CAPÍTULO XXIX
Drogas, blanqueo de capitales y caída de un banco Todas aquellas muertes, toda aquella persecución, aquel derroche de violencia debía tener un motivo, me decía constantemente, un motivo oculto en algo sucedido en Roma durante los últimos días del papado de Pablo VI, del de Juan Pablo I y el inicio del de Juan Pablo II.
Pero ahora tenía a alguien que podía ayudarme.
Apenas aterricé en Barcelona, llamé a Efraín por teléfono para ofrecerle una cena en un lugar que a ambos nos gustaba desde tiempos lejanos: la Bodega de Rubén, en la calle Robador, en el barrio del Raval.
Es un lugar en el que ya antes de llegar se palpa la idiosincrasia del barrio: prostitutas, magrebíes, universitarios ociosos, cinéfilos perdidos, abuelas con malas pulgas.
Desde siempre me había gustado aquel barrio.
Quizá para educar a un hijo no sea el mejor. Pero para vivir uno solo, yo, lo era.
El establecimiento elegido para la cena es, para mí, algo más que una simple bodega.
Es la síntesis del Raval, un frasco que guarda la esencia del barrio, el último reducto de su acepción más romántica, que se mantiene alejado de las visitas de guiris y en el que puedes tomar tapas y vinos con sabor tradicional sin señoras en bikini ni hombres sudorosos.
Al abrir la puerta, te encuentras dos máquinas tragaperras con sus soniquetes, varios barriles de vino y varias puertas de madera de acceso a un viejo frigorífico. Un cartel avisa: «De orden de la superioridad, queda prohibido cantar y el consumo y trapicheo de drogas».
El suelo es de baldosa de tono grisáceo, aunque quizá su color original fuera otro. Desde sus ventanas se ve el moderno y luminoso edificio de la Filmoteca mientras las cañas patinan por la barra de madera.
Una cosa: huele a pescado frito. A mí no me molesta, más bien me estimula la sed y el deseo de beber una buena cerveza rebosante de espuma blanca que se desparrama por la barra al servirla y que sirve de lubricante para deslizar sobre ella las jarras hasta el sediento bebedor.
Nos sentamos en un rincón alejado del ruidoso televisor y de la barra, pedí una fuente de pescadito frito, muy variado, unas setas, un plato de jamón y queso y dos cañas frescas que precedieron a otras dos y una botella de Blanc Pescador para rematar la faena.
Al tiempo que Rubén descorchaba la botella, yo le planteé mis dudas al padre Efraín. Entre ellas quería saber qué papel desempeñaba él en todo aquello.
—Es una época convulsa para el Vaticano, Mario.
—Por eso estamos aquí, Efraín.
—Parte de lo sucedido en esa época se intuye tras la declaración de Juan Pablo II en la ONU, la respuesta soviética y la formación del magnífico trío anticomunista que se formó después: Wojtyła, Reagan y Margaret Thatcher.
Ese trípode acabó en menos de diez años con el bloque soviético y derribó el muro de Berlín.
Es cierto que antes pasaron por momentos críticos: solo dos semanas después de la publicación del documento del PCUS contra el Vaticano, Juan Pablo II sufrió el atentado en la plaza de San Pedro que casi le cuesta la vida.
Pero no pudieron con él, era un tío duro y no cejó en su empeño.
Un año después de su visita a Polonia, nació el arma que llevaría hasta el final la liberación del pueblo polaco: el sindicato Solidaridad.
—¿Solidaridad fue un artificio vaticano?
—Lo fue.
—¿Y la caída del Banco Ambrosiano qué tuvo que ver en todo aquello?
—Fue uno de mayores escándalos políticos de la época. Toda Italia y buena parte de Europa se estremeció. El primer puñetazo en la cara de Europa lo dio el Banco de Italia tras la emisión de un informe demoledor sobre su viabilidad.
—¿El Banco de Italia? ¿El Banco Central de Italia?
—Eso de Central es ahora, desde que existe el Banco Central Europeo. Entonces era el Banco de Italia a secas.
Asentí y dejé que él siguiera hablando.
—Dicho en términos taurinos: aquel documento fue la puntilla, el punto final de toda una era de corrupciones y blanqueo de dinero procedente del tráfico de armas y drogas a ambos lados del Atlántico. En él se acreditaba la exportación ilegal de millones de liras.
—¿Actuó la justicia?
—La fiscalía nacional se hizo eco. Inició una investigación judicial que concluyó con una condena a cuatro años de cárcel para Roberto Calvi, su presidente, por un delito de violación de las regulaciones monetarias de Italia.
Pero pagó una fianza de veinte millones y quedó en libertad provisional en espera del resultado de la apelación.
Sin embargo, mantuvo su posición en el banco.
—¿Y eso qué relación guarda con la Iglesia?
—Mucha. Su principal accionista hasta ese momento había sido el Banco Vaticano, el cual estaba controlado por la Mafia.
—¿Insinúas que Roberto Calvi blanqueaba dinero del Vaticano a través del Banco Ambrosiano?
—Dinero que a su vez procedía de la logia Propaganda Due y de todos sus negocios.
—¿Qué es ahora de Roberto Calvi? ¿Vive?
—No. En junio de 1982, Calvi, burlando todos los controles judiciales, desapareció.
—¿Desapareció?
—¡Desapareció, se volatilizó! La siguiente vez que lo vieron colgaba de un andamio debajo del puente Blackfriars, en las proximidades de la City.
—¿La City? —Yo no sabía bien a qué se refería el excura con ese término—. ¿Qué es?
—¡Joder, Mario! La City es el distrito financiero de Londres, el barrio donde está la Bolsa. Desde allí se dirigen los mercados financieros del mundo.
—¿Se suicidó?
—¡No! Su muerte se investigó a fondo. Llevaba los bolsillos llenos de adoquines y el equivalente a más de quince mil dólares en efectivo en divisas de tres países distintos.
La primera autopsia dio veredicto de suicidio.
La familia no se conformó y contrató los servicios de George Carman, un prestigioso abogado londinense que consiguió que el Tribunal Supremo cambiara el veredicto inicial de suicidio y ordenara una nueva investigación.
—¿Y?
—Un año después hubo otra vista, pero el veredicto quedó abierto.
El tribunal no pudo determinar la causa exacta de la muerte.
Su familia se mantuvo firme en la teoría del homicidio y en diciembre del 98 consiguieron que se exhumara el cadáver y se le hiciera una nueva autopsia por un equipo forense independiente.
—Les costaría un pastón.
—Imagino que sí. En octubre de 2002, la nueva investigación concluyó que Calvi fue asesinado.
Ni las lesiones del cuello eran compatibles con las marcas que deja una soga de ahorcado ni los ladrillos de los bolsillos tenían sus huellas dactilares.
Había muchas, pero ninguna suya. Él ni siquiera los había tocado.
—Traducido: que lo colgaron.
—Sí. En los zapatos tampoco había rastro alguno de óxido o pintura de los andamios, a los que, si no lo colgaron, irreversiblemente tuvo que haberse subido para atar la cuerda.
—¿Pero su cuerpo pendía sobre el río?
—Efectivamente. Por eso se analizaron las mareas del Támesis. Especialmente la que coincidía con la hora de la muerte.
—¿Y?
—En el momento del hallazgo del cadáver la marea estaba en su fase más baja. Sin embargo, pudo comprobarse que, a la hora exacta de la muerte, se encontraba en el punto más alto, o sea, a su máximo nivel.
—¿Eso indicaba algo?
—Pues que alguien desde una barcaza pudo colgar el cuerpo sin verse obligado a realizar esfuerzo alguno, ya que pasaban casi rozando las estructuras superiores de la bóveda.
—¿Tú crees que el Vaticano está detrás de su muerte y que esa es la clave de la investigación que estoy llevando?
—¿La que iba a poner fin a la Iglesia católica?
—Olvídalo. Todo esto ya es vox populi . No creo que te ganes la gloria con este caso. Algo de dinero sí, pero nada más. Nada va a hacer que se tambaleen los cimientos de la Iglesia, Mario. Nada. Como te dije el otro día, la Iglesia tiene el lomo pelado.
—Puede que haya más interioridades que se nos ocultan.
—Como poder, puede. Pero déjame que te siga contando o perderé el hilo. Como te he dicho, Calvi era miembro de una poderosa logia masónica ilegal llamada Propaganda Due, más conocida como P2, y cuyo máximo dirigente era Licio Gelli.
—¿Otro cardenal?
—No. Un millonario que la dirigía y que, por supuesto, estaba implicado en el escándalo del Banco Ambrosiano, un pájaro de cuenta al que se le conocía por los sobrenombres de «el hombre de las mil caras» o «el titiritero siniestro».
En su juventud, durante la dictadura de Benito Mussolini, fue miembro de los camisas negras en Italia, y aquí, en España, durante la Guerra Civil, militó en Falange Española en apoyo a Franco.
—Un pajarraco, vamos.
—Esa logia, la P2, y buena parte de sus miembros tenían su sede en el Vaticano durante los tiempos de Pablo VI. En realidad, ellos eran el Vaticano. De hecho, se los llamaba frati neri , ‘frailes negros’.
—¿Y fueron ellos los que se cargaron a Roberto Calvi?
—Todo hace pensar que sí, que lo hicieron para advertir a los demás debido al simbolismo asociado a la palabra inglesa blackfriars .
—Es lo mismo.
Efraín asintió antes de añadir:
—Su viuda, Clara Calvi, nunca dejó de acusar a unos y a otros, al Vaticano y a la logia, pero ella sabía que todos eran los mismos y que su marido era uno de ellos. Hasta llegó a acusar a Giulio Andreotti de ser el líder de la logia y, por ende, de ser quien ordenó finiquitar a su marido.
—No sé exactamente quién es Giulio Andreotti.
—¡Joder, Mario! ¿Dónde andabas tú en los ochenta?
Aquella pregunta me hizo recordar. En los ajetreados años ochenta yo estaba en la Cerdaña aguantando a Roberta, Mariona, Paul, Enciso y todas las putadas que este me hizo hasta conseguir echarme de allí: esfuerzo baldío.
Veinte años más tarde, un caso de contrabando de diamantes propició que me reencontrara con todos ellos de nuevo y que dejara embarazada a Mariona de mi único hijo, circunstancia de la que me enteré cuando ya estaba detenida como principal sospechosa.
Pero esa historia ya la sabía Efraín. Yo había bebido, pero no lo suficiente como para repetírsela por enésima vez.