El informe Mancini CAPÍTULO XXVII #2
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CAPÍTULO XXVII #2

—Son casualidades —añadió con una sonrisa—, pero la gente de la época no lo vio así y la bajada de la Virgen se repitió en años sucesivos, y en todos, en unos con más gracia que en otros, todo hay que decirlo, la lluvia siempre acudió a la invocación.

Ese hecho fue el que hizo que ambas advocaciones, la de la Fuensanta y la de Santa María de la Arrixaca, que tenía el honor de ser la patrona y se veneraba desde los tiempos de los moros…

—De la reconquista será, porque los moros no tienen vírgenes —puntualicé.

—… empezaran a rivalizar en devotos —culminó él su discurso sin hacer caso a mi interrupción—. Hasta el punto de que los murcianos decidieron relevarla en el cargo y sustituir una por otra.

Entre sorbos de gin-tonic y conversación con el anciano, al que invité a café y dejé una propina de dos euros, consumí la hora de tiempo que me quedaba para mi cita.

Pagué la cuenta y me dirigí al monasterio de los Hermanos de la Luz, nombre con el que es conocido en la comarca debido a que en su origen eran los Hermanos del Desierto de la Sagrada Congregación de la Virgen de la Luz.

Los frailes me recibieron muy atentamente.

Eran una comunidad pequeña, en el pasado habían sido más numerosos, pero en ese momento en el monasterio solo había doce o trece, y la mayoría de ellos ya habían pasado los setenta años, lo cual era una buena noticia para mí: con esa edad, casi todos habrían conocido a Fabricio.

No me equivoqué en absoluto. Incluso me enteré del motivo por el que había huido de allí al monasterio de Sant Pere de Rodes: Fabricio había matado a un hombre.

El episodio había marcado tanto a la pequeña comunidad que todos los monjes —incluso los llegados después— estaban al corriente de él.

De todos modos, había errado en mis suposiciones.

Excepto dos hermanos, ninguno de los otros había conocido en persona a Fabricio, pero todos estaban al tanto de su paso por allí y del hecho que había motivado su fuga.

Contraposición extraña, pues ninguno conocía la razón por la que venía huyendo de Roma.

Los dos monjes que habían conocido al joven italiano eran el hermano Ilde, de ciento dos años, y el hermano Pedro, de noventa y cinco: los dos más veteranos.

Ambos se conservaban bastante bien para la edad que tenían, pero lo mejor es que hacían gala de una buena memoria remota.

Decía el hermano Carlos —el cuidador oficial de ambos— que sobre todo el hermano Pedro no era capaz de recordar qué había comido el día anterior, en cambio, podía describir con precisión todos los días de su juventud.

Ninguno de los dos ancianos atribuía la culpa de la muerte de un misterioso visitante a Fabricio.

Argumentaban que ni siquiera el juzgado lo condenó.

—Fue un acto de defensa propia —reseñó el hermano Ilde—. El individuo los atacó cuando paseaban por el campo.

—¿Los atacó? ¿Quiénes iban?

—Él y Giovanni. —Asentí.

—Fabricio era un hombre joven, fuerte…

—Y controlaba perfectamente las artes marciales, fue mi alumno —terció el hermano Pedro, orgulloso de sus enseñanzas—, y debo decir que uno de los buenos. Con sus conocimientos, reducir a aquel malhechor que los atacó con una navaja fue visto y no visto.

—¿Quién era ese hombre?

—Nunca lo supimos —contestó Ilde retomando el protagonismo—. Su cuerpo no se pudo identificar jamás.

—¿Pero de dónde vino?

—Nadie lo supo. Pero de Italia seguro, al menos eso aseveraba Fabricio.

—¿Qué hacía Fabricio aquí? ¿Qué lo trajo a ustedes?

—Jamás nos lo dijo —volvió a responder el hermano Ilde—. Vino huyendo de Italia y era portador de un secreto cuya clave se hallaba en una carpeta con unos documentos que recibió del monasterio de Sant Pau del Camp.

—¿De Barcelona?

—Sí —se adelantó a responder el hermano Pedro, que llevaba un buen rato callado.

—¿Qué contenían esos documentos?

—Si nosotros lo supiéramos… —continuó Pedro.

—Él estaba viviendo en un monasterio que hay en Subiaco —intervino Ilde—. Pero algo ocurrió en Roma, porque él huyó de allí casi con lo puesto, se refugió en el monasterio de Montecassino. Y de allí fue a Barcelona.

—Entonces, ¿por qué vino a parar aquí?

—¿Quiere la verdad? —Lo miré a los ojos, pero no contesté a la pregunta—.

Ni idea. Por lo que averiguamos cuando pasó todo, el monasterio de Montecassino fue asaltado por un hombre apenas dos días después de que él lo abandonará.

Quien lo hiciera, probablemente el que atacó a Fabricio y al niño, asesinó al monje que lo protegió en Montecassino, el abad Cassinello.

—¿Cómo sucedió?

—Fabricio y Giovanni solían dar largos paseos por el monte. Al crío le gustaban las aves, la naturaleza, y Fabricio lo acompañaba y le explicaba cosas que luego ratificaban en los libros de ciencias de la biblioteca.

—Desde entonces esa biblioteca no ha recibido tantas visitas.

—Una de las tardes, el desconocido le salió al encuentro en un paraje conocido como las murallas de King Kong, bajando del Relojero.

—¿King Kong? ¿El Relojero? —preguntó Mario.

—Sí, King Kong son unas paredes de piedra caliza que hay entre la Cresta del Gallo y el pico del Relojero.

—Desde ellas la panorámica es preciosa, se divisa todo el horizonte, no en vano es un mirador de trescientos sesenta grados desde el que admirar todo el valle, la sierra de Columbares, Los Mamellones, la Cresta del Gallo, el pico del Relojero y todo el Campo de Cartagena.

Los dos religiosos se alternaban en sus explicaciones como si fueran un dúo bien conjuntado. Apenas uno se detenía para tomar aire, el otro tomaba la palabra por el mismo punto donde el anterior la había dejado.

—En días claros, se puede ver hasta el Mar Menor y los edificios de La Manga. Por allí cayó ese individuo.

—Fue una muerte fortuita, Mario. Él solo se defendió, pero el hombre trastabilló y se despeño al vacío.

—Él sí quería matarlos. Eso está claro.

—¿Sí?

—¿Para qué, si no, subió hasta allí a esperarlos? Además, el lugar es propicio para esconder los dos cuerpos o simular un accidente.

—Además no era la primera vez que lo veían. Un par de tardes en días anteriores ya se habían cruzado con él, según contaron los dos a la policía.

—¿Y de Giovanni qué fue?

—Se lo tragó la tierra. Su mentor, el padre Fulgencio, que fue el que lo trajo aquí, habló con Fabricio y, dado que este se trasladaba al monasterio de Sant Pere de Rodes, en el Port de la Selva, Girona, este lo autorizó a que se lo llevara con él.

—De ninguno de los dos hemos vuelto a saber.

—¿Recuerdan algo más que me pueda ayudar a buscarlo? ¿Recibía correspondencia?

—Solo una vez recibió una carta del monasterio de Sant Pere del Camp, dentro de la cual iba otra procedente de una notaría de Italia.

—¿De qué notaría? —pregunté.

Ninguno de los dos ancianos recordaba aquel dato, en realidad no lo habían sabido nunca porque nunca le dieron importancia alguna; y era lógico.

Con aquella visita terminaba mi estancia en Murcia.

Ya tenía una pista que seguir: Subiaco. A la mañana siguiente abandoné el hotel, devolví el coche en el aeropuerto de Alicante y desde allí volé a Barcelona, donde lo primero que hice fue llamar a Efraín para invitarlo cenar.

Tenía muchas cosas que contarme, y frente a un vaso de vino sería mucho mejor.