El informe Mancini CAPÍTULO XXXVI
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CAPÍTULO XXXVI

—Así que el hombre del Vaticano eres tú.

—Sí, Mario. Soy yo.

Un camarero se acercó.

—¿Va a tomar algo el señor? —Miré la hora.

—Un vino blanco bien frío y unas aceitunas.

—¿Tienes la autopsia? —me preguntó si más preámbulos.

—Aquí no. Pero está a mi disposición.

—¿Entonces para qué hemos quedado?

—Quiero un acuerdo antes de entregarlos.

—¿No querrás un recibo?

—No. Quiero una entrevista con tu jefe en el Vaticano mañana por la tarde.

El camarero se acercó a la mesa con una bandeja, me sirvió el vino y las aceitunas, y se retiró.

Efraín sacó del bolsillo un teléfono de última generación y gran tamaño.

Desbloqueó la pantalla, marcó un número muy corto, signo de que era una llamada dentro de una red corporativa, y alguien se puso al aparato.

Me sorprendió sobremanera que no se apartara para mantener aquella conversación.

Enseguida entendí la razón. La conversación entre uno y otro discurrió en latín, un idioma del que yo no tenía ni puñetera idea.

Lamenté no haber puesto algo más de atención cuando lo estudié en segundo de BUP, pero evidentemente ya no podía hacer nada.

—Mañana a las seis de la tarde en la puerta de Borgo Pio, en Roma. ¿Sabes dónde es?

—Roma, sí. La puerta, no.

—Da acceso al Vaticano y está próxima a la plaza de San Pedro.

—¿Por quién pregunto?

—No preguntes por nadie. Limítate a decir quién eres.

—¿Por qué no me dijiste desde el principio lo que querías?

—Yo no quería inmiscuirte a ti en este asunto. Fueron ellos y era mejor que siguieras la investigación de su parte.

Lo miré a los ojos sin saber si debía estar enfadado con él o comprender que era un mero funcionario que cumplía con su obligación y que podía seguir siendo mi amigo.

—No, Mario —me contestó sin que yo preguntara nada.

—¿No, qué?

—Que no tienes por qué romper tu amistad conmigo, yo no te he traicionado, pero, cuando sor Alicia me ha llamado, he comprendido que no podía seguir ocultándote quién soy verdaderamente.

Bebí un sorbo de vino y asentí. Luego saqué mi teléfono móvil y desde allí mismo compré un billete para Fiumicino en un avión con hora de partida a las siete de la mañana del día siguiente.

Me hubiera gustado llamar a Fabricio y decirle que la negociación estaba en marcha, pero no podía recurrir a su número de teléfono ni a su correo electrónico para contactar con él, a la vista de lo cual, dediqué la tarde a planear cómo hacer el intercambio entre los documentos y los cincuenta millones de euros del ala que iba a pedir por ellos.

A la hora prevista, me presenté en la puerta convenida.

En España las tardes iban siendo más largas cada día, pero en Roma ya era noche cerrada.

De nuevo todo funcionó como un reloj suizo.

Me presenté en el lugar, di mi nombre y me hicieron esperar quince minutos, al cabo de los cuales llegó un tío joven, bien parecido y de aspecto atlético.

Vestía traje negro, camisa gris y corbata azul oscuro.

Todo indicaba que era un uniforme. Con idéntica parquedad al atuendo que llevaba, me pidió que lo acompañara.

No fuimos muy lejos; cruzamos un par de patios interiores, entramos en un portal, subimos un par de pisos por la escalera y llegamos a un corredor exterior.

Acto seguido, entramos en un pasillo más estrecho al final del cual había unas oficinas y al fondo de estas un despacho.

Entramos sin llamar y vi a un hombre de, aproximadamente, setenta años, aunque su forma física era indiscutible.

Tenía aspecto de militar: poco pelo y cortado al cero.

La cabeza era bastante cuadrada y se sostenía sobre un cuello excesivamente musculoso.

Ni me tendió la mano ni emitió ningún saludo, yo tampoco.

Me indicó con un gesto que me sentara y obedecí.

El joven que me había guiado salió y cerró la puerta; sin el más breve preámbulo, mi anfitrión se dirigió a mí: —Usted dirá —dijo en perfecto español.

—En 1978 sucedió algo aquí, en el Vaticano, no sé bien qué.

Mi cliente no ha entrado en detalles. La cuestión es que ha sufrido persecución por parte de ustedes desde el mismo día 28 de septiembre de aquel año, la fecha le sonará.

—El individuo no dijo ni sí, ni no, ni todo lo contrario: ni se inmutó—.

En ningún momento ha hecho uso del contenido de los documentos que posee.

Pero se ha hecho mayor y quiere vivir en paz el resto de sus días.

No se fía de hacer personalmente el trato. Por eso estoy yo aquí.

—¿Qué quiere a cambio?

—Ya se lo he dicho: vivir tranquilo.

—¿Solo eso?

—Vivir tranquilo con un pequeño añadido de cincuenta millones de euros que previamente le ingresarán en esta cuenta de un banco suizo.

—¿Previamente?

—Lo haremos siguiendo mis instrucciones —yo tampoco me mostré amable—.

Son estas: mañana a la misma hora de hoy estaré en esa puerta.

Cuando le avisen de mi presencia, usted hará la trasferencia; en unos segundos, yo recibiré en mi móvil la confirmación.

Entonces bajará usted en persona. Nos sentaremos en el café que hay enfrente y ahí le entregaré la cartera con los documentos.

Dispondrá del tiempo necesario para constatar que son los reales.

—¿Cómo sabré que tras pagarle no sale usted corriendo?

—Juego en su terreno. ¿Cuántas posibilidades de fuga me conceden?

—Ninguna. ¿Pero por qué no sube aquí igual que ha hecho hoy?

—¿Qué posibilidades tendría de salir vivo de aquí, de su Estado?

—¿Y cree que de la puerta sí se podrá escapar?

—No. No lo creo. Pero, si me sucede algún… percance llamativo, por la noche las imágenes estarán en todas las televisiones del mundo y usted no podrá impedirlo.

El individuo pareció recapacitar. La puerta prevista está junto a la plaza de San Pedro, es el camino natural desde ella hacia la entrada a los Museos Vaticanos. El promedio de turistas que pasan por allí rondará los cien por minuto. Cualquiera de ellos podía grabar una escena violenta.

—Es mucho dinero para tenerlo mañana preparado.

—No me haga reír.

El tipo ni rio ni respondió.

Al cabo de unos segundos me levanté.

—¿A dónde va?

—¿Tiene usted algo más qué decir? —Más dosis de silencio—. Pues esta conversación termina aquí.

Me levanté, abrí la puerta y me encontré de sopetón con el individuo que me había traído hasta la presencia de aquel sieso de tío.

—Ya podemos irnos, campeón —le dije.

El agente miró a su jefe. Yo no, pero este debió de darle la aprobación oportuna porque inmediatamente echó a andar hacia la calle.

Al llegar a la puerta, ni me detuve ni lo saludé, salí de allí andando hacia la plaza de San Pedro, me mezclé entre los turistas y luego pregunté a los de mi equipo si alguien me seguía.

No había nadie tras de mí, o al menos eso me dijeron ellos. Tomé un taxi y le pedí que me llevara a Termini. Allí tenía a otro colaborador; entré en la estación, me dirigí a los aseos y me puse otra ropa y una peluca.

Me subí —sin billete— a un tren de cercanías y me bajé en la siguiente estación.

No sabía cuál era. El truco era que ni yo mismo debía saberlo.

En los aseos de aquella estación desconocida adopté un nuevo aspecto.

Salí a la calle, tomé un taxi y le pedí al conductor que me llevara al aeropuerto de Fiumicino, donde otro colaborador, Nuria, me entregó un billete de avión hacia París cuyos pasajeros ya estaban embarcando.

Por precaución había obtenido otro para Estambul que saldría treinta minutos después.

Daba igual. Lo urgente era desaparecer de Italia.

Desde ambas ciudades tenía otro vuelo preparado para volver a Roma a media mañana del día siguiente.

En París tomé una habitación en el Hotel Novanox, situado en el bulevar Montparnasse.

Comí en un restaurante del barrio Latino y visité Notre Dame.

Era la primera vez que la veía desde el incendio.

Luego fui al Louvre. No entré, no lo necesitaba, solo quería estar seguro de que nadie me había seguido.