire, fue para ir al cine.
Elegimos una película que no tuviera mucha taquilla y además fuimos un jueves, por lo que se suponía que no iba a haber mucha gente.
Le pedí a Mónica que se pusiera vaqueros ajustados y una de sus camisas pijas a rayas.
Podía haber llevado unas zapatillas de vestir, pero ella prefirió unos zapatos de tacón, lo que le daba un aire más sobrio a su vestuario y le hacía parecer más mayor.
Paseando con ella por el centro comercial me sentía como si fuera su hijo, y no era más que un mierdecilla universitario de diecinueve años al lado de una pedazo de MILF que marcaba culazo a lo bestia con esos pantalones vaqueros blancos.
Ni por lo más remoto nadie se podría imaginar que me estaba acostando con aquella belleza.
Era demasiada mujer para mí.
Yo era consciente de la situación, pero también del deseo que despertaba en Mónica, de lo enganchada que estaba a mi polla y del morbo que ella sentía acostándose con un jovencito al que sacaba casi veinticinco años.
Y lo mejor para mí es que ya hacía tiempo que Mónica solo era un juguete en mis manos y podía hacer con ella lo que me diera la gana.
Aun así, debíamos mantener la compostura y yo me aguantaba las ganas que tenía de poner las manos en su cintura y caminar con ella bien agarrados.
Ese culazo merecía una buena sobada y os juro que solo con estar a su lado ya me empalmé en cuanto pusimos un pie en el centro comercial.
Mónica estaba muy nerviosa mientras comprábamos las entradas y solo se tranquilizó cuando pasamos a la pequeña sala que proyectaba la película.
Como habíamos imaginado, la salita estaba desangelada y apenas había un par de parejas por las filas centrales. Mónica y yo nos sentamos detrás del todo, dejamos las cazadoras en un asiento y esperamos pacientes a que se apagaran las luces.
Me encantaba la cara que tenía Mónica, parecía tan formal con su pelo recogido en una coleta y esa camisa tan pija, que eso todavía me puso más cerdo.
Se sorprendió al ver que apoyaba mi mano en su muslo y me pidió que esperara.
Ella sabía de sobra lo caliente que estaba, porque seguramente se encontraba igual que yo.
Por supuesto que ya se había percatado de mi tremenda erección y me miraba con un deseo reprimido, al que dio rienda suelta en cuanto se apagó la luz. Acaricié su coño por encima del vaquero y ella me palpó la polla, tanteando lo dura que la tenía.
No había empezado la película y ya temblábamos de la emoción.
Era la primera vez que nos veíamos fuera del chalet y eso incrementaba el morbo a niveles máximos.
Al término de los trailers previos, Mónica ya estaba jadeando y abrió las piernas ligeramente para que mis dedos no tuvieran problemas en tocarla.
De un tirón le solté los botones de su vaquero blanco e introduje los dedos despacito por su pubis, haciéndoselo desear.
Me encontré con su coño húmedo y lo acaricié despacio con el dedo corazón. Mónica me miró mordiéndose los labios, buscó desesperada mi cremallera, y yo le facilité el trabajo, sacándome la polla para que ella me la agarrara.
¡Ya nos estábamos pajeando mutuamente!
Con una mano la masturbaba y la otra la metí por el escote de su camisa para sobarle los pechos por encima del sujetador. Mónica me meneaba la polla con la izquierda, muy despacio, más pendiente de su propio placer que del mío, pero, aun así, no me la soltaba y subía y bajaba su mano sobre mi falo.
Nos miramos a los ojos, retorciéndonos en las butacas, y me sorprendió la facilidad con la que se corrió. Apenas llevábamos diez minutos de película y ella alcanzó el orgasmo de repente, reprimiendo los gemidos para que nadie nos escuchara.
Me hizo sacar la mano de su entrepierna, me soltó la polla, se abrochó los botones del pantalón y recompuso su escote; luego se inclinó sobre mí y me la agarró con su mano derecha.
―¡Quiero que te corras tú también! ―me susurró al oído comenzando a sacudírmela despacio, tirando fuerte cuando la palma de su mano llegaba a mi capullo.
―¡Házmelo con la boca si quieres que termine rápido!
Entonces se soltó el pelo, lo pasó todo por un hombro, mirándome con cara de puta, mientras se relamía, y me dio un muerdo en el oído. Luego bajó hasta mi cuello y volvió a subir para susurrarme:
―¿Quieres que te la chupe aquí? ―me preguntó deteniendo la masturbación y sujetándomela por la base.
―Por supuesto, quiero que me la comas como una universitaria a su novio…
Miró a los lados, por si había alguien más que no hubiéramos visto, fue algo instintivo, y en cuanto comprobó que allí podíamos hacer lo que quisiéramos, hundió su rostro en mi regazo y sentí su aliento cálido envolviendo mi polla y luego su lengua jugueteando con mi frenillo.
Tensé las caderas en cuanto se la metió en la boca y comenzó a succionar como una jodida aspiradora sin dejar de meneármela.
Traté de introducir la mano por dentro de sus vaqueros para sobar su culo, pero los llevaba tan ajustados que me fue imposible.
Me hubiera gustado meter un dedito en su ano mientras me la chupaba, seguro que eso le hubiera puesto más cachonda todavía, pero, aun así, ya me la mamaba con ansia, rozándome con su melena en el muslo y acariciándome los huevos de vez en cuando con los dedos.
En ese momento se detuvo el mundo para mí.
A pesar de llevar unas semanas follando con ella, todavía me costaba asimilar que tenía la polla metida en la boca de Mónica.
Meses atrás, la veía como una mujer inalcanzable y fuera de mis posibilidades y ahora me la comía como una fulana en medio de la sala de cine.
Me daba especial morbo cómo se apartaba el pelo para que pudiera ver la cara de guarra que ponía.
Y ella sacaba la lengua y me la pasaba por toda mi polla o me daba un beso mirando hacia arriba para después volver a metérsela por completo en la boca.
Cada vez más profundo, con más rabia, cubriéndola con sus babas.
Hasta que sentí sus labios tocando mis muslos, ¡se la había tragado entera!
, y solo se la sacó hasta la mitad para agarrarla con sus dedos y pajearme al ritmo al que me hacía la mamada.
No pensé que fuera tan jodidamente zorra para hacer eso y comencé a asustarme al comprobar que Mónica no tenía ninguna intención de detenerse.
Acaricié su pelo, entrelazando mis dedos en su melena, acompañando el vaivén de su cabeza, y Mónica cerró con más fuerza sus labios sobre mi tronco. Tiré de su pelo, eso le tuvo que doler, pero no se detuvo, más bien al contrario, incrementó la velocidad y potencia de succión.
Me tensé en el asiento y arqueé la espalda. Agarré bien a Mónica de la cabeza con las dos manos y con un golpe de cadera se la clavé hasta el fondo.
―Shhh, déjame a mí ―me pidió Mónica―. Déjame a mí… ―insistió con una voz demasiado erótica.
Le hice caso y me dejé caer en la butaca; a partir de ahí fue ella la que llevó el ritmo. Fue cuando entendí que Mónica no tenía ninguna intención de detenerse hasta que me corriera. Y me relajé, disfrutando de la mamada que me estaba haciendo.
Rocé su cuello con ternura y Mónica volvió a mirarme a los ojos.
Me sujetaba la polla con dos dedos contra mi estómago y me soltó un beso en el ombligo y otro en el capullo.
Se quedó con ganas de decirme algo, pero no lo hizo y enseguida retomó su tarea y volvió a hundir su rostro en mi entrepierna.
Otra vez el calor de sus labios envolvía mi polla y ahora incluso lo hacía con más ganas si cabe.
Ya no iba a parar, y los toquecitos de su lengua en mi capullo me llevaron a otro nivel.
Se la metía entera en la boca y al subir tenía una habilidad especial para acariciarme el frenillo.
Clavé los dedos en su cuero cabelludo y me crispé al comprobar que ya no había marcha atrás.
Estaba empezando a brotar el orgasmo de mis huevos y Mónica notó cómo se endurecía mi polla y la vena que recorría mi tronco se ponía más gorda.
Y comencé a llenar su boca con mi caliente semen.
Ella siguió arriba y abajo, arriba y abajo, exprimiéndome, sacándomelo todo mientras yo me retorcía en la butaca.
Y Mónica no se detuvo hasta que expulsé la última gota.
Después se incorporó, apoyó la espalda en su asiento y me miró a los ojos. Abrió la boca y me enseñó mi abundante corrida sobre su lengua.
―¡Joder, Mónica!
Sonrió y cerró los labios, degustó mi viscoso líquido, sin dejar de mirarme, y volvió a abrirlos para que viera su interior.
Ya no había nada, se lo había tragado todo y aquello hizo que me empalmara de nuevo.
Le ofrecí un poco de Coca-Cola para que se quitara ese regusto salado, pero ella negó con la cabeza.
Quería conservar mi sabor hasta llegar a casa. Eso hacía que se mantuviera más cachonda.
―Tengo muchas ganas de follarte ―le susurré acercándome a ella y besando su mejilla.
―Vámonos… ―Y Mónica cogió el bolso, se lo puso al hombro y se levantó de su butaca.
Nos cogimos de la mano mientras subíamos las escaleras, agarré su cintura y sobé su culo unos segundos.
Antes de salir del cine, aprovechamos la oscuridad de la sala para darnos un último morreo, pues en el centro comercial debíamos mantener la compostura, y bajamos hasta el parking sin podernos tocar, como si fuéramos dos buenos amigos que habían ido al cine a ver una película.
Teníamos por delante una noche muy prometedora, ¡menudo calentón llevábamos!
, y eso que ya nos habíamos corrido. Y tengo que decir que se cumplieron holgadamente las expectativas, pues se nos hizo de día, desnudos y abrazados en mi cama.
No paramos de follar en toda la noche. Terminamos exhaustos, pero con ganas de más.
Y es que ya no podíamos detener esa vorágine en la que nos habíamos metido...