El informe Mancini CAPÍTULO XXX
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CAPÍTULO XXX

Coches deportivos, diarios y negocio El nombre del monasterio al que me dirigía solo me sonaba por haberlo oído en películas de Hollywood de los años sesenta y setenta ambientadas en la Segunda Guerra Mundial.

Quizá no debería reconocerlo, pero por ellas sabía que allí había tenido lugar una de las batallas más importantes del último conflicto bélico de ámbito mundial.

Me detuve a comer en Ceprano y aproveché la parada para —con ayuda de internet— buscar información del lugar al que iba.

Siempre me ha gustado viajar. Una vez leí una frase de Javier Reverte en la que aseguraba que, cuando los escritores iban a un sitio, viajaban tres veces: la primera, cuando preparaban el viaje; la segunda, cuando iban al lugar, y la tercera, cuando escribían sobre sus experiencias.

Yo no soy escritor, pero hago los viajes exactamente igual.

Y la verdad es que el sabor de boca que me queda después es mucho más gratificante que el del viaje de turismo, de playa o montaña.

La comarca, si es que se le puede llamar así, donde está el monte que da nombre al monasterio se extiende desde Norba y Cora por el norte, hasta los montes Auros y Antium (Anzio) en el sur, y limita con Hernici por el este.

Muy cerca del monasterio están las ruinas de la primitiva ciudad de Cassino, un asentamiento volsco.

—Los volscos fueron una tribu itálica que sentó sus reales en estas montañas, rodeados de lagunas y pantanos naturales —me dijo la chica del bar de la gasolinera donde reposté y tomé un café.

—Pasaron casi inadvertidos para la historia hasta que, trescientos años antes de Cristo, doscientos después del fin de la monarquía romana, fueron invadidos por la República durante su auge expansionista —terció otra de las chicas del mostrador.

—¿Fueron ellos los que construyeron la ciudad fortificada que se ve en la cumbre del monte? —pregunté sin dirigirme expresamente a ninguna de las dos.

—Sí, Cassino, una fortaleza para defenderse de los todopoderosos romanos —terció la primera.

—Pero les ganaron y, tras la derrota, los romanos construyeron sobre sus ruinas un templo al dios Apolo —apuntó la segunda— y después, cuando Constantino I convirtió el Imperio al cristianismo, nos convertimos en diócesis episcopal, pero no teníamos defensas y los bárbaros nos dieron por todos los lados.

—Y muchos siglos después, las tropas napoleónicas lo saquearon de nuevo y se llevaron hasta el último de los tesoros que guardaba.

Ambas chicas se alternaban en contarme la historia de su ciudad como si de activistas turísticas se tratara.

—Ahora, lo que sí le digo es que la abadía es una joya, pero está reconstruida. Durante la batalla de Montecassino, al final ya de la Segunda Guerra Mundial, el edificio entero fue pulverizado por los aliados. Aunque luego fue reconstruido y consagrado de nuevo por Pablo VI.

En el monasterio ya no quedaba casi nadie que recordara la visita de Fabricio, pero todos conocían su historia porque su coche, un Alfa Romeo Spider, aún estaba oculto en una galería subterránea que los agentes vaticanos no habían encontrado durante sus violentos registros.

Nada más saberlo, quise ver el coche no ya por el interés que tenía para mi caso, es que me gustan los coches, y ese modelo concretamente sobre otros.

Un hermano me acompañó hasta él. Era un bello auto de color rojo que se había mantenido intacto bajo una lona de grandes proporciones.

El óxido aún no había aparecido en su carrocería, seguía manteniendo la pintura, el motor y el interior original, pero las ruedas estaban desinfladas.

—¿Nadie lo ha conducido en todos estos años? —pregunté.

—Nadie, tenemos una furgoneta con la que hacemos nuestros recados y solo la conduce el hermano Miguel —me contestó el benedictino.

No suelo mezclar el trabajo con mi vida privada, aunque he de reconocer que en asunto de mujeres soy un desastre.

Me enamoro muy fácilmente, quienes me conocen lo saben.

No es que sea un ligón ni un pervertido, es que verdaderamente me enamoro de ellas.

No es la primera vez que acabo enrollado con alguna de las implicadas en mis casos y, en este, si no fuera porque es monja, ya le habría tirado los tejos a la hermana Alicia, aunque también quería reconducir mi vida con Mariona y andaba con pies de plomo.

Hecha la salvedad del amor, prometo que en lo demás sé deslindar el trabajo de lo particular por respeto al cliente.

Pero aquel coche se me había metido por los ojos tan adentro del mecanismo controlador de los deseos y las compras compulsivas que estaba dispuesto a hacerles una oferta a los hermanos.

Si me lo vendían, aún podía rescatarlo y, con un poco de dinero, devolverlo a la carretera conmigo al volante.

—Nunca nos hemos planteado hacerlo, pero el dinero nos vendría bien —contestó el fraile con un brillo de ilusión en los ojos.

Saqué la tableta con la intención de consultar alguna página de venta de vehículos para ver cuánto se podía ofrecer por él, pero tardó mucho en cargar las páginas y lo dejé por el momento.

—¿Puedo echarle un vistazo a su interior?

—Puede usted mirarlo entero. Y, si le gusta, se lo vendemos.

Era un compromiso tajante, y yo, aun sabiendo de mi adición a las compras compulsivas de determinadas cosas, ya sabía que me lo iba a quedar.

Aunque la realidad era muy otra: no había solicitado permiso para verlo por dentro por el interés de la compra, que también, sino por ver si quedaba algún vestigio del momento de la huida de Fabricio.

Evidentemente, esto no se lo dije al benedictino, el cual había perdido el sentido de la responsabilidad ante un ingreso inesperado.

El interior del coche estaba intacto, el cuentakilómetros marcaba quince mil kilómetros: estaba nuevo en todos los sentidos.

Me hubiera gustado ponerlo en marcha y oír el ronroneo de su motor, pero descarté la idea: aunque la batería no se hubiese descargado, arrancarlo después de tantísimos años parado hubiera sido una locura (todo el aceite estaría en el cártel, por lo que hacer girar el motor seco podía suponer la rotura de un aro del motor o que una válvula quedase pisada y que el embolo chocase con ella y causara una grave avería).

No obstante, de un modo casi instintivo, dirigí la mano a la llave de contacto, que aún estaba puesta en su sitio tal y como Fabricio la había dejado cuarenta y pocos años atrás.

De pronto, un rayo escapado de mi subconsciente me detuvo.

Con toda seguridad, allí me aguardaban las huellas dactilares de Fabricio, estaba seguro de que ningún hermano de aquella época se había subido al coche.

En mi mochila llevaba un equipo de extracción de huellas, pero la presencia del hermano me cortaba un poco, aunque, a decir verdad, no creía que fuera a poner inconveniente alguno.

Me volví hacia él para preguntarle, pero guardé silencio.

Otro hermano bajaba por el camino que daba al portón de madera que tapaba el subterráneo.

Era uno de los hermanos más jóvenes del lugar, aunque con toda seguridad ya habría pasado los cincuenta.

Venía a buscar al fraile. Por lo visto alguien o algún quehacer lo reclamaba en el monasterio.

—Señor Fergó, he de ausentarme, me reclaman. Pero puede seguir usted inspeccionando el automóvil y, si le sigue interesando, estamos dispuestos a recibir una oferta.

Yo asentí y le di las gracias. No sé por qué algunos de estos personajes hablan en plural.

Pero lo hacen. Aunque lo importante era que disponía de un momento perfecto para conseguir huellas dactilares del automóvil.

Saqué de mi inseparable mochila el equipo necesario: una especie de estuche de maquillaje con una brocha de piel de camello, una serie de depósitos con distintas clases de polvos, los cuales debían usarse según el color de la superficie donde se hallaba la huella, y una máquina fotográfica de alta precisión.

Había compañeros que con la del móvil se bastaban.

El mío tenía buena cámara, pero seguía prefiriendo mí Nikon Mirrorless Z6 con el objetivo 24-70 mm y el adaptador de 24.

5 MP, provista de un sensor full-Fotograma - ISO: 100 a 51 200, que además estrenaba en ese caso.

Fotografié todas las partes del vehículo susceptibles de tener huellas: retrovisor, pomo de la palanca de cambios, llaves de contacto, manivela de subida y bajada de los cristales de ambas puertas, tiradores, interior y exterior, hebillas de los cinturones de seguridad, pulsadores de liberación de estos, cierre del techo de lona. Todo.

Acabada la sesión de búsqueda de huellas, recogí todos los cabellos que pude.

No había muchos, pero los había y serían suficientes.

Luego busqué la documentación del coche y fotografié todos los documentos, seguro incluido, y aún me sobró tiempo para consultar las páginas de internet de vehículos clásicos.

Cuando volví al cenobio, el hermano que me había acompañado, que resultó ser el abad, me estaba esperando en su despacho.

—¿Qué? —preguntó con una sonrisa que dejaba traslucir cierta ilusión por vender aquel trasto—. ¿Le gusta?

—¡Mucho! —contesté.

—He estado mirando por internet el precio de esos coches. Tengo que decirle que me ha sorprendido mucho lo bien cotizados que están —me dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

Yo también lo había hecho, pero no se lo dije. Los de ese año, en buen estado, rondaban los cuarenta mil euros. Sin embargo, los más modernos oscilaban entre los cinco mil y los veinte mil.

—¿Cuánto me va a pedir, hermano…? —No recordaba el nombre en ese momento, lo cual no es inusual en mí. ¿Debería preocuparme?

—Donatello —acudió al quite el abad.

—… hermano Donatello? —añadí para finalizar la frase.

—Están bien valorados, pero dado su estado de conservación, aunque el coche se mantiene original, le pido treinta mil euros.