CAPÍTULO XXXI
El extraño
De repente, al volante de mi coche, lo vi claro: lo que la Santa Alianza buscaba con tanto ahínco era esa autopsia, y era muy lógico pensar que Luca Mancini se la entregara a su hijo, o más bien se la mandara a Barcelona.
Pero… ¿por qué sabía Mancini que su hijo estaba allí?
«Él mismo se lo recomendó», me contesté.
El propio Mancini fue quien lo ayudó a llegar a Barcelona a través de Cassinello. De golpe y porrazo todo encajaba.
Llegué a media mañana con ganas de descansar.
Había pasado buena parte de la noche en el monasterio de Montecassino leyendo los últimos días del abad Cassinello en la tierra y pensando en la jugada fraudulenta que me había hecho el hermano Donatello.
Aunque a medida que avanzaba el día me fui convenciendo de que había hecho una buena compra.
En una calle de Anzio me detuve a tomar otro café, aunque una vez en el interior del establecimiento cambié de idea y pedí una cerveza y un trozo de pizza de atún y cebolla que se me metió por los ojos apenas llegué a la barra.
Después de tomar dos porciones acompañadas por sendas cervezas, mientras degustaba un café capuchino, recurrí a mi tableta por enésima vez, busqué un hotel en Nettuno, una localidad cercana y más turística, que estuviera mirando al mar.
Me apetecía verlo: vivo en Barcelona y es algo a lo que uno se acostumbra, como el recodo al camino, que cantara Serrat.
Con la habitación reservada, volví al coche, metí el nombre del hotel en el navegador del Range Rover que había alquilado en Fiumicino y muy inteligentemente me llevó hasta él.
Apenas salí de Anzio, me encontré con un muro de piedra de casi dos metros de alto coronado por una vistosa reja de hierro galvanizado.
La construcción me acompañó durante unos centenares de metros, dentro había un bosque frondoso de eucaliptos y sobre ellos asomaba el tejado rojizo de una torre que adiviné de estilo mediterráneo, ya que no la podía ver entera.
Primero pensé que podía tratarse de una instalación militar, después que era un hotel, pero no lo averigüé hasta un buen rato después.
La heredad, fuese lo que fuese, tenía una puerta de hierro de dos hojas sujetas a ambos pilares de piedra y sobre esta se erigía un arco metálico que las unía y del que pendían unas letras de hierro forjado: «Villa Mancini».
Al leerlo, el estómago me dio un vuelco.
Detuve el coche unos metros más adelante, en una explanada adyacente a la calzada, y volví andando para comprobar que no me había equivocado.
Aquel era el primer vestigio que hallaba de la existencia de la familia de la que hablaba el diario, pero aquello no era un casón semiabandonado, era un casoplón digno de un rajá.
Mi hotel no quedaba lejos de aquel lugar.
Mi habitación tenía un balcón que daba al oeste y al norte.
Desde él podía ver el mar, Anzio y, por casualidad, Villa Mancini, cuyos árboles llegaban hasta el paseo marítimo.
Desde aquella perspectiva tuve una idea precisa de la auténtica dimensión de la propiedad.
Cené en el restaurante del hotel, aún no era temporada alta y no había casi nadie, hecho que me permitió entablar conversación con la camarera, una atractiva joven de unos veinte años con unos ojos grandes y negros que parecía que te iban a atravesar.
—¿Tú sabes de quién es esa finca que hay junto a la carretera y que llega hasta el mar?
—¿Villa Mancini?
—Sí.
—Es de los Mancini, una vieja familia de aquí cuyos ancestros se remontan hasta la Edad Media.
—¿Y vive alguien ahí?
—Un hombre mayor, pero no sé nada de él.
Nadie sabe nada de él. Cuentan los viejos que eso estuvo a punto de caerse: el último descendiente de la familia que vivió ahí era un médico alcohólico que dejó perder la propiedad hasta el filo de la ruina.
El médico apareció muerto una mañana, unos chavales que entraban ahí a drogarse lo encontraron y la policía clausuró la villa.
Así estuvo por lo menos diez años, hasta que un día una cuadrilla de albañiles, fontaneros, electricistas y pintores entraron en zafarrancho de combate y lo dejaron como usted lo ve ahora.
—¿Cuánto hace de eso?
—No lo sé. Mi padre era pequeño y ya tiene cincuenta años. Hará más de cuarenta años.
Ese podía ser Mancini. Su muerte pudo ser obra de la Santa Alianza, que lo persiguiera hasta encontrarlo.
También pudo robar las joyas que hubiera en la habitación del papa y, ¿por qué no?
, documentos. Después de cenar unos raviolis que estaban de miedo, salí al paseo marítimo con la intención de tomar una copa y de llegar andando hasta el palacete.
La casona estaba más cerca del mar que de la carretera, incluso tenía ventanas y balcones abiertos al oeste desde los que se podía ver el Mediterráneo.
Los muros exteriores eran blancos; los balcones, azules; las barandas, de hierro forjado, y disponía de un alumbrado exterior amarillento que inducía a saltar la reja y pasear por un sendero que se perdía entre los árboles.
De una entreabierta ventana del primer piso salía un trozo de visillo mecido por el viento e iluminado por un rayo de luz cálida.
No me pareció que procediera de una lámpara muy grande colgada del techo, más bien un pequeño aplique sujeto a la pared o apoyado en el suelo.
Entre los pliegues del visillo imaginé a un hombre sentado en un sillón orejero, con un buen wiski en una mesita auxiliar y un libro en la mano del que disfrutaba arrullado por el rumor del mar y los acordes de la sinfonía número 40 de Mozart.
Como deseo no confesado, tal vez lo que yo quería era verme algún día en un lugar similar.
De vuelta al hotel, entré en un viejo café de aspecto marinero.
El hombre que lo atendía rondaba los sesenta años y exhibía una espesa barba tan canosa como el poco cabello que le quedaba.
El local estaba completamente vacío, pero el hombre estaba allí.
Me senté en un taburete de la barra y pedí una copa de Macallan de doce años sin hielo.
No es mi marca habitual, pero vi la botella abierta sobre un estante y no me molesté en pedir otra.
En aquel bar, con el wiski en la mano y contemplando la hermosa vista de la impresionante bahía, me dio por pensar en lo solo que estaba.
No tenía a nadie con quién compartir un momento como aquel y eso, a veces, es una desventaja.
Luego me dio por imaginar qué pensaría el camarero de mí al verme solo y de viaje en un lugar tan turístico como aquel.
Sabría que era un viajero por mi idioma.
Al volverme hacia el interior, vi mi imagen reflejada en un espejo de pared situado sobre el aparador, al otro lado de la barra, y me quedé un buen rato mirándome.
«Estoy viejo —pensé—. Bien cuidado y sano, sí.
Pero avejentado». Era un problema porque me gustan a rabiar las mujeres, pero me había convertido en invisible para ellas, quizá alguna de mi edad…
Y no es que las de mi edad no me gustaran.
A decir verdad, me gustan todas sin excepción, pero empezaba a adivinar que, de no mediar el dinero, ya nunca sentiría el tacto de la piel tersa del abdomen, casi diminuto, de una mujer joven bajo mis manos.
La imagen de la hermana Alicia invadió mi mente de pronto y entonces también imaginé sus pechos, su sexo, sus muslos.
Tenía que aprender a decirle adiós a todo eso, renunciar, o me volvería un viejo verde, y eso era aún peor.
Bebí un sorbo que me supo a gloria, miré de nuevo hacia el mar y me dije por lo bajini: «¿Qué hay de malo en comprar el cuerpo de una mujer cuando lo único que te mueve es disfrutarlo sin hacerle daño?
No veo nada detestable en ello». Lo sórdido de aquel pensamiento me vino a la cabeza después, cuando pensé en las chicas.
Las prostitutas, con las que he tenido que tratar muchas veces por mi trabajo, siempre habían despertado en mí un sentimiento paternal.
Al verlas tan jóvenes y sanas siempre me preguntaba: «¿Qué tiene que pasar por sus cabezas al meterse bajo el cuerpo de un hombre, en ocasiones de mucha más edad, incluso enfermo, sucio, violento, obeso o borracho y mantener una relación tan íntima con él como es el coito?
». No pude apartar aquel pensamiento de otro que me exasperaba más: las mujeres explotadas, las víctimas de mafias que traían de Europa del Este engañadas y luego, tras despojarlas de sus documentos y sus ahorros violentamente, las drogaban, las violaban y las obligaban a prostituirse.
Si mi primer pensamiento había sido mísero, el segundo fue aterrador.
Solo de pensar que yo pudiera participar en esa tragedia se me erizaban los vellos de todo el cuerpo.
Me volví otra vez hacia el espejo, contemplé mi imagen y abominé de aquel pensamiento.
Después miré al camarero y lo sorprendí observándome.
Por un instante hasta pensé que había adivinado mis pensamientos.
—¿Esa finca grande que hay junto a la playa de quién es? —pregunté a tontas y a locas.
—Es de la familia Mancini. Una vieja familia de Anzio.
—¿Sigue siendo de ellos?
—No creo. En los años ochenta el conde vino a menos, era un drogadicto y un gandul que no había hecho más que vivir del cuento desde que regresó de América.
Vendió todo eso por muy poco dinero a un desconocido.
Después se lo gastó todo en putas, alcohol y drogas, y al poco tiempo hallaron su cuerpo en el baño de una gasolinera con una jeringuilla clavada en el brazo.
—¿De América?
—Sí. Había nacido allí.
Era evidente que el hombre hablaba del hijo de Ornella Marinetti, que en realidad no era Mancini de sangre, pero sí de apellido y era quien poseía el título. El diario de Cassinello estaba dando más de sí de lo que esperaba.
—¿Quién vive ahora ahí?
—Un hombre solitario.
—¿Lo ha visto alguna vez?
—Sí. No es mi mejor cliente, pero viene de vez en cuando y toma un vaso de ese mismo wiski que está bebiendo usted, mira a la bahía y luego se marcha tan silencioso como ha venido.
—Le alabo el gusto.
—Sí. La verdad es que abro las botellas solo para él. Es caro y no lo suelen pedir.
—¿Y bebe mucho?
—En su casa no lo sé. Aquí su botella no suele durar más de una semana.
Coincidiendo con aquellas palabras, entró por la puerta un hombre de unos setenta y pico años.
Era delgado, estaba calvo y se protegía la cabeza con un sobrero de fieltro negro; llevaba una bufanda de cuadros alrededor del cuello y un chaquetón confeccionado con cordura, un tejido que yo utilizaba a menudo en parcas.
Se sentó en una mesa mirando hacia el mar y pidió un wiski.
Antes de servírselo, el camarero se acercó a mí y me susurro al oído:
—Es él.
Lo observé atentamente, pero de poco me sirvió.
No conocía a ninguna de las personas que investigaba, solo contaba con una fotografía de Jerónimo, el hombre desaparecido, y evidentemente no era él.
Bebí lentamente permitiendo que el conde acabara su consumición.
Cuando esto sucedió, se levantó, pidió la cuenta en la barra y se marchó.
El vaso quedó sobre la mesa. El camarero iba a ir a recogerlo, entonces lo llamé.
Miré mi reloj haciéndole creer que tenía prisa y le pregunté si podría hacerme un bocadillo para llevar.
—¿De qué lo quiere?
—¿Puede ser de anchoas, queso fresco y tomate?
El camarero asintió, levantó el pulgar de la mano derecha como queriendo alabarme por mi buen gusto y se perdió en la cocina por una puerta que se abría detrás de la barra.
Entonces me levanté, tomé de detrás de la barra un vaso idéntico al que había sobre la mesa, le eché los restos de bebida que quedaba en el mío, me lo bebí de un trago, lo llevé a la mesa y lo sustituí por el que había dejado aquel hombre.
Guardé aquel vaso debajo de la barra, oculto a la vista del camarero y, cuando este volvió con el bocadillo envuelto en papel de aluminio, pedí que me sirviera otro —lo hice señalando mi vaso vacío— y una bolsa de plástico.
El camarero entró en la cocina de nuevo y me trajo una bolsa, después me sirvió la copa, momento que aproveché para guardar el vaso en ella y meterlo, junto al bocadillo, en la mochila que siempre me acompaña.
Después el camarero recogió el vaso que supuestamente había dejado el conde, lo lavó y lo dejó sobre un estante.
Me bebí la segunda copa con deleite. Dejé una buena propina con la que el camarero compensara el robo del vaso, si es que alguna vez se daba cuenta, y volví al hotel.
Aquella misma noche extraje del vidrio las huellas dactilares que el misterioso habitante del palacete de los Mancini había dejado.
Antes de dormir, llamé a Mariona para confirmarle que tendría el fin de semana libre para viajar a Roma de nuevo con ella, y que además podríamos volar juntos desde Barcelona, ya que yo volvía al día siguiente.
Mariona no tenía un vientre prieto ni unos pechos turgentes, pero se conservaba bien y era culta, agradable y guapa.
¿Qué más le podía yo pedir a la vida a las puertas de la vejez?
No le expliqué a ella por qué volvía, pero el motivo era que quería llevar personalmente las huellas a un amigo de la Policía Nacional para que averiguaran algo sobre ellas, si es que era posible, y compararlas con las que había extraído del coche.
También hablé un rato con mi hijo, que todavía estaba despierto.
Me contó todo lo que había hecho durante el día, cómo le iba en el colegio, qué libro estaba leyendo y después quiso saber si nos veríamos cuando regresáramos de Roma su madre y yo.
Le garanticé que sí. Luego me pidió que fuera en la moto.
Le encantaba montar en moto. Pero le dije que le daría una sorpresa.
Si Jordi terminaba el Alfa Romeo en la semana y pico que quedaba aún, iría a la Cerdaña con ese coche.