El inquilino universitario 2. El reencuentro 10 #2
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Casi mejor no haber visto esa escena y me tuve que hacer otros diez o quince largos antes de poder salir del agua. No es que se me bajara del todo, pero ya no la tenía tan dura, y a pesar de eso, se me marcaba un buen paquete, que no pasó desapercibido para ninguna de las tres.

La comida fue de categoría, me pregunté cuánta pasta se habrían gastado las anfitrionas para contratar un catering así y que se lo llevaran hasta casa.

Sofía y yo insistimos en pagarlo todo a medias, pero Elvira me dijo que ni se nos ocurriera, que éramos sus invitados y ellas corrían con todos los gastos.

Comer allí, al borde de esa piscina, con vistas al mar, era un lujo al alcance de muy pocos y me sentí como un millonario, aunque fuera por unos minutos.

Al menos Fiorella tuvo el detalle de ponerse una camiseta blanca holgada para taparse los pechos mientras comíamos, aunque a mí se me fue varias veces la vista a las tetazas de Elvira, a la que se le transparentaban dos piercings, uno a cada lado, atravesando sus pezones.

―Hoy, como es vuestro primer día, he supuesto que querríais estar aquí y disfrutar de la casa, pero si os apetece ir al casco antiguo a dar una vuelta, ahí tenemos dos coches… Nosotras por la tarde vamos a bajar a la playa y no vamos a salir… ―comentó Elvira.

―Yo creo que también nos quedamos ―contestó Sofía―. Mañana sí nos gustaría dar una vuelta y conocer un poco la isla…

―Claro, yo os indico unos cuantos sitios que os van a gustar, aunque Ibiza es pequeña, hay muchos sitios que ver y también unas cuantas calitas que seguro que os encantan.

―¡Qué guay!, y bueno, no estaría mal ahora una siestita antes de conocer esa playa… ―intervine yo.

―Fiorella se suele quedar tomando el sol aquí en la piscina y yo me voy a echar un rato también…

―Las costumbres españolas no hay que perderlas.

―¡Exacto!

Hice el amago de ponerme a recoger y Sofía me acompañó, apilando platos y separando los cubiertos. Elvira nos miró extrañada.

―¿Qué hacéis?

―Iba a…

―Anda, dejad eso…, Imelda se encarga de todo.

―Era solo por ayudar, es…

―Ni se os ocurra tocar un plato.

―Vale, vale, si te vas a poner así…

Y mientras nos despedíamos de Elvira, Fiorella ya se había vuelto a quitar la camiseta y se echaba crema por todo el cuerpo antes de recostarse en una de las tumbonas que estaban al borde de la piscina. Esa fue la última instantánea que tuve antes de volver a entrar en casa.

Sofía y yo nos metimos en la habitación y ella se quitó el biquini, todavía húmedo, y sacó de la maleta unas braguitas y una camiseta de tirantes para dormir.

―Espera, no te vistas ―le pedí acercándome a ella, dejando caer mi bañador al suelo.

Se quedó mirándome y me acerqué a mi chica con la polla en la mano.

―No llevamos aquí ni tres horas ¿y ya estás así? ―me regañó medio en serio con los brazos en jarra.

―Me tienes cachondísimo…

―¡Qué capullo eres!, las que te tienen cachondísimo son esas dos, a ver si eres un poco menos descarado, que te has pasado media comida mirándole las tetas a Elvira, y a la otra cuando estaba sentada en la piscina…

―Ya les gustaría a ellas tener el cuerpo que tienes tú ―susurré poniéndome delante de ella y acariciando sus pechos―, mmmmm, y creo que tú también estás calentita, ¿no?

―Vamos a descansar, me apetece echarme la siesta ―me cortó retirándome la mano.

―¿Y vas a dejarme así?

―Ahí tienes el baño ―bromeó mi chica guiándome con la cabeza hacia el servicio―. Déjame media horita y luego nos bajamos a la playa…

―¿En serio? ―dije sentándome al borde de la cama con la polla en la mano.

―Esta noche, si te portas bien…, quizás…

―¡Qué cabrona!

Me tumbé a su lado y en ese estado me fue prácticamente imposible dormir, no como Sofía, que en menos de cinco minutos ya estaba frita. No se me bajó la erección y me quedé con la polla apuntando al techo hasta que se despertó mi chica, que al abrir los ojos me encontró así.

―Ja, ja, ja, pero ¿todavía sigues igual?, vas a tener que hacer algo, ¿o tienes pensado ir con la tienda de campaña toda la tarde?, ja, ja, ja…

―¡Eres muy mala, eh!

―Eso te está bien empleado, ¡por marrano!, ¿piensas ir así a la playa?, te lo estoy diciendo en serio…

―Ya te he dicho lo que tienes que hacer…

―Y yo dónde tienes el baño… ―repitió, haciendo el gesto de cascármela con la mano.

―No pienso meneármela…

―Tú mismo.

Sentado en la cama, me puse el bañador a duras penas. Mi erección iba en aumento y no se me bajó ni un ápice mientras preparábamos la bolsa de la playa. Salimos a la zona de la piscina, Fiorella seguía tumbada bocarriba en una de las hamacas y Elvira no había dado señales de vida todavía.

La modelo nos indicó por dónde se accedía a la playa privada y Sofía y yo cogimos un caminito empedrado de apenas cien metros, por el que llegamos a una calita apartada.

Solo había un señor, que nos saludó con la mano, y nos sentamos en la arena, a una distancia prudencial de él.

El día era espectacular y las vistas más.

Era como estar en el paraíso en la tierra.

Daban ganas de quedarse durante días allí, escuchando el ruido del mar.

Y en ese paraíso solo faltaban los ángeles. O más bien los demonios.

Cuarenta y cinco minutos más tarde aparecieron Elvira y Fiorella, las dos estilosas, con unos vestiditos, sombreros, gafas de sol y dos bolsas de playa. Se sentaron con nosotros y nos preguntaron por qué no habíamos cogido ninguna hamaca.

―Ah, no teníamos ni idea de que se podían usar…

―Claro, para eso están.

Me acerqué con Elvira para arrimar cuatro de ellas al sitio en el que nos habíamos puesto, saludaron al señor con la mano, debía estar a unos cincuenta metros, y pensé que al tener un vecino cerca se cortarían un poco.

Iluso de mí.

Elvira se quitó el vestido y, ¡sorpresa!

, no llevaba nada en la parte de arriba.

Con toda la naturalidad del mundo se quedó con tan solo un tanguita rojo, y después de ella la siguió Fiorella, también en topless, solo que la italiana se cubría con unas mini braguitas brasileñas verdes que se le metían entre los glúteos.

Se sentaron en la hamaca, Fiorella detrás de Elvira, y comenzaron a embadurnarse el cuerpo con crema, recreándose especialmente en las tetazas de mi amiga, que la italiana acarició descaradamente delante de nosotros. Ahora me arrepentía de no haber hecho lo que me dijo Sofía.

Ufff, me tendría que haber cascado un pajote antes de bajar a la playa.

Ver a la top model italiana acariciando con suavidad las tetas de Elvira era como una fantasía erótica.

Los piercings de sus pezones brillaban bajo el sol, en su época universitaria recuerdo que solo llevaba uno, pero ahora adornaban sus dos areolas, y Fiorella jugaba con ellos mientras Elvira nos contaba, como si tal cosa, cómo se llamaba la calita y qué ubicación tenía en la isla.

―Vamos a darnos un baño, Adri… ―me pidió Sofía.

―Sí, claro.

Con disimulo intenté dar la espalda a la parejita para que no vieran el exagerado bulto que se me marcaba bajo las bermudas, aunque mi novia enseguida se dio cuenta de lo que pasaba. Me echó una buena regañina de camino al agua y me pidió que controlara de una maldita vez esas jodidas erecciones.

―¿Pero cómo no se me va a poner dura?, ¿tú has visto qué manera de sobarle las tetas?

―Sí, sí lo he visto…, la puta esa italiana va de supermodelo y no es más que una golfa…

―Bueno, ellas se comportan así, no van a cambiar porque estemos nosotros con ellas.

―¡Joder, se podrían cortar un poquito!, solo les falta ponerse a follar delante de nosotros…

―Calla, Sofi, no digas esas cosas, que así no ayudas a que me calme.

―Como sigas así esta noche, vete olvidando de hacer nada conmigo, solo faltaba, te pones cachondo con esas y luego vienes a mí…

―¡Eso no es justo!, intento mirar para otra parte, pero es que… ―Y agarré a Sofia de la cintura para robarle un beso. Ella me rodeó con las piernas y comenzamos a morrearnos dentro del mar.

Ni un segundo de tranquilidad nos dejaron Elvira y Fiorella, que se metieron al agua y aparecieron sigilosas por detrás de nosotros.

―¡Esos tortolitos!, así que para el año que viene tenemos otra boda, ¿no?

―Sí, ya os diremos la fecha ―dijo mi chica colgada en mi cuello.

No se amilanó por la presencia de las dos diosas y siguió envolviendo sus piernas alrededor de mi cuerpo mientras notaba mi polla presionando su coño.

Se notaba que mi chica les quería devolver lo que había pasado unos minutos antes en la hamaca.

Si ellas no se iban a cortar un pelo, nosotros tampoco.

Volvió a lanzarse contra mi boca y me comió los morros delante de Elvira, para que ella estuviera segura de quién era mi chica.

Sofía seguía teniendo bien presente lo que habíamos tenido Elvira y yo en la universidad, y ni el paso de los años ni la lejanía con ella habían conseguido que mi novia dejara de tener celos de mi mejor amiga.

Eso siempre iba a ser así. Pasaran diez, quince o cincuenta años.

Ese instinto de la mujer para proteger lo suyo era algo contra lo que no se podía luchar.

Y yo encantado de que Sofía estuviera tan lanzada.

Ahora parecía que no le importaba que mi polla estuviera como una piedra y se frotaba con suavidad bajo el agua cristalina de la calita.

Antes de separarse me la agarró con la mano y con un beso en el cuello, me pegó un par de sacudidas para luego alejarse nadando.

Ahí crucé la mirada con Elvira, que me sonrió de manera morbosa, el agua le llegaba justo entre el ombligo y los pechos y se fue metiendo más profundo, doblando las piernas hasta que el mar le cubrió el cuello y se dejó caer, mojándose el pelo, eso sí, sin dejar de mirarme fijamente en ningún momento.

Aprovechaba cualquier ocasión en la que se descuidaba Sofía para provocarme y tontear conmigo.

Tuve un espasmo involuntario en la polla y los huevos me palpitaron. Una sensación poderosa que me puso muy cachondo. Y al girarme allí estaba la otra. Flotando en el agua como una sirena, bocarriba, con la vista puesta en el despejado cielo ibicenco.