El inquilino universitario 2. El reencuentro 16
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Los preparativos de la boda absorbían la mayor parte de nuestro tiempo. Es agotador organizar un evento así, y más con una chica como Sofía, que lo quería todo de una determinada manera para que ese día saliera perfecto.

Por suerte, mi vida se había normalizado en los últimos meses, cosa que agradecía, y llevaba una buena temporada sin tener noticias de Mónica.

En diciembre volvimos a vernos en el mismo hotel y tuvimos un encuentro más frío y distante que el anterior.

Quizás solo habían sido imaginaciones mías cuando Mónica se presentó en mini falda y con esa camiseta de tirantes en agosto, pero desde luego que en esta tercera cita no me dio pie a nada.

Estuvimos viendo fotos del niño y poco más, aunque no pudimos finalizar hasta llegar a la época actual y dejamos pendiente el último año, en el que Iker había hecho la comunión y un viaje a Eurodisney como regalo.

Quedamos en vernos antes del verano y de la boda; y una vez que finalizáramos con todas las fotos, ya hablaríamos de cuál sería el siguiente paso.

Con Laura poco a poco había ido recuperando la relación y ya no se mostraba tan tímida y callada cuando quedábamos con los amigos o en parejitas.

Lo que pasó en la casa rural quizás fue la mayor estupidez de mi vida, y aunque reconozco que Laura me daba su morbo y antes de la boda, había fantaseado muchas veces con follármela, ahora era quizás la única cosa de la que me arrepentía, pero ya no podía dar marcha atrás en el tiempo.

Me había acostado con la mujer de mi mejor amigo y lo más probable es que los dos nos lleváramos ese secreto a la tumba.

Y a veces haces unos planes y la vida te organiza los suyos propios.

Y eso fue lo que le pasó a Elvira. Una mañana recibí una llamada suya y me contó que a su madre le habían detectado un cáncer de pulmón.

Yo sé el apego que ella tiene por su madre, pues es prácticamente su única familia, y aquella noticia fue un mazazo para mi amiga.

Se vino de urgencia desde Barcelona en el primer vuelo que pilló y yo me ofrecí ir a buscarla, casi de madrugada, al aeropuerto.

Estuvimos tomando un café y poniéndonos al día, y le dije que podía contar conmigo para cualquier cosa.

Elvira me comentó que tenía pensado quedarse al lado de su madre y que durante la semana iban a estar de médicos prácticamente a diario.

―Teletrabajaré desde aquí, pero bueno, he delegado la mayor parte del curro en una chica de plena confianza…, ahora lo importante es estar con mi madre, a ver qué se puede hacer ―me confesó una cabizbaja Elvira, que lucía unas buenas ojeras.

Unos días más tarde, me llamó y quedamos para comer a la salida del trabajo.

Me estaba esperando en la cafetería en la que había quedado otras veces con Mónica y elegimos un japonés que no quedaba muy lejos.

Si cuando vino, Elvira no tenía el mejor aspecto del mundo, cuatro días más tarde todavía estaba peor, y es que las noticias sobre la salud de su madre no eran nada buenas.

―Tiene un cáncer de pulmón bastante avanzado y quieren empezar con la quimioterapia ya…

La he llevado a una clínica privada para una segunda opinión y tampoco me han dado muchas esperanzas, así que nos esperan unas semanas muy duras, a ver qué tal aguanta la quimio.

Encima, es una paciente malísima y se queja por todo…

―Ya lo siento, Elvira, cualquier cosa que necesites, sabes que puedes contar conmigo.

―Lo sé, y me conformo con saber que estás ahí y que en cuanto te llamo no pones ninguna pega a que quedemos, supongo que ahora estaréis muy liados con la boda y tal…

―Bueno, no tanto, es Sofía la que se está encargando de casi todo, yo voy haciendo cositas en el piso, dejándolo listo para cuando Sofi se venga a vivir…

―Todavía no lo he visto, por cierto.

―Pues cuando quieras, mira, la próxima vez cocino yo y te vienes a casa a comer…, si hace bueno, nos podemos tumbar en la terraza a tomar el sol mientras hablamos y tomamos una cervecita…

―Ese plan me parece perfecto.

Dicho y hecho. Su madre empezó a darse quimio casi de inmediato y Elvira y yo estuvimos quedando con bastante frecuencia, viéndonos dos o tres veces por semana.

Me di cuenta de que ella se pasaba la mayor parte del tiempo entre hospitales y cuidando a su madre, lógico, pero luego le venía muy bien verse conmigo para desconectar y yo no le podía fallar en ese momento.

Una tarde que había quedado con ella, me llamó Sofía, que tenía que acompañarla y llevarla junto a mi suegra a un centro comercial para el tema de un vestido, y, cuando le dije que ya tenía planes con Elvira, no le sentó nada bien.

A mí no me gustó que se enfadara por eso e incluso mi chica me recriminó que últimamente estaba pasando demasiado tiempo con mi amiga, lo que todavía me molestó más, ese estúpido ataque de celos un mes y medio antes de nuestra boda.

Y para colmo, Mónica me llamó una mañana al trabajo. Parecía que se habían conjurado entre todas para terminar con la tranquilidad de la que había disfrutado los últimos meses.

―Teníamos pendiente el último encuentro, ¿qué día te viene bien? ―me preguntó Mónica.

―Martes o jueves por la tarde, cuando quieras…

―De acuerdo, mañana te llamo sobre esta hora y te confirmo.

―Perfecto.

―Venga, hasta luego.

―Adiós, Mónica.

Fue una llamada breve y concisa. Y a la mañana siguiente lo mismo, me dijo día y hora y quedamos en el discreto hotel de las otras veces.

Después de esa cita, ya no teníamos nada previsto, vendría mi boda, pasaría todo el verano y no era nada descabellado que, según lo que habláramos en ese encuentro, Mónica y yo dejáramos de vernos ya en un tiempo bastante prudencial.

Mayo, 2012

Ese domingo me apetecía quedarme en casa.

Había salido un bonito día primaveral y Fernando y Mónica me invitaron a que comiera con ellos en el jardín.

Me levanté prontito a estudiar, salí a correr a mediodía y, al llegar con toda la sudada encima, me encontré a Mónica en la cocina, con una sudadera ancha y pantalón gris de chándal.

Los domingos me despertaba con una increíble sensación de euforia, sabiendo que Fernando tenía que irse a trabajar toda la semana fuera y yo me quedaría a solas con su mujer en el chalet, pero también era verdad que me excitaba mucho esa situación de meterle mano a Mónica, o incluso follármela, mientras él estaba por casa.

Y al verla allí en la cocina, entré con la camiseta de correr completamente empapada y me la quité, la metí en la lavadora y me quedé con el torso desnudo. Di un trago de agua y Mónica se sorprendió al verme así.

―Pero ¿qué haces? ―preguntó echándome una mirada lasciva, deteniéndose en mis abdominales―. Fernando está en el jardín, preparando la comida…

―Lo sé… ―Y me acerqué a ella, palmeando su culo.

―Aquí no, ya te lo he dicho muchas veces, vete a pegarte una ducha, podría venir en cualquier momento.

―¿Y por qué me miras así?

―No te miro de ninguna manera.

―Joder, ya lo creo que sí, estás temblando…, te mueres de ganas por tocarme ―dije cogiendo su mano y pasándomela por el pecho y la tableta.

―No, para, solo tenemos que esperar unas horas hasta que se vaya, no sigas, por favor ―me pidió dejando la yema de sus dedos apoyada en mi cuerpo, como si le dieran ganas de desabrocharme el pantalón.

―¡Uf, qué cachonda estás, Mónica!, ¿te gusta tocarme así de sudado?

Ella negó con la cabeza y dejó sus dedos recorriendo mis abdominales. Su marido podría haber entrado en la cocina en ese momento, pero Mónica ya hacía tiempo que no podía resistirse a la locura que estábamos cometiendo.

Unos segundos más tarde, despertó del trance en el que se encontraba y me rogó que, por favor, saliera de la cocina.

―Está bien, pero esta tarde quiero follarte antes de que tu marido se vaya…, ayer no pudimos hacer nada y estoy que me subo por las paredes ―dije mostrándole el bulto que se me marcaba bajo los pantalones cortos de deporte.

―¿Y no puedes esperar?, creo que hoy va a irse sobre las siete…

―Me da igual, y claro que podría esperarme, pero me da mucho morbo follarte mientras él está en casa…

―Eso ya lo has hecho, no podemos arriesgarnos tanto, al final nos va a pi...

―Sí, pero quiero repetirlo… y tú también…, puedo verlo en tus ojos, te mojas enterita solo con pensarlo… ―Y tiré del elástico de mi pantalón corto para que mi polla saliera despedida―. Puedes tocarla si quieres, sé que la echas de menos después de un día y medio…

Sin decir ni una palabra salió de la cocina y al llegar al salón comprobó que su marido seguía en el patio. Volvió a toda velocidad y se dirigió a mí, me agarró la polla y me pegó un par de sacudidas con la respiración agitada.

―Sube a ducharte ya…, ahora me voy a ir con Fernando a echarle una mano…

―¿Y no prefieres subir conmigo?

―No…

―Está bien, pero después de comer voy a follarte…

―Vale, ya, Adrián, por favor, sal de aquí, tápate eso y vístete…

Me guardé la polla en los pantalones y salimos de la cocina a la vez.

En la ducha no pude evitar recordar lo que acababa de suceder y me la estuve meneando pensando en Mónica, en la manera en la que me miraba, en cómo me tocaba los abdominales, en cómo me acariciaba, en esa caída de ojos lujuriosa, tratando de hacerse la digna en todo momento, pero con el corazón latiéndole a mil pulsaciones con sus braguitas blancas empapadas.

Así era Mónica.

Yo le había prometido que después de comer me la iba a follar y ella ya estaba pensando en eso a cada instante.

Al final no me corrí en la ducha, pues quería estar cerdísimo cuando llegara el momento de atacar a Mónica.

La comida fue un éxito, como siempre que cocinaba Fernando, que era todo un artista preparando manjares al aire libre, esta vez, una estupenda parrillada de chuletillas de cordero.

Una de las veces que su marido se levantó y nos dejó solos en la mesa, me chupé los dedos para limpiarlos mirando fijamente a Mónica e hice que se ruborizara con tan solo ese gesto.