El inquilino universitario 2. El reencuentro 20 #3
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Tiré de sus pezones, frotándolos con los dedos y pellizcándolos hasta que se pusieron erectos. Elvira estaba a punto de llegar al orgasmo y a mí me hubiera encantado tener tres manos para bajar una y sobarme el paquete por encima del pantalón corto.

―¡En Ibiza me corrí dos veces! ―le confesé a mi amiga.

―¿Ah, sí?, ¿tanto te gustó?

―Ya me iba a ir a la habitación y entonces Fiorella dijo algo en italiano…, pensé que ya lo había visto todo, pero me quedé de piedra con lo que vino después…

―Aaaaaah, aaaaaah, aaaaaah, ¿qué fue lo que vino después?, aaaaah…

―Ya lo sabes, zorra.

―¡Dímelo!

―Cuando te meó en la boca… ¡Eso fue increíble!, me hice otra paja casi de seguido y no aguanté ni un minuto…

―¡¡Aaaaahhhg, aaaaahhgg!!

―Hay que ser muy puta para dejar que te meen en toda la cara. Y ahí estabas tú, recibiéndolo como si nada… Ahora vas de empresaria refinada y no eres más que una putita de barrio…

―¡Diooooos, aaaaaah, aaaaaah, aaaaaah, tira de mis pezones, AAAAAH, AAAAAH, AAAAAH, MÁS FUERTE, AAAAAAH, AAAAAH, ME CORROOOO, AAAAAH, ME CORROOOOO, SÍÍÍÍÍÍ!

Y un potente temblor sacudió a mi amiga, que descargó ese orgasmo que llevaba reteniendo durante semanas.

Me permití el lujo de soltarle un par de azotes en sus tetas mientras se corría y, una vez que ya estaba más tranquila, se las acaricié con mucha suavidad, dejando que se recuperara de su orgasmo.

Elvira se quedó con la mano metida por dentro de sus shorts un minuto más, después me apartó y se bajó la camiseta.

Apuró la cerveza, que estaba entre sus piernas, y se abrochó el pantaloncito.

―Muchas gracias…, ufff, no sabes lo que necesitaba esto… ―dijo incorporándose y poniéndose de pie.

Se giró y me encontró en el suelo, con la polla dura, estiró el brazo y me ayudó a levantarme.

―Siento dejarte así… ―se excusó apuntando con el dedo hacia mi paquete.

―No te preocupes, me ha gustado ayudar a que liberaras tensiones, ¡echaba de menos esas tetas!, siguen muy bien puestas, en su punto justo…

―¡Idiota!

―Ja, ja, ja…

―Y ahora vamos a terminar con esa habitación… Me ha venido muy bien esto, muchas gracias, Adrián… ―me sonrió mirándome con complicidad. Yo me acerqué por detrás, la abracé por el estómago y le solté un sonoro beso en la mejilla sin decir nada.

No hacían falta las palabras entre nosotros.

Una hora más tarde, llegó Sofía. Acabábamos de terminar de pintar y ya habíamos recogido y quitado las cintas que cubrían los bordes.

Nos encontró tumbados en las hamacas de la terraza, tomando el sol y bebiéndonos otro par de cervezas.

Nos felicitó por el trabajo y un ratito más tarde Elvira se despidió y nos dejó solos.

―¿Qué tal con Elvira? ―me preguntó Sofía, ajena a lo que había pasado un rato antes en la habitación.

―Pues de maravilla, no sabía que era tan manitas…

―¿Quieres bajar un poco a la piscina?, me dijo mi hermano que él estaba allí y que luego vendría Laura, si eso nos tomamos una cervecita los cuatro.

―A lo de la cervecita me apunto, a tomar el sol… no me apetece tanto…

Esa noche me acosté pensando en Elvira. A pesar de los años y la distancia, la complicidad entre nosotros no disminuía con el tiempo.

No solo era una atracción física y sexual, también era un cariño muy especial que solo ella y yo entendíamos.

Me imaginé qué hubiera pasado de haber seguido juntos como novios desde la época universitaria.

Ahora sería la pareja de una empresaria exitosa y, probablemente, formaría parte de su equipo.

Viajaríamos por todo el mundo y llevaríamos una vida de lujo, pero también muy estresante y sacrificada.

Era solo una fantasía con la que me gustaba pasar el tiempo, porque también es verdad que nunca estuve tan enamorado de ella como de Sofía, con la que me encoñé casi desde el minuto uno.

Y aquella noche, me hubiera gustado que mi chica me quitara el calentón que llevaba encima después de lo que había pasado con Elvira, pero no fue posible.

Sobre las diez, después de cenar, me dejó solo en el piso, y yo esperé a que Laura y Sergio se pusieran a follar para hacerme una paja escuchando sus gemidos, aunque tampoco tuve esa suerte, y eso que su frecuencia sexual rondaba los cinco polvos semanales, así que me dormí tranquilamente.

Ya faltaba muy poquito para nuestra boda y estaba deseando que llegara el gran día.

Lo que no me imaginé es que, a la mañana siguiente, bien temprano, recibiría una llamada de Mónica.

Ya casi me había olvidado de ella y pensé que no iba a volver a ponerse en contacto conmigo; sin embargo, me sorprendió cuando me confirmó que había aceptado mi propuesta.

Y es que, al parecer, tenía intención de reservar la habitación de hotel toda la mañana para decidir el futuro de Iker, como le había sugerido. Nos pusimos de acuerdo y los dos nos pedimos el mismo día de asuntos propios en nuestro trabajo. El martes tenía una nueva cita con Mónica.

Probablemente la última.

En nuestros encuentros no había sucedido prácticamente nada, pero esta vez, al colgar el teléfono, me invadió una sensación distinta. No sabía en qué sentido, pero tuve el presentimiento de que esta cita no iba a tener nada que ver con las anteriores…