El inquilino universitario 2. El reencuentro 8
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La previsión del tiempo no podía ser más calurosa. Habían anunciado en las noticias que era el día de junio con la temperatura más alta en los últimos veinte años, y ya por la mañana se notaba el bochorno.

Por fin había llegado el momento. Sergio y Laura se casaban en la iglesia del barrio donde ella se había criado.

Salí de la ducha, pero me dio igual, antes de ponerme el traje ya estaba otra vez sudando, y eso que todavía no eran ni las once; solo faltaban dos horas para el enlace.

Me vestí y después pasé por la casa de los padres de Sergio y Sofía.

Como me imaginé, tenían montado un buen follón: familiares, gente arreglándose, todos muy nerviosos y apenas pude saludar a mi novia.

Ella era la encargada de llevar y repartir los detalles, de organizar las ofrendas en misa y decirles a los invitados dónde se tenían que sentar en la iglesia.

Así que Sofía ni tan siquiera se fijó en mí, al saludarme me dijo que estaba muy guapo y enseguida se fue a ayudar a vestir a su madre. Yo entré en la habitación de Sergio, que también se estaba poniendo su traje frente al espejo, y al verme nos dimos un abrazo.

―Ey, tío, ¿nervioso?

―Sí, bastante, tengo unas ganas de que termine ya todo… ―me confesó.

―Tengo el coche listo, ha quedado muy bonito…

Mi mejor amigo me había pedido que lo llevara hasta la iglesia en un coche de gama alta que nos había prestado un familiar y yo le puse unos adornos, que quedaron geniales, la noche anterior.

Para Laura habían alquilado un coche de época, en el que luego se irían los dos, una vez terminada la ceremonia.

Según se acercaba la hora, los nervios en el novio iban en aumento y la casa se fue vaciando poco a poco. Me despedí de Sofía con un beso y ella llevó a su padre y un par de primos en su coche. Ya solo quedábamos en el piso Sergio, su madre y yo. Y media hora antes salimos para la iglesia.

Ya nos estaban esperando todos los invitados cuando llegamos con cinco minutos de antelación, y la gente se acercó a saludar al novio y a la madrina. Yo me situé con los colegas de la facultad y Pablo me dio un abrazo y luego me presentó a su chica.

Todavía no había llegado Elvira.

―Me ha dicho que está de camino, esta es capaz de llegar más tarde que la novia, ja, ja, ja.

―Pues seguro.

Y no llegó más tarde, pero casi. Por suerte para Sergio, Laura no fue muy mala y «solo» se retrasó diez minutillos, y prácticamente a la vez, con paso ligero, aparecieron ellas.

Fue una entrada estelar, llamativa, Laura abrió su coche de época y justo a su lado pasaron Elvira y Fiorella cogidas de la mano.

La gente dividió la atención entre la novia y aquellas dos diosas que lucían unos vestidos demasiado sugerentes, mientras Sofía metía prisa a los invitados para que entraran en la iglesia antes de que bajara la novia. Escuché un murmullo detrás de mí, en el que pude entender claramente.

―Joder, tío, es Fiorella Moretti, la top model italiana.

Elvira y su chica se acercaron hasta donde estaba yo, pero antes tuve unos segundos para deleitarme con la ropa que llevaban puesta.

Cogiditas de la mano, Elvira había elegido un vestido de color verde turquesa con la falda muy corta, un escote imponente y los tirantes cruzados por la parte delantera.

Pude cerciorarme de que mi amiga había mejorado muy mucho con el paso de los años, y de que se notaban las horas de entrenamiento con su coach personal; sus piernas se veían increíbles, más anchas, fibradas, lo mismo que su pequeño culo, que ya no era tan pequeño.

Había ganado volumen en sus glúteos, ¡menuda trasera tenía ahora Elvira!

, por no hablar de sus brazos tonificados, en el que destacaba su tatuaje.

No iba para nada vulgar, con los labios pintados de un rojo intenso y la media melena bien lisa, lo que le daba un toque de clase y distinción.

Y si Elvira estaba radiante, qué decir de su acompañante, Fiorella, con un vestido azul metalizado, igual de corto que el de Elvira, con un escote menos sugerente, pero con toda la espalda al aire.

Era como una tabla la jodía, muy alta y con poquitas curvas; además, había elegido unos taconazos que todavía le hacían más estilizada, y se movía de manera glamurosa con unas enormes gafas de sol y con el pelo en una especie de recogido descuidado que parecía que se había hecho ella misma, pero que le sentaba de maravilla.

Yo creo que, si Fiorella se ponía una mierda en la cabeza, también le quedaría bien. ¡Era una cosa de locos!

Mi amiga me saludó con un beso rápido en la mejilla y después hice lo mismo con su chica.

―Te acuerdas de Adrián, ¿verdad? ―le preguntó a Fiorella, que movió la cabeza de manera afirmativa sin soltar una palabra.

―Pero, ¿qué haces ahí? ―me regañó de repente Sofía, mirando de reojo a mis dos acompañantes―.

Venga, que los familiares ya van cogiendo sitio, tienes que ponerte en aquel hueco de allí, junto a mi padre, que yo ahora tengo que preparar a los niños para las ofrendas ―dijo mi chica atacada de los nervios.

―Hola, Sofía ―le saludó Elvira.

―Ey, hola, perdona que no te haya dicho nada, es que menudo jaleo tengo. ―Y se saludaron con dos besos―. Estás muy guapa, Elvira, luego hablamos…

―De acuerdo.

―Bueno, chicas, os dejo, luego a la salida nos vemos.

Me puse donde me había indicado Sofía; cualquiera le llevaba la contraria —aunque a mí me apeteciera más quedarme con los colegas de la facultad— y al mirar hacia atrás vi que Pablo le daba un abrazo a Elvira y después saludaba a la modelo italiana.

La ceremonia fue muy emotiva, demasiado, y Laura no pudo evitar ponerse a llorar un par de veces.

Había perdido unos cuantos kilos las últimas semanas, pero eligió muy bien su vestido, acorde a su estatura y tenía que reconocer que estaba muy guapa.

No se soltó de la mano de Sergio durante la hora que duró la misa y por fin se acercó el momento de la verdad.

Entonces se me vino a la cabeza el día de la casa rural.

Apenas los tenía a cuatro metros, de espaldas, y no podía dejar de mirar el cuello desnudo de Laura.

No quería pensar en eso, pero me fue inevitable.

No habían pasado ni dos meses desde que me había follado a la novia y ahora allí estaba, casándose con mi mejor amigo.

Movió sus caderas de manera acompasada, adelante y atrás, frotándome con los glúteos en mis muslos, mordiéndome el hombro y terminé metiendo un dedito en su culo. Hasta el fondo. Y entonces nos corrimos juntos, ni tan siquiera usé preservativo, nada. Inundé su coño con una abundante lefada.

Y entonces caí en la cuenta. Joder, en cuanto saliéramos de la iglesia, Laura y yo seríamos familia oficialmente.

¡Me había follado a mi cuñada!

Crucé las piernas hacia el otro lado intentando acomodarme el paquete, pero era muy difícil. Me había empalmado a lo bestia y, cuanto más intentaba apartar ese pensamiento de mi cabeza, más dura se me ponía. Una erección potente y dolorosa justo cuando Laura y Sergio se daban el «sí, quiero».

Allí estaba yo, detrás de ellos, de pie con un descarado bulto bajo los pantalones del traje y una gota de sudor perlando mi frente mientras veía a Sergio besar a la novia. Noté unos golpecitos en el hombro y al girarme me encontré a Pablo.

―Vamos, tío, tenemos que liarla bien, hemos preparado el arroz y unos cuantos cañones de confeti, vamos a atar unas latas en el coche, y hemos pegado las fotocopias que hicimos con sus caras, ja, ja, ja, Laura se va a pillar un buen rebote…

Ya estaban todos los compañeros de la universidad preparados cuando salí de la iglesia, hasta Fiorella tenía un cañón en la mano y Elvira me pasó otro y unos puñados de arroz, fue cuando se dio cuenta del bulto en mi bragueta y esbozó una sonrisa traviesa mirándome a los ojos.

―¡Eres un cabrón! ―me susurró al oído sin que nadie más la escuchara.

En cuanto salieron los novios los bañamos en arroz y papelitos y después llegó una maratoniana sesión de fotos.

Yo tuve que ponerme en la de los amigos, en la de la familia de él, nos hicimos otra solo con ellos y Sofía, total, más de media hora tuvieron que soportar Sergio y Laura a treinta y cinco grados a la sombra.

Pero no fueron los únicos a los que reclamaron fotos.

Varios jóvenes reconocieron a la novia de Elvira y le pidieron retratarse con ella.

Fiorella accedió con una sonrisa forzada, aunque había unos doscientos invitados, no fueron más de diez los que se acercaron, pero unos primos de la novia se pusieron un poco pesados e hicieron varias poses en plan de broma que no le gustaron nada a la supermodelo.

Tuvo que ser Elvira la que les pidiera de manera muy educada que se fueran, que ya se habían hecho las fotos y que por favor no molestaran más a Fiorella.

Cuando se quedaron solas, nos acercamos a ellas Pablo y yo, y nos tiramos una foto con Elvira, y también le pedí, hacerme una con su novia. A mí también me hacía ilusión tener un recuerdo con una de las modelos más cotizadas del mundo.

Elvira se quedó mirando cómo agarraba a su chica de la cintura y Pablo nos tiró tres o cuatro fotos hasta que apareció de nuevo Sofía y nos dijo que fuéramos saliendo para el hotel.

―Venga, Adri, joder, te estaba buscando, tienes que llevar a mis padres a la comida. Están allí a la sombra, se están abrasando los pobres…

―Vale, voy para allá…

―Yo llevo a mis tíos, ahora nos vemos. ―Y se despidió de mí con un pico.

Solo esperaba que en el hotel Sofía se tranquilizara, se relajara y disfrutara de la boda de su hermano, porque hasta el momento no había parado ni un segundo. Me despedí de Elvira, Fiorella, Pablo y su chica y quedaron que los cuatro iban juntos en el coche de nuestro colega.