El informe Mancini CAPÍTULO XXXVII
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CAPÍTULO XXXVII

A las doce en punto de la mañana del día acordado, un Alfa Romeo Stelvio se detuvo frente al hotel.

Yo ignoraba qué coche vendría a buscarme, pero un presentimiento me dijo que era ese auto.

El conductor se bajó y abrió la puerta. Me subí en la parte trasera por indicación suya y me dejé llevar.

El coche se dirigió al este, hacia el interior de la provincia del Lacio.

El mar se quedaba atrás mientras acometíamos un puerto de montaña por una carretera muy sinuosa pero con un buen firme.

Cuarenta minutos después, llegamos a una granja cerca del lago Nemi.

Yo iba extasiado por la belleza de los paisajes que rodean el lugar.

Al aproximarnos a la puerta, esta se abrió automáticamente.

No puedo decir si es que el coche estaba dotado de algún sensor o si alguien, al cual no vi, nos abrió con un mando a distancia.

Desde allí hasta la casa aún recorrimos un trecho de tres o cuatro kilómetros entre valles, prados con vacas y bosquecillos de hayas salpicados por algunos robles centenarios, olmos, castaños, alerces y tilos.

La propiedad se extendía por más de mil hectáreas, según el conductor, y estaba vinculada a la explotación agrícola y ganadera.

A lo lejos se veía la casa de la finca: un conjunto de edificaciones adosadas con techos de pizarra y muros de mampostería.

Una de las construcciones era una capilla.

La vivienda principal estaba orientada al sur sobre un altozano desde el que se podía ver el bello paisaje que la rodeaba.

El inmueble constaba de dos plantas. Después supe que debajo, en una parte del semisótano cuya superficie igualaba a la de todo el conjunto, había una bodega.

El acceso principal de la vivienda era una réplica de la puerta del Panteón de Agripa de Roma y, sobre él, tallado en piedra, el escudo de la familia Mancini.

En el porche de la casa, de pie y mirándonos llegar, nos esperaban dos hombres.

Uno era Fabricio; el otro, Giovanni. Pero eso, aunque lo intuí, no lo supe hasta unos minutos después, cuando nos presentó el anfitrión.

Durante la comida les expliqué mi plan a los dos, pero no convencí a ninguno. A ambos les pareció demasiado sencillo.

—Que sea sencillo no implica que sea malo —contesté—. Todo sucederá al aire libre, eso salvaguardará mi vida. Pero, a la vez, permitirá un control recíproco: ellos a mí, y viceversa. He desplazado a todo mi equipo a Roma, desde esta mañana tenemos tomada la piazza della Città Leonina.

—¿Quién lo recogerá? ¿Es consciente de que lo seguirán por toda la ciudad? —preguntó Fabricio.

—Lo tengo todo controlado…

A aquella misma hora, un furgón Mercedes-Benz Vito viajaba desde Ginebra hacia Roma.

Era un vehículo alquilado con conductor con el encargo de recoger a un hombre en Roma, a mí.

Su misión era estacionarse cerca de la puerta del Vaticano, en la via di Porta Angelica, sin perder de vista la terraza de la Cafetería Santa Ana.

Allí debía esperar al volante a que alguien se subiera, el pasajero le haría una llamada desde el asiento de atrás con un número que él reconocería como cliente.

Mi equipo la había alquilado en Suiza para que llevara matrícula de allí, pero el nombre que figuraba en el contrato era el del propio conductor profesional, y se había pagado en metálico.

El teléfono desde el que llamaría el pasajero —yo— era de prepago y lo habíamos comprado en el aeropuerto Charles de Gaulle de París aquella misma mañana.

La intención era que a los agentes vaticanos les costara más tiempo identificarla y que, cuando eso ocurriera, la furgoneta y yo hubiéramos salido de Roma.

A la hora concertada, me encontraba en la misma puerta del día anterior.

Valentina, mi socia de la agencia, grababa la operación desde una de las tiendas de recuerdos situada frente a esa entrada lateral del Vaticano acompañada por un hombre, nuestro informático.

Ella era mucho mayor que él, parecían un gigoló y su clienta.

Pero se camuflaban bien. En otro establecimiento estaban Nuria, Manel y su hija de cinco años.

Para todos eran un matrimonio feliz visitando Roma; para mí, otro punto de apoyo.

Para mi seguridad, todos iban provistos de cámaras y micrófonos direccionales de alta sensibilidad conectados a un receptor que Bruno, mi compañero de muchos años y empleado ahora, llevaba en una maleta de cabina de avión.

Me hicieron esperar. Transcurridos veinte minutos, llegó el individuo en cuestión.

Pero a mí no me había llegado la notificación del ingreso al móvil.

Algo no iba bien. Al verlo acercarse hacia mí, di unos pasos hacia atrás, me alejé del punto de control de accesos y prácticamente me quedé sobre la acera de la vía pública.

—Vayamos a su mesa —me dijo.

Yo le seguí. Llegamos a la terraza y nos sentamos en plena calle.

—No se preocupe. Me imagino que habrá dispuesto usted todo un ejército de personas desplegadas aquí.

Ni le voy a secuestrar ni a robar su maletín.

La trasferencia está preparada, solo he de validarla mediante una aplicación de este móvil —dijo mientras lo dejaba en la mesa con la aplicación abierta—.

Ahora usted va a abrir ese maletín sobre la mesa y me va a dejar ojear los documentos que lleva; si son los que deben ser, pulsaré esa pantalla, usted recibirá su notificación, yo cerraré el maletín y ambos nos iremos de aquí.

Obedecí como un colegial. Puse el maletín sobre la mesa, lo abrí, lo acerqué a él con la mano derecha y con la izquierda cogí el teléfono.

—Cambio de planes —argumenté ante su asombro—. Yo pulsaré validar, pero no soltaré el maletín hasta que suene la sintonía del mensaje SMS en mi móvil.

Valentina supuso que algo no iba bien, por lo que tomó una mesa con su gigoló cerca del sicario. Si hacía cualquier gesto, saltarían sobre él.

—Dígale a su amiga que no se preocupe. No voy a salir corriendo.

—Me espetó. No dije nada, pero mi cara de bobo era bien expresiva—.

Es usted exageradamente precavido, pero para nada: esa pareja que se ha sentado detrás de mí, el matrimonio con la niña y el individuo de la maleta, llevan en la plaza desde las nueve de la mañana.

Hemos dispuesto cámaras de reconocimiento facial por todas las esquinas.

Hemos detectado sus micrófonos y sus cámaras.

Ese receptor está bloqueado, pero usted no lo sabrá hasta que intente sacar una sola imagen de él.

Las tripas empezaron a retorcerse en mi abdomen. Nada iba bien. Estaba jodido. ¿Cómo había podido ser tan incauto? Sin cambiar ni un ápice su gesto, aquel individuo tomó los documentos del maletín —protegidos en fundas de plástico—, los leyó todos, los volvió a alojar en el maletín y lo cerró.

—¡Pulse ese botón, imbécil! —me ordenó sin alzar la voz.

Por un momento me mostré indeciso. El tío aquel me estaba ninguneando, me trataba como a una marioneta.

¿Qué coño marioneta? Me estaba tratando como a una mierda.

Entonces adelantó la mano derecha, agarró la mía, que sujetaba su móvil, y pulsó la tecla.

Aún no me la había soltado cuando el mío comenzó a vibrar y emitió dos pitidos.

—Su trasferencia.

Se levantó, asió el maletín y cruzó la calle.

Yo solo vi su inmensa espalda entrando en el puto país más pequeño del mundo, pero con el mejor servicio secreto sobre la faz de la tierra.

Todo había salido bien, tal y como yo lo había planeado.

Me levanté de la mesa, me dirigí a la furgoneta, me subí en la parte trasera y llamé al conductor.

Valentina y Nuria estaban atentas a cualquier movimiento extraño.

Nada se movió. Ningún hombre o mujer hizo gesto alguno.

Evidentemente no lo necesitaban. Sus puñeteras cámaras de seguimiento lo harían por ellos.

Apenas cruzamos el río Tíber, el chófer introdujo la furgoneta en un garaje subterráneo.

Me bajé en la barrera y salí a la calle por una escalera peatonal que daba a una calle secundaria.

Allí me esperaba el Alfa Romeo Stelvio que me iba a llevar al aeropuerto.

La furgoneta Mercedes-Benz Vito partió inmediatamente después de recibir una concienzuda limpieza interior, dio un par de vueltas por la ciudad —como se le había indicado al conductor que hiciera— e inició el retorno a Ginebra.

Por el camino, la policía italiana la identificó tres veces, y la suiza cuatro.

En todas ellas registraron el vehículo a conciencia.

En la primera incluso obtuvieron huellas dactilares y tomaron muestras de cabellos.

Ninguno era mío. El equipo había previsto que algo así ocurriría; por eso, además de extremar las precauciones, lo habían sometido a un lavado a fondo bajo la supervisión de otro de mis colaboradores.

En una calle cualquiera, sin saber bien cuál era o en qué barrio, me bajé del Alfa y le dije al conductor que se diera un par de vueltas y no volviera a la casa del lago en varias semanas.

Caminé sin rumbo por las calles de Roma.

Ni llamé a mi equipo ni quise saber nada de ellos.

Me metí en un cine y me senté en la última fila, el lugar que yo consideraba más idóneo para observar si alguien entraba o salía de allí.

Gracias a la inestimable ayuda de Telegram —este medio me parece más seguro que WhatsApp para estos casos—, mandé mensajes a varios teléfonos con tarjeta prepago que había adquirido en París —uno de ellos lo llevaba Fabricio; los otros, los miembros de mi equipo—.

Al primero le informé de que ya estaba todo hecho y me confirmó la recepción del dinero en el banco suizo que él mismo había elegido.

También le dije que había mandado al chófer a dar unas vueltas y que no iría por la quinta hasta varios días después.

A mi equipo no les di datos de mi paradero.

Pero quedamos en que con un taxi me recogieran en el puente Milvio.

Estaba improvisando, no sabía qué hacer.

El gorila me había dejado fuera de combate.

Se me ocurrió ese puente porque allí es donde tuvo lugar la famosa batalla entre las huestes de Constantino I y las de Majencio, el puto lugar donde el primero vio la cruz en el cielo.

Allí había empezado todo. Aún no me había relajado cuando recibí un mensaje de Fabricio.

—No se tenía que haber preocupado por el vehículo, lo robamos esta mañana en Mentón. La placa de matrícula que exhibe pertenece a un coche igual propiedad de un convento benedictino de Génova.

Si la declaración del gorila del Vaticano me había dejado perplejo, la de Fabricio me había hundido en la miseria.