CAPÍTULO XXXII
—Yo no he venido a ver Roma, Mario. He venido para estar contigo y para que tú estés conmigo, para que disfrutemos de nuestra mutua compañía. En realidad, me hubiera dado igual Roma que Barcelona o Madrid. Roma salió a colación de tu trabajo.
—¿Qué me quieres decir con eso?
—Que he preparado una maleta con ropa poco práctica para la ajetreada gira turística que me has preparado.
He traído varios vestidos de noche, faldas para la tarde, zapatos de tacón…
No puedo andar con eso. Tampoco esperaba que viniéramos a este apartamento.
Sé que te habrá costado un huevo, y sé que lo has hecho por mí.
Pero yo hubiera preferido cualquier hotel céntrico con todos los servicios.
No dije nada, pero era evidente que no nos habíamos entendido.
—Yo también quería compartir el tiempo contigo, Mariona. Fotografiarnos juntos en los rincones más simbólicos de esta bella ciudad, alquilar una Vespa y recorrer con ella las calles y los barrios…
—Sí, como Audrey Hepburn y Gregory Peck.
—Solo quería agasajarte. Si cogí un apartamento no fue por rácano. Mi intención era convivir unos días contigo frente a la Fontana de Trevi. Despertarme entre tus brazos oyendo el rumor de sus chorros. Me ha costado un buen pico, pero es mi forma de reconquistarte y no he acertado, lo siento.
Los reproches no pasaron de ahí y acabamos llegando a un consenso en el planteamiento del viaje. Como era de prever, me tocó a mí ceder, pero… es lo que hay. Ella tenía razón.
—Ayer estuvimos todo el día andando de un lado a otro, no se te ocurrió tomar un taxi, ni siquiera te fijaste en los zapatos que llevaba, Mario. ¡Mira cómo tengo los pies esta mañana! —Miré hacia el suelo y vi que los tenía hinchados como botas—. Yo no puedo seguir hoy con ese ritmo.
Le pedí disculpas, bajé a una farmacia, le compré una crema para los pies y le subí unos churros con chocolate.
No habría foto en el Coliseo, en aquel viaje por lo menos, pero sí hubo conversaciones, miradas, confesiones y sexo.
Ya no recordaba cómo sienta el sexo tras una reconciliación.
El domingo dormimos hasta bien entrada la mañana.
Nos vestimos de acuerdo con los gustos de Mariona, que estrenaba todo lo que iba en la maleta.
Fuimos en un taxi hasta la piazza Navona y comimos allí.
Después tomamos un capuchino y un helado en la piazza del Popolo.
Me hacía gracia el nombre de la plaza y bromeé con él un par de veces, pues al traducirlo al castellano el nombre perdía parte de su encanto: ‘plaza del Pueblo’.
Aquella misma noche volvimos a Barcelona.
Entre mis errores, otro se hacía patente en las últimas horas del viaje: yo había cogido el último avión por apurar el tiempo a su lado, y no caí en la cuenta de que ella se vería obligada a conducir de noche y cansada hasta Puigcerdà.
Me remordía la conciencia y la invité a pasar la noche en mi casa.
Verdaderamente no había problema en ello.
Pero había dejado al niño con su primo Paul y no quería que asumiera la responsabilidad de llevarlo al colegio al día siguiente.
Insistí en que se quedara, ella sopesó los pros y los contras y se decidió a pedírselo.
Desde el coche, de vuelta a la ciudad tras aterrizar en El Prat, lo llamó.
Paul no puso ninguna objeción. Aprovechamos la llamada y hablamos con nuestro hijo, que no estaba tan contento como el fin de semana anterior, y no precisamente por la ausencia de sus padres, sino porque habían empatado y otro equipo de la liga se les había puesto por delante.
No era la primera vez que Mariona visitaba mi apartamento, pero en ninguna de las anteriores se había quedado a dormir. Siempre que había estado allí, había sido para dejar y recoger al niño mientras aprovechaba para hacer compras en las grandes superficies comerciales de la ciudad.
El enfado de dos noches atrás quedó en el olvido; la pasión, también.
El sueño pudo con nosotros antes incluso de apagar la luz.
Había sido un fin de semana reconfortante.
Tuve la sensación de que una nueva etapa daba inicio en nuestras vidas y, sinceramente, creo que ella también lo sintió.
Los dos habíamos pasado la cincuentena, yo me aproximaba a los sesenta, la soledad era cada vez más insidiosa para ambos.
Reconciliarnos era una sabia y sana manera de afrontar el futuro.
—He hablado con el niño sobre nuestra conversación del último día en la Cerdaña —dijo Mariona durante el desayuno en el bar de abajo, porque yo carecía de lo mínimo para tomarlo en mi casa.
Ya no recordaba cuál había sido la conversación. Pero no se lo dije porque supuse que me iba a enterar sin preguntar.
—No le disgusta la posibilidad de venirse a vivir aquí el año próximo.
—¿Estás segura?
—Sí. Ir a un instituto en Barcelona le hace ilusión.
—Habremos de procurarnos un apartamento más grande para los tres —dije aquello para constatar que ella también se venía.
Mariona me interpretó perfectamente.
—¿De verdad deseas que vivamos los tres juntos, Mario?
—Estoy dispuesto a intentarlo. En alguna ocasión he estado tentado de comprar una casita en la playa cerca de Barcelona: Montgat, El Masnou, Premià de Mar; no más lejos.
Son sitios donde aún se puede vivir tranquilo sin renunciar a los servicios y las posibilidades de la capital; lugares donde la calidad de vida es mejor que aquí.
—Desde luego este barrio no me gusta para el niño —aseguró.
No le faltaba la razón, aunque a mí el barrio me encantaba. Creo que ya lo he dicho antes. Pero quizá no fuera el mejor para un adolescente.