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La semana se me hizo muy larga hasta que llegó el jueves.
Había quedado con Mónica en la cafetería que estaba justo debajo de mi trabajo, y la verdad es que sus mensajes, el domingo por la noche, me habían dejado muy preocupado.
El día que nos tomamos el café ella estaba como loca por irse y me dijo que no tenía ningún sentido ese encuentro, pues ya habían pasado muchos años y no teníamos nada de lo que hablar; y de repente, y sin que me lo esperara, ahora era ella la que quería verme.
Esa cita con Mónica me tenía atacadísimo de los nervios. A las siete menos cinco apagué el ordenador y antes de salir de la oficina me peiné bien frente al espejo. Al entrar en el bar la vi sentada en una mesa al fondo y me saludó con la mano para que me acercara.
―Hola, Adrián, gracias por venir… ―me dijo a modo de saludo sin tan siquiera levantarse.
―Por supuesto, ¿cómo no iba a venir?, me sorprendieron tus whatsapp, no me lo esperaba…
―Sí, la verdad es que quería disculparme por lo del otro día.
―No tienes por qué, Mónica, por mí no hay problema, disculpas aceptadas.
―Quizás estuve un poco borde…
―No tiene importancia, en serio.
Bajó la cabeza sin atreverse a mirarme a la cara.
Aunque no iba arreglada, a mí me seguía pareciendo que estaba guapísima.
Con una camiseta blanca de deporte y mallas negras de running, me comentó que luego tenía una clase de yoga.
Me encantaba cómo llevaba el pelo recogido en una coleta y su cara limpia sin ningún tipo de maquillaje.
Esa belleza natural a sus cincuenta y tres años era deslumbrante.
Ahora sí que Mónica era toda una MILF; con las arruguitas de su cara me ponía todavía más que antes y me moría de ganas porque se pusiera de pie y ver cómo encajaba su tremendo culazo bajo la tela de las mallas.
―Pues tú dirás ―le comenté al ver que ella no tenía muchas ganas de hablar y que estaba adoptando un comportamiento pasivo similar a la otra vez que nos vimos.
―No, nada, solo era eso, bueno, lo que te he dicho antes, creo que te debía una disculpa porque no fui justa contigo.
―En parte entiendo que estés enfadada, supongo que cuando me fui de la casa, no debió ser una situación nada agradable para ti, aunque me alegra mucho que sigas con Fernando y que, además, hayáis tenido un hijo.
―Lo pasamos muy mal, sí, no te lo voy a negar, no merecía que Fernando me perdonara, me podría haber dejado, y yo lo hubiera entendido…, ¡hubiera sido lo más lógico!
Asentí con la cabeza poniendo cara de compungido.
En el fondo no podía evitar sentir compasión por su marido, era un gran hombre que me había ayudado mucho cuando estuve viviendo con ellos, y yo se lo había pagado acostándome con su mujer.
Y en su momento podría hasta tener una excusa; con diecinueve años era un mocoso pajillero que iba con la polla dura todo el día, y tener delante a una mujer como Mónica era una oportunidad que no podía desaprovechar.
Sin embargo, habían pasado diez años y seguía siendo el mismo, para qué engañarme.
Remitiéndome a los hechos, acababa de follarme a la mujer de mi mejor amigo.
No dejaba de pensar con la polla y eso no iba a cambiar.
Nunca. Mónica me parecía tan atractiva que no tenía ninguna duda de que me volvería a acostar con ella si surgiera la oportunidad, eso lo tenía clarísimo.
Solo con su presencia sentía unos nervios y un morbo como no había tenido con ninguna otra mujer.
Me excitaba con tan solo mirarla a los ojos, con tomar un café, con volver a oler su fragancia de vainilla.
Era una atracción sexual irresistible.
No sé si Mónica sentiría lo mismo o algo parecido, desde luego que teníamos un pasado juntos, y no era precisamente un cuento de hadas.
Era imposible que ella se hubiera olvidado de lo que hacíamos en su casa.
Cuando cerraba la puerta y el garaje de su chalet con llave, ya estábamos solos entre esas cuatro paredes, y el mundo se detenía para nosotros.
Solo queríamos follar, devorarnos, sacar nuestros instintos más básicos. Como dos animales en celo. Practicábamos un sexo irracional, primitivo, pasional, sin estar pendientes de nada más, solo de satisfacernos.
¿Cómo podría Mónica haber olvidado todas esas veces que follamos juntos?
Nos daba igual si era por la mañana, por la tarde o por la noche, en la cocina o en el salón, en su dormitorio o en el mío, y donde más nos gustaba era en aquella piscina que tanto echaba de menos.
No sé ni la de veces que me la follé allí.
Ahora fantaseaba con que cuando se bañaba en esa piscina ella sola, se acordaría de lo nuestro. Yo me la imaginaba en el agua, desnuda, acariciándose con los ojos cerrados y pensando en nuestros polvos hasta que llegaba al orgasmo.
¿Cuántos dedos se habría hecho pensando en mí?
No me creía que Mónica hubiera quedado conmigo solo para pedirme disculpas, notaba un ligero temblor en la mano con la que cogía el café y seguía callada, pero tenía ganas de contarme algo. Lo podía ver en su rostro.
―Mónica, ¿estás bien?, si hay algo que me quieras decir…
―No es fácil para mí esto, ¿sabes?, lo he estado hablando con Fernando y, al final, no sé cómo ha accedido a que quede contigo.
―¿Fernando sabe que estamos juntos? ―pregunté sorprendido.
―Sí…
Joder. Mi polla pegó un respingo bajo los pantalones, ¿qué cojones estaba pasando?
, ¿es que acaso se habían vuelto una pareja liberal y su marido le estaba dando el visto bueno para que quedara conmigo?
, o quizás ya lo eran cuando Mónica y yo tuvimos el affaire.
Me puse muy nervioso con la posibilidad de volver a follar con ella, tenía que tratarse de eso, si no, ¿por qué querría Mónica que nos viéramos?
―¿Qué ocurre, Mónica?, no entiendo nada…, me tienes desconcertado.
―Iker, mi hijo…
―Sí, ¿pasa algo con él?, ¿está bien? ―Nada más hacer la pregunta me sentí como un estúpido.
Abrí los ojos como platos y el corazón me bombeó a toda velocidad.
Creo que estuve a punto de desmayarme, y Mónica se percató de que me había quedado blanco. Me costaba hasta respirar y la erección se me bajó de golpe.
―Cuando te fuiste, llevaba embarazada unas cinco semanas, todavía no lo sabía…
―¡Mónica!, ¿me estás diciendo que ese niño…?
―Sí, es tuyo, Fernando se hizo la prueba de paternidad para asegurarnos, aunque los dos lo teníamos muy claro. Me confié, habían sido tantos años intentándolo con él que pensé que ya no podía…, pero de repente…
―Joder, ¡me estás diciendo que soy el padre de vuestro hijo!, bueno, de tu hijo, porque Fernando…
―Fernando es su padre y siempre lo va a ser, tiene devoción por el crío y lo quiere igual o más que si fuera suyo.
―Me imagino…, ufffff, ¿y qué se supone qué tengo que decir ahora?
―Espero que nada, por eso he querido quedar contigo. Cuando le viste la primera vez en la notaría, pensé que lo podrías haber intuido, no es que se parezca mucho a ti, pero tiene el pelo igual, y, no sé, por los años y tal…
―¿Y por qué me lo cuentas ahora, Mónica?, ¡han pasado diez años!
―Pues porque creo que es justo que lo sepas.
―¿Qué es justo?, me lo tendrías que haber dicho en cuanto supiste que estabas embarazada.
―Bueno, no es que fuera muy buen momento que digamos.
Fernando y yo estuvimos separados un tiempo; luego me enteré de que estaba embarazada de ti y decidimos volver, con todas las consecuencias.
Desde entonces, Fernando ha querido a Iker como si fuera su propio hijo y jamás me ha hecho un reproche por lo que pasó.
Ahora tenemos una vida tranquila, pero siempre está esa incertidumbre de saber que en un futuro Iker podría enterarse de que Fernando no es su padre… Y entonces apareciste tú…
―¿Y…?
―Llevamos unas semanas consultando abogados, informándonos del tema; bueno, nuestra idea era que firmaras un documento privado en el que renunciaras para siempre a la patria potestad de Iker…, sería algo que no sabría nadie, un secreto entre Fernando, tú y yo…
―Y el abogado ―dije sin saber todavía lo que quería Mónica en todo este asunto.
―Sí, aunque no ha sido posible, porque en España no se puede renunciar, entonces, he creído conveniente hablarlo directamente contigo, me costó convencer a Fernando, pero al final accedió a esto.
―¿Y qué queréis que haga, Mónica?
―Nada, no queremos que hagas nada, que siga todo igual, pero quiero tu palabra de que jamás vas a ponerte en contacto con él ni que vas a reclamar ningún tipo de custodia, ni nada por el estilo…
―Como si no existiera el niño…
―Eso es.
―Pues no habérmelo dicho.
―Creíamos que era lo justo. Lo legal. Debías saberlo.
―¿Y por qué ahora?, ¿por qué me lo cuentas justo ahora?, voy a casarme con Sofía, hemos firmado la hipo…, ¡claro!, de eso se trata, sabías lo de mi relación con Sofía, que la boda es el año que viene, que nos acabamos de hipotecar… Estabas bien segura de que esto ahora me llega en el peor momento…
―No es eso ―contestó Mónica ruborizándose porque sabía que había acertado de pleno.
―Claro que es eso, así es como has convencido a tu marido para hablar conmigo, ¿verdad?
―Para nosotros tampoco es nada fácil, Adrián, ¿crees que nos gustaría que se enteraran de que nuestro hijo es tuyo?
, imagina la situación en la que quedaríamos Fernando y yo: nuestros amigos, vecinos, conocidos, nuestros familiares sabrían que le fui infiel ¡con un crío de dieciocho años!
, y que, además, me dejó embarazada, ¿qué crees que pensarían?
―¿Y yo cómo le digo a Sofía que tengo un hijo?, madre mía, ¡me mataría!, ella es muy tradicional para esas cosas, no lo entendería y mucho menos querría que me ocupara de él, aunque…
―Por eso te lo decía, creo que debías saberlo, y sé que es duro para ti, pero piénsalo bien, Adrián, lo mejor para todos es que nadie se entere nunca; así mantendríamos lo nuestro en secreto. Creo que se lo debemos a Fernando, no quiero que la gente lo vea como un…
―Cornudo...