CAPÍTULO XXIX #3
—Un crimen pasional y político a la vez.
—Así fue el comienzo: de novela pero real. Desde entonces hasta hoy, sin solución de continuidad, la Santa Alianza, o Círculo Optogonus, como también se la ha llamado, ha seguido operando.
—¿Solo opera ese servicio?
—¿En el Vaticano?… No, con el tiempo se desgajó y sus facciones utilizaban otros nombres en función de la misión que se les asignara.
También se creó un servicio de contraespionaje con el objetivo de contrarrestar traiciones y operaciones de agentes dobles, el Soladitium Pianum, conocido por acrónimo SP.
Comúnmente estos servicios también han sido llamados de otras formas: La Entidad, Pro-Deo…
Pero sus nombres más usuales son Santa Alianza y SP.
Mantienen contactos con redes de espías de otros países, con entidades bancarias, con organizaciones mafiosas, con entidades masónicas…
No en vano es la red mejor organizada de todas.
Además, no repara en medios ni en gastos ni en personal ni en acciones criminales.
Al pronunciar esta última frase puso un énfasis especial, me miró y me dejó asimilar la información que acababa de recibir.
—¿Es muy grande su red?
—¡Inmensa! Piensa en todos los curas, sacerdotes, monjas, obispos, cardenales…
diseminados por todos los pueblos y ciudades, por las montañas, por las llanuras, por islas, los desiertos y las selvas del mundo.
Ya durante la Segunda Guerra Mundial —prosiguió tras un alto que aprovechó para beber un trago— recabó informes de donde nadie más podía conseguirlos.
Se dice en los foros que en febrero de 1939 Churchill asistió a una comida en casa de un amigo en Londres.
Tras los postres, con las copas, se metieron en una conversación comprometida, al anfitrión se le calentó la boca y le contó al primer ministro que Hitler y Stalin estaban a punto de concluir un acuerdo.
Churchill no hizo caso, tal hecho era impensable, la enemistad existente entre el fascismo y el comunismo era acérrima.
Nadie hubiera dado valor a aquellas palabras.
—Sin embargo, el hecho se produjo. Es un acontecimiento histórico.
—Contra todo pronóstico, se produjo. La sorpresa de Churchill fue tremenda. Aquel mismo día se volvió a entrevistar con su amigo para saber de dónde había sacado la información. La respuesta fue contundente: «Del conde Coudenhove-Kalergi, una fuente del Vaticano».
—¿Quién dirige esos servicios?
—Ese es el secreto mejor guardado de la historia.
Es un ente independiente, dotado de vida propia.
Pero la persona que más influencia ejerce sobre él es el secretario de Estado del Vaticano.
En la época que a ti te interesa, era el cardenal Villot.
También hay un alto cargo de la Guardia Suiza Pontificia.
Su nombre es un misterio, lo apodan «el comandante» porque era el cargo que desempeña desde hace treinta años.
—Ya debe ser mayor.
—Unos setenta años. No, no es tan mayor.
—¿Tú lo conoces?
—Si es quien yo creo, sí. Pero no estoy seguro. Yo conocí a un comandante de aquellos años, pero no sé si será él.
Jamás había oído hablar de aquel pueblo hasta que Ilde y Pedro me lo mencionaron: Subiaco.
Antes de ir leí algo sobre aquel pintoresco pueblecito medieval, cabeza del término municipal del mismo nombre, que cuenta en su haber con menos de diez mil almas y que administrativamente pertenece a la provincia del Lacio.
He de reconocer que las fotografías de Google no le hacen justicia: cuando llegas allí, aún es mejor.
El pueblo y el seminario se hallan enclavados en la ribera del río Aniene, sobre una pared rocosa que parece cortada a cuchillo, aunque su formación se deba al correr de las aguas a lo largo de milenios y milenios.
De hecho, su nombre se debe a ese origen.
En latín subacqua significa ‘debajo del agua’, y ahí es donde se produjo el primer asentamiento humano, sobre los fondos de lo que antaño fuera una gran laguna.
Todo el enclave carece de calles, pero un entramado de escalinatas comunica unas casas con otras.
Los monasterios, porque son varios, se encuentran a la entrada del río, en una boscosa garganta calcárea que es un reclamo turístico para jubilados y chinos.
Llegué allí sobre las once de la mañana y, tras dar una vuelta por los callejones que lo recorren todo, entré en el monasterio, que tiene una entrada habilitada para los coches.
Al igual que en el monasterio de los frailes de la luz en Murcia, allí también había hermanos de cierta edad que recordaban a Fabricio; algunos también habían sido alumnos suyos.
Sin embargo, todos ellos, o casi todos, estaban convencidos de que era un delincuente.
No solo aseguraban que había robado al papa Juan Pablo I unos valiosos documentos —supuse que quizá fueran aquellos que, con tanto ahínco, buscaban los funcionarios vaticanos—, había quien aseguraba que era él el que había matado al santo padre y robado un tesoro en joyas y obras de arte; algo que, según ellos, nunca había sido filtrado a los medios de comunicación por temor al escándalo mundial que la revelación podría causar.
Estaban convencidos de que lo habían asesinado entre su tía, sor Cinzia; el ama de llaves del papa, sor Vicenza Taffarel, y un médico de Anzio llamado Luca Mancini, del que no sabían bien qué relación tenía con todos ellos.
Yo tampoco lo sabía, pero aquella historia no lo contaba todo.
Como toda teoría de la conspiración, contestaba las preguntas que se hacían los artífices de la hipótesis, pero no a las mías: la misteriosa muerte de la hermana Cinzia, por ejemplo, tantísimos años después de los hechos, o el destino de sor Vincenza Taffarel, la asistente de Albino Luciani, que había fallecido de muerte natural en un convento en 1984 y de la que el Vaticano ya admitía abiertamente que fue quien descubrió el cadáver.
No, me dije. Puede que alguien las enclaustrara en esos monasterios, eso sí, pero el que lo hizo, alguien con mucho poder, sabía que las tenía neutralizadas para siempre.
¿Qué necesidad tenía de remover ahora las aguas con aquellas muertes cuarenta y tantos años después?
De haber sido así, la Iglesia lo hubiera pregonado a los cuatro vientos; desde la noche de los tiempos, encontrarse entre las víctimas de los malos siempre es un apoyo popular al que casi nadie se sustrae.
Sin embargo, he de reconocer que casi me convencen.
Era la primera vez durante la investigación que alguien relacionaba todos aquellos nombres de forma coherente y añadía un nuevo dato: en la trama tomaba parte un médico.
De haberme creído todo lo que me contaron, tendría entre mis manos una pista lógica.
Pero una voz interior, la experiencia seguramente, me avisaba de que aquella era la versión de los agentes vaticanos y que ellos habían aceptado.