CAPÍTULO XXX #2
—Es mucho. Está todo y es original, sí. Pero tengo que llevármelo a Barcelona y revisarlo entero.
Ese motor lleva decenios sin arrancar, habrá que sustituirle muchas piezas: manguitos, poleas, ruedas, depósito…
Luego me costará trabajo ponerlo a mi nombre, dado que ni usted ni el monasterio son los titulares del vehículo. No puedo darle más de quince mil.
El hermano Donatello no había pensado en el trámite legal.
—¿Lleva usted tanto dinero encima?
—No. Pero puedo hacerle una trasferencia desde mi cuenta por el pago de un hospedaje de varios días ahora mismo.
El abad no necesitó pensárselo mucho para aceptar.
Cuando salí del despacho con el negocio cerrado, busqué en Google una grúa cercana. Llamé al teléfono de contacto y en menos de una hora llegó al monasterio.
—Quiero llevar el coche a Barcelona —le expliqué al gruista tal y como antes había hecho con una joven que se había puesto al teléfono—. Debe viajar cubierto y allí se lo entrega a Daniel, un mecánico de mi confianza.
Cerramos el acuerdo en dos mil doscientos euros y el coche partió aquella misma tarde hacia España.
Durante la cena, cortesía de los hermanos benedictinos, pregunté sobre aquella visita de Fabricio en el año 78 del siglo pasado.
Nadie sabía mucho del asunto, pero el que menos hablaba era el abad.
Todos coincidían en que los sucesos que habían acabado con la vida del hermano Cassinello, solo unos días después de su marcha, habían sido consecuencia de la ayuda que le había prestado.
Ninguno dudaba de que una cosa estaba relacionada con la otra.
Después de los postres, el hermano Donatello me invitó de nuevo a su despacho.
Para sorpresa mía, el abad sacó una botella de Chivas Regal veinticinco años, me preguntó si lo acompañaba y acepté encantado. ¿Cómo despreciarlo?
—¿Está usted dispuesto a hacer otra inversión en el caso? —me preguntó tras servir dos generosos vasos.
—Hermano, el coche es para mí. Pero no puedo invertir dinero en el caso, trabajo sobre presupuesto.
—¿Qué pagaría por el diario autógrafo que el hermano Cassinello llevó hasta el último día de su vida?
La proposición me dejó completamente sorprendido, tanto que el fraile adivinó que me interesaba.
Nunca he sido un buen jugador de póker, lo cual, en momentos como aquel, echaba de menos.
El testimonio de uno de los actores más importantes de aquel caso, el hombre que había ocultado a Fabricio y facilitó su huida a Barcelona, podía ser el eslabón fundamental para solucionar el caso.
—¿Cuánto quiere por él?
—Cinco mil euros, pero esta vez en metálico. Contantes y sonantes de verdad.
—No llevo tanto dinero encima, hermano. Pero podemos hacer una transacción que simule una compra de algún objeto histórico que usted me pueda vender.
—Ese dinero no es para el monasterio —dijo clavándome una mirada con un brillo tan especial que me hizo sentir un escalofrío.
—Llevo una tarjeta de prepago que puedo recargar con ese dinero, se la doy a usted junto con la clave de uso y saca usted el dinero poco a poco en distintos cajeros automáticos.
Donatello meditó durante unos instantes la respuesta.
—Si me engaña usted, no podrá vivir tranquilo el resto de su vida.
Era una amenaza en toda regla, pero no me preocupaba: yo no tenía ningún interés en incumplir mi promesa.
Le tendí la mano. Saqué el móvil, hice el recargo por los cinco mil euros que me pedía y le pregunté qué clave le ponía a la tarjeta.
Puse ante sus ojos la que él me dijo y luego saqué la cartera, extraje la tarjeta en cuestión y se la di.
—Yo iré comprobando el saldo de la tarjeta. Cuando llegue a cero, la anularé.
El hermano Donatello practicó el voto de silencio. Se levantó, se dirigió a un armario que había al lado de su escritorio, abrió una de las puertas, sacó unos libros y abrió una caja fuerte con clave. Del interior sacó un cuaderno con pastas de vinilo y me lo tendió.
Lo abrí por el principio, el diario empezaba el 6 de agosto de 1978 y terminaba el día 12 de octubre del mismo año.
—¿Y los anteriores?
—Había más de cien. No sé en qué fecha empezaría, pero se los llevó la Santa Alianza. Este no lo encontraron porque estaba en esa caja fuerte que ha visto. Yo lo descubrí al hacerme cargo y lo he guardado como oro en paño.
Hombres como aquel no era raro encontrarlos, son personajes solitarios, mercenarios que no se casan con nadie hasta que se les paga.
Pero no se involucran en nada. Me hubiera gustado odiarlo, pero me resultaba imposible, aunque encontraba despreciable que lo hiciera disfrazado con el hábito religioso.
—¿Qué sabe usted de la Santa Alianza? —pregunté.
El fraile se echó a reír. A continuación dejó caer: —Que no existe —dijo riendo a mandíbula batiente mientras yo lo miraba sin secundar su gracia—. Aunque hace cinco siglos que se le conoce con ese nombre.
Rellenó nuestros vasos y, más calmado, aunque sin poder esconder su euforia por el negocio que acababa de cerrar, añadió: —El Vaticano es el país más pequeño del mundo, pero créame si le digo que es uno de los más poderosos del orbe y que ese servicio le es completamente necesario.
El hecho de que la Iglesia católica sea una institución sagrada no la exime de tener sus partes oscuras: capitales en paraísos fiscales, dinero negro, espías y corrupciones.
En ese sentido, el Vaticano es como cualquier otro país, ni es mejor ni peor por eso.
—¿Y sigue activo?
—Nunca ha dejado de estarlo. Bajo el paraguas de las buenas obras, el Vaticano ha cometido las mayores atrocidades: extorsiones; negocios…
, algunas veces legales y otras no tanto; asesinatos; amenazas…
Y para ello no le quepa duda de que se necesita un servicio secreto cuya efectividad ha de ser proporcional al poder del Estado que lo sustenta.
—¿Y nadie ha erradicado esa conducta?
—Alguno lo ha intentado, pero, de haberlo conseguido, el poder de la Iglesia en el mundo se habría extinguido.
—¿Juan Pablo I lo intentó?
—No solo lo intentó, estuvo a punto de conseguirlo, pero un infarto fulminante se lo llevó por delante, gracias a Dios.
—¿Gracias a Dios? —pregunté estupefacto.
—¿Usted conoce a algún empresario que decida que ya tiene todo el dinero del mundo y no quiera más?
El crecimiento económico es una obligación de cualquier empresa, Estado, fundación, familia…
Cualquier organismo, si no quiere quebrar, tiene que crecer.
La estabilidad es el principio del fin porque los demás van a seguir moviéndose.
Es una regla de la naturaleza. Observe los planetas, las galaxias…
Todo es movimiento, la vida es movimiento y, cuando este se desacelera, viene la muerte.
Albino Luciani era un buen hombre, muy inteligente, pero un idealista, y los idealistas no sirven para dirigir nada.
Nunca lo entendió, nunca aceptó que parar aquella maquinaria de hacer dinero que era el Vaticano hasta su llegada era el fin del catolicismo, que hubiera sido más escandaloso quebrar que sacar a la luz todos los asuntos ocultos, por eso el sistema lo arrolló.
—¿Quiere usted decir que Dios tuvo algún tipo de ayuda en la tierra para acabar con la catástrofe que se avecinaba?
—La casualidad existe, señor Fergó, la casualidad existe, pero no es bueno confiar en ella.
—¿Fabricio pudo ser la…?