El inquilino universitario 2. El reencuentro 1
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El inquilino universitario 2. El reencuentro

El inquilino universitario 2. El reencuentro

Por DAVID LOVIA

© inepub.com

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―Enhorabuena, chicos, que la disfrutéis… ―me felicitó el jefe estrechándome la mano y dándole dos besos a Sofía.

Acabábamos de firmar la hipoteca de nuestra casa en la notaría en la que llevaba trabajando desde que salí de la universidad. Recibimos el juego de llaves y nos faltó tiempo para coger el coche e ir hasta allí.

Sientes una emoción especial cuando metes la llave por la cerradura y entras en tu nuevo hogar.

Ya la habíamos visto varias veces durante la construcción, pero así terminada y bien rematada era la primera.

Estuvimos dando una vuelta por todas las estancias.

Sofía ya tenía en la cabeza cómo quería decorar el salón, cada habitación, los baños y sobre todo la inmensa terraza de cuarenta metros cuadrados, que había sido la culpable de comprar aquel piso de doscientos cincuenta mil euros.

Salimos a la terraza y Sofía me estuvo explicando la mesa que iba a poner y su ubicación, las tumbonas para tomar el sol, las plantas que quería comprar. Ya lo tenía todo pensado. Así era mi novia, le encantaba tener planificado hasta el más mínimo detalle.

De repente, escuchamos ruido en el piso de al lado.

―Creo que está mi hermano ―dijo Sofi cogiendo el teléfono―. ¿Estáis en casa?, ah, vale, ahora nos pasamos… Sí que están…

―Vaya, ¡qué suerte! ―exclamé sin mucho énfasis, pues no me apetecía nada hacer la visita de turno.

No solo nos había gustado a nosotros esa promoción de pisos, los dos hermanos pensaron que era buena idea comprarse la casa uno enfrente del otro, y yo, como Sergio es mi mejor amigo, además de mi cuñado, no le puse ninguna pega.

Llamamos a la puerta y salió Laura a recibirnos. Diez años habían pasado desde que empezaron a salir, lo recordaba como el primer día, aquella chica bajita y extrovertida se había convertido ya en una atractiva mujer, y nos dio dos besos a modo de saludo.

Ellos habían firmado un par de meses antes, apremiados por su inminente boda a mediados de junio, y ya tenían el piso casi montado. Al menos para entrar a vivir. Con la cocina, el salón y un par de habitaciones era más que suficiente.

―Ey, Adrián ―me saludó Sergio con un choque de manos―, qué guay que seáis nuestros vecinos, ¿os apetece tomar algo? ―nos preguntó dándole un solitario beso a su hermana.

―No, gracias, tranquilo, nos vamos a ir ya… ―le contestó Sofía.

―Uf, ¿qué tal estáis?, yo todavía tengo resaca del pasado finde, ya nos hacemos mayores, eh… Me vais a matar con tanta despedida. Y todavía me quedan dos; la de Elvira y Pablo, dentro de dos semanas, y la de los chicos. No sé si voy a llegar a la boda, cabrones… ―dijo Sergio.

―Más te vale ―le advirtió su futura mujer.

―Aunque Laura está como si nada.

―Bueno, que también tuve mal cuerpo hasta el martes ―afirmó pasándose el pelo por detrás de la oreja―. Venid, que os enseñamos el piso. ―Y rápidamente cambió de tema como si no quisiera seguir hablando de la despedida de soltero conjunta que habíamos organizado unos días atrás.

Nos dio una vuelta por toda la casa, de momento les estaba quedando muy moderna y sofisticada (Laura tenía muy buen gusto para la decoración de interiores), y luego nos dijeron que la semana que viene se iban a instalar definitivamente.

Tampoco quisimos molestarles mucho más tiempo y nos despedimos de ellos.

Antes de irnos del edificio volvimos a entrar en nuestra casa y recorrimos otra vez todas las habitaciones. Al llegar a la que se suponía que iba a ser nuestro dormitorio puse a Sofi contra la pared y le pregunté si le apetecía «estrenar» el piso.

―Ay, no, quita, idiota, que manchamos la pared ―protestó apartándome con un sutil empujón―. No sé si es cosa mía, pero Laura parecía un poco seria, ¿no?, ¿le habrá molestado que hayamos ido sin avisar?

―Sí que hemos avisado, les hemos llamado por teléfono.

―Ya, me refiero a que ha sido de sopetón, no nos esperaban, y ya sabes cómo es Laura…

―Olvida a Laura, venga, vamos a echar uno rapidito, esto es como la noche de bodas, me encantaría follarte el día que nos han dado las llaves… ―Y me acerqué a ella para meter la mano por debajo de su blusa.

Me encontré con sus grandes pechos y, en cuanto se los apreté un poco, se le cambió la cara. Ya eran muchos años con Sofía y conocía sus puntos débiles. Comenzamos a salir cuando yo estaba en tercero de Empresariales y la hermana de Sergio empezaba la carrera, por lo que era dos años menor que yo.

Y es que a sus veintisiete años, Sofía era una mujer imponente.

De armas tomar. Me gustó desde el primer día que la vi, morenaza, con su preciosa melena rizada, ojos grandes, pechos generosos y amplias caderas.

Era de complexión fuerte, por así decirlo, brazos anchos, muslos potentes, culo más bien plano y una cintura estrecha que dibujaba su morboso contorno.

―No hemos venido aquí para esto… ―gimoteó a la vez que me desabrochaba ansiosa el pantalón.

Nos fundimos en un beso justo cuando Sofi me agarraba la polla y yo tiraba de sus pantalones hacia abajo, lo justo para desnudar su culo.

La puse contra la pared y de una sola embestida la penetré desde atrás haciéndola gritar.

Y ella dejó que me la follara así mientras le manoseaba las tetazas hasta que me corrí dentro.

Luego se dio la vuelta y nos dimos un beso, celebrando que acabábamos de inaugurar nuestro nuevo piso.

―Oye, no he gritado mucho, ¿no?, a ver si nos van a haber escuchado mi hermano y Laura…

―Lo mismo no ha sido muy buena idea lo de comprarnos el piso justo a su lado ― bromee, aunque era verdad que Sofía era bastante ruidosa en la cama.

―Idiota, que te lo digo en serio.

―¿Y qué más da si nos han escuchado?, ¿o te crees que ellos no follan?

―Ya, pero… ―murmuró Sofía subiéndose los pantalones.

―Si te hubieras venido a vivir conmigo, no me tendrías tan cachondo todo el día.

―Tendrás queja, si me paso todo el finde en tu pisito y duermo allí casi siempre… ―protestó Sofi colocándose el sujetador bajo el suéter.

―Solo los fines de semana.

―Además, ya lo hemos hablado, este año vamos amueblando el piso con calma y para el año que viene, cuando nos casemos, ya nos venimos aquí a vivir.

―¡Madre mía!, otro año más…

―¿Y qué más te da?, ¿es que no estamos bien así?

―Tú sobre todo, se está de maravilla viviendo en casa de los papis…

―Idiota.

―Mira tú hermano que rápido se alquiló un pisito con Laura.

―Ya sabes cómo son los padres para estas cosas, no es lo mismo un chico que una chica, a él no le dijeron nada…

―Anda, súbete ya esos pantalones, que todavía te follo otra vez…

―Mmmm, lo primero que vamos a hacer es poner una cama.

―Eso sí me parece muy buena idea.

―Y hoy me llevarás a cenar, ¿no?, que me ha hecho mucha ilusión tener por fin nuestra casita…

―Claro, vamos donde quieras.

Unos minutos más tarde, mientras Sofía me llevaba a casa en el coche para cambiarnos e ir luego a celebrar que por fin éramos propietarios, me llegó un whatsapp de su hermano.

Sergio 19:43

Ey, cabronazo

A ver si os cortáis un poco, jajaja, que menuda escandalera habéis montado.

Que no me apetece escuchar cómo te lo montas con mi hermanita…

Adrián 19:44

Pues vete acostumbrando, que las paredes de las dos habitaciones de matrimonio están pegadas, capullo.

Sergio 19:44

Si ya sabía yo que algo malo tenía que tener que mi mejor amigo viva al lado, jajaja

Adrián 19:45

Jajaja

―¿De qué te ríes? ―me preguntó Sofi.

―Mejor no te lo digo…

―Venga, suéltalo.

―El memo de tu hermano, que me ha mandado un mensaje diciendo que nos ha escuchado por la tarde mientras…, ya sabes.

―¿En serio?

―Sí.

―¿Y te manda un mensaje para eso?, ¡menudo imbécil!, ya se lo diré mañana en el trabajo.

―No te enfades, que ha sido solo una broma entre amigos…

Esa era una de las cosas que menos me gustaba de mi novia: su poco sentido del humor.

Y es que Sofía era muy directa, extrovertida, trabajadora, lista, educada, le encantaba el sexo…

, tenía mil virtudes, pero la ironía y las bromas entre su hermano y yo no las entendía muy bien.

A pesar de eso me enamoré de ella en muy poquito tiempo.

Por aquel entonces, lo mío con Elvira ya era agua pasada, lo habíamos intentado, y no funcionó y, aunque nos seguíamos llevando muy bien y follábamos de vez en cuando, enseguida conecté con Sofía y comenzamos a salir, con el visto bueno de su hermano, por supuesto.

Y hasta hoy. Ocho años después.

Me dejó en mi piso de alquiler unos minutos más tarde y quedamos en que la pasaría a recoger a las nueve para ir a cenar. Le había prometido invitarla, y yo siempre cumplo mis promesas…

Al día siguiente, tenía cita en la Seguridad Social, me había cogido el día libre en el trabajo para estirar el fin de semana y aquella mañana me tocó hacer unos cuantos recados, entre ellos ir a la Seguridad Social a gestionarle unos papeles de la jubilación a mi padre.

Apenas había gente, me quedé sentado esperando mi turno, y entonces la vi. Aunque estaba de espaldas hablando con el que parecía uno de sus superiores, la reconocí a primera vista.

¡Ese culo era inconfundible!

Con unos pantalones vaqueros blancos y zapatos de cuña, su culazo redondo seguía igual que hacía diez años.

Mónica se giró, echó a andar en paralelo a mí y unos segundos más tarde se perdió por una de las oficinas interiores.

Enseguida me tocó pasar a una de las mesas y en apenas quince minutos ya había terminado.

Antes de levantarme de la silla me armé de valor y le pregunté al eficiente funcionario que me había atendido si podía llamar a Mónica, le dije que yo era un conocido y me gustaría saludarla.

Entró a buscarla y no tardó ni un minuto en aparecer.

No supe interpretar la cara de sorpresa que puso al verme, si era de alegría, de enfado, de indiferencia; aun así, se acercó y se plantó delante de mí con los brazos cruzados.

―Adrián, ¿qué haces aquí?

―Lo mismo te iba a preguntar, pero me supongo que estás en tu trabajo…

―Sí, tuve suerte y como saqué buen número en la oposición, pude entrar aquí como primer destino. Y hasta ahora.

―Yo he venido a arreglar unos papeles a mi padre.

―Si te puedo ayudar en algo…

―No, tu compañero me ha atendido muy bien.

―Ah, estupendo, ¿y qué tal todo?, ya te vi en la notaría, me alegra que tengas un buen trabajo; por cierto, nos llamasteis hace unas semanas para ir a recoger la documentación y todavía lo tenemos pendiente, se nos pasó y luego…

―No te preocupes, si quieres, lo miro y te digo algo.

―De acuerdo. Y por lo demás, ¿todo bien?

―Sí, sí, muy bien, no me puedo quejar, mira, ayer firmamos las escrituras de nuestro nuevo piso y bueno, poca cosa más, para el año que viene me caso, estoy saliendo con la hermana de Sergio, no sé si te acuerdas de él…

―Sí, claro, ¡cómo no me voy a acordar!, menudo era, ¡cómo le gustaba organizar todo!

―Sigue igual.

―Me imagino. Bueno, Adrián, pues me alegra haberte saludado.

―¿Y tú estás bien?

―Sí, ya sabes, con mis cosas, sigo con el yoga, hace años me saqué un curso y estoy dando clases en un centro cívico.

―Se nota que te cuidas, me alegra verte tan estupenda, Mónica…

―Tengo que irme ―me cortó rápido―, cuando tengas eso, dame un toque… y me paso a recogerlo.

―De acuerdo.

―Adiós, Adrián ―se despidió fríamente sin tan siquiera darme un par de besos.

Me quedé mirando el movimiento de su culo, no lo pude evitar, era algo hipnótico ese vaivén de cadera, y me vinieron las instantáneas de cuando fui su inquilino.

Mónica ya debía tener cincuenta y tres años, y no sé cómo lo hacía la muy cabrona, pero todavía estaba más imponente que en la época en la que tuvimos el affaire.

Tenía el pelo castaño muy largo, un poquito rizado, quizás había perdido algún kilo, los brazos parecían más definidos, trabajados, su cara apenas había notado el paso de los años, su culo rellenaba los pantalones de la misma manera y debía estar igual de duro que cuando se lo sodomicé por primera vez.

Sentí un cosquilleo morboso en el estómago al recordar ese momento sublime. Sí, yo había sido el que se lo estrené y posiblemente el único que había entrado en ese culazo que ahora se perdía por el fondo del pasillo.

Salí del edificio de la Seguridad Social con una sensación muy extraña. Me había sido imposible, en todos estos años, olvidar esos tres meses en los que me estuve acostando con Mónica y al volverla a ver, todos esos sentimientos afloraron de nuevo.

Me hubiera gustado despedirme de otra manera, saber qué es lo que pasó entre ella y su marido, mantener el contacto con Mónica, pero la ruptura fue muy abrupta y de un día para otro perdimos el contacto.

En aquella época, a mis diecinueve años no era más que un niñato y ahora todavía seguía sintiendo que le debía al menos una disculpa.

A los dos. Mónica y Fernando eran muy buena gente, y yo me comporté con ellos como un estúpido malcriado, aunque ya no podía cambiar lo que hice.

Lo que hicimos, más bien, porque Mónica también tuvo su parte de culpa; al fin y al cabo, aunque yo traicioné la confianza de Fernando, no le fui infiel a nadie.

Y al montar en el coche me derrumbé. ¿A quién quería engañar?

Me sentí como una jodida mierda, pues comprendí que seguía siendo aquel estúpido malcriado que iba todo el día con la polla tiesa, y es que no había cambiado nada con el paso de los años.

No mido las consecuencias de mis actos, como si no me importara hacer daño a la gente que más quiero solo por echar un puto polvo. Y ahora no estaba hablando de Mónica.

Me refería a unos días atrás, en la despedida conjunta que celebramos en la casa rural. Y es que otra vez la había jodido, pero bien…