14 #3
―Ya hemos visto fotos hasta los seis años, otro día terminamos hasta la fecha actual y después…
, no sé, quizás no sea buena idea lo de seguir viéndonos así, a escondidas, me sabe fatal por Fernando y luego me siento muy mal conmigo misma.
Es como si lo estuviera engañando de nuevo, me están viniendo a la cabeza demasiados recuerdos…
Y sí, ahora me arrepiento de haberte dicho lo de Iker.
―Siento escuchar eso. Yo no te lo pedí, Mónica.
―Lo mejor sería cortar esto de raíz, antes de que te encariñes con el niño y en un futuro quieras tener un acercamiento con él. Eso le destrozaría a Fernando…
―Ya te dije que no iba a hacerlo, puedes estar tranquila, Iker jamás sabrá que yo soy su padre, salvo que se lo digáis vosotros; y eso, ufff, me pondría en una situación muy comprometida, no creo que le hiciera mucha gracia a mi pareja el hecho de saber que tengo un hijo y no haberle dicho nada.
Sofía tiene mucho carácter y es mejor que no se entere. Yo prefiero que quede entre tú y yo.
―¿Cuánto tiempo?, ¿vamos a estar viéndonos a escondidas toda la vida ocultándoselo a nuestras parejas?
―Tampoco es que vayan a ser encuentros muy regulares, podríamos vernos una vez al año o así y hablar un poco de él y ya está… Tampoco te pido tanto. Quizás incluso podría colaborar económicamente, si te parece bien…
―No quiero tu dinero, vamos a dejarlo aquí, Adrián, cuando pase el verano quedamos otra vez y ya veremos lo que hacemos…
―Vale, me parece bien. Y muchas gracias por todo, Mónica.
Salimos juntos en mi coche y me pidió que aparcara frente al suyo para bajarse y montarse rápido, sin llamar la atención. Antes le eché una última ojeada a sus piernas y a su culo y me fui para casa con una extraña sensación de malestar.
Había sido una cita muy contradictoria. Mónica había venido con una minifalda vaquera y camiseta blanca de tirantes, en un look que había conseguido excitarme de verdad.
Y ese cruce de piernas, en el que parecía insinuarse, me puso cachondo del todo, pero al final del encuentro, ella tuvo un ataque de moralidad y me trasmitió sus dudas acerca de seguir viéndonos.
Yo desde luego que también tenía mucha incertidumbre con lo que estaba haciendo, pero esos minutos en los que tuve a Mónica sentada a mi lado, mostrándome sus muslos de manera indecorosa, habían provocado en mi estómago unos nervios y una sensación que creí olvidados.
Y esa adrenalina que se te dispara, encendiendo tu fuego interno, es adictiva.
Ya lo creo que lo es. Notas el calor recorriendo tu cuerpo, las pulsaciones se te disparan, te saliva la boca, se te encoge el estómago, te tiemblan las manos y la polla se te pone a mil.
Me habían dado muchas ganas de ponerle la mano en el muslo y mirarla fijamente, esperando que ella te corresponda.
La chispa se prendería en unas centésimas y ya no habría vuelta atrás.
Yo conocía en la intimidad a Mónica, sabía cómo era y cómo se dejaba arrastrar cuando el deseo la consumía las putas entrañas.
Y eso no se puede cambiar con el paso de los años, por mucho que ahora tratara de aparentar otra cosa.
Quizás lo mejor era olvidarse de Mónica. Ya bastante había metido la pata en los últimos meses con lo de Elvira y Laura; y ahora, con la aparición de Iker, debía reconducir toda esa vorágine en la que se estaba convirtiendo mi vida.
Sin embargo, al entrar en casa no podía dejar de pensar en Mónica. Seguía nervioso y muy tenso, pero lo que más me preocupaba era el estado exagerado de excitación en el que encontraba. Otra vez esa sensación, ese sentimiento, ese fuego que solo ella podía provocarme.
El corazón me palpitaba con fuerza en el pecho y yo estaba convencido de que Mónica había llegado a casa en el mismo estado que yo.
La suerte para nosotros es que íbamos a vernos de manera muy esporádica, pero también era verdad, que lo que había pasado entre nosotros seguía ahí, latente, y que en cualquier momento podría encenderse esa llama de nuevo.
Podía ser una mirada, un roce, una palabra… Y si eso sucedía, Mónica y yo sacaríamos todo lo que llevábamos años guardándonos dentro...
Y me asustaba, joder, ya lo creo que me asustaba fantasear con eso…
, pues lo que parecía imposible, con cada encuentro con ella lo veía más cerca, más real.
La única duda que tenía era si realmente queríamos hacerlo o no.
Si lo pensábamos racionalmente por las dos partes, era una locura.
Yo llevaba muchos años con Sofía, nos acabábamos de comprar una casa y en menos de un año nos casábamos a lo grande en un bodorrio que ya habíamos comenzado a organizar; y Mónica ahora tenía una familia, Fernando le había perdonado el affaire que tuvo conmigo y ya no era esa mujer solitaria, frágil y encerrada en sí misma que había conocido cuando fui su inquilino.
Pero a veces lo racional no puede contener lo pasional. Y Mónica y yo sabíamos lo que pasaba cuando le dábamos rienda a nuestros instintos más primarios, ya habían pasado muchos años, pero esas cosas no se olvidan.
Jamás.