El informe Mancini CAPÍTULO XXVII
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CAPÍTULO XXVII

Cocido con pelotas

Hacía mucho tiempo que no había estado en Murcia, quizá más de diez años.

Aunque mis padres eran oriundos de aquí, ya no me quedaba ningún familiar vivo, quizá algún primo lejano, pero ninguno con el que establecer el menor vínculo con la ciudad.

Tras deshacer la maleta y colgar la ropa en el armario, salí a dar una vuelta.

Me sorprendió sobremanera que, a pesar de estar aún en primavera, el tiempo fuera veraniego, algo que se notaba en la ropa que utilizaban las personas por la calle.

No era una hora intempestiva, pero tampoco media tarde, sin embargo, las aceras, plazas y jardines aún rebosaban de gente.

Luego caí en la cuenta de que era viernes y, por lo tanto, la primera noche del fin de semana, lo cual lo explicaba todo.

Entré en un bar cercano situado en los bajos de un antiguo edificio de ladrillo visto al que los murcianos conocían como «la casa de los nueve pisos».

Me senté en una mesa y pedí una ración de cada una de las cosas que me recomendó el camarero: unas patatas cocidas con ajo, unas marineras y un par de cañas.

Después de degustarlos ya no necesitaba cenar.

El camarero era un joven de no más de veinticinco años para el que no debía existir la letra ese.

Todas las vocales al final de palabra las abría mucho, pero nunca pronunciaba la ese final.

Lugo me di cuenta de que casi todos los murcianos, independientemente de su formación o condición social, hablaban igual. Le pregunté dónde podía tomar una copa.

La verdad es que en Murcia no hay nada lejos de la zona en la que me había hospedado.

Además, la ciudad es completamente plana, lo que, unido al buen clima, invita a pasear por ella a cualquier hora del día o de la noche.

Tomé un par de copas en cada uno de los bares que me había recomendado y la verdad es que me había aconsejado bien.

Aquella noche, después de todo el día de viaje y la caminata por la ciudad, caí en la cama derrotado e inmediatamente me dormí como un bendito.

Desperté bien entrada la mañana. Una vez despejado, me asomé al balcón y pude comprobar que, aun siendo mayo, allí la primavera suponía un florido recuerdo.

La temperatura ya rozaba los treinta grados.

Me vestí con la combinación más fresca que me permitía la ropa que llevaba en la maleta: un pantalón vaquero y una camisa.

Dejé la chaqueta en el armario, de donde no salió ninguno de los días que pasé allí, y bajé al comedor a desayunar.

Lo encontré vacío, eran los últimos minutos del servicio y estaban a punto de cerrar, aunque la cafetería estaría abierta todo el día.

—¿Este calor es normal? —pregunté a la chica que atendía el comedor.

—Sí, ¿por?

—No sé. Vengo de Barcelona, donde siempre hace buen tiempo y el clima es típico del Mediterráneo, pero aquí el calor me resulta agobiante.

—Aquí solo hay dos estaciones; el otoño, que es muy corto, empieza a mediados de diciembre y termina a mediados de febrero, y el verano, que es todo lo demás.

En la playa hace algo más de fresco, pero aquí tenemos mucha humedad y eso es lo peor que hay porque la sensación térmica es siempre más extrema.

—La chica se expresaba perfectamente, construía las frases de forma impecable, pero la ese al final de cada palabra se la seguía comiendo—.

Hay quien lo achaca al cambio climático, pero lo cierto es que los viejos dicen que aquí ha sido así toda la vida, desde antes de que Murcia se llamara Murcia.

Con el desayuno recién acabado, salí de nuevo y recorrí las mismas calles que la noche anterior.

No soy alérgico a nada, pero los ojos me lloraban y la garganta me picaba, así que no tuve más remedio que comprarme unas gafas de sol o la estancia en la ciudad se me iba a hacer dura.

El buen tiempo adelantaba la polinización y el ambiente debía estar cargado de partículas que a mi organismo no le estaban sentando bien.

Comí en el bufé del hotel un cocido con pelotas y unas albóndigas grandes hechas con carne picada, piñones, pollo y embutidos de la región.

Por supuesto, al cocido no le faltaban los garbanzos, el tocino ni el chorizo, pero el ingrediente estrella eran las pelotas, que, por lo que supe después, son imprescindibles en la gastronomía de la región, aunque también se habían extendido a la provincia de Alicante y otros puntos de levante.

Después de aquella comida regada con buen vino de Jumilla, no tuve más remedio que hacer una breve pero reparadora siesta.

Sobre las cuatro y media, más o menos, me levanté y me dispuse a subir al monte.

Los murcianos —los habitantes de la ciudad, no todos los de la región— llaman así a toda la ladera norte de la Cresta del Gallo, un pequeño macizo de la sierra de Carrascoy, que separa el Campo de Cartagena de Murcia capital.

En la cafetería tomé un café para despejarme y, aunque ahora todos llevamos un GPS en el móvil, a mí me gusta preguntar a los lugareños por los sitios que voy a visitar.

—Eso está en el monte —me contestó la camarera que me sirvió mi café cortado cuando le pregunté por el eremitorio de los frailes de la luz. Primero se quedó desconcertada, pero luego, tras una expresión simpática, exclamó—: ¿Los frailes de la luz?

Asentí sin estar seguro de que fuera por esos frailes por los que yo preguntaba.

La expresión «el monte» no solo se refería al accidente geográfico, el sustantivo aglutina el monasterio de la Virgen de la Fuensanta, patrona de la ciudad; la urbanización de Los Teatinos; el Verdolay, un barrio de La Alberca, de los más exquisitos de la ciudad, y el pico de la Panocha, un bloque de roca caliza de cincuenta y cinco metros de altura máxima que solo es posible coronar escalando cualquiera de sus caras y que, por recordar a la cresta de un gallo, da nombre al conjunto.

Al atardecer, cuando el sol de poniente le da de soslayo, el pequeño macizo adquiere un color rojizo visible desde la ciudad, la Vega Media del Segura y buena parte de la Baja.

Desde lo alto de su pico, en los días más claros del año, los del otoño/invierno, se pueden ver los dos mares, el Mar Menor y el Mediterráneo, al que los murcianos llaman el mar Mayor, en contraposición al menor de ellos.

Había quedado en el eremitorio a las seis de la tarde.

Sobre las cinco cogí el coche y subí al monte por Algezares.

Lo primero que me encontré fue el monasterio de la Virgen de la Fuensanta.

Aparqué en las proximidades y di un paseo por los alrededores.

Casi enfrente de la iglesia, mirando hacia Murcia, colgada de unas peñas, estaba la Terraza Quitapesares.

El sitio, por su entorno rodeado de pinos y la agradable temperatura —allí corría un poco más de aire—, era atractivo para tomar un buen wiski o un gin-tonic que favoreciera la digestión del pesado cocido.

Elegí una mesa desde la que se podía ver toda la conurbación urbana de Murcia, sus pedanías y ciudades próximas, como Beniel, Santomera, Molina de Segura, Alcantarilla; incluso Orihuela, en la provincia de Alicante, se divisaba desde aquel punto privilegiado de la región.

El santuario y el monasterio estaban en un cerro conocido como El Hondoyuelo porque, según cuenta la leyenda, es donde se apareció la Virgen en una cueva cercana, junto a una fuente —la fuente santa—, la cual dio lugar a la advocación.

Como siempre ocurre con estas cosas, pronto descubrí que el lugar ya era sagrado para otras religiones anteriores, pero los católicos se lo adueñaron.

Desde el manantial aún fluye —y riega algunas de las fincas próximas, la mayoría de ellas en poder de la diócesis de Cartagena… ¡que tiene su sede en Murcia capital!— un arroyo de aguas limpias y cristalinas. El monasterio data del siglo XV y corona el valle donde tuvo lugar la aparición mariana.

—La Virgen de la Fuensanta no siempre fue la patrona de Murcia —me comentó un anciano que había en una mesa próxima tomando un café con leche y al que le pregunté por la zona—.

Alcanzó ese honor, arrebatándoselo a la anterior patrona, la Virgen de la Arrixaca, el día 17 de enero de 1794.

Se lo concedieron los murcianos en agradecimiento por las lluvias concedida.

—Resultó que aquel anciano, que luego no lo era tanto, se dedicaba a enseñar a los turistas el lugar a cambio de una propina voluntaria—.

El año anterior había sido uno de los más secos de la época y las autoridades de entonces decidieron bajar en rogativa la imagen de la Virgen.

Era la primera vez que lo hacían, y decidieron tomar el mismo camino que va desde aquí por Algezares y que entra en Murcia por la Torre de Romo, un caserón grande de la huerta que en tiempos había junto a la iglesia del Carmen —apostilló el buen hombre.

—He subido por ahí —interrumpí yo.

—La Virgen debía llegar hasta el convento de los Capuchinos implorando la lluvia.

Uno de los problemas más grandes de esta tierra es la escasez de agua.

Dios nos dio buen clima, mucho sol, buenas tierras, pero nos negó el agua, ¿sabe usted?

—Yo asentí, estaba al corriente de las reivindicaciones políticas de agua a través del Ebro y la negativa a dársela y a restringir las que desde los años setenta llegaban del Tajo—.

Estas tierras necesitan el agua como el comer —añadió—.

La cuestión es que, apenas la Virgen llegó a los Capuchinos, empezó a llover como si no hubiera un mañana, y no solo eso: la lluvia dio paso a una nevada impresionante.

Mire usted, que aquí nieva cada treinta o cuarenta años…

—Y aquel día tocó —tercié interrumpiendo la perorata de aquel hombre.