17
Dejé el coche en el parking privado y el ascensor nos llevó directamente a la habitación. Con los nervios de la entrada, y las precauciones para pasar desapercibidos, ni tan siquiera me había fijado en Mónica.
Aunque no iba tan provocativa como con la minifalda vaquera, se había puesto para la ocasión unos shorts de vestir azul marinos y camisa blanca.
Llevaba el pelo recogido en una coleta y se fue directa a la cama con el portátil entre las piernas.
Me situé a su izquierda y ella buscó las fotos del último año de Iker, en el que había hecho la comunión y un viaje a Paris.
Mónica me hablaba y me iba mostrando las fotos, pero, cuando faltaban unos quince minutos para que se cumpliera la hora, y sin que yo hiciera nada, le entró una especie de sofoquina y comenzó a sudar por la frente.
―¡Uf, qué calor hace aquí!, ¿te importa si enciendo el aire acondicionado? ―me preguntó pasándome el ordenador.
―No, claro que no ―le contesté para que no se sintiera mal, aunque a mí la temperatura de la habitación me parecía muy agradable.
Encendió el aire, se sentó a mi lado, sacó un abanico del bolso y montó la pierna derecha sobre la otra.
―¿Te quedas tú con el ordenador?, ya estamos terminando…
―Vale ―Y pasando unas cuantas fotos más, llegamos al final.
―Pues ya está. Espero que te haya gustado.
―Sí, la verdad es que al chico se le ve muy feliz, y ahora, pues… no sé qué más decirte, Mónica.
―Bueno, quizás deberíamos…
―Ah, espera un momento, antes de seguir, yo también quiero enseñarte unas fotos ―dije sacando un pincho del bolsillo.
Me miró extrañada, cambiando el cruce de piernas, sin saber lo que le iba a mostrar, y conecté el USB al portátil.
―El otro día, trasteando por casa encontré estas fotos…, pensé que te gustaría verlas… ―Y al mirar hacia abajo me encontré con todo el muslo de Mónica.
El short de vestir se le había subido un poco y esta vez no me corté y fui bastante descarado mirando fijamente durante un par de segundos sus piernas. Y justo en la pantalla apareció una foto de todos mis amigos celebrando una de las fiestas en la bodega de su chalet.
Se sorprendió al ver esa foto en su ordenador y pasé a la siguiente sin darle tiempo a decir ni una palabra.
―¡Qué jovencitos estábamos, eh!, cómo pasa el tiempo… ―comenté.
―Eh, sí, sí…
Le estuve contando un poco el caso de Elvira y el cáncer de su madre, el fallecimiento de Iván, la boda de Sergio y Laura, y Mónica permanecía callada e incrédula viendo las fotos que había preparado.
Incluso en algunas salíamos ella y yo solos, haciendo yoga en el jardín, y también le enseñé unas cuantas en las que estaba Fernando con nosotros.
Aquellas fotos seguro que le despertaron un montón de recuerdos y Mónica volvió a acalorarse, lo que hizo que acelerase el movimiento de su abanico.
Y justo apareció la foto de nuestro día especial. El día D. La primera vez que follamos. Estábamos todos en la bodega y Mónica llevaba ese minivestido oscuro de fiesta con brillantina y botas altas, con el que estaba espectacular.
Luego salió una foto que nos hicieron en el bar, en la que estábamos los dos solos y la tenía sujeta de la cintura.
Después otra que nos hizo Sergio, en la que estábamos bailando.
A mí también me entraron los calores al ver esas fotos junto a Mónica y bajé la mano para apoyarla en la cama.
Sin tenerlo previsto, nuestros meñiques se tocaron, más bien se rozaron tímidamente, y yo dejé el dedo pequeño estirado en contacto con el suyo.
Ese sutil toque desarmó por completo a Mónica y, al girarme hacia ella, la pude ver descompuesta, ruborizada, y nos miramos directamente a los ojos. Ninguno de los dos había cambiado de posición y nuestros dedos seguían tocándose, aquello me erizó la piel y os juro que me empalmé como una bestia.
La foto de nosotros bailando seguía en la pantalla, la había detenido a propósito, y los dos recordábamos perfectamente lo que sucedió a continuación.
Primero, de vuelta al chalet, entramos en el bar que estaba cerquita de su casa y fue el momento en el que ya rompimos todas las reglas.
La llevé hasta la barra cogidos de la mano y ella me provocó descaradamente frotando sus glúteos contra mi paquete.
Me armé de valor y sobé su culo a dos manos, pero ella todavía opuso un mínimo de resistencia cuando intenté besarla y me rechazó.
Ya no pudo negarse cuando le sugerí darnos un baño en su piscina climatizada. Aquello derribó su última barrera. Al meternos en el agua calentita, de madrugada, cachondos, con unas copas de más y solos, supe que esa noche me la iba follar.
Y todos esos sentimientos seguro que afloraron en su mente. Moví el dedo muy despacio, de una manera casi imperceptible, y froté su meñique con el mío. Me pareció ver que se le ponía la piel de gallina en el muslo.
¡Joder, se le había erizado el pelo también solo con esa caricia!
―La verdad es que era un desastre bailando ―bromeé para intentar quitarle tensión al momento―. Y lo sigo siendo… Y bueno, tú, todo lo contrario… Mis amigos se peleaban por bailar contigo. Estaban todos pillados por ti…, y aquel día, uffff, estabas increíble con ese vestido…
Ella detuvo el abanico. Llevaba desabrochado un botón de más en su camisa y desde mi posición podía verle el sujetador negro.
Nos quedamos mirando detenidamente y sentí que ahora era ella la que movía su dedo pequeño, acariciándome a mí.
Fue breve y rápido, apenas un par de segundos, pero abrí la boca y cuando avancé unos centímetros para besarla, ella se puso de pie y me dejó solo en la cama, con el portátil entre las piernas.
―Ya se ha cumplido la hora, tenemos que irnos ―dijo Mónica dándose aire con el abanico.
―Ah, sí, ni me había dado cuenta… Hoy se me ha hecho muy corto el encuentro… ―Y cerré el ordenador y lo guardé en la funda―. ¿Quieres tener estas fotos de recuerdo? ―pregunté enseñándola el USB.
―¿Qué tienes pensando hacer ahora?, ya hemos terminado con las fotos de Iker ―me preguntó impaciente, haciendo caso omiso a lo que le acababa de decir.
Entendía perfectamente que no quisiera quedarse con esas fotos, solo lo dije por ver su reacción, y ella lo intuyó de sobra, pero no cayó en mi juego.
Aun así, yo la conocía muy bien, y aunque trataba de hacerse la digna, su lenguaje corporal indicaba otra cosa.
Esos sudores en el cuello, la cara que se le ponía, las mejillas encendidas, su escote «descuidado», la pose con las piernas, los brazos cruzados, y sobre todo esa mirada suplicante.
Esa mirada era inconfundible e inolvidable.
Me hacía lo mismo cuando empezaba a provocarla mientras su marido estaba en casa. Me acercaba y sobaba su culo o le restregaba la polla y ella negaba con la cabeza. Susurraba que «no», pero no apartaba sus glúteos de mi paquete y siempre terminaba dejándose follar o con mi polla en la boca.
Seguro que si me situaba a su lado, podría notar cómo temblaba su cuerpo.
Habían pasado diez años, pero en ese instante volvimos a retroceder a los meses más lujuriosos que habíamos vivido cuando follábamos juntos.
La tensión sexual era más que evidente en esa habitación clandestina de hotel, y yo me puse de pie.
Ni tan siquiera disimulé mi erección, y se hizo un silencio incómodo durante unos segundos.
Ella agachó la mirada y dudé si acercarme. Pude haberlo hecho. Apoyar mis manos en sus hombros y levantar su barbilla con el dedo para tenerla frente a mí. En ese momento hubiera sido mía.
Yo lo sabía y ella también.
Pero lo vi tan claro que me asustó. Era como asomarme al abismo de nuevo.
Y se me pasaron por la cabeza mil imágenes de cómo sería mi vida si daba ese paso.
Si dábamos ese paso. Apenas faltaba un mes y medio para mi boda, y mi estómago se encogió en un puño.
Me aterraba esa sensación tan intensa que me brotaba de las entrañas y bajaba hasta mi entrepierna.
La polla no dejaba de palpitarme, ya no era el dueño de mi cerebro, me transformé en un ser enfermo de pasión, de deseo, y afloraron mis instintos más bajos, más primarios. Éramos animales, y ese sexo jamás lo había vuelto a experimentar con nadie.
Y era adictivo. Muy adictivo.
Por fin, fue Mónica la que rompió el silencio que reinaba en la habitación.
―Ya se va a terminar la hora…, ¿qué tienes pensado hacer?
―Deberíamos hablarlo con calma, Mónica. No es una decisión que podamos tomar a la ligera.
―He hecho lo que me pediste, querías ver fotos del niño, que te hablara de él…, yo acepté y me estoy arriesgando muchísimo con estas citas, si Fernando se enterara…
―No eres la única que se está arriesgando, yo me caso en unas semanas y Sofía no sabe que tengo un hijo, y no puedo decírselo. Ahora no. No lo entendería y si descubriera que la he estado ocultando esto…, no quiero ni pensarlo…
―¿Y entonces?
―Mira, Mónica, no te voy a decir que se ha despertado en mí un sentimiento de amor y cariño por el chico por ver unas fotos.
Sí, saber que es mi hijo me ha removido algo por dentro, pero tranquila, nunca voy a acercarme a él ni os voy a pedir que le digáis la verdad cuando sea más mayor.
Por mi parte te aseguro que eso jamás va a suceder.
A efectos legales, Iker será siempre vuestro hijo y nunca sabrá que yo soy su padre.
Esas palabras parecieron tranquilizar a Mónica y al bajar la vista se encontró con el botón superior de la camisa desabrochado. En un gesto instintivo se cubrió con los brazos y afirmó con la cabeza.
―Pero me gustaría dejar este asunto resuelto antes de la boda.
Quiero volver a quedar contigo, hablarlo sin prisa, sé que esto es muy importante para ti, y bueno…
, también para mí, y en una hora no podemos decidir el futuro del niño, de tu hijo, de nuestro hijo.
¿Te parece si quedamos una mañana en el hotel y valoramos todas las posibilidades con calma?
―¿Una mañana?, ¿para qué?, es absurdo, y yo no puedo, trabajo, ya lo sabes.
―Yo también, pero podríamos pillarnos el día de asuntos propios, escaparnos, solo será una mañana…
―¿Escaparnos?, ¿pero qué dices…?, no…, yo no… ―tartamudeó Mónica.
―Reserva la habitación del hotel y lo hablamos, sin precipitarnos, analizando todas las opciones. Déjame que piense unos días, y te digo…
―No puedo hacerlo...
―Por favor…
―Esto que me estás pidiendo ―negó agachando la cabeza.
Y, ahora sí, me acerqué a Mónica, me moría de ganas de hacerlo. Con el corazón bombeándome desbocado me situé frente a ella, puse las manos en la parte superior de sus hombros y noté lo nerviosa que se encontraba. Lo sabía. Mónica temblaba de la emoción y cruzó los brazos con más fuerza.
Protegiéndose de mí.
―¿Estás bien?, solo te pido eso, una mañana… para hablar de Iker y de nuestro futuro…
―No podemos, Adrián…
―¿Por qué? ―pregunté bajando las manos por el costado, apoyándolas en su cintura.
―Pues, porque no…, ey, ¿qué haces? ―me regañó.
―Nada.
―No me toques, te lo advertí… ―suspiró en bajito y con suavidad se giró a cámara lenta, desembarazándose de mis manos.
Caminó unos pasos dándome la espalda y cogió el portátil, que reposaba sobre la cama. Solo tendría que haberme acercado y pegar mi cuerpo contra su culo. Ella hubiera notado mi erección entre sus glúteos y no se habría podido resistir.
Yo conocía el lado oscuro de Mónica.
Pero no podía precipitarme, un paso en falso tiraría por tierra los mínimos avances que había tenido con ella.
Y unos minutos antes había visto la posibilidad de volver a acostarme con Mónica.
Si tenía alguna duda de si hacerlo o no, al estar frente a ella, notando el calor que desprendía y el deseo que le supuraba por cada poro de la piel, se me habían despejado del todo.
Quería volver a sentirla entre mis brazos. Necesitaba meter mi polla dentro de ella, dejar que me la chupara, correrme en su cara, follarme su culo de manera violenta mientras se lo azotaba, mordernos a lo salvaje, restregar nuestros cuerpos desnudos, lamernos el sudor, abandonarnos a la lujuria…
―Solo es una mañana, Mónica, por favor…
―Vámonos ―me pidió recogiendo todo, alisando la colcha hasta dejarla perfecta y echó una ojeada para comprobar que no nos dejábamos nada en esa desangelada habitación.
Bajamos en silencio en el ascensor y nos montamos en mi coche.
Mónica seguía muy callada y llevaba el portátil entre los brazos, cubriendo su cuerpo.
En apenas un minuto, salimos del complejo hotelero y la llevé hasta el parking que estaba a la vuelta.
Se bajó sin hablar y, antes de que se subiera en su coche, abrí la ventanilla del copiloto.
―Mónica, llámame esta semana y dime qué día puedes quedar, así me puedo cogerme yo también el mismo día…
Ella negó con la cabeza sin pronunciar palabra y no se atrevió a mirarme cuando se metió en su coche.
Rápidamente salió marcha atrás y me dejó allí plantado, sin darme una respuesta.
Podía huir de mí, pero no iba a poder hacerlo eternamente, pues, tarde o temprano, tendríamos que volver a quedar para escuchar lo que yo decidiera sobre el futuro de Iker.
Y ese era un asunto que quería dejar zanjado antes de mi inminente boda con Sofía…