El informe Mancini CAPÍTULO XXX #3
85%

CAPÍTULO XXX #3

—¿El enviado? —terció antes de que yo terminara de decir «la mano de Dios».

—Digámoslo así.

—No lo creo. Verdaderamente no lo sé, pero no lo creo. Pero de lo que estoy seguro es de que está implicado en los hechos.

—Explíqueme eso.

—Es fácil, Mario. Si él no fue el asesino, y yo creo que no lo fue por mucho que la Santa Alianza lo pregone por ahí, sí que sabe quién fue.

—Y revelarlo sería el fin de la Iglesia.

—No. Sería un escándalo que debilitaría mucho su poder ahora que la imagen de la institución está tan deteriorada por varias razones: los curas pederastas, un papa emérito pronazi y el actual comunista.

Me llevé el vaso a la boca mientras reflexionaba sobre el trasfondo de aquellas palabras. Era evidente que, aun siendo un tema antiguo, era escabroso y los poderes facticos vaticanos había decidido cerrarlo de una vez para siempre.

—¿Y el papa actual sigue con la tradición capitalista?

—El papa Francisco se ha propuesto acabar con ese lado oscuro de la Iglesia y pregona a los cuatro vientos que la institución debe ser pobre, ejemplar y comprometida socialmente. Pero ha comprendido la situación. Podríamos decir que sabe que el horno no está ahora para bollos.

—¿Es posible que esté cerrando casos abiertos? Me refiero…

—Sé a lo que se refiere, y sí. Es muy posible que lo esté haciendo. La paidofilia, la venta de bebés en los conventos y el pasado nazi de Ratzinger ya son frentes con la entidad suficiente como para evitar que se abra otro.

—¿Qué estructura tiene la Santa Alianza?

—No tiene una estructura definida. Cada párroco de cada parroquia, cada fraile o monja de cada convento es un agente de campo que capta información sobre todo lo que sucede a su alrededor.

Toda esa información se filtra en los obispados a través de las estaciones allí ubicadas y se manda al Vaticano, donde vuelve a pasar otro filtro y un posterior análisis.

Si surge algo que merece la pena, entonces se comisionan agentes de la estación para que investiguen y, si es muy delicado, pues va alguien del Vaticano…

—¿Y qué información es la que le puede interesar al Vaticano?

—¡Vaya pregunta! Todo: cualquier cosa que le pueda servir o le pueda hacer daño. La mayor parte de las cosas que llegan a las estaciones en los obispados son cotilleos; la información de las nunciaturas ya es otra cosa… Pero en cualquier sitio puede saltar un dato importante.

Aquella noche, antes de quedarme dormido, le eché un vistazo al diario del padre Cassinello.

Mi primera impresión fue que el abad de Montecassino me había tangado.

Es cierto que me sirvió para poner orden en los actores de aquel caso.

Hablaba de Fabricio; de su madre, la hermana Cinzia, que hasta aquellos días había tenido por tía, y del padre de este, Luca Mancini, que había sido médico y había estado vinculado a la Mafia buena parte de su vida, que vivía en un caserón abandonado de Anzio y que fue él, el médico, quien había descubierto algo en Roma de lo que no podía hablar con nadie, aunque era consciente de los peligros a los que se exponían él, su hijo Fabricio y Cinzia.

Anzio no estaba tan lejos, en la costa, a menos de sesenta kilómetros de Roma, gozaba de una hermosa bahía, punto de salida de trasbordadores e hidroplanos hacia las islas Pontinas, Palmarola y Ventotene.

Además, me pillaba de camino a Roma, así que decidí visitarlo, quizá allí podía encontrar algún dato más del médico.

De camino, mientras conducía en silencio, mi mente consiguió ordenar algunas ideas.

En Subiaco me habían dicho que Fabricio recibió la madrugada del 28 de septiembre de 1978 una llamada urgente de su tía Cinzia.

O sea, que en ese momento él no debía de saber que aquella monja era su madre.

O lo sabía y lo ocultaba, cualquiera sabe.

Tenía lógica. La llamada lo requería inmediatamente en Roma, o al menos eso fue lo que dijo a sus compañeros de seminario y, según el diario de Cassinello, Luca Mancini conoció a su hijo aquella misma madrugada, la del fallecimiento de Juan Pablo I.

O sea, que todos estaban en Roma: Cinzia, Mancini, Fabricio, sor Vincenza Taffarel.

¿Pero por qué? Una teoría que cada vez cobraba más fuerza en mis reflexiones era que Vincenza, tras hallar el cadáver —ya estaba claro que ella tenía acceso libre a las habitaciones del papa—, quiso que alguien le practicara la autopsia.

¿Pero quién? El médico personal de Albino no se hallaba en Roma, y no se fiaba de ninguno de los que hubiera de guardia en el Vaticano.

Sin embargo, sabía que el antiguo novio de su prima era médico.

No era descabellado pensar que Taffarel presionara a su prima para traer al médico desde Anzio, y que su única posibilidad para no dejar rastro era que Fabricio fuera a por él y lo llevara a Roma.

Si había ocurrido así, era lógico que luego el médico quisiera saber de su hijo.

En ese caso, solo había una conclusión: Mancini había realizado una autopsia secreta al cuerpo del papa y alguien lo descubrió.