El inquilino universitario 2. El reencuentro 13
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Los fines de semana me levantaba enfadado, rabioso y, sobre todo, muy excitado.

Escuché voces en la cocina y ya no me pude dormir.

No eran ni las nueve y Fernando y Mónica estaban desayunando.

Me molestaba la presencia del marido de Mónica en el chalet, pues eso suponía que no podía estar con ella a solas, encontrármela en la cocina y sobar su culo, como si fuera mi chica, pegarme a sus glúteos y hacer que se me pusiera dura con tan solo entrar en contacto con ella; follármela en cualquier lugar de la casa sin importarnos la hora, solo para satisfacer nuestros instintos más primarios, que afloraban de manera constante.

Cuando estaba Fernando por casa, tenía que controlarme, a veces pasaba al lado de su mujer y me apetecía dejar la mano suelta para acariciar su culo con disimulo, pero tenía ese miedo constante de cometer un mínimo error y que él pudiera pillarnos.

De momento, estaba claro que no sospechaba nada y me trataba con el mismo cariño de siempre, pero solo podía pensar en meter la polla dentro de su mujer; así que esos fines de semana, en los que estaba presente, me molestaba verlo por allí, pero a la vez me ponía muy cachondo, porque sabía que a la más mínima que nos dejara solos o se descuidara, como cuando se echaba la siesta en el salón, yo iba a aprovechar para follarme a su mujer.

Aquella mañana de sábado me levanté especialmente cachondo, me los encontré en el jardín desayunando, les saludé con un «buenos días» y no quise interrumpir su momento íntimo.

Salí a correr una hora, pero ni aun así calmé la tensión que me invadió al despertarme.

Subí al baño de arriba, me pegué una ducha y después desayuné tranquilamente yo solo en el jardín.

Al entrar en la cocina, Mónica estaba fregando y escuché a Fernando trasteando en el garaje. Me situé detrás de ella y dejé la taza en el fregadero, momento que aproveché para pegar mi polla a su culo.

―Hoy me he levantado con muchas ganas de follarte ―le susurré al oído.

―Para, Adrián, Fernando está por…

―Ya sé que está en el garaje, tranquila…, venga, vamos arriba y deja que te la meta… ―insistí frotándome de arriba abajo, incrustándome entre sus glúteos.

Apoyó las manos en el fregadero y cerró los ojos, se le escapó un pequeño gemido y tragó saliva. Mónica estaba igual que yo. O incluso más caliente.

―Noooo…, espérate, joder, quizás luego, si se duerme la siesta…

―¿Ah, sí?, ¿y vas a dejar que te folle mientras tu maridito está en el sofá? ―murmuré besuqueando su cuello.

―¡Eres un cabrón!

―Ya no puedes controlarte, ahora eres mía, Mónica, puedo hacer contigo lo que quiera…, y eso me encanta…

―Vale, para ya ―dijo en bajito, en una especie de suspiro, echando la mano hacia atrás para palparme el paquete, para después separarse de mí.

Unos minutos más tarde apareció Fernando en la cocina, yo hice como que ayudaba a Mónica a recoger y traté de disimular mi erección para que no se notara.

―Hoy tengo la mañana atareada, quería arreglar lo de la valla y poner bien el toldo ―nos anunció Fernando, que se había puesto su chándal viejo de hacer chapuzas por casa.

―Vaya, yo que te iba a pedir que si luego podíamos dar una vuelta con el coche y hacer unas prácticas, como acabo de aprobar el carnet…, ya sabes que ahora es muy importante conducir para que no se me olvide lo que he aprendido en la autoescuela… ―le dije.

―Ah, eeeh, eeeh… ―tartamudeó Fernando. La verdad es que era tan buena persona que no tenía ninguna duda de que era capaz de dejar de hacer lo que tenía pensado para acompañarme.

―No te preocupes, bajo yo con él y así aprovechamos para comprar cuatro cosillas en el súper y también para lavar tu coche ―intervino Mónica.

Al pobre Fernando se le iluminó la cara. Le parecía perfecto el plan que le acababa de proponer su mujer, y yo, al escuchar las palabras de Mónica, todavía me puse más cachondo.

―¿En serio no te importa? ―preguntó él.

―Claro que no, que hoy que te veo con ganas de hacer cosas por casa, no te vamos a dar facilidades para que te puedas librar ―bromeó su mujer dándole un piquito en los labios delante de mí.

―Ah, guay ―exclamé―, pues me preparo y en cuanto quieras nos vamos, yo también tenía que comprar algo de comida… ―Después salí de la cocina y subí nervioso por las escaleras hasta la habitación.

Esperé a Mónica en el pasillo de la planta alta y un minuto más tarde volví a escuchar a su marido en el garaje preparando las herramientas necesarias. Ella subió despacio, sabiendo que la estaba esperando allí, y se puso el dedo en la boca para que no hiciera ruido.

―Sssssh, vale, Adrián, vístete y nos vamos…

―¿Dónde quieres ir tú…?

―A ningún sitio, a comprar y volvemos rápido.

―¿Seguro? ―pregunté soltando la cuerda de mi chándal, para luego bajarlo lo justo hasta que mi polla salió despedida.

―Vale ya, paraaa… ―me pidió llegando hasta mí mientras se mordía los labios. Le echó una ojeada a la escalera y se puso delante apoyando una mano en mi hombro―. Aquí, no, Adrián, te lo pido por favor…

―Pues vamos a tu dormitorio, todavía no me has dejado follarte en tu cama…, y sabes que tarde o temprano eso va a pasar…

Me agarró la polla sin decirme nada y nos fundimos en un beso con lengua. Mónica tenía la boca llena de saliva, y eso todavía me ponía más cerdo, porque significaba que aquella MILF se encontraba muy cachonda. Más de lo que pensaba.

Y allí estaba la muy cabrona, comiéndome la boca y sacudiéndome la polla mientras su marido, ajeno a lo que pasaba en la planta alta de su chalet, se preparaba para hacer unas chapucillas en el patio.

Jadeaba a la vez que me masturbaba con fuerza, ya era adicta a mi polla y no podía separarse de ella.

A pesar de que Fernando estaba en casa, su mujer y yo seguimos comiéndonos la boca por lo menos otro minuto más.

Esta vez fue Mónica la que puso un poco de cordura y se separó de mí, pero sin dejar de mirármela.

Bajó la mano y me acarició los huevos, mordiéndose los labios, y volvió a emitir otro gemidito.

―Vale ya, tenemos que irnos, mmmm… ―me pidió.

―¿No prefieres que te folle ahora?, mira cómo me tienes, y seguro que si meto la mano por dentro de esos pantaloncitos de chándal gris, me voy a encontrar algo muy mojado, ¿verdad?

… Hoy voy a ser bueno, pero otro día te follaré en esa camita que está ahí, ¿la ves?

, sí, efectivamente, esa en la que te acuestas con tu marido…

―afirmé acercándome a su oído―. Y tú me terminarás suplicando que siga, que no me detenga hasta que me corra dentro…

, joder, puedo ver tu cara y ya te estás derritiendo solo con pensarlo ―dije acariciando su coño por encima del chándal.

―No, eso no ―me pidió negando con la cabeza―. Eso no, Adrián, quedamos en que íbamos a respetar…

―Yo no voy a respetar nada, no puedo, es que te tengo delante y me dan ganas de follarte con todas mis ganas cada minuto… Te voy a destrozar en tu cama de matrimonio y me voy a correr como un animal dentro de ti, y tú pondrás la mano en mi culo para no dejarme escapar…, ¿quieres que te folle ahora?

―Noooo…

―¿Y por qué sigues aquí conmigo?, ¿y por qué no dejas de mirarme?

, ¿has visto lo cachondo que me tienes?, estoy empalmadísimo, mira cómo está sin tan siquiera tocármela…

Solo tendría que desabrocharte ese nudito de la cintura, darte la vuelta, bajarte un poco el pantalón y metértela; podría hacerlo… , y tú no me lo impedirías…

Avancé un paso y Mónica retrocedió hasta que se topó con el marco de la puerta. Yo seguí hasta que llegué a rozar su entrepierna con mi erecto pene y ella me agarró la polla al verse acorralada.

―Si quieres, córrete ―suspiró, comenzando a pajearme apresuradamente―, no me importa, pero…, por favor, no me…

Tiré del nudo de su chándal y sin ningún esfuerzo conseguí soltárselo. Mónica negaba con la cabeza y gimoteaba con la boca abierta «no, no, no, por favor», pero seguía aferrada a mi polla y me la meneaba de manera muy sensual, con un perfecto giro de muñeca cuando llegaba hasta el capullo.

―¡Córrete, por favor!

Metí las manos por dentro de su pantalón, le sobé el culazo a dos manos por encima de las braguitas blancas y le ordené que se diera la vuelta. Ella me miró suplicante. Su cuerpo había comenzado a temblar y yo le apreté los glúteos con ganas.

―He dicho que te des la vuelta ―Le comí el cuello un par de segundos y luego mordisqueé el lóbulo de su oreja―. Ahora te voy a follar…

Se le escapó un gemido cuando escuchó esas palabras y se giró apoyando las manos en el marco, para después sacar el culo hacia fuera.

Ya era mía. No me dio ni tiempo a bajarle los pantalones, pues escuchamos un ruido en la parte de abajo y aquello nos hizo reaccionar.

Me guardé la polla a toda velocidad y Mónica se metió en su habitación, cerrando la puerta sin mirar hacia atrás.

Había sido una falsa alarma, porque Fernando no subió a la habitación, pero ya lo dejamos correr, nos cambiamos de ropa y bajamos a comprar y lavar el coche.

La estuve esperando unos minutos en la cocina, porque yo me cambié antes que ella y ayudé a su marido a llevar unas herramientas hasta el jardín.

Mónica apareció con un vaquero viejo, sudadera y un moño mal hecho, como si no quisiera ponerse nada atractiva, pero a mí me dio igual, pues yo seguía con unas ganas increíbles de follármela.

Nos subimos en el coche de Fernando y me dejó conducir a mí.

Esos, quizás, fueron los únicos momentos en los que no pensé en meter la polla en cualquier agujero del cuerpo de Mónica, me acababa de sacar el carnet y necesitaba estar muy concentrado, todavía no tenía automatizado lo de conducir, y en unos minutos llegamos hasta el centro comercial donde estaba el supermercado.

En cuanto paré el coche, acaricié uno de los muslos de Mónica y ella me retiró la mano.

―Ahora no hagas nada, aquí seguro que nos encontramos con algún conocido, así que, te lo digo muy en serio…