El informe Mancini CAPÍTULO XXIX #4
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CAPÍTULO XXIX #4

Los investigadores debemos ir con cuidado con estas cosas.

En momentos traumáticos, como es el de enterarnos de que un miembro de nuestra comunidad o un amigo próximo ha cometido algún tipo de ilícito, somos proclives a hacer nuestra la teoría del que nos da la primicia.

La unanimidad en el relato de los habitantes del monasterio de Subiaco parecía más el resultado de una estupenda labor de zapa de los agentes de la Guardia Suiza, que los habían persuadido a todos de que aquellos eran los hechos reales, que un testimonio serio.

Además, incluso habiendo sido así, nada de todo aquello podía suponer una amenaza para la existencia de la Iglesia.

Que en un inicio tergiversaran los hechos era explicable.

El Vaticano no hizo públicos los informes oficiales para alejar de la mente de los feligreses la percepción de actos indecorosos entre la monja y el papa.

Era evidente. Si reconocían que una mujer, joven todavía, podía entrar y salir libremente de la habitación de su santidad, un hombre activo sexualmente aún, todas las conjeturas quedarían abiertas y todas muy difíciles de desmontar.

Sin embargo, sus razonamientos me hicieron comprender

algo importante: descubrí que existía un hilo que, si tiraba bien de él, arrojaría luz sobre la verdad, una luz que aún estaba muy lejos de mi alcance.

Solo los miembros de la Guardia Suiza poseían la clave de aquel caso.

La Santa Alianza de la que me había hablado Efraín, quienes, a juzgar por los testimonios orales, habían estado varios días en el monasterio registrándolo todo, no solo las habitaciones de Fabricio, su despacho o los lugares comunes, sí sabían lo que buscaban, y yo tenía ahora la certeza de que eran ellos los que mandaban sicarios en busca de Fabricio.

No me quedaba otra que seguirlo porque lo ideal hubiera sido poder hablar con la hermana Vincenza Taffarel, de la que el Vaticano reconocía, sin rubor alguno, que fue obligada —antes de ser enviada y encerrada de por vida en un convento— a guardar secreto sobre los acontecimientos reales y a dar por cierto la versión de Jean Villot.

Sin embargo, de Cinzia no había escrito ni un solo renglón en ningún lado, su papel debió de ser de secundario, pensé.

O quizá era la clave escondida de toda la trama; la mujer de la que nunca nadie supo nada, pero que fue sometida a las mismas medidas cautelares que la otra.

Las dos habían acabado sus días en monasterios controlados por la Santa Alianza.

El lío en mi cabeza era de aúpa. Al mismo tiempo y con los mismos argumentos, podía explicarme que estas mujeres, a estas alturas de la historia, eran inocuas para la reputación de la Iglesia, o quizá no; Cinzia había sido asesinada.

Aquella mujer no había muerto en su cama.

Bien pudiera ser que se cayera sola y las hermanas que la cuidaban intentaran ocultarlo, o que alguien se hubiera colado en su habitación buscando el dichoso sobre que había recibido unos días antes, ella lo descubriera, o la descubriera, forcejearan, la anciana cayera hacia atrás y se desnucara.

También podía ser que se produjera una negligencia de sus cuidadores y que se les desnucara la vieja; algo que, de haber ocurrido, la hermana Alicia habría tratado de ocultar.

Según la autopsia, a la que había accedido gracias a una filtración del juzgado, en el momento de sufrir el golpe que la mató, ya era un ser en estado terminal debido al cáncer avanzado de hueso que la estaba martirizando.

¿Quién podía estar interesado en matar a, prácticamente, un cadáver?

«No», me contesté descartando esa teoría.

Por otro lado, una voz interior, la mía, no paraba de decirme: «Si alguien había matado al papa y tenían tan claro quién había sido, ¿por qué nunca se dijo?

¿Por qué ocultar durante tantos años un suceso de ese calado por motivos tan prosaicos como el robo?

¿Por qué iniciar ahora una purga contra los actores y no antes?

». Una cosa sí que tenía más clara cada vez: el papa Juan Pablo I, Albino Luciani, como se llamaba hasta que se sentó en el trono de Pedro, fue asesinado.

Y cada vez estaba más convencido de que el móvil guardaba relación con las oscuras finanzas vaticanas y sus ramificaciones en la Camorra.

El único dato que debía averiguar era qué tenían en común un joven profesor de Derecho de un recóndito seminario, una monja y un médico que había aparecido de repente.

¿Cuál era el punto de unión? No estaba en España, y en Italia no tenía contactos a los que recurrir.

Entrar en el Vaticano de soslayo y preguntar por alguien que hubiera conocido siquiera a la monja, la única que salía en todos los buscadores web, era más difícil que acertar una quiniela.

La única solución era reconstruir las andanzas de Fabricio, lo que me obligaba a ir a Montecassino.

Los frailes del eremitorio de Nuestra Señora de la Luz me habían asegurado que el joven llegó a Barcelona desde allí.

Así que no tenía más remedio que hacerles una visita.

Tomé la tableta, abrí Google y busqué la ruta para ir a la abadía de Montecassino. No estaba lejos, podía hacer el viaje aquella misma mañana.