El inquilino universitario 2. El reencuentro 14
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El sol me daba en la cara y me quedé medio dormido escuchando el chapoteo de los bañistas en la piscina.

―¡Ey, que te has quedado sobado! ―Sentí que Sergio me zarandeaba del brazo.

―Sí, sí ―Me incorporé somnoliento con una buena sudada encima.

―¡Qué facilidad tienes para dormirte!, qué envidia me das, no llevamos ni cinco minutos y ya estás frito.

―Todavía no me he acostumbrado al horario, estoy con la resaca de Ibiza.

―Ya me ha contado mi hermana esta mañana lo de las vacaciones. Dime que no ha exagerado ni un ápice, Elvira y la modelo italiana en topless todo el día y que en la playa hasta hizo desnudo integral, ¿en serio le viste el coño a la súper modelo?, te has puesto las botas, cabronazo…

«No solo eso, vi cómo se comían enteritas, cómo se frotaban los coños enganchando sus piernas e incluso contemplé a la italiana bañando la cara de nuestra mejor amiga».

Recordar eso hizo que me empalmara casi de inmediato. Con lo tranquilo que estaba yo en la piscina. Sergio me miraba impaciente para que le contestara, pero yo no tenía muchas ganas de hablar, pues solo podía pensar en Mónica y en el encuentro que íbamos a tener al día siguiente.

Por la mañana me había llamado al móvil y me dio una dirección para que la pusiera en el buscador.

Al parecer, allí había un hotel modernito, en las afueras de la ciudad, y en coche se tardaba apenas diez minutos.

De construcción reciente, se anunciaba en grandes carteles y en las RRSS como un sitio especialmente discreto para encuentros esporádicos.

Que Mónica me hubiera citado en un lugar tan peculiar me sonaba extraño, pero supongo que así pasaríamos desapercibidos y que también tendrían alguna manera de hacer el pago sin que quedara ninguna constancia, pues pude leer que era un hotel en el que podías alquilar las habitaciones por horas, y que ese tipo de lugares se utilizaban no solo para encuentros sexuales, sino también para reuniones o cuando alguien está de paso durante un viaje, para poder descansar un rato.

―Adri, ¿te encuentras bien?, estás como ausente, tío…

―Sí, sí, perdona, y no, no te ha engañado nada tu hermana, allí han estado toda la semana con las putas tetas al aire…

―¡¡Joder!!, vamos, que te has puesto ciego, aunque a Elvira ya se las tenías muy vistas…, mmmmm, reconozco que en la universidad me sacaron muchas pajas esas tetas, y ahora está el triple de buena. Y la italiana, ufffff, ¿en serio le viste el coño?

―Sí, muchos días…

―No habrá fotos de eso, ¿no?

―Nos hicimos algunas con ellas, pero ahí no se ve nada, son normales…

―Me las tienes que enseñar, tío, a ver si para otro año nos invitan también a nosotros, la verdad es que no me importaría pasar unos días en esa casa; ya me dijo Sofía que era enorme y tenía unas cuantas habitaciones libres… Cuando vea a Elvira se lo dejaré caer, como el que no quiere la cosa…

―Claro ―dije con poco entusiasmo y menos ganas de seguir hablando―. Voy a darme un bañito para estrenar la piscina.

―Espera, que voy contigo.

Era la primera vez que utilizaba la piscina de la urbanización.

Me gustaba porque, aunque no era muy grande, estaba rodeada de jardines, una pista de pádel y todavía no había demasiada gente; y además, pocos chiquillos, la mayoría eran como nosotros, parejitas rondando los treinta que se acababan de comprar su primera vivienda.

―Aprovecha, porque seguro que dentro de unos años esto estará plagado de niños correteando por todas partes ―dijo Sergio como si pudiera leerme el pensamiento.

Nos picamos unos largos y a media tarde, cuando salimos del agua, nos encontramos a Laura en la toalla.

No creo que le hiciera mucha gracia verme allí después de lo que había pasado en la casa rural, todavía seguía muy distante conmigo, pero tendría que acostumbrarse porque no solo íbamos a ser vecinos toda la vida, es que, en cuanto me casara con Sofía, también pasaría a ser mi cuñada oficialmente e incluso nuestros hijos, en un futuro, llevarían la misma sangre.

No es que fuera especialmente provocativa, tampoco iba a sorprenderme a estas alturas después de lo que había visto en Ibiza, pero me gustó ver a Laura con un simple biquini blanco.

Me llamaba la atención el cuerpo tan pequeñito y armonioso que tenía, todo muy bien puesto, en su sitio, y es que Laura no era de las que solía visitar el gimnasio, y su rutina física se limitaba a salir a andar una hora a buen ritmo, cuatro o cinco días a la semana.

Un ratito más tarde apareció Sofía, que había alargado la siesta un poco más de lo habitual, lo que hizo que me relajara, pues no me apetecía estar solo con el reciente matrimonio y menos después de lo que sucedió entre Laura y yo.

Mi chica sí que llamaba más la atención en la piscina con su voluptuoso cuerpo y sobre todo con esas enormes tetazas que amenazaban con desbordar la tela de su biquini negro.

Por la noche preferimos cenar en nuestra nueva casa, solos, a pesar de la insistencia de Sergio en que compartiéramos mesa los cuatro.

Es verdad que en el piso apenas teníamos un sofá, una tele colgada de la pared, una mesita, dos sillas en la cocina y un colchón en el suelo de la habitación, pero con eso nos apañábamos de momento.

―Me ha sabido mal decirle que no a mi hermano…

―Que se vaya acostumbrando, que por vivir al lado no vamos a estar cenando o comiendo todos los días con ellos…

―Sí, claro, además hoy me apetecía… ―susurró Sofía tanteándome el paquete una vez que terminamos de cenar.

―¿Tienes ganas?

―Muchísimas…

―Mmmm, me encanta lo cachonda que estás estos días…, veo que te sigue durando el calentón desde que estuvimos en Ibiza.

―Ya sabes que el calor me pone mucho.

―Eso debe ser.

―Venga, vamos a la cama, que se nos hace un poco tarde y mañana hay que trabajar…

Esa noche terminé follándome a Sofía en el enorme colchón.

Era muy morboso follar así en el suelo y me encantó embestir a mi chica en un simple misionero, haciendo bambolear sus pechos, hasta que me corrí dentro de ella.

Antes de irse a casa de sus padres, se despidió de mí desde la puerta, haciendo planes para el día siguiente, pero yo iba a estar muy ocupado.

Tenía la cita con Mónica a media tarde.

―Mañana vengo a la piscina también, intentaré venir más pronto… ―me dijo Sofía.

―No, es que mañana tenía que…, eh, bueno, que iba a ir al gimnasio, y tampoco quiero ir muy pronto con todo el calor.

―Pues, si no estás aquí, no me paso…, me voy a casa de mis padres directamente después de salir del curro.

―Vale, cuando salga te llamo y hablamos…

Luego se marchó y pasé la noche solo, como de costumbre.

Ese día agradecí haber follado con Sofía, porque eso hizo que durmiera mucho mejor y no pensara tanto en el encuentro con Mónica, pero al día siguiente ya me levanté con esa sensación de nervios en el estómago.

La mañana se me hizo eterna y, nada más comer, bajé a la piscina a pegarme un baño antes de que Sergio me llamara.

Preparé la bolsa del gimnasio, me pegué una ducha y, con bermudas, camiseta y unas deportivas, cogí el coche hasta el extraño complejo hotelero situado a las afueras. Mónica me estaba esperando aparcada y al verme se subió rápido en mi coche.

―Entra por esa puerta ―me ordenó dándome una tarjeta para que la fuera pasando por los distintos lectores.

Metí el coche en una especie de parking individual, que estaba por una carretera a mano izquierda y llevaba directamente a la habitación.

Más privado imposible, solo podías cruzarte con alguien si ibas en el coche al entrar o al salir del complejo hotelero, el resto del tiempo disfrutabas de una intimidad total.

La habitación era muy fría y moderna, casi sin adornos, con una imponente cama en el centro y las paredes pintadas de blanco. Todo muy minimalista.

Con el asunto de aparcar el coche y buscar nuestra habitación, ni tan siquiera me había fijado en Mónica.

Esta vez no llevaba ropa deportiva, como yo, sino que se había puesto una minifalda vaquera que le llegaba por la mitad del muslo, una camiseta blanca de tirantes y zapatos veraniegos con cuña.

Me ponía mucho que se hubiera recogido el pelo en una coleta, lo que le daba un aire más juvenil.

Y sin tiempo que perder, sacó el ordenador de su funda.

Se sentó en la cama, se puso el portátil entre las piernas y la faldita se le subió unos centímetros, lo que hizo que me mostrara parte de sus muslos.

Desde mi posición, allí de pie, fue una imagen muy potente; y me quedé contemplándola como un pasmarote.

Me fijé en ella más detenidamente, en las arrugas de su cara, en sus tonificados brazos, en sus fibradas piernas…

mientras Mónica rebuscaba las fotos en su ordenador.

Ni tan siquiera se atrevió a levantar la mirada y me apremió para que me pusiera a su lado.

―Tenemos una hora exacta.

No me dio tiempo ni a contestar, porque enseguida comenzó a ponerme fotos del niño desde los cuatro años, justo en el punto en el que habíamos terminado el anterior encuentro.

Analizando la situación desde fuera, todo era muy extraño: los dos en ese moderno hotel, escondidos como una pareja de amantes en esa habitación y con una enorme cama blanca en el centro, puesta allí con un solo propósito.

Follar.

Y nosotros, sentados al borde, viendo fotos del niño mientras Mónica me contaba cosas de mi supuesto hijo.

Se notaba lo nerviosa que estaba, su voz no era firme, no era esa mujer segura de sí misma que me acogió en su casa cuando era un simple estudiante.

Ahora, la MILF intentaba concentrarse en la pantalla del ordenador para no pensar en que se encontraba en una habitación, a solas, con el universitario con el que había estado follando tres meses.