CAPÍTULO XXXVIII
El regreso
Habían trascurrido cuarenta años, pero el barrio, su barrio, estaba exactamente igual.
Nada había cambiado en él, excepto que el descampado donde sus primos desguazaban las motocicletas y los coches robados era ahora una calle.
Los bloques de vecinos hacinados como en hormigueros seguían igual de abandonados, sin mantenimiento alguno.
Su colegio, El Centro Piloto, se mantenía en pie, sí, pero distaba una enormidad de cómo lo recordaba, el tiempo —el mayor ejecutor del deterioro— es implacable, no perdona; sin embargo, las caras de algunos chiquillos se asemejaban a las de entonces.
Dudó sobre si subir a su casa o no. No quería encontrarse con sus padres.
En unos bancos de cemento, un grupo de ancianas sentadas vigilaban.
Se aproximó a ellas con cierto recelo, era consciente de que la información en aquellos lugares había que pagarla con dinero, y podía hacerse por las buenas o a punta de navaja.
Preguntó por su familia haciéndose pasar por un pariente lejano.
Descubrió con estupor que aún los recordaban.
Así conoció que su padre había muerto de sobredosis allá por los años ochenta; que su madre, de VIH un tiempo después; que su hermano Richar purgaba en la cárcel; y que Jonathan había caído en un enfrentamiento armado con la policía.
Solo quedaba en casa, en su casa, Yanira, su hermana pequeña, la cual —para no desmerecer al resto de la familia— era yonqui.
Malvivía entre la prostitución y el dinero que sacaba haciendo de aparcacoches de fortuna en las calles próximas a su domicilio.
En aquel momento, una de las ancianas señaló a una mujer decrépita que cruzaba la calle.
Giovanni se giró hacia ella y la vio. Iba vestida con unos pantalones vaqueros varias tallas superiores a la suya, una camiseta y una gorra de la Universidad de Murcia.
Se fijó en ella más detenidamente y pronto reconoció su cara, era su hermana.
En ella no quedaba nada de la niña que había sido.
Estaba mellada, enjuta, el cabello mal cuidado: un puro andrajo andante.
Era evidente que todo el dinero que le caía se le iba en heroína.
Tuvo la tentación de acercarse a ella, decirle quién era y darle algo de dinero, pero de poco le iba a servir, si es que lo creía.
Tomó un taxi y se dirigió al eremitorio donde el padre Fulgencio lo había llevado hacía cuarenta y dos años.
Los hermanos con los que había convivido aquellos meses de su infancia estaban muy mayores: Ilde, Pedro…
Le hablaron del detective que había estado allí unos meses antes.
Todo había quedado atrás. Pasó la tarde con ellos y a última hora visitó el santuario de la Virgen de la Fuensanta.
A su lado había un convento de monjas benedictinas que se encargaban de cuidarlo.
Todo el enclave era un sitio precioso donde poder relajarse.
Habló con la superiora y, tras una larga negociación en la que no faltó el ofrecimiento de una buena dote económica, consiguió que las monjas admitieran a su hermana.
Quería que se rehabilitara, que volviera a recuperar su vida.
Aquella misma noche bajó a la ciudad, volvió al barrio, subió a su casa y llamó a la puerta.
Al cabo del rato abrió Yanira. No lo conoció, dio por sentado que era un cliente que quería un trabajo urgente y lo hizo entrar.
La casa carecía de muebles, de luz eléctrica y de cortinas.
El agua no se la habían cortado porque era comunitaria.
Yanira hablaba, pero estaba enajenada. Él le pidió que lo acompañara, le ofreció dinero y ella estuvo de acuerdo.
Bajaron por el decrépito ascensor y subieron a un taxi que los esperaba en la plaza.
Se subieron a él y se dirigieron al convento, donde la dejó recluida.
Unos días después fue a visitarla y le dijo quién era.
Ella ni se acordaba, pero, a base de conversaciones y comentarios, empezó a recuperar algunos recuerdos.
Después de un tiempo prudencial, Giovanni volvió a Barcelona, junto a Marta, su compañera, su pareja. Recobró su nombre y continuó su vida.