14 #2
Pero esa tensión sexual, a pesar de estar hablando de algo tan tierno como nuestro hijo, se notaba en el ambiente.
Yo atendía a lo que me contaba, sin quitar la vista del ordenador, aunque también estaba muy nervioso, sentado a su lado, echando de vez en cuando una mirada furtiva a sus piernas.
La primera vez no me pilló, ni la segunda, ni la tercera…
, así hasta que se dio cuenta de que me encontraba casi tan pendiente en sus muslos como de la pantalla del portátil.
A pesar de la pillada no me dijo nada y siguió explicándome las fotos, abriendo una carpeta tras otra de celebraciones, de viajes…
y yo comencé a pensar por qué se habría puesto Mónica esa minifalda vaquera.
Es verdad que hacía mucho calor en pleno mes de agosto, pero ella tenía muchas faldas largas de esas ibicencas blancas o de varios colores, y justo el día que había quedado conmigo no podía llevar menos ropa.
La miré a la cara mientras seguía hablando y me fijé en ella, en el pelo recogido en una coleta, parecía que tenía unas ligeras gotas de sudor que perlaban su frente y el cuello.
Mónica se giró y volvió a sorprenderme, pero, en vez de regañarme por no estar pendiente de lo que me contaba, bajó la cabeza ruborizada y se colocó los caracolillos del pelo que se le habían encrespado por el sudor.
Su respiración todavía se volvió más agitada y durante unos segundos comenzó a balbucear, sin poder soltar ninguna frase inteligible, susurrando.
―¿Te encuentras bien, Mónica?
―Sí, lo siento, es que hace demasiado calor en esta habitación…
―Tienes razón, es un puto horno, espera, que enciendo el aire.
Se quedó sentada en la cama, abanicándose con la mano, y cuando encendí el aire acondicionado me senté de nuevo a su lado.
―¿Mejor? ―pregunté al llegarnos el primer chorro de frío.
―Sí, un poquito mejor, ¿te importaría traerme un poco de agua?
―Claro que no…
―Creo que debes pasar la tarjeta por el lector del frigo.
―Ah, vale…
Al pasar la tarjeta negra que Mónica me había dado, se abrió la neverita y saqué dos botellas de agua.
―Es una tarjeta de recarga, tiene saldo de sobra ―me dijo Mónica al ver que dudaba sobre cómo íbamos a pagar esas consumiciones.
Le di la botellita de agua fría y Mónica le pegó un buen trago, todavía nos faltaba media hora y tuve serias dudas de si ella sería capaz de continuar. Cada vez la veía más nerviosa y me preguntó si me importaba coger a mí el ordenador, pues le estaba dando demasiado calor en las piernas.
―Sin problema…
Y ahora fui yo el que comenzó a pasar las fotos de Iker, en la carpeta de los seis años de edad.
El portátil desprendía bastante temperatura y el hecho de liberarse de ese fuego que achicharraba sus muslos desnudos pareció tranquilizar a Mónica, que con dos tragos más de agua recuperó la respiración pausada.
La muy cabrona cruzó el muslo izquierdo sobre el derecho y con el dedo apuntó a la pantalla para irme contando detallitos de cada foto: dónde la habían hecho, fechas, quiénes eran los que salían…
, pero ahora el que se puso de los nervios fui yo, al ver esa pierna, casi desnuda, delante de mis narices.
Mi erección fue casi instantánea, a la par que vergonzosa, pues no la pude disimular de ninguna manera y, de repente, un enorme bulto se levantó disparado justo donde terminaba el ordenador. Me removí inquieto en la cama y Mónica volvió a balbucear al comprobar lo que acababa de provocar.
Quizás no lo había hecho a propósito, o quizás sí, pero yo aguanté de manera estoica, escuchando sus explicaciones cuando las volvió a retomar unos segundos más tarde.
Se me volvió a ir la mirada a sus piernas, y más cuando frotó de manera nerviosa un muslo por encima del otro, en un movimiento que le salió de manera espontánea, o eso pensé yo.
Seguí pasando las fotos, pero ya solo tenía ojos para sus piernazas. Comencé a tener mucho calor y, lejos de bajarse el empalme que llevaba, se me puso más dura todavía. No lo podía remediar y estuve a punto de decirle algo a Mónica sobre lo guapa que había venido a la cita.
No sabía si me estaba provocando y era lo que pretendía o es que me quería poner cachondo.
Tenía que andarme con mucho ojo, pues ya me lo había dejado bien claro: a la primera insinuación o salida de tono, ella cogería el ordenador y nos olvidaríamos de esos encuentros para siempre; así que me aguanté las ganas de decirle lo cachondo que me ponía y seguí pasando fotos de Iker mientras Mónica apuntaba a la pantalla con el dedo para darme explicaciones.
Cuando ya solo quedaban quince minutos para la hora, Mónica descruzó las piernas y miró el reloj como si de repente tuviera prisa.
Me ponía muy nervioso tenerla así, a mi lado, en una habitación de hotel mientras teníamos esa cita clandestina.
Yo estaba convencido de que entre nosotros podía volver a surgir esa pasión que se encontraba latente, pero ella ya parecía haber desconectado el modo sexy y se ciñó a hablar de nuestro hijo sin darme pie a nada.
Cinco minutos antes de que se cumpliera el tiempo, me pidió ir recogiendo. Yo seguía con una importante erección bajo el pantalón corto y le pasé el portátil para que lo guardara en su funda.
―¿Te está pareciendo bien esto? ―me preguntó Mónica mientras se ponía de pie.
―Eh, ¿perdona?, no entiendo lo que me quieres decir…
―Me dijiste que querías conocer cómo era Iker, lo que hacía, lo que le gustaba…
―Sí, sí, claro, y la verdad es que te lo agradezco mucho.
―Esto no está siendo fácil para mí, como comprenderás. Sinceramente, hubiera preferido que te desentendieras del niño, no pensé que quisieras saber nada de él…
―¿Estás enfadada o he hecho algo que te haya molestado?
―No, pero no sé qué estamos haciendo...
―¿Ahora tienes dudas?, yo creí que te parecía bien que al menos conociera al chico…