El informe Mancini CAPÍTULO XXVIII
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CAPÍTULO XXVIII

El monasterio de Sant Pere de Rodes estaba completamente apartado del mundo, erigido sobre una de las cimas más altas de la sierra de Rodes, la cordillera que separa el mar Mediterráneo del Alt Empordà.

Sobre una de sus laderas, dando vista al mar Mediterráneo, se levantaba uno de los exponentes más característicos de la arquitectura románica catalana.

Fabricio era consciente de que para él ya no habría un lugar seguro en el mundo, y más, después de la trágica muerte de Rogan, el sicario enviado desde Roma para acabar con su vida.

Pero de momento aquel lugar suponía un escondite idóneo.

Además, ahora iba acompañado de Giovanni.

A veces ni él mismo entendía por qué se había implicado en la educación del muchacho con lo que ya tenía encima.

Pero aquel era harina de otro costal. La verdad es que allí el joven podría seguir sus clases, aprender y desarrollar su vida y su formación apartado de los clanes gitanos y del tráfico de drogas que sus familias mantenían en su barrio.

Casi un mes después de enviar la carta a su amigo en el Vaticano, Máximo Alveroli se presentó en el monasterio de Sant Pere de Rodes.

Para Fabricio, reencontrarse con su amigo de la infancia fue un momento feliz, pero la alegría le duró muy poco.

Máximo venía huyendo de Roma. La carta de Fabricio había llegado al Vaticano, pero no a sus manos; la guardia suiza la había interceptado antes.

Un joven hermano de origen español que trabajaba en la biblioteca de documentalista le avisó a tiempo y en el primer avión partió hacia Marsella.

Una tarde soleada, después de comer, mientras los dos daban un paseo por los alrededores del monasterio, sentados sobre las ruinas de un antiguo castillo levantado sobre la cima de la sierra con la vista del mar en la lejanía, Fabricio preguntó a Máximo.

—¿Entonces las cosas no están más tranquilas en el Vaticano tras la muerte de Villot?

—Todo sigue igual, Fabricio. —El tono en que su amigo hizo aquella aseveración era el de un hombre derrotado—. Nada ha cambiado. Juan Pablo II ha suspendido todas las reformas iniciadas por Albino Luciani.

—¡Pero si se puso su mismo nombre!

—Eso fue un gesto, no una declaración de intenciones. Si alguien vio en ello un signo de continuidad, se equivocó de cabo a rabo. Ni una sola de las reformas previstas por Juan Pablo I va a ver la luz.

Fabricio no dijo nada. Tampoco él era un experto en las cuitas vaticanas. Solo sabía lo que le había contado su padre en los pocos minutos que pudo disfrutar de él.

—Los mismos que le hicieron la vida imposible a Juan Pablo I siguen ocupando sus cargos en los sitios clave —dijo Máximo después de unos instantes de silencio entre ellos con el mismo tono de desencanto que la vez anterior—.

Es cierto que ahora con un papa que no tiene tantas cosas en común con ellos.

Pero eso no es óbice. Han vuelto a la época de Pablo VI.

Villot continuó ocupando su cargo al frente de la secretaría de Estado hasta su muerte; Marcinkus al frente del Banco Vaticano y Roberto Calvi haciendo más fechorías ahora que antes al frente del Banco Ambrosiano.

—¿De verdad, nada nada ha cambiado, Máximo?

—Ni una coma, Fabricio. ¡Son tan descarados que incluso Villot, antes de morir, organizó un ágape para recibir al nuevo pontífice al que asistieron todos sus colaboradores!

—¡Qué poca vergüenza! ¿No?

—¡Ninguna! Durante el convite brindaron con champán y Karol Wojtyła, saltándose todos los protocolos, entonó El montañero .

—¿ El montañero ?

—Una canción popular de Polonia que ensalza a una heroína.

—¿Pero Juan Pablo II tiene otro talante?

—Sí lo tiene, pero le da igual lo que suceda intramuros. Su único objetivo, su obsesión podría decirse, es derrotar al comunismo y, o lo consigue o los rusos se lo cargan. ¿No te has enterado del comunicado que ha emitido Yuri Andropov?

Fabricio negó con la cabeza.

—Tras el discurso del papa en la ONU, de eso sí te habrás enterado porque la noticia dio la vuelta al mundo —Fabricio asintió—, el Partido Comunista de la URSS ha emitido un comunicado, firmado por su presidente, en el que se avisa de las serias medidas diplomáticas que han tomado contra el Vaticano.

—¿Y todo lo que se dice en los periódicos del Banco Ambrosiano y su relación con el Vaticano es verdad?

—La verdad supera a lo que publican los periódicos.

—¡No me digas!

—Sí te digo. El Instituto para las Obras de Religión, lo que la gente llama Banco Vaticano, cuya misión debería ser la caridad, se ha convertido en una lavadora de dinero, Fabricio.

Antes lo hacía Sindona, pero ahora lo gestionan Marcinkus y Roberto Calvi.

Ellos dos lo controlan todo. Están haciendo préstamos a empresas fantasmas domiciliadas en Panamá que son utilizadas como pantalla, pero las han legitimado abriéndoles cuentas en el Banco Vaticano.

—¿Para eso les sirve ser un Estado?

—Para eso…

—¿Y el dinero que les prestan a dónde va?

—A esas cuentas. Pero lo administra Marcinkus.

—¿Cuántas empresas son?

—Ocho. Seis tienen su sede en Panamá y dos en paraísos fiscales europeos, concretamente Luxemburgo y Liechtenstein. Sus objetivos son enriquecer a Roberto Calvi, financiar las operaciones de Licio Gelli y la logia Propaganda Due, que dirige y blanquear dinero para la Mafia.

—¿Pero Calvi cómo se enriquece?

—Parte del dinero de los préstamos que les concede el Banco Ambrosiano se invierte en la compra de acciones del propio banco.

—Entonces Calvi obtiene los beneficios.

—Y el control de la situación.

—Pero, con esas transacciones, más pronto que tarde el banco quebrará.

—Claro que quebrará.

—¿Y el Banco de Italia no lo ve venir?

—Si lo ve, calla y mira para otro lado, Fabricio. Como todas son empresas relacionadas con el Vaticano y sus obras de caridad cristiana…

—Pero el chorro de dinero desde el Banco Ambrosiano a esas empresas no va a parar.

—Ni las comisiones del Vaticano, cuyo banco hace de intermediario.

—¿Y tú cómo te has enterado de todo eso, Máximo? ¿Tan despechados están que hasta en la biblioteca lo sabéis?

—Hay un bibliotecario, Efraín.

—¿El que te alertó para desertar? —Máximo asintió.

—No es mal chico, pero es uno de ellos —explicó después sin apearse de su tono de vencido—. O por lo menos está muy vinculado.

—¿Te has enamorado de él?

Fabricio sabía que Máximo era homosexual, conocía la mayoría de los escarceos que había tenido en el colegio mayor en el que se habían criado. Él no lo era, pero aceptaba con naturalidad la tendencia sexual de su amigo.

—Sí. Pero no me correspondió. «No soy maricón», fueron sus palabras y luego se alejó de mí para siempre. Una noche, varios meses después, vino a mi habitación. Quería avisarme del peligro que corría. Tu carta había caído en manos de la guardia suiza y habían decidido eliminarme.

—El tal Efraín te salvó la vida.

—Aún no le sé, Fabricio… Aún no lo sé. El papa sigue con su disputa contra el comunismo apelando a la conciencia y la cultura.

Ha añadido a su lucha a Margaret Thatcher y a Ronald Reagan, quien, desde el principio de su mandato, ya mantenía una dura pugna con la URSS sobre el equilibrio de fuerzas en Europa.

Después de aquellas palabras, el silencio se adueñó de aquellas solitarias ruinas.

—¡Has de irte de aquí ya, Fabricio! ¡Tienes que abandonar este lugar, estás en peligro!

—dijo Máximo unos segundos después—. Interceptaron tu carta, saben dónde estás.

Que vengan a por ti es cuestión de días.

Yo también me voy. He buscado una plaza en un monasterio cerca de aquí, San Miguel del Fay, y en breve recibiré una identidad nueva, cortesía de un viejo amigo de la abadía de San Víctor de Marsella, en donde he pasado unos días antes de venir aquí.

—Le he cogido cariño al niño, se merece una oportunidad y yo no puedo estar siempre huyendo.

—¿Cómo andas de dinero?

—¿Necesitas dinero para ir a ese monasterio?

—No, pero si Giovanni lleva una buena dote, lo aceptarán conmigo. Ya sabes cómo funciona esto. —Fabricio se volvió hacia él en silencio—. Hay dos cosas más que no te he dicho.

—¿Cuáles?

—El ducado de tu padre está en venta. Su propietario está arruinado, pero no puede venderlo: alguien puso una cláusula de que el título solo puede adquirirlo un descendiente directo de Ornella Marinetti o de Luca Mancini. O sea, ocupas un lugar preferente en la línea de salida.

Fabricio estuvo a punto de preguntar cómo sabía él quiénes eran sus padres. Pero inmediatamente recordó que él mismo se lo había contado en una carta anterior poco después de salir del monasterio de Montecassino.

—¿Sugieres que compre el ducado de Mancini?

—Sería una forma de cambiar tu identidad, convertir el ducado (y la única posesión que lleva aparejada, el palacete de Anzio) en persona jurídica junto con la ganadería y vivir oculto bajo otra personalidad.

No era mala idea. Su padre, al que solo conoció durante unas horas, le había dejado algún dinero. Sería suficiente para la dote del niño, comprar el título de su familia, rehabilitar el palacio y la finca y vivir apartado del mundo.

—Hay otra cosa que debes saber —añadió Máximo sacándolo de su abstracción. Fabricio se volvió hacia él—. Tu madre vive muy cerca de aquí.

—¿Cinzia? —preguntó con la sangre helada en las venas.

—Sí. Sor Cinzia.

—¿Dónde está?

—En Barcelona, en el real monasterio de San Pedro de las Puellas, pero debes saber que el Vaticano la tiene vigilada, no puedes ir a verla, al menos con tu identidad real.