3
Tres semanas antes
Me desperté somnoliento, desorientado, no sabía ni qué hora era ni dónde estaba, lo único que sentía es que tenía las piernas dormidas, como agarrotadas. Los primeros rayos de sol entraban por la ventana, Laura seguía sentada encima de mí, y yo la tenía cogida como si fuera un bebé.
La fiesta se nos había ido de las manos, con veintiocho años ya no salíamos tanto como antes, al menos no de esa manera, y la casa rural que alquilamos para la despedida de soltero conjunta de Sergio y Laura, en la que nos reunimos veinte amigos, fue la excusa perfecta para desmadrarnos.
Lo que no me podía imaginar es que el sábado iba a amanecer con la futura novia sentada en mi regazo.
Tenía un sentimiento confuso, apenas recordaba nada, solo gente saltando, bailando, con la música a todo volumen y me dejé caer en el butacón con una copa en la mano.
Sí, en aquel momento ya solo quedábamos ocho en la fiesta, y los dos novios tenían prohibido irse a la cama mientras hubiera alguien que aguantara.
Era la única norma.
Sofía ya hacía tiempo que nos había dejado, de hecho, nuestra habitación estaba en la casa rural de al lado, pues habíamos alquilado dos que estaban pegadas, porque todos no cabían en una.
Sergio y Pablo se bebían copas y chupitos uno tras otro y la poca gente que quedaba ya había tomado posición por los sillones situados en el gran salón.
Vino Laura hacia mí, bailando, visiblemente borracha, se dejó caer encima y se sentó en mis piernas.
Nunca la había visto así, tan pasada y efusiva de felicidad, de hecho, hacía años que apenas bebía y aquella noche quizás habíamos sido muy cabrones con la parejita, mandándoles multitud de pruebas que la mayoría implicaba ingerir cantidades ingentes de todo tipo de alcohol.
―Ya sabes que te quiero mucho ―me dijo―, eres muy importante para Sergio, y para mí también, siempre has estado ahí cuando te hemos necesitado, te considero una persona de las más cercanas en mi vida, ¿hace cuántos años que nos conocemos? ―Y me dio un beso en la mejilla.
―Pufff, ya hace muchos, ni me acuerdo. Me alegro mucho de que os vaya tan bien y que mi mejor amigo se vaya a casar contigo. Creo que no podía haber elegido a una chica mejor que tú.
Estuvimos hablando, recordando anécdotas, ya eran muchos años desde que nos conocíamos, habíamos compartido en parejitas multitud de cenas, de viajes, de escapadas a la montaña, malos momentos como el fallecimiento de su padre, y un sinfín de vivencias desde la universidad.
Laura no solo era la novia de Sergio, su futura mujer, también era una gran amiga.
Tenía su pequeño cuerpo encima de mí, llevaba una minifalda vaquera y una camiseta negra de tirantes, y al despertarme me sentí ridículo con la mano apoyada en uno de sus muslos.
Me venía vagamente a la cabeza el recuerdo de la gente despidiéndose y sí, Pablo y Sergio habían sido los últimos en salir del salón abrazados como dos colegas.
―Te vienes a dormir conmigo, joder…
―No te lo crees ni tú ―protestó Sergio sin mucho entusiasmo, discutiendo con el grandullón.
―Ahí está tu novia, ¿la despertamos?
―No, déjalos, ja, ja, ja, sácales una foto para vacilarlos mañana un poquito ―sugirió Sergio.
Me pareció que Pablo se acercaba a nosotros y nos tiraba alguna foto, pero tampoco me enteré mucho; después salieron del salón, dejándonos solos.
Ya debía haber pasado una hora de eso, por lo menos, y no se escuchaba nada en la casa. Las habitaciones estaban arriba, entonces desperté a Laura con un besito en el pelo.
―Ey, deberíamos irnos a la cama, creo que nos han dejado solos…
―¿Qué…? ―balbuceó visiblemente desorientada―. ¿Dónde estamos?, tengo frío. Sí, hace rato que estos ya se han ido… ―Y se encogió en mi regazo un poquito más, haciéndose una bolita.
Yo la rodeé con mis brazos, y volví a darle un beso en su larga melena, que llevaba recogida en una coleta.
―Vamos, Laura, muévete, tengo las piernas dormidas…
Y cuando ella se acurrucó, moviendo su culo peligrosamente cerca de mi paquete, me di cuenta de que estaba empalmado.
Yo no quería que eso pasara, de verdad que no, había sido involuntario, y sin pretenderlo me había despertado con un inesperado calentón.
Y que además, que Laura estuviera sobre mí con tan poca ropa, tampoco ayudaba mucho a que me calmara.
Sentía la suave piel de sus muslos sobre mi cuerpo, la minifalda vaquera no era muy larga, se le había subido unos centímetros y casi podía verle las braguitas desde mi posición. Ella se acomodó otra vez, pasándome un brazo por el cuello, y pegó sus labios.
―¡Adri! ―susurró antes de darme un tierno beso en esa zona tan delicada.
―Laura, por favor, vamos a la cama ―le pedí otra vez.
La situación era muy confusa; por un lado, me quería levantar, pues tenía las piernas muy dormidas; pero, por otro lado, también estaba muy a gusto sujetando entre mis brazos el pequeño cuerpo de Laura.
Y un calor me subía por la entrepierna hasta el cerebro que no me dejaba pensar bien.
Ella no paraba de besuquearme el cuello, lo hacía de manera cariñosa, en plan colega, pero emitía un suspirito mientras lo hacía que me estaba volviendo loco.
Yo le correspondí apoyando mis labios en su sien, y ella se encogió todavía más. Tenía una mano en su muslo y después sentí sus dedos en mi mejilla; hizo una leve presión y me acercó a ella para continuar con sus besos en el otro lado, ya peligrosamente cerca de mi boca.
―Mmmmm, Laura, deberíamos irnos a la cama, se está haciendo de día ―le pedí empezando a preocuparme por lo que estaba sucediendo en ese cómodo butacón.
Pero ella no se detenía, y después fui yo el que la besó en la cara mientras Laura escondía la cabeza bajo mi cuello para seguir tanteándome en esa zona. Luego volvió a subirla, ya nos dábamos besitos casi a la vez, cada vez más próximos, hasta que ocurrió lo inevitable.
Nuestros labios se encontraron, más bien se rozaron.
Sentí una leve descarga eléctrica y a ella le pasó igual, y casi de inmediato nos separamos, pero no mucho, lo suficiente para notar el aliento del uno en la cara del otro.
Otra vez nos fuimos acercando para tocarnos los labios de nuevo.
Ahora ya no nos apartamos y nos quedamos con las bocas separadas por apenas un centímetro.
El siguiente beso fue más sonoro, más intencionado, más buscado. Más beso. Laura abrió ligeramente la boca y apretó mi labio inferior para después volver a cerrarla y soltarme otro pico. Sus brazos rodeaban mi cuello y yo seguía teniendo una mano en su muslo y la otra en su espalda.
Me daba mucha vergüenza que Laura pudiera notar mi erección, y aunque tenía las piernas medio dormidas, metí el estómago hacia dentro para intentar no rozarme con ella; no obstante, parecía que me buscaba y con un golpe de cadera más brusco posó sus dos glúteos encima de mi paquete. Ahora ya no podía hacer nada.
Laura se acababa de enterar de que estaba empalmado.
La siguiente vez que abrió la boca me mojó el labio superior, que se me había quedado seco, y después el inferior hasta que noté el principio de su lengua rozándome sutilmente.
―Oh, Laura, no sé qué está pasando, ¿qué estamos haciendo? ―dije muy confundido y excitado a partes iguales.
Era como si me hubieran echado algo en la bebida, no tenía casi capacidad de reacción. O es que llevaba tanto tiempo sin emborracharme que al mezclar licores, chupitos, cervezas, todo concentrado en una noche y en tan pocas horas ―sin estar acostumbrado―, me había cogido una buena cogorza.
Laura tampoco me lo ponía fácil, con un ronroneo muy erótico y con su respiración acelerada, no paraba de darme besitos por la cara, el cuello y los labios. Ella llevaba la voz cantante y yo me dejaba hacer. «No es mi puta culpa lo que está sucediendo», me repetía en la cabeza una y otra vez.
Casi sin querer moví la mano que tenía en su muslo, ni tan siquiera fue una caricia, lo hice por inercia, y, de repente, ella abrió un poco las piernas. Miré hacia abajo, la falda vaquera ya se le había subido demasiado y desde mi posición se le veía el comienzo de su tanguita blanco.
Un espasmo involuntario sacudió mi polla y ella al notarlo meció suavemente su culo sobre mí.
―Deberíamos irnos a la cama ―me susurró Laura en el oído para después darme un mordisquito en el lóbulo de la oreja.
―Sí, sería lo mejor ―le contesté.
Después colé la mano muy despacio por debajo de su falda, fueron apenas unos centímetros, y enseguida me topé con la tela de su ropa interior. Tenía el dedo apoyado en su coño e hice una ligera presión.
―¿Qué haces, Adri?, aaaah ―me preguntó con un gemido.
―Nada, lo siento, es que… ―intenté excusarme, pero sin retirar la mano.
En ese momento no era consciente de lo que estaba sucediendo, lo veía solo como un juego, un tonteo entre dos amigos y ya está, pero eso sí, me empezaron a subir los calores y la polla me palpitó de manera involuntaria otra vez.
Laura seguía martirizándome con sus labios, con continuos besitos cortos que me estaban poniendo muy burro, y cuando fui a retirar la mano que tenía bajo su faldita, noté que ella colaba el brazo por debajo de su cuerpo y me tanteaba el paquete.
―Joder, Laura…, ¿qué estamos haciendo? ―suspiré buscando su boca.
Y nos fundimos en un beso mucho más agresivo, esta vez no me anduve con rodeos y le metí la puta lengua con fuerza, y para mi sorpresa Laura no protestó, más bien al contrario.
Entrelazó sus dedos en mi pelo y me apretó contra ella.
Nuestras lenguas se fundieron en una sola y subí la mano para acariciar sus pechos por encima de la camiseta.
Me seguía apretando la polla, jugando con ella, sintiendo mi dureza y esta vez ataqué su entrepierna con más decisión.
Se le había subido tanto la falda que ya se le veía el tanguita e hice presión en la tela, hundiendo mis dedos en sus labios vaginales.
Un nuevo gemido se le escapó a Laura y cuando me quise dar cuenta, apoyó un pie en el suelo y abrió las piernas para luego dejarse caer y sentarse sobre mí como si me estuviera montando.
Después todo sucedió demasiado deprisa.
Sin dejar de besarnos sus manos desabrocharon mis pantalones y yo tiré de su falda hacia arriba dejándola con el tanguita. Sobé su culo con ganas en lo que ella me sacaba la polla y cuando me quise dar cuenta, ya la tenía entre sus dedos.
No era consciente de lo que estaba a punto de suceder.
Ya no podía pensar y aparté la tela de su tanguita para que ella acomodara mi polla a la entrada de su coño.
Laura se dejó caer deprisa, como si quisiera hacerlo lo más rápido posible para no arrepentirse, y de repente…
, todo mi miembro la penetró hasta el fondo.
Luego levantó el culo y se dejó caer otra vez, agarrándose a mi cuello.
¡Estaba follando con Laura!
Dejé que ella moviera su culo adelante y atrás, frotándose contra mí, en un polvo delicioso, agradable y placentero.
Ella no botaba, solo se deslizaba entre mis piernas con un contorsionismo de caderas que me estaba encantando.
Le clavé con fuerza los dedos en los glúteos y Laura se inclinó sobre mí, buscando de nuevo mi boca.
No hablábamos, no nos mirábamos. Sabíamos que aquello que estábamos haciendo era algo muy grave, pero yo creo que eso intensificaba el morbo.
De pronto, sentí una sensación parecida a cuando follaba con Mónica en esos encuentros prohibidos en su casa.
Aunque con Sofía el sexo era muy placentero, no había vuelto a experimentar ese placer que te brota del estómago, te encoge las pelotas y te pone la piel de gallina.
Laura seguía meneando su culito y yo clavando sus dedos en él.
Me acerqué sigiloso a su ano e hice una ligera presión para tantearla, entonces vi como ella cerraba los ojos e intensificaba su movimiento de caderas.
Parecía que le había gustado, así que insistí un poco más hasta que su apretado culo se tragó la puntita de mi dedo corazón.
Se le escapó otro gemido y reprimió las ganas de gritar mordiéndome el hombro.
No podíamos hacer ruido, ni jadear en alto, solo se había acelerado nuestra respiración, y de repente, sentí que me iba a correr.
No pensé si llevaba preservativo ni nada de eso, en ese momento me daba igual, me costaba pensar con claridad y no quería moverme ni cambiar nada, lo estaba disfrutando de una manera muy intensa y me dejé llevar sin tan siquiera avisar a Laura, que ya debió intuir lo que pasaba, porque incrementó el vaivén de sus caderas.
Mi dedo entró decidido hasta el fondo de su culo y justo cuando se lo clavé, nos corrimos.
Los dos a la vez. Ella mordiéndome el hombro y yo enterrando mi boca en su cuello, descargando en su interior una potente corrida.
Todavía nos fundimos en otro morreo mientras terminaba de vaciarme y después Laura detuvo sus movimientos.
No dijo nada, solo se puso de pie y pasó una pierna por encima de mi cuerpo para desmontarse de mí. Se colocó la faldita, tirando de ella hacia abajo y se arregló la camiseta antes de dejarme solo.
Y allí me quedé, en el butacón, con la polla fuera, dura, palpitando, todavía me temblaba y un par de goterones blancos y espesos me resbalaban por el tronco. No era capaz de asimilar lo que acababa de pasar. Más bien parecía un sueño, pero no lo era.
Ni tan siquiera era consciente de lo que acababa de hacer. Me coloqué la ropa y salí de la casa rural para pasar a la de al lado. Me quité los pantalones, la camiseta y me metí semidesnudo en la cama con Sofía.
Era casi la hora de la comida cuando Sofía entró en la habitación para despertarme.
―Vamos, perezoso, ¿a qué hora llegaste anoche que no te oí llegar?
―Bufff, no sé, era muy tarde, casi de día…
―Anda, que ya te vale, no te puedo dejar solo, venga, que ya estamos todos en el salón, solo faltas tú…
―Vale, ahora voy, me pego una ducha y en cinco minutos estoy…
―No tardes. ―Se subió en la cama para darme un beso y luego me dejó solo.
Mientras me caía el agua, se me vino a la cabeza lo que había sucedido unas horas antes y comprendí la gravedad de la situación.
Me había follado a Laura. Ni más ni menos que a la futura mujer de mi mejor amigo...