CAPÍTULO XXXIV
La cuenta atrás Tal y como le había comentado a Fabricio, el tiempo era muy escaso.
No conocía a nadie, no tenía a quién pedir apoyo logístico.
Cuando salí al paseo marítimo, el sol resplandecía en el cielo.
Hacía un día precioso, pero ya no se correspondía con mis preocupaciones.
De caminó al hotel, como si una luz me hubiera iluminado, pensé en Efraín.
Él había vivido durante un tiempo en Roma, había llegado a Barcelona por las mismas fechas que Fabricio, ¿y si fuera él el hombre de la Santa Alianza en la capital?
Quizá podría ayudarme a contactar con alguien.
Tampoco sería tan difícil hablar con algún responsable de la Santa Alianza.
A Efraín no le pilló por sorpresa mi llamada. Lo puse al corriente de mis pesquisas y luego me interrumpió: —¿Cuál es el secreto, Mario?
—Lo hay. Ignoro cuál es. Pero he dado con el hombre que lo guarda y me ha autorizado a negociar con ellos.
—¿Por qué no lo hace él mismo y te exonera a ti de esa responsabilidad?
—Porque teme por su vida aun entregando los documentos. Quiere seguir en el anonimato, vive bajo una identidad falsa que compró en Eslovenia.
—Esa genialidad, Mario, es peligrosa. Te puede salir bien, desde luego.
Tú les devuelves a ellos sus documentos y ellos os dejan en paz.
Mejor dicho, te dejan en paz. Porque para ellos tú vas a ser el hombre que los custodia.
—Un silencio sepulcral se instauró en la línea—.
¿Eres consciente del riesgo que corres? —Callé.
Era consciente del riesgo y de que carecía de un plan para paliarlo—.
Ahora mismo, Mario, no se me ocurre cómo puedes contactar con esa gente.
Quizá buscando al abad o la abadesa de algún monasterio…
—El de Montecassino no, desde luego. Ese ya me ha tangado —interrumpí.
—No sé de cuál, pero sería una solución.
Entonces recordé. En el diario del hermano Cassinello figuraba que Cinzia era prima de Vincenza Taffarel, la monja que vivió veinte años junto a Juan Pablo I.
Precisamente la que halló su cuerpo. Había pasado ese dato por alto.
Sor Vincenza Taffarel estuvo recluida en un convento hasta los últimos días de su vida.
Nunca más habló con nadie, nunca más se supo de ella, luego podía suponer que aquel convento fue su cárcel, el lugar donde la vigilaban de cerca, exactamente igual que a Cinzia.
Entonces un nombre invadió mi mente: ¡la hermana Alicia!
—¡Mario! —interrumpió Efraín al otro lado del teléfono.
—¡Creo que lo tengo, Efraín! ¡Creo que lo tengo! —De pronto vi la luz al final del túnel.
Aquel mismo día me planté en Barcelona. Apenas eran las nueve de la mañana del día siguiente cuando toqué a la puerta del monasterio de San Pedro de las Puellas.
Una monja me abrió la puerta, me acompañó hasta el despacho de sor Alicia y anunció mi visita.
Enseguida la hermana salió al corredor que daba acceso al despacho.
La monja sí debía de tener el vientre como yo lo imaginaba en mis sueños eróticos.
Además, tenía una sonrisa que aflojaba todas mis defensas al amor.
—¡Buenos días! ¡Me viene usted como anillo al dedo, Mario!
—¿Piensa divorciarse? —pregunté jocoso.
—¡Ni mucho menos! De Dios no se divorcia nadie que lo conozca. —Me acordé de Efraín y estuve por contrariarla, pero no era el caso—. Es que ayer encontramos el dichoso sobre recibido por la hermana Cinzia antes de morir.
—¿Lo ha abierto?
La mujer dudó antes de responder.
—No. Creo que debería mandárselo al hermano Ramón, pero no estoy segura de su grado de afinidad.
Yo sabía que eso no serviría de nada. El hermano mandaría el sobre al apartado de correos de Jerónimo.
Lo recogería algún empleado del colegio y permanecería en su mesa hasta su vuelta, hecho que ahora solo dependía de mí.
Estuve por decirle la verdad. Pero, como decía Máximo Alveroli al hermano Ramón: si lo hacía quizá me vería forzado a matarla.
—Hermana Alicia, ¿quiere usted convencerme de que, con todos los medios disponibles aquí para reconstruir libros y lienzos medievales, no ha abierto el sobre que puede contener la clave del trágico desenlace de Cinzia?
—¡Yo no tengo que resolver nada, Mario! ¡Cinzia no fue asesinada!
Al menos en el sentido legal de la palabra.
Y no. No he abierto el sobre. Pero, si usted insiste, lo abro en su presencia, como usted dice, contamos con medios para que nadie lo note.
De tratarse de un asunto particular, ya veremos qué hacer.
No dije nada, pero supongo que mi cara reflejaba un sí inconfundible.
La hermana Alicia sacó el sobre con remitente francés de un cajón de su mesa.
Se levantó y me pidió que la siguiera. Caminamos durante unos minutos por unos largos corredores arcados que daban al patio interior y luego entramos en un laboratorio.
Transcurridos cinco minutos, el sobre estaba abierto por el medio más tradicional de hacerlo sin dejar rastro: calentando con vapor la solapa que lo cerraba.
El remitente era un tal Filipo Silvestri, a priori algún familiar de la anciana.
En su interior solo había una pintura de un tamaño intermedio entre el A3 y el A4 con la imagen de una monja.
—¡Sor Vincenza Taffarel! —exclamó la hermana Alicia.
—¿No era esta la mujer que cuidaba al papa Juan Pablo I en Roma?
—Sí, eran primas.
En el interior del sobre había otro más pequeño que iba abierto y que contenía una carta manuscrita.
—¿Sabes italiano, Alicia? —le pregunté. La carta estaba escrita en ese idioma.
La hermana me miró sorprendida por tanta familiaridad. Pero a ella ya le constaba de qué pie cojeaba yo.
Querida prima, te mando el cuadro que me pediste de la prima Vincenza.
Espero que al recibo de la presente te encuentres bien.
Yo vivo mis últimos días. Mis hijos me lo ocultan, pero yo sé que este es el final.
Tanto es así que, seguramente, cuando leas estas letras, ya habré fallecido.
Ya he olvidado hasta tu cara. La última imagen que guardo de ti es del día de tu comunión.
No obstante, nunca te he olvidado. Un abrazo, Cinzia.
Miré a la hermana Alicia a los ojos.
—He de hacerle una pregunta comprometida.
—Me imagino que es importantísima; ha vuelto a hablarme de usted.
—¿Recibiste alguna consigna del Vaticano respecto a la hermana Cinzia?
El rostro de la hermana Alicia se mudó. Había dado en el clavo.
—Ya ha fallecido. Me imagino que si te digo la verdad no la perjudicaré.
—Dímela, por favor. La verdad es el camino de Dios.
—La hermana Cinzia había protagonizado algún numerito en Roma durante su juventud.
No me pregunte qué, sinceramente no lo sé.
Yo me limitaba a informar de quién la visitaba y por qué.
La anterior abadesa había tenido el mismo cometido.
Pero en todos los años que ha estado aquí, solo ese monje benedictino y alguna vez un tal Edmond la han visitado.
No hablaba por teléfono ni se carteaba con nadie.
—¿Y ese sobre que ha recibido?
—Alguna de sus cartas ha debido de pasárseme por alto. Pero ya ve que era algo inofensivo.
—Sí, pero alguien debió de sospechar que no lo era y la mataron.
—Siéntate, Mario —ordenó la monja. Luego se dirigió a la puerta del laboratorio y la cerró con llave—. Lo que te voy a contar no lo repetiré delante de nadie. Pero no quiero que sigas creyendo que esa mujer fue asesinada en mi convento.