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Fuimos a la estación a recoger a Elvira.
¡Qué alegría me dio verla! Nos bajamos los tres del coche, Pablo, Sergio y yo, e hicimos una piña, como en los viejos tiempos.
Lo de Iván todavía estaba muy reciente, y aunque el motivo del encuentro era celebrar la despedida de soltero de Sergio, aquel fin de semana también nos serviría para intentar cerrar la herida del fallecimiento de nuestro amigo y brindarle un homenaje.
Elvira se había desplazado desde Barcelona en tren y nos montamos en el coche con destino a Gijón. Decidimos hacer el viaje así para pasar más tiempo juntos y hablar de nuestras cosas, pues tampoco eran muchas las oportunidades que teníamos de reunirnos los cuatro.
Cada uno teníamos nuestros trabajos y al final la vida va separando tus caminos.
Pablo era cabo del ejército y vivía en Zaragoza con una chica que era su pareja desde hacía un par de años.
Elvira se había convertido en toda una empresaria de éxito.
Fue una visionaria y montó una empresa de mensajería que en poquito tiempo se convirtió en un referente en el modelo de negocio actual.
Lo mío con Elvira en la universidad fue un quiero y no puedo, yo solo la veía como una chica fácil a la que le gustaba follar.
Nunca estuve enamorado de ella. Salimos formalmente unos meses en el segundo año de carrera, aunque decidimos que era mejor ser amigos o íbamos a terminar tirándonos los trastos a la cabeza.
Aun así, seguimos follando con bastante frecuencia hasta que empecé a salir con Sofía.
Y Elvira, tras varios rollos fallidos, decidió probar con las chicas y hasta hoy.
Siempre he pensado qué habría pasado si hubiera seguido con ella.
Ahora me gustaba mucho más que en aquellos años, la percibía de una manera muy distinta, no sé si era el dinero, o el que fuera una empresaria de éxito, o que tenía mucha más clase, pero de esta Elvira sí podría enamorarme con facilidad.
Eso sí, a pesar de los años y la distancia, nunca perdimos el contacto y seguíamos manteniendo esa complicidad especial entre nosotros.
Pablo conducía y Sergio iba de copiloto, por lo que yo me puse en los asientos de atrás con Elvira. Nos estuvimos poniendo al día de nuestros asuntos personales, trabajo, bodas, pisos… hasta que salió el tema de la despedida de soltero conjunta que habíamos organizado un par de semanas atrás.
―Me hubiera gustado ir, pero ese fin de semana me fue imposible, mucho trabajo y tuve que viajar a Londres, pero os prometo que lo intenté hasta el último momento ―nos dijo Elvira.
―Ya, ya, pues no sabes la fiesta que te perdiste. La del viernes creo que ha sido una de las mejores fiestas que hemos montado, ¿verdad, Adrián?
―Sí, estuvimos jodidos toda la semana, porque el sábado tampoco es que nos lo tomáramos de tranqui…
―¡Qué pena!, pero ya os dije que este finde era para vosotros, mis chicos, de hecho, en cuanto me he bajado del tren, he apagado el móvil hasta el domingo; así que tenemos que pasárnoslo de puta madre…
―No lo dudes ―dijo Pablo―, yo me voy a pillar un ciego tremendo, ya os lo aviso.
―Ja, ja, ja, no esperábamos menos de ti, Pablito ―bromeó Elvira haciéndole una caricia en el hombro.
Habíamos reservado tres habitaciones, al no tener triples en el hotel, eran dos individuales y una doble. Una de las individuales, obviamente, era para Elvira y por sorteo les tocó juntos a Pablo y Sergio, por lo que yo estaría solo también.
Lo primero que hicimos fue prepararnos e ir a cenar, Elvira había reservado en uno de los mejores restaurantes de Gijón y nos dimos un buen homenaje.
Salimos ya bastante calentitos con la sidra y tres copas que nos tomamos y nos recomendaron un par de sitios muy majos para tomarnos un cóctel, el Varsovia y el Utopía, o algo así.
Era impresionante cómo se había vestido Elvira, dejando a un lado su imagen de empresaria y recordándonos a la antigua compañera de universidad, pero con mucha más clase.
Pantalones de vestir ajustados azul marino, zapatos de tacón y una blusa blanca sin mangas y cuello de pico, con un poco de escote para lucir sus tremendas tetas.
Y es que Elvira seguía teniendo una delantera de diez, ya no estaba tan delgada como en aquella época y ahora se veía mucho más proporcionada; también se notaba que había trabajado bastante la parte inferior, piernas y glúteos, con una entrenadora personal y el cambio era abismal.
La cabrona tenía un señor culo y con esos pantalones dejaba poco a la imaginación.
Con varias copas y los cócteles encima, llegamos ya bastante perjudicados a un discobar que nos indicaron, que se llamaba el Buddha.
Nos lo estábamos pasando fenomenal, sin parar de beber, de reír, contando anécdotas de Iván.
Parecía que se había detenido la máquina del tiempo y Pablo y Elvira se pegaron unos buenos bailes mientras Sergio y yo los mirábamos desde la barra.
―Joder, tío, Elvira cada vez está más buenorra, se ha puesto como un puto cañón ―comentó Sergio con la lengua trabada y serias dificultades para seguir de pie―. No me importaría terminar esta despedida de soltero con ella, ja, ja, ja…
―Ya lo creo. Sí, está muy guapa, pero me parece a mí que hoy vas a terminar durmiendo en un banco como sigas así…
―Pablo ha bebido más que yo y mírale, está ahí como si nada.
―También lleva lo suyo, no te creas…
―¡Qué suerte tuviste de follarte a Elvira!, ¿era buena en la cama?, tiene pinta de ser una fiera…, uffff, y pensar que en la universidad no me ponía nada al principio; luego sí, ¿eh?, es que esas tetas siempre me han gustado mucho.
Sin darme cuenta, Elvira se acercó hasta nosotros y me sacó a la fuerza a la pista de baile mientras Pablo se pedía otro copazo. Con lo grande que era se los bebía de un par de tragos y, aunque lo disimulaba mejor que Sergio, también llevaba una cogorza importante.
―Me lo estoy pasando increíble ―me dijo Elvira visiblemente emocionada―, las fiestas a las que voy ahora no tienen nada que ver con esto.
―Es que ya estás en otra liga…, seguro que vas a fiestas de pijos, en sitios privados y con gente de mucha pasta.
―¡No seas tonto!
―¿Pero tengo razón o no?
―Sí, sí, tienes razón…, y cállate y mueve los pies, que veo que sigues teniendo dos pies izquierdos, ja, ja, ja…
―Hay cosas que no cambian nunca, aunque no puedo decir lo mismo de ti, no sé cómo lo haces, pero cada vez que nos vemos se te nota una evolución tremenda en tu físico, mira, sin ir más lejos, Sergio me ha dicho antes que estás buenísima, ¡y aunque esté borracho, tengo que darle la razón!
―Mis horas de gimnasio me está costando…
―Tienes que estar guapa para la supermodelo italiana, hacéis muy buena pareja.
―Lo suyo es genético, apenas se cuida, aunque es verdad que come poco y con veintidós años tampoco lo necesita…
―Uf, ¿veintidós añitos tiene?, quién los pillara.
―¿Y tú qué tal todo?, ya veo que te va de maravilla con Sofía, piso nuevo, boda… Y también estás muy bien…, has ganado con el tiempo, como el buen vino.
―No tan bien como tú, pero no me quejo…
―Echo de menos nuestras charlas, me hubiera gustado estar un ratito contigo a solas.
―Y a mí… ¿Tú todo bien en Barcelona?
No le dio tiempo a responderme porque enseguida se acercaron Pablo y Sergio con otras dos copas para nosotros, nos rodearon y terminamos dando brincos los cuatro al ritmo de la música.
Llegamos al hotel a las cinco de la mañana, tuvimos que llevar a Sergio a hombros entre Pablo y yo, porque el pobre era una piltrafa con patas.
Lo dejamos caer en su cama y acto seguido fue Pablo el que se recostó en la suya sin tan siquiera cambiarse de ropa.
Cerramos la puerta de su habitación y Elvira y yo salimos al pasillo del hotel.
―Anda, que vaya dos…
―Ya te digo, aunque yo también voy bastante perjudicada, hacía muchos años que no me cogía una borrachera así, ¡si se entera mi entrenadora me mata!
, no me deja probar ni una gota de alcohol, pero por vosotros lo que sea, un día es un día…
y encima ahora no me apetece nada dormir, ¡estoy acelerada! ―dijo Elvira.
―A mí tampoco, la verdad, ¿quieres dar una vuelta?, tenemos la playa aquí al lado.
―Pues mira, me encantaría sentarme en la arena y quedarnos mirando el mar.
―Eso está hecho.
―Espera que cojo algo de abrigo en la habitación, que ya empieza a refrescar…
―Sí, yo también…
No tardamos en llegar a la playa con un par de sudaderas puestas.
Me encantó que Elvira se agarrara a mi brazo y nos sentamos en la arena a diez metros de donde rompían las olas.
Aunque hacía fresquito, se estaba de maravilla allí, alejados por unos minutos del mundanal ruido y en compañía de mi mejor amiga.
―Todavía me zumban los oídos ―protestó Elvira apoyándose en mi hombro―, creo que voy a tardar en recuperarme de esta.
―Siempre has tenido un aguante de la hostia, ya en la uni nos tumbabas a todos y sigues igual… Entonces, ¿todo bien en Barcelona?, que antes no pudimos seguir hablando.
―Sí, genial, aunque bueno, me gustaría estar más cerca de mi madre, dice que está muy bien en su casa y que no se muda, pero no me quejo, viene a visitarme más veces que yo a ella.
―¿Y con Fio…?, nunca me sale el nombre, y eso que la sigo en Instagram…
―Fiorella, ja, ja, ja…, bien, muy bien, es muy suya, independiente, se pasa el día viajando por su trabajo, y tiene la residencia fijada en Roma, aunque estamos hablando a ver si para el año que viene se muda conmigo.
―Está muy buena, eh…
―Ya lo sé, a mí me lo vas a decir.
―¿Y con ella eres tan agresiva en la cama?, ja, ja, ja…
―Con ella más todavía, aunque no lo parece, a Fiorella le gusta el sexo duro, si yo te contara…
―Cuenta, cuenta, no me importa.
―Otro día, que hoy estoy borracha y podría dar más datos de los necesarios, ja, ja, ja…
―¡Oh, qué pena!, me acuerdo mucho de nuestras primeras veces, ¿sabes?, nunca había estado con una chica como tú…
―Les suele pasar a todos ―bromeó Elvira.
―No, te lo digo en serio…