18
Mónica tenía una habilidad especial para cambiarse dentro del coche. Se puso unas mallas de deporte, sudadera y zapatillas y guardó la ropa en la bolsa. Aparcó en un polígono industrial y salió a correr por los alrededores unos diez minutos. Lo justo para comenzar a sudar antes de regresar a casa.
Allí la esperaban Fernando y su hijo. Se acercó a su marido, le dio un beso en los labios y luego se sentó junto a Iker, que estaba cenando frente al televisor, y le hizo una carantoña en el pelo.
―¿Qué estás viendo?
―La de Monstruos S. A., ya sabes que es mi favorita… ―contestó el niño.
―Vale, termina pronto, que mañana hay que madrugar para ir al cole…
―Sí, mamá.
―Voy a subir a pegarme una ducha, que mira cómo vengo ―le dijo a su marido.
―¿Qué tal la clase?
―Bien, como siempre, ya sabes…
―Iker está terminando de cenar, cuando termine, si quieres, le acuestas tú…
―Claro, ahora vengo.
Subió a la habitación y se avergonzó al verse frente al espejo.
No podía creerse lo que estaba haciendo, quedando a escondidas con Adrián para enseñarle fotos de su hijo.
Si su marido se enterara, sería el final de su bonita familia.
Lo estaba arriesgando todo por intentar resolver ese asunto por su cuenta, pero lo único que había conseguido es que salieran a la luz los viejos fantasmas del pasado.
Y es que, cuando Adrián se situó frente a ella y puso las manos en sus hombros, notó cómo se le aflojaban las piernas y el corazón se le escapaba por la boca.
No quería acostarse con él y se lo había dejado bien claro, pero le aterraba pensar qué habría pasado si Adrián hubiera intentado besarla en ese instante.
Ella se decía a sí misma que lo hubiera rechazado sin dudar y con esa firme convicción llegó a casa.
Su familia y su vida estaban por encima y no iba a tirarlo todo por la borda; sin embargo, le preocupaba ese miedo que le había quedado anclado en el estómago y no desaparecía.
La ducha de agua caliente ayudó a que se relajara y unos minutos más tarde apareció en el salón con un fino pijama primaveral de manga corta.
Acompañó al niño hasta la planta alta, le ayudó a lavarse los dientes y le leyó un cuento hasta que se quedó dormido.
Después, su marido preparó una crema de verduras, bajaron las luces para crear un ambiente más íntimo y, con todo ya recogido, se recostó en el pecho de Fernando y vieron un documental de HBO.
Apoyó la mano en el delgado muslo de su marido y la movió arriba y abajo durante unos minutos, buscando provocarle.
Él, al ver las intenciones de su mujer, le acarició el pelo y la espalda y avanzó con sus dedos hasta rozar su culo.
Mónica se revolvió en el regazo de su marido y acercó la mano a su paquete.
Los dos miraban la tele y ella le tanteó por encima del pijama.
Le hubiera gustado encontrársela dura, pero tan solo notó un pequeño bulto, que apretó cerrando el puño con fuerza.
Levantó la cabeza y ronroneó mientras le daba un besito por el cuello y comenzó a frotarle la polla.
Fernando se dejó hacer y le siguió acariciando la espalda a su mujer, jugando con el elástico de sus braguitas.
―¿Te apetece? ―le preguntó él inocentemente.
―Claro ―suspiró Mónica restregando su muslo contra el de su marido.
―¿Subimos a la habitación?
―¿Ya estás listo? ―Y le metió la mano por dentro del pantalón para ver si estaba empalmado.
A pesar de frotársela de manera sensual y no parar de darle besos por el cuello, todavía no había conseguido que a Fernando se le pusiera dura.
Y eso le frustraba mucho. Le cogió el pingajo con dos dedos y estiró la piel en repetidas ocasiones, comenzando a pajearle bajo la ropa.
Notaba cómo le iba creciendo poco a poco, pero no a la velocidad a la que a ella le gustaría, y abrió la palma de la mano hasta atrapar sus huevos.
―Mmmmm, tócame el culo, aprieta fuerte ―le pidió a Fernando, que se coló por sus braguitas acariciando su suave piel.
El proceso fue lento, pero al final consiguió la erección de su marido, se la agarró, apretando por la base, y comenzó a sacudírsela con más energía.
―Me encanta cuando se te pone así… ―le jadeó a Fernando al oído―. Vamos a la habitación, pero tienes que seguir empalmado, ¿vale?
―Síííí ―suspiró su marido.
Entraron agarrados, Mónica se tumbó en la cama y se desembarazó de los pantalones y las braguitas en cuanto apoyó la espalda en la colcha.
―Ven aquí…
Fernando se puso sobre ella y Mónica tiró del pijama lo justo para que saliera su polla despedida.
Ella misma se la cogió con los dedos, la puso a la entrada de su coño y después empujó el culo de su marido, atrayendo su cuerpo contra el suyo.
La polla de Fernando entró con facilidad y él noto lo mojada que se encontraba su mujer.
Le encantaba que estuviera tan excitada, pues no solían follar con mucha frecuencia últimamente, y la embistió con ganas, en un movimiento demasiado mecánico.
―No te corras, eh, tienes que aguantar ―le pidió ella acariciando sus glúteos y acercando un dedo en la sensible zona anal de su marido.
―Vale, tranquila…, pero aparta esa mano o no te prometo nada.
Resignada, Mónica abrió los brazos, no quería darle una caricia de más, que precipitara el orgasmo de su marido, y se quedó en esa pose, sin poder mover las caderas en busca de las acometidas de Fernando.
No podía ni tocarle. Se quedaba inerte y dejaba que su marido se la follara de manera voluntariosa.
Al pobre le costaba respirar en cuanto hacía un esfuerzo de más, pues no se encontraba en muy buena forma física, y su ritmo decayó enseguida; aun así no se detuvo y trató de satisfacer a su mujer con todas sus ganas.
―¿Estás bien? ―le preguntó Mónica.
―Sí, sí…, tranquila, ooooh, qué bueno…
―¿Te vas a correr ya?
―No, todavía puedo aguantar un poco más…
―¿Podríamos cambiar de postura? ―le pidió ella.
―Vale, si te apetece, por mí bien, ¿cómo te quieres poner?
―¿Me pongo encima o prefieres hacérmelo por detrás? ―le dijo Mónica, que tenía ganas de comportarse de manera más sensual.
Sin esperar la respuesta, esperó a que se la sacara y comprobó decepcionada que otra vez se le había bajado la erección.
El pito de Fernando lucía brillante por sus jugos, pues ella seguía igual de empapada que al principio, y se giró de manera erótica, poniéndose a cuatro patas delante de su marido.
Tiró de un glúteo hacia fuera, para que le viera bien el culo, y luego le preguntó con un gemido.
―¿Quieres follarme así?
Fernando se puso nervioso al ver la tremenda hembra que se le ofrecía desnuda.
Hacía mucho tiempo que Mónica no se comportaba de esa manera tan descarada, abriéndose bien, sacando el culazo hacia fuera y ofreciéndose como una perra para que se la follara.
Se sujetó el pingajo con la mano y lo acercó a su coño.
Sin saber cómo, logró penetrarla aunque no estuviera erecto del todo y se la folló sin poder moverse mucho, para que no se le saliera la pollita.
―Vamos, dame más, aaaah, dame fuerte ―le pidió Mónica con impaciencia, pero su marido solo podía resoplar, inclinándose sobre su espalda y meneando el culo delante y atrás como un puto perro.
Y todavía fue más decepcionante cuando lo escuchó gruñir detrás de ella y al instante se le salió la polla de su interior, mientras no paraba de escupir semen entre sus muslos.
¡¿Qué había pasado?!
Había logrado eyacular uno o dos disparos en su interior, pero el resto se perdió entre sus muslos y las sábanas.
Y es que parecía que Fernando ni tan siquiera se había dado cuenta de que se le había resbalado y ya no estaba dentro de su mujer, pues la seguía teniendo agarrada de la cintura y meneaba el culo como si se la estuviera follando.
―Ooooh, Mónica, me corro, ooooh, Mónica, oooooh…, me estoy, aaaaah, no puedo mááááásss…
Ella miró hacia atrás y lanzó su culo contra el cuerpo de su marido, sabiendo que eso era el final.
―Sí, córrete, cariño, eso es, muy bien, mmmmm, córrete ―Y cuando él terminó, besó su hombro y se quedó unos segundos acariciando los pechos de Mónica por encima del pijama mientras ella seguía con pequeños movimientos hacia atrás, haciendo que el cuerpo de su marido chocara contra su culo.
Se apartó el pelo de la cara, estaba sofocada y muy cachonda, y le excitó sentir el semen de Fernando saliendo de su coño y goteando en la cama.
―Mmmmm, me ha encantado ―dijo Mónica dejándose caer bocarriba.
―Uf, a mí también, ha sido increíble ―afirmó su emocionado marido tumbándose a su lado y acariciando su ombligo―. Hacía tiempo que no lo pasábamos tan bien…
―Sí, habrá que repetirlo cuanto antes…
―Cuando quieras, ahora sí que estoy molido…, me voy a quedar dormido ya, me está viniendo el sueño de golpe, pufff, no hay nada mejor que esto para dormir como un bebé… ―dijo Fernando subiéndose el pijama.
―Pues yo creo que voy a bajar a la piscina, me apetece darme un bañito…
―¿Ahora?
―Sí…
―Cuando vuelvas, ya estaré frito…
―Claro, no te preocupes, duérmete ―Mónica saltó de la cama y cogió el albornoz del baño.
Se desnudó y se puso la suave prenda con la que cubrió su cuerpo, quería hacerle una pequeña broma a su marido y provocarle antes de bajar a la piscina, pero, al salir del baño, Fernando ya estaba dormido en la cama.
No había pasado ni un minuto.
Ni tan siquiera cogió el bañador, no hacía falta, y tal cual estaba, se puso las cholas de playa y descendió las escaleras hasta su rinconcito de paz.
Dejó el albornoz en una tumbona y se metió desnuda en la piscina de agua climatizada.
Era una gozada nadar por la noche sin nadie que te molestara y Mónica se hizo unos largos antes de detenerse en un extremo.