El informe Mancini Epílogo
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Epílogo

Varios meses después del caso, Mario recibió en su despacho un libro, un ensayo que —con autorización del Vaticano— había escrito una periodista vaticanista, Stefania Falasca.

Se titulaba Papa Luciani, crónica de una muerte .

Se lo mandaba la editorial sin hacer constar de quién era cortesía.

Aquella tarde, después del café, se sirvió un wiski y se sentó en su sillón orejero como solía hacer.

Llevaba el libro en la mano y empezó a hojearlo.

Era una aclaración del Vaticano a la sociedad, una disculpa por no haber explicado cuarenta años atrás cómo murió Juan Pablo I.

Comentaba la autora que muchos escritores y periodistas se habían deleitado presentando artículos y obras que explicaban el nexo entre lo sucedido durante el papado más corto de la historia, la Mafia italiana y el Banco Vaticano.

También mencionaba alguna superproducción de Hollywood, especialmente la tercera entrega de la trilogía de El padrino , en la que el famoso director Francis Ford Coppola especulaba con esos elementos.

Continuaba alegando que la repentina e inesperada muerte del papa había alimentado durante años un gran número de teorías, sospechas, suposiciones.

Todos los cardenales y los obispos que componían la comisión evaluaron las «virtudes heroicas» de Luciani, y, más recientemente, la Congregación confirmó, alétheia , el juicio favorable de una comisión de médicos sobre un supuesto milagro realizado en Buenos Aires y que podría acelerar el proceso de beatificación con la firma del papa Francisco.

En el prólogo, el cardenal Parolín hacía hincapié en recordar el momento en que Albino Luciani, patriarca de Venecia, se convertía en Juan Pablo I, aseverando: «Los cardenales, ciertamente, no lo eligieron debido a estrategias políticas, sino solamente considerando criterios eclesiales».

En párrafos posteriores, el secretario de Estado destacaba la humildad, la sencillez de Juan Pablo I y su perfil de obispo «buen pastor».

En las páginas interiores, se aportaban una serie de pruebas recopiladas para el proceso de beatificación y canonización, entre las que se encontraba el testimonio ocular de sor Margherita Marin, de setenta y siete años, ayudante de cámara del papa y que lo encontró muerto aquella mañana.

Según sus propias palabras, «estaba en la cama con una leve sonrisa».

Algunas páginas después, la periodista, autorizada por la curia, aclaraba que quien halló al papa muerto no fue sor Margherita, sino la hermana Vicenza, que era la religiosa más anciana. Su testimonio rezaba así:

… había dejado una taza de café para el santo padre en la sacristía a las afueras del departamento del papa, frente a la capilla. Al salir de su habitación, el santo padre solía tomar allí el primer café del día, antes de entrar a la capilla para orar.

Sin embargo, esa mañana —prosiguió su narración— el café se quedó allí.

Después de unos diez minutos, pregunté: «¿Todavía no ha salido?

». Entonces golpeé la puerta del dormitorio varias veces, pero no respondió…

Abrí la puerta y entré diciendo: «Santidad, no debería hacer estos chistes conmigo».

Entonces lo vi. El santo padre estaba en su cama, la luz para leer ubicada en la parte posterior, encendida.

Su Santidad tenía dos almohadas pegadas a la espalda, que lo sujetaban un poco levantado, las piernas estiradas, los brazos por encima de las sábanas, en pijama, y sus manos, descansando sobre el pecho, agarrando unas páginas escritas a mano, la cabeza vuelta un poco hacia la derecha, esbozando una leve sonrisa, sus lentes en la punta de la nariz, sus ojos medio cerrados…

Parecía dormir. Toqué sus manos, estaban frías, pude verle y me llamaron la atención sus uñas azuladas.

Todo estaba en su lugar. Nada faltaba. Era como si se hubiera quedado dormido leyendo.

La periodista, para dar más valor al testimonio, aclaró que sor Vicenza era enfermera y que había hablado esa misma noche con el médico personal del papa, Antonio da Ros, y no había hecho ninguna referencia al malestar papal.

La Farmacia Vaticana tampoco suministró ningún medicamento. Por lo tanto, el papa tuvo que sufrir un ataque que acabó con su vida fulminantemente.

El ensayo acababa con una nota de la Secretaría de Estado del Vaticano en la que se aseguraba que el papa Francisco ya había autorizado a la Congregación para las Causas de los Santos a que promulgara los decretos relativos a las virtudes heroicas del siervo de Dios, Juan Pablo I.

Solo Fabricio supo qué significaba aquella publicación y por qué me la mandaba a mí con una nota de su puño y letra: «El Vaticano ya no atenaza miedo, el caso se ha resuelto».

Murcia, 14 de abril de 2023

Antonio Miguel Cascales García