CAPÍTULO XXXIII
Dos días después de mi regreso a Barcelona, recibí el resultado del contraste de las huellas.
Aquella misma tarde, sin más dilación, volví a volar desde El Prat a Roma, allí alquilé un coche en el aeropuerto y me trasladé directamente a Anzio.
A la mañana siguiente me presenté en el palacete.
Pulsé el timbre del videoportero que había en la puerta peatonal que daba al paseo de la playa y, al poco, tras encenderse los leds que bordeaban la cámara, sonó la voz de una mujer.
—¿Qué desea?
—Quiero ver al señor Fabricio Silvestri, por favor. Dígale que vengo de Barcelona y es urgente que hable con él. Giovanni le necesita.
—Aquí no vive ningún Fabricio, señor.
—Pues dele el mensaje a quien quiera que sea el señor de la casa.
Las luces del videoportero se apagaron y el sonido que indicaba que el telefonillo había sido colgado también.
Miré a través de las rejas buscando alguna ventana por la que alguien pudiera asomarse para verme.
Nadie lo hizo, o al menos yo no lo vi. Unos minutos después, se volvieron a encender los pequeños focos que había alrededor de la cámara del portal y oí el ruido del interfono al abrirse.
—Dígame su nombre y sitúe algún documento de identidad frente a la cámara.
—Mario Fergó —respondí al tiempo que mostraba mi documento de identidad.
—Le voy a abrir la puerta, entre usted y ciérrela. Después camine por el sendero hasta la puerta que hay al final de este.
Hice todo lo que se me pidió. La puerta no se veía desde la cancela, pero seguro que la había.
Caminé un centenar de metros, la casa estaba más cerca, pero el sendero no iba directo.
No sé bien por qué, aunque puedo suponer que era una medida de seguridad.
Durante el trayecto conté seis cámaras de vigilancia; en cambio, en la valla exterior no había visto ninguna, aunque debía haberlas.
Estaba seguro. Ocultar las cámaras exteriores era un signo evidente de las altas medidas de seguridad que rodeaban la casa.
Claro que eso lo sabía ahora. Llegué a la puerta, donde una mujer vestida con el uniforme de una empresa de seguridad privada me recibió junto al umbral, bajo un pequeño porche.
No iba armada, supongo que para evitar que un intruso pudiera desarmarla, pero imaginé que alguien lo estaría dentro de la casa.
—Saque lo que lleve en los bolsillos, quítese el reloj y deposítelo todo en esa bandeja junto con la mochila y la chaqueta —me dijo señalando una bandeja de plástico blanco que había sobre una mesa en el interior de la casa—, después ponga las manos sobre la cabeza y pase despacio bajo el arco.
—Parece esto el Banco de España —dije. No obstante, obedecí.
La mujer colocó la bandeja con mis cosas sobre la cinta de un escáner; automáticamente esta se puso en marcha tragándose todo lo que había sobre ella.
No había nadie junto a la máquina, lo que me advertía de que al otro lado de la cristalera oscura había alguien visualizando el contenido de los objetos y vigilándome a mí.
El arco no pitó, lo cual demostraba que yo no iba armado.
—Deje todas sus pertenencias en ese armario y sígame.
La mujer abrió una puerta que había al fondo y entramos en la casa.
En el interior no había tanto lujo como se podía suponer.
Caminamos por un pasillo que daba a un patio interior y entramos en un salón pequeño con una gran terraza que se abría a un rincón del jardín oculto a las miradas de los transeúntes que, desde el paseo marítimo, pudieran asomarse a la reja.
Sentado en un sillón estaba el hombre que había visto en el bar.
Me indicó que tomara asiento y luego hizo una señal a la mujer para que abandonara la estancia.
—Dígame qué desea, señor Fergó —me preguntó una vez nos quedamos a solas.
—Sé quién es usted, Fabricio. Conozco buena parte de su historia y sé a qué se deben tantas medidas de seguridad.
—Mi anfitrión no hizo gesto alguno ni intención de contradecirme—.
Soy detective privado en Barcelona y estoy aquí por la desaparición de Giovanni Amador.
—Al pronunciar aquel nombre puse toda mi atención en su rostro esperando cualquier atisbo o señal sobre la reacción que le produjera oírlo.
Nada, ni una mínima mueca se le escapó—.
Ha huido de su lugar de trabajo y ha abandonado a su familia porque alguien le atribuye la tenencia de unos documentos que le hicieron a usted huir de Italia en 1978.
—Bien. ¿Y qué es lo que desea usted?
La pregunta tenía su enjundia. Lo que verdaderamente deseaba era ver y leer los puñeteros documentos, pero la respuesta correcta era pedirle ayuda para encontrar al hombre desaparecido.
—Que me dé alguna pista de dónde está. Algo para que me pueda poner en contacto con él y avisarle de que su mujer, su pareja —rectifiqué— está sufriendo por él, y ayudarlo en todo lo que pueda.
—¿Por qué está usted tan seguro de que yo soy ese Fabricio por el que pregunta?
—Porque tengo el coche que dejó usted en Montecassino, tengo las huellas que dejó usted en él el último día que lo condujo.
Tengo otras huellas de alguien que lo acompañó ese día, que no sé de quién son.
Las suyas las he comparado con las que dejó en un vaso hace dos días en la taberna que frecuenta.
—Vale. No siga —me interrumpió—. Giovanni está a salvo. Dígale a su pareja que está bien y que pronto hará lo posible por traerla a ella junto a él.
—¿Está aquí con usted?
—No. No está aquí. Pero sí en Italia.
Por unos instantes me quedé bloqueado. Su respuesta fue tan rotunda, su aceptación de los hechos tan contundente que me dejó sin palabras.
—¿No está usted cansado de huir, de tantas medidas de seguridad, de tanto esconderse? ¿Tan importantes son esos documentos para que valga la pena esta vida que llevan usted y todos aquellos con quienes ha tenido contacto?
Ahora el que reflexionaba sobre aquella cuestión era Fabricio.
—No he podido contar a nadie el contenido de esos documentos. Nadie lo sabe por mí ni nadie más que yo, de los todavía vivos, los ha visto. Poseerlos no garantiza mi vida y entregárselos a los que los buscan con tanto ahínco, tampoco.
—¿Entregarlos a quién?
—Al servicio secreto del Vaticano.
—Pero ¿qué contienen esos documentos? Si yo lo supiera, quizá podría ayudarlos.
—No va a disponer de tantas oportunidades.
Todo lo que sabe usted de mí es porque ha reconstruido mis pasos, ¿verdad?
… No hace falta que me conteste. En alguno de esos lugares alguien informará a alguien de sus pesquisas y lo seguirán.
Lo secuestrarán y lo torturarán para averiguar todo lo que usted sabe sobre su contenido.
Además, ahora, su visita me pone en peligro de nuevo.
—¿Y por qué me ha recibido?
—Porque, sabiendo lo que sabe, ya constituye un peligro para mí.
—¿Qué sé?
—Mi nombre. Y lo único que puedo hacer por usted y por mí es convencerlo para que nunca salga de aquí o secuestrarlo. Libre es usted un peligro.
Ahora no estaba perplejo. Estaba completamente acojonado. Nadie sabía dónde estaba, solo el registro del hotel, pero no le había dicho a nadie a dónde iba. No era descabellado pensar así.
—¿Qué podemos hacer para solucionar esto? —pregunté con los humos más bajos. De pronto me había dado cuenta de que mi situación no era la más privilegiada.
—Nada. La solución pasa por que usted desaparezca. Voluntariamente o a la fuerza.
—¿Y si yo intentara negociar con el Vaticano para que usted devuelva esos documentos a cambio de dinero y de que todos nos olvidemos de esta pesadilla en la que me he involucrado involuntariamente?
Fabricio meditó mucho la respuesta antes de hablar.
—¿Cree usted que cuenta con alguna posibilidad?
—Puedo intentarlo.
Fabricio se sumió en el silencio. Por su rostro supuse que él también estaba cansado de esa vida.
—¿En qué hotel se hospeda?
—En el Nettuno Park.
—Dentro de tres días, a las doce en punto del mediodía, pasará un coche a recogerlo y traerlo ante mi presencia. Es el tiempo que le concedo para intentarlo.
—Es poco, estoy fuera de mi ámbito.
—Su temeridad nos ha puesto en peligro a todos. De hecho, tras esta inoportuna visita, me veo obligado a ausentarme de aquí. ¿Cuánto cree que voy a tardar en recibir la visita de los secuaces vaticanos?
—A ver… ¿Qué es tan importante para ellos? ¿Por qué han recrudecido ahora la búsqueda con tanta intensidad?
—El Vaticano nunca olvida. La muerte de Cinzia los ha puesto en alerta.
—Sé que Cinzia era su madre y sé que Mancini era el apellido de su padre.
—¿Sabe usted que Cinzia fue asesinada?
Fabricio me miró a los ojos de una forma que parecía compadecerse de mí, y quizá tuviera sentido. Yo quería saber, averiguar, descubrir, pero en ese momento desconocía que, cuanto más ahondaba en aquel caso, más peligro corría.
—Olvide la muerte de Cinzia. Era mi madre, sí. Pero no ha sido asesinada, se lo garantizo.
—¿La vio usted desnucarse?
—Le he dicho que no le dé más vueltas a la muerte de mi madre —cortó con toda su determinación—. Cinzia murió en su cama y en gracia de Dios, como siempre vivió. Deje ese tema aparte —sentenció Fabricio.
—Una cosa más, señor Edmundo —pronuncié aquel nombre sin la seguridad plena de que fuera el suyo actual—. Una curiosidad: ¿por qué mantiene esta quinta el apellido de la familia de su padre si está proscrito por el Vaticano?
—Esta villa está a nombre de Edmund Veselovský, el único nombre que aparece en los registros italianos.
Fabricio Silvestri desapareció en 1978 para no reaparecer jamás.
Diez años después, las autoridades estatales lo dieron oficialmente por fallecido a petición de su tía Cinzia, su único familiar vivo.
Veselovský: el mismo apellido de Jerónimo, el desaparecido al que yo rastreaba.
—¿Es usted oficialmente el padre de Giovanni?
—Oficialmente soy el tío de Jerónimo Veselovský.
—Muchas cosas empezaban a encajar en mi mente.
Jerónimo era el que recibía las cartas del hermano Ramón Rodríguez, y este era quien se las mandaba a Fabricio—.
Cosas de comprar personalidades en el mercado negro en tiempos de guerra —añadió a modo de explicación el señor Veselovský.
Asentí en silencio. Era mi modo de hacerle saber que tenía una idea de lo sucedido.
—¿Entonces fue Edmund Veselovský quien compró el título nobiliario de los Mancini?
—Esa compra está registrada en el Ministerio de Justicia italiano.
—¿Y Giovanni también fue dado por muerto?
—Por desaparecido. En España la legislación sobre desaparecidos es similar a la italiana.