CAPÍTULO XXIX #2
—Giulio Andreotti era un político italiano que fue presidente del Consejo de Ministros de Italia en siete ocasiones.
—¿Siete?
—Pertenecía a la Democracia Cristiana. Dedicó su vida entera a la política. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta su muerte, ocupó varios cargos.
—Entonces el tema fue gordo.
—¡Y tanto! Clara Calvi llegó a declarar al diario La Stampa de Milán que su marido le había dicho que el verdadero jefe de la logia masónica P2 no era Licio Gelli, sino Giulio Andreotti.
Fue tan fuerte que se abrió una comisión parlamentaria de investigación, con cuarenta diputados, presidida por la democristiana Tina Anselmi, quien incluso se desplazó hasta Washington para interrogarla oficialmente y citarla ante la comisión junto a su hijo Giovanni.
—¿Y ratificó las acusaciones oficialmente?
—Una tras otra. Además, añadió en sede parlamentaria que también Bettino Craxi (líder del Partido Socialista Italiano y a la sazón primer ministro) estaba involucrado.
—¿También?
—Declaró que ella misma se había presentado un día ante él para pedirle que su partido le devolviera al Ambrosiano los tres mil millones de pesetas de la época que le debía.
—¿Y era verdad?
—Sí que lo sería. ¿Por qué no habría de serlo? También le preguntó la presidenta a quién se refería cuando dijo a la prensa que los curas eran los responsables de la muerte de su marido.
—¿Y qué contestó?
—Que a monseñor Paul Marcinkus. La respuesta heló la sangre de los italianos no tanto por su rotundidad, sino por la importancia del personaje a quien apuntaba.
—¡Tenía huevos la tía!
—¿Que si tenía? La apodaron «la viuda de hierro».
A continuación, declaró que, entre Giulio Andreotti y su marido siempre hubo una relación muy estrecha, por eso sabía que el primero se había enfadado muchísimo cuando supo, de boca de su marido, que el Opus Dei se disponía a comprar las acciones del Banco Vaticano al Banco Ambrosiano, y que fue a partir de ese momento cuando su marido empezó a recibir amenazas de muerte.
Fue muy dura con todos. No se salvó ni Giovanni Spadolini, presidente del Partido Republicano y expresidente del Consejo de Ministros.
Lo recuerdo porque fue el primero en la historia republicana que no pertenecía a la Democracia Cristiana.
Según la viuda de Calvi, Spadolini había recibido de su marido, como regalo de Navidad, veinticinco millones de pesetas de la época.
—Pero si todo eso lo declaró en la comisión de investigación, luego habría represalias.
—¡Qué inocente eres, Mario! La mejor manera de ocultar cualquier trapicheo político, por grande que te parezca, es una comisión parlamentaria de investigación.
No sirven para nada, excepto para enmascarar la verdad.
Todos y cada uno de los citados por la viuda del «banquero de Dios» negaron —sin salirse un ápice del guion— las acusaciones.
Una comisión no es una investigación judicial, y esta nunca se produjo.
—¿Y de la logia esa qué fue?
—Cualquiera sabe. Siempre fue ilegal y su estructura estaba diluida entre los cargos vaticanos. Lo cierto es que se vio involucrada en todos los escándalos de Italia. La última hazaña que se le atribuye es la conexión entre Licio Gelli, su gran maestre, y el secuestro y asesinato de Aldo Moro.
—¡No jodas! De ese sí me acuerdo. Lo secuestraron y luego su cuerpo apareció en el maletero de un Renault 4.
—Exacto. Cuando eso ocurrió, él era el presidente de la Democracia Cristiana.
—¿Licio Gelli tenía mucho poder?
—Todo. Giulio Andreotti llegó a declarar en una rueda de prensa que había visto a Juan Domingo Perón arrodillarse ante el todopoderoso masón.
—¡No jodas!
—Lo cierto es que lo dijo para justificar sus relaciones con él mientras era presidente del Gobierno.
Todos los que se vieron envueltos en la tela de araña de P2 arguyen que Gelli, como maestro venerable de la logia, siempre intentó tratar con todas las personas importantes del mundo, tanto del poder político como del financiero, el judicial, el periodístico o el militar.
—Pero ¿lo de su implicación en el tema de Aldo Moro es verdad?
—La primera información al respecto la lanzó Federico Federici, un abogado de Florencia que durante un tiempo fue el brazo derecho de Gelli.
—¿Y sigue vivo?
—Realmente no lo sé. Acabó en la cárcel, en Ginebra, acusado de la muerte de un fascista de Bolonia.
Según él, existía un informe que explicaba sucintamente las implicaciones de Gelli en el caso de Aldo Moro.
Aseguraba que en dicho documento figura una frase de Licio Gelli, del mismo día que apareció el cadáver, que decía: «Hemos liquidado también el asunto Moro».
—¿Solo él acusa a Gelli de ese acto?
—No. Muchos de los diputados de la comisión de investigación de la logia P2 también se refirieron a su implicación.
Así, a bote pronto, recuerdo a Luciano Violante, diputado comunista que aseguró que si no se encontró el lugar donde la Brigadas Rojas tuvieron secuestrado a Aldo Moro tanto tiempo fue porque todos los jefes de los servicios secretos de aquella época pertenecían a la logia.
—No es una idea descabellada.
—No. No lo es. De hecho, durante los cincuenta y cinco días que duró el cautiverio, no se llevó a cabo ni una sola detención en toda Italia.
—¡Joder!
—En algunos de los documentos que escribió durante su cautiverio (digo «algunos» porque no todos aparecieron, lo estoy leyendo textualmente) acusaba directamente a su partido.
Una frase que trascendió de esos escritos decía: «Mi sangre caerá sobre vosotros».
Mira lo que dice aquí: «Su esposa, Eleonora, que nunca perdonó a Giulio Andreotti, a Francesco Cossiga ni a Benigno Zaccagnini, no permitió que se celebrase un funeral de Estado, aunque sí había logrado que el papa Pablo VI escribiera una carta a las Brigadas Rojas rogando la libertad de su esposo».
—Estaban comprados.
—Seguramente todos los jefes de policía pertenecían a la logia.
Mira lo que dice: Aldo Rizzo, diputado de Izquierda Independiente, pidió a la presidenta de la comisión que se investigara en Estados Unidos, ¿quién aconsejó a Moro que cambiara de política y no tendiera la mano a los comunistas?
—Sin levantar la vista del teléfono continuó—: Un periodista, Mino Pecorelli (director de la revista Osservatorio Politico , inspirada por los servicios secretos), misteriosamente asesinado en Roma y de cuya muerte también se acusó a Licio Gelli, publicó en exclusiva varias cartas de Moro durante su prisión.
—¿Se cargaron al periodista?…
—¡Ya lo creo! Esa gente no se paraba en barras, Mario —aclaró levantado la cabeza y mirándome a los ojos.
Después volvió a la lectura—: En unos de sus artículos, el periodista llegó a afirmar que, cualesquiera que fueran los desarrollos últimos de aquel asunto, todo dependería del triángulo establecido por las Brigadas Rojas, el Vaticano y Aldo Moro.
—También tuvo valor sabiendo como se las gastaban.
—Lo tuvo. No te quepa duda —ratificó—. Curiosamente, en ese caso volvió a aparecer el nombre de monseñor Paul Marcinkus.
—El famoso banquero del Vaticano.
—Exacto. La dirección de su apartamento apareció en los documentos incautados a Valerio Morucci y Adriana Farandi, dos miembros de las Brigadas Rojas.
—Pero ¿estaba implicado?
—¡Pues claro! Aunque lo único que se sabe con certeza es que fue el sacerdote Mennini (hijo de Luigi Mennini, uno de los altos jefes seglares del Banco Vaticano y brazo derecho de Marcinkus) quien mantuvo contacto directo con los terroristas que lo tenían secuestrado.
—Dime una cosa, Efraín. Si algo, fuese lo que fuese, pudiera hacer que se tambalearan los cimientos de la Iglesia católica, o alguien con el peso específico suficiente dentro del Vaticano creyera que eso pudiera pasar, ¿quién lo perseguiría?
—Mario, ningún escándalo pasado va a hacer que se tambalee nada. Las cosas tienen valor en su momento. Si te ronda esa inquietud, busca algo de ahora.
—Pero si todas las víctimas son ancianas. Llevan años retirados de todo. Ha de ser algo del momento en que estaban en su sazón. Y esa es la época que yo te digo: finales de los setenta y principios de los ochenta…
Efraín se dispensó el poco vino que quedaba en la botella.
Me miró. Y en sus ojos pude leer una lucha, un debate interno entre dar alas a aquella teoría de la conspiración o dejarla pasar.
Bebió un sorbo de vino y contestó: —Si alguien quisiera tapar un escándalo, de esa época o de otra, sería la Santa Alianza.
—¿La Santa Alianza? ¿No era una estructura militar de la Edad Media?
—Lo era y lo es. Pero ahora son los servicios secretos vaticanos.
Al oír aquello, lo miré atónito. Llamé al camarero y pedí otra botella.
—¿Los servicios secretos vaticanos?
Efraín asintió.
—Háblame de ellos.
Efraín se acomodó en la silla, se acercó a la mesa y recortó distancias conmigo. Yo, por simpatía, lo imité. Si él dio muestras de que lo que iba a decir era secreto y quizá peligroso, yo di muestras de entenderlo así.
—La Santa Alianza, como tú bien has dicho, fue una organización militar fundada en 1566 por el papa Pío V para luchar contra la corriente protestante que nacía en Inglaterra durante el reinado de Isabel I.
Su principal aliada fue María Estuardo, reina de Escocia y aspirante al trono inglés.
Pero antes ideó una maniobra política para atraerla a su causa.
Ten en cuenta que la misión de los agentes secretos es esa.
—El cine les ha hecho mucho daño —confirmó Mario.
—El papa puso al servicio de la Estuardo, en principio como confesor, a David Rizzo, un sacerdote italiano de muy buen ver y mejores artimañas, según lo describen las crónicas, que muy pronto amplió su campo de acción. De confesor pasó a asesor político; y de ahí, a su cama y la política.
—Todo un James Bond de la época.
—Sí, llegó a ser primer ministro, pero fue descubierto por los nobles y acabó sus días muerto a hierro. Entre los conspiradores se encontraba lord Darnley, marido de la reina.