El informe Mancini CAPÍTULO XXXV
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CAPÍTULO XXXV

La acabadora —En Cerdeña hay un pueblo muy primitivo de origen cartaginés: los sardos.

Son muy supersticiosos y mantienen una tradición atávica relacionada con la muerte.

Evidentemente, no todos, pero los más viejos de los lugares más inhóspitos la mantienen.

La tradición se mantuvo en vigor hasta mediados del siglo pasado y —como el pueblo sardo— es de origen cartaginés.

No hace tanto. Y, como le digo, los más viejos la seguían realizando.

—¿En qué consiste eso?

—La cultura cartaginesa era tanática, veneraban la muerte dulce, la muerte suave. En definitiva, ayudaban a morir a sus seres queridos.

—O sea, practicaban la eutanasia.

—A su manera.

—¿Y cuál era esa manera?

—Cuando una familia sarda tenía un familiar moribundo, acudía a las acabadoras, mujeres que realizaban el cometido de una forma gratuita y siempre de noche.

—¿El cometido?

—Una vez avisada la acabadora —continuó la monja haciendo caso omiso a mi interrupción—, la familia tapaba o retiraba todos los crucifijos e imágenes religiosas presentes en la habitación del enfermo y dejaban un yugo junto a la cama.

Una vez hecho eso, abandonaban la casa dejando la puerta abierta.

Era entonces cuando aparecía la acabadora provista de una maza de madera, ponía al enfermo bocarriba con la cabeza dentro del yugo, le apoyaba la nuca sobre el arco superior de este, y los arcos laterales se quedaban levantados sobre el torso.

Entonces la acabadora asestaba un golpe seco en la punta abierta del yugo, este basculaba sobre los hombros del yacente y lo desnucaba.

—¿Y eso era una muerte dulce?

—Era rápida e indolora, y acababa con el sufrimiento del agonizante y de la familia.

—¿Insinúa que fue así como murió Cinzia? Ella no era de Cerdeña.

—No lo era, pero una hermana de aquí sí.

Tiene noventa y dos años y las facultades mentales disminuidas, no distingue el bien del mal, aunque en realidad solo pretende hacer el bien.

Se le explicó esa circunstancia al juez de instrucción cuando vino a levantar el cadáver.

La hermana Sara (nuestra acabadora se llama así) fue examinada por un psiquiatra forense y nos la han dejado en curatela hasta que muera.

Ni está para ir a la cárcel ni para ingresar en un hospital psiquiátrico.

Ahora la vigilamos de continuo. Por supuesto, le hemos quitado la maza (en realidad, una pata del escritorio de su celda) y el yugo, que, además, era ornamental y lo teníamos puesto en un pequeño museo interior.

De noche le cerramos la puerta y, por supuesto, Mario, hemos mantenido a la prensa alejada de ello.

Ah, por si no se lo había dicho: fue en su habitación donde encontramos el sobre de sor Cinzia junto a otras cosas que también retiró, que no eran muchas.

—No conocía esa figura tan macabra de la acabadora.

—Pues mire qué paradoja: las acabadoras, además de poner fin a la vida de los moribundos, ejercían también de parteras.

—¿Parteras?

—Comadronas.

—¡Coño! De día traían niños al mundo y de noche reunían a los moribundos con Dios.

La monja sonrió sarcástica, estaba claro que aquella situación no le gustaba.

—¿Y cómo supieron que había sido cosa de una acabadora?

—En el convento hay otra hermana sarda. Ver el cadáver y atar cabos fue todo uno. Y acertó de pleno.

—Una vez aclarada la muerte dulce de Cinzia, volvamos al tema que nos ocupa ahora que estamos a puerta cerrada.

—No me irás a pedir una relación, ¿verdad?

Me hubiera gustado decirle que sí, que sus labios habían despertado mi morbo y me moría por besarlos, pero a ver cómo se lo iba a tomar.

—Necesito hablar con alguien del Vaticano. Yo tengo el secreto que la hermana Cinzia guardaba desde 1978 y estoy dispuesto a entregárselo a la persona indicada. Pero necesito hablar con quien recibía la información que usted mandaba acerca de Cinzia Silvestri.

Sor Alicia se tomó su tiempo.

—Vayamos a mi despacho.

Transcurrida una hora, salí del convento con una cita concertada con un individuo en un hotel de la cadena Sercotel, en Barcelona.

Bastaría decir mi nombre en la recepción, y alguien me conduciría a su presencia.

Por el camino reflexioné sobre todo aquello.

El sobre recibido por sor Cinzia, y que la hermana Alicia no pudo escudriñar, carecía de importancia alguna para el caso.

Pero el hecho de no haberlo abierto antes que la destinataria, que el sobre desapareciera después al limpiar la acabadora su habitación y su inmediata muerte fueron el detonante del resto.