El inquilino universitario 2. El reencuentro 12
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Unas vacaciones así son una gozada. Buen tiempo, en una isla paradisíaca, comida gourmet, mansión de lujo, calita privada y, además, la siempre inquietante y morbosa presencia de Elvira y Fiorella.

Y mi chica y yo las aprovechamos al máximo.

El último día decidimos quedarnos en la casa para intentar descansar y disfrutar de las comodidades que allí teníamos.

Me levanté prontito, antes de las nueve, apenas había dormido cuatro horas, pero no me apetecía estar en la cama y decidí bajar a la playa a hacer un poco de ejercicio.

Las dos jornadas previas las habíamos dedicado a recorrer la isla y la noche anterior nos invitaron a cenar Elvira y Fiorella en el mejor restaurante de la isla y luego a bailar y tomar una copa en una famosa discoteca.

No tuvimos que decir nada al llegar, el portero saludó amablemente a Elvira y Fiorella y después el relaciones públicas nos acompañó hasta la zona VIP.

Me sentí por unas horas como un futbolista del Real Madrid o algo por el estilo, y me encantó esa sensación de que todo el mundo se preocupara por nosotros y rodearnos de gente con mucha pasta.

Allí nos reunimos con unos amigos de nuestra pareja anfitriona y estuvimos hasta las tres de la mañana charlando, tomando copas, champán, degustando canapés, bailando… Uno podría acostumbrarse con facilidad a ese lujoso estilo de vida.

Sudé todo el alcohol que pude de la noche anterior.

Con pantalón corto y camiseta de deporte estuve casi una hora haciendo carreras, flexiones y saltos y ya, sobre las diez de la mañana, decidí pegarme un bañito.

Me senté en la toalla mirando el mar, no tenía ninguna prisa por regresar, y entonces recordé lo que había pasado unas horas antes.

¡Todavía no podía creérmelo!

Y es que Elvira me había avisado lo que iba a suceder cuando regresáramos de la discoteca.

En mi mano estaba aceptar su propuesta o no.

Pensé que se estaba quedando conmigo, pero ya no me pareció que bromeara cuando me susurró una hora y ubicación determinadas, aunque a mí lo que me apetecía esa madrugada era follarme a mi novia.

Con unas copas de más, y ver toda la noche a Elvira con un minivestido besuqueándose con Fiorella, hizo que llegara a la mansión con unas ganas locas de echar un polvo. No podía sacarme de la cabeza los elegantes shorts de Fiorella, sus zapatos de tacón y cómo le brillaban las piernas.

Y Elvira se las estuvo sobando sin descanso.

La cabrona me miraba para asegurarse de que aquello lo estaba viendo bien.

Y yo no perdía detalle de los juegos que se traían entre las dos, como un sensual preliminar que se alargó durante dos horas; se manosearon delante de todos, se comieron la boca varias veces, y ya era más evidente para los que estábamos cómo iban a terminar la noche aquellas dos “furcias”.

Yo estaba ya cachondísimo, pero mi novia llegó cansada, bebida y con dolor de cabeza.

Mala combinación. Se tomó una pastilla para intentar dormir y veinte minutos más tarde comprobé que Sofía ya no se iba a enterar de nada hasta la mañana siguiente.

Y allí me quedé, sentado en la cama, con el puntito justo de alcohol, con la polla dura; y miré el reloj.

Faltaban quince minutos para la hora exacta que me había marcado Elvira y ni me lo pensé un segundo. Si era una broma de mi amiga, me volvería a la cama con el rabo entre las piernas, pero… ¿y si no lo era?

Me puse una camiseta y bermudas, tampoco me hacía falta nada más, y salí de la habitación lo más sigiloso que pude.

Era una noche de calor húmedo y descalzo bajé las escaleras sin hacer ruido.

Todo estaba a oscuras y me guiaba por la luz que venía del jardín y de la zona de la piscina.

Tiré por el pasillo que me había indicado Elvira y una de las puertas laterales de la mansión estaba abierta.

Avancé despacio por el suelo de terrazo y, al llegar a unos pequeños arbustos, me agaché para esconderme detrás de ellos.

Me sentí ridículo en esa posición a las cuatro de la mañana, pero se me pasó enseguida esa sensación cuando comprobé que justo en el centro del matorral había un hueco por el que se veía todo a la perfección y allí estaban ellas, en la parte trasera de la casa, en unos modernos sofás de exterior.

Fiorella seguramente no supiera nada de todo aquello, y era Elvira la que marcaba los tiempos. Tenían las frentes apoyadas entre sí y no dejaban de mirarse. Se acariciaban las piernas despacio y de vez en cuando se soltaban un pico para luego volver a situarse frente a frente.

Y justo llegó la hora acordada. Elvira sujetó la cara de Fiorella y hundió la cabeza en su cuello, miró en mi dirección y yo me moví en la oscuridad para que ella supiera que estaba allí.

Aunque nos separaban unos cuatro metros, con la iluminación lo más tenue posible, me pareció distinguir que a mi amiga se le escapaba una sonrisa de satisfacción al darse cuenta de que me había escapado de mi habitación.

Luego se mordió los labios y se desataron las hostilidades.

Me senté lo más cómodo posible e incluso me permití el lujo de sacarme la polla cuando Elvira y Fiorella comenzaron a comerse la boca.

Estaba todo tan en silencio que se escuchaba perfectamente el sonido de sus besos, de sus gemidos, de sus jadeos, de las manos acariciándose el cuerpo…

Y Fiorella tiró de los tirantes del vestido de su novia y la dejó en ropa interior en unos pocos segundos.

Allí tenía a Elvira, con un conjuntito blanco y zapatos con taconazo.

El sujetador apenas le duró unos segundos y contemplé absorto las tetas de mi amiga siendo acariciadas con maestría.

Y es que Fiorella se las apretaba, las estrujaba, las palpaba con el dorso de la mano, pero todo lo hacía con extrema suavidad.

Como si no quisiera lastimarla.

Y todavía me puse más cachondo cuando se agachó y comenzó a lamer sus pezones.

Jugaba con los piercings de Elvira y le pasaba la lengua por el metal, alternando la una y la otra y sobándola bien con las dos manos.

El ruidito de succión me voló la cabeza, y la supermodelo italiana estuvo por lo menos veinte minutos comiéndole las tetazas a Elvira. No podía separarse de ellas.

¡La muy puta tenía devoción por los pechos de mi amiga!

Los gemidos de Elvira fueron incrementándose, lo mismo que la longitud de sus pezones.

Y es que yo la conocía muy bien y tenía que estar muy pero que muy cachonda para que se le pusieran tan erectos y aquella noche Fiorella, consiguió que alcanzaran su tope.

Tenía las tetas hinchadas, las areolas gigantes y esos pezones debían medir casi dos centímetros.

Pero lo que más me gustaba era la calma con la que lo hacían.

No tenían ninguna prisa y querían disfrutar de ese encuentro lo máximo posible.

Entonces Elvira miró hacia donde estaba yo.

Su cara de zorra era acojonante y aplastó la cabeza de Fiorella contra su cuerpo y ella misma se agarró una teta para metérsela en la boca a la fuerza.

Ahora era su turno.

Le quitó la camiseta negra a su novia, dejando a Fiorella desnuda de cintura para arriba, aunque yo la tenía de espaldas y en ese instante no pude deleitarme con sus pequeños pechos.

Me daba igual, porque, si os digo la verdad, casi lo que más morbo me daba era las piernas de la italiana.

Después Elvira se puso de rodillas frente a ella y fue tirando de su short y de la braguita para dejarla sin ropa.

Reconozco que me palpitó la polla al ver el coño de la modelo delante de la cara de Elvira.

Mi amiga reptó sobre su cuerpo, pasó por el ombligo y llegó hasta sus labios para darle un beso con lengua. Enseguida volvió a bajar y le devolvió el favor a Fiorella comenzando a jugar con sus tetas. Pero Elvira no fue tan delicada como la modelo y atrapó uno de sus pezones con los dientes.

Desde mi posición contemplé a la italiana curvar su espalda, como si estuviera poseída, y soltó un tremendo gemido de dolor.

Elvira había sido muy dura, pero pasó al otro pezón e hizo lo mismo, yo creo que incluso tiró con más fuerza.

Fiorella tuvo que incorporarse y acarició el pelo de su novia aplastándola contra su cuerpo. No me lo podía creer.

¡La muy zorra no solo no protestaba, es que sus gemidos eran de placer!

Jadeaba rabiosa, y entonces me di cuenta de que a la italiana le gustaba el dolor.

Mucho. Le encantaba. Volvieron a fundirse en un beso, esta vez más húmedo, más sonoro, sacando bien las lenguas, lamiéndose las caras, los labios, las mejillas; estaban ansiosas y Elvira bajó una mano y le acarició el coño.

Luego volvió a morder sus pezones y a Fiorella se le escapó un insulto en italiano.

―¡¡Aaaah, fottuta puttana!! (algo así como «puta de mierda»).

Los dedos de Elvira entraban y salían a toda velocidad del coño de su novia y de vez en cuando se los sacaba para soltarle un azote en su entrepierna antes de volvérselos a clavar.

Me encantaba el sonido del coño de Fiorella cuando mi amiga la atizaba y los grititos que soltaba la modelo al recibir su castigo.

Se escuchaba perfectamente el chapoteo de los dedos entrando y saliendo de ella y Elvira sonrió satisfecha mirando hacia mi posición, sabiendo que no podía ser descubierta porque su novia suspiraba con los ojos cerrados, arqueando la espalda.

Y ese fue el momento que aprovechó Elvira para descender un poco más y hundir la cabeza entre sus piernas. Ahora sí.

¡Elvira le iba a comer el coño a su novia delante de mí!

Yo seguía con la polla en la mano, pajeándome, disfrutando sin prisa del espectáculo que me brindaban aquellos dos bellezones.

Por unos instantes fantaseé que todo era un juego que habían maquinado las dos y después de hacerme sufrir un rato me pedirían que me uniera a ellas. Entonces se me planteó la duda.

Si me lo propusieran, ¿me follaría a las dos en el jardín mientras mi novia dormía en la parte de arriba de la casa?